Hay un momento —breve, casi imperceptible, tan fugaz que si uno lo espera con demasiada ansiedad ya lo perdió— en el que el cuerpo deja de luchar contra el agua y el agua deja de oponerse al cuerpo. No es un instante épico, no hay música que ascienda ni revelación en el sentido de las películas, ese estallido de luz interior que lo explica todo. Hay, en cambio, algo más modesto y más verdadero: una sensación mínima, casi vergonzosa en su simplicidad. El peso se disuelve. El cuerpo, que durante toda la vida ha sido algo para cargar, una cosa que hay que mover de un lado al otro y alimentar y corregir y llevar al médico, deja por un momento de existir como problema.

Afuera, en la calle, los autos siguen su coreografía nerviosa. Alguien desliza el dedo por una pantalla iluminada y consume, en fracciones de segundo, imágenes que no pidió y no necesita. Alguien más recibe una notificación que no puede ignorar aunque sepa, en algún rincón oscuro de sí mismo, que ignorarla no cambiaría nada. Adentro, en cambio, no pasa nada. Y ese nada tiene espesor. Ese nada pesa.

La primera vez que entré a un flotario pensé en el ruido que había dejado detrás. No el ruido literal —aunque también ese: el tráfico, las obras en construcción, la música que sale de los auriculares del vecino en el subte— sino el otro, el que no tiene fuente identificable y sin embargo nunca cesa. Las notificaciones. Las voces superpuestas de personas que hablan y de personas que hablan sobre lo que dijeron otras personas. Los titulares que prometen urgencias. La sensación constante, casi fisiológica, de que algo está ocurriendo en algún lugar y que si uno no presta atención en este preciso instante se lo va a perder para siempre.

Me sorprendió la desnudez literal: entrar completamente sin ropa, sin reloj, sin teléfono, sin los pequeños objetos con que construimos cada mañana la ilusión de ser alguien. Pero me sorprendió más la otra desnudez, la más difícil: la de quedarse sin estímulos, sin tarea, sin la pequeña salvación de la distracción. El cerebro moderno —ese órgano entrenado durante años para estar disponible, para responder, para producir— no sabe bien qué hacer con el silencio. Lo interpreta como error. Flotar es, en algún punto, renunciar. No a algo concreto. Renunciar al estado permanente de alerta que hemos confundido con estar vivos.

¿Qué es exactamente un flotario?

Un flotario es una cámara de privación sensorial. Contiene agua saturada con sales de Epsom —sulfato de magnesio en concentraciones que rondan los 500 a 550 gramos por litro— mantenida a temperatura corporal, alrededor de 35 grados. A esa concentración salina, el cuerpo flota sin esfuerzo, con la misma ingravidez alucinante del mar Muerto. El agua no ejerce presión. No hay frío ni calor distinguible porque no existe diferencia térmica entre la superficie de la piel y el líquido que la envuelve: la frontera entre el cuerpo y el agua se vuelve, literalmente, imprecisa.

El ambiente está diseñado para eliminar hasta 90% de las señales externas que recibe el cerebro. Sin luz. Sin sonido. Sin el peso del cuerpo sobre sus propias articulaciones. Sin la fricción del aire sobre la piel. La experiencia no es exactamente oscuridad —eso implicaría haber tenido luz antes— sino algo más radical: la ausencia de toda referencia. Un espacio donde el afuera, por primera vez en mucho tiempo, no existe.

Hay modelos cerrados, con forma de cápsula, que evocan vagamente las naves de ciencia ficción y que a algunos les producen una claustrofobia inmediata y feroz. Hay otros abiertos, más amplios, pensados para quienes sienten el encierro como un obstáculo insalvable. En ambos casos, la experiencia converge en el mismo punto: oscuridad, silencio y una suspensión que roza la ingravidez, que la imita con una fidelidad desconcertante.

El hombre que quiso aislar el cerebro

John C Lilly era neuropsiquiatra y tenía la clase de curiosidad que en ciertos siglos habría sido considerada peligrosa. En 1954 inventó el primer tanque de aislamiento sensorial. Lo que quería saber era simple y extraordinario al mismo tiempo: ¿qué le pasa al cerebro cuando se lo priva de toda información del mundo exterior? Su hipótesis inicial era que sin estímulos, la mente se apagaría. Que el sistema nervioso, sin nada que procesar, entraría en una especie de pausa, de sueño sin sueños, de apagón ordenado.

Ocurrió exactamente lo contrario.

El cerebro, privado de todo input externo, no se silenció. Siguió activo, con una intensidad inesperada y a veces perturbadora. Produjo imágenes, pensamientos que llegaban sin ser convocados y se encadenaban con una lógica propia, lateral, que no era la lógica del trabajo ni la del deber. Asociaciones inesperadas. La mente, descubierta así, sin el ruido de fondo que normalmente la ocupa, resultó ser un lugar mucho más poblado y extraño de lo que la mayoría de las personas sospechaba.

Con el tiempo, aquellos tanques rudimentarios —incómodos, torpes, más parecidos a un experimento de laboratorio que a algo que alguien elegiría voluntariamente— evolucionaron hacia diseños más sofisticados y confortables, hacia la forma actual del flotario contemporáneo: limpio, silencioso, controlado. Incluso la NASA, en algún punto de esta historia, utilizó principios de flotación para simular la ingravidez en el entrenamiento de astronautas. Lo que había comenzado como un experimento científico sobre los límites de la percepción terminó convertido en una práctica terapéutica que hoy se multiplica en las grandes ciudades, en los mismos barrios donde proliferan los estudios de meditación y las aplicaciones de mindfulness y los pódcast sobre el arte de respirar correctamente.

Hay algo revelador en esa genealogía, en que una técnica nacida del deseo de entender el cerebro haya devenido, décadas después, en una respuesta al agotamiento de vivir con él.

En la cámara, flotando, el tiempo pierde su textura habitual. No pasan diez minutos: transcurre algo que no tiene nombre en el vocabulario cotidiano. Uno no se aburre, porque el aburrimiento requiere conciencia del tiempo que no pasa. Uno no duerme, en general, porque el cuerpo está suspendido en una alerta mínima y extraña. Uno simplemente está, en el sentido más literal y más olvidado de esa expresión.

Afuera, cuando la hora termina y la luz vuelve y el sonido del agua moviéndose señala que ya es tiempo de salir, hay un momento de desorientación breve. El mundo vuelve a tener bordes, temperatura, urgencia. El teléfono, que esperó una hora sin que nadie lo consultara, tiene varias notificaciones. Ninguna era, finalmente, urgente. Esto también es parte de la experiencia.

El ritual

La experiencia tiene algo de ceremonia laica, de liturgia sin dios al que invocar. Un protocolo que, seguido con la suficiente atención, adquiere el peso de un rito.

Primero, la ducha. El agua limpia los restos del día —el aceite, la crema, el perfume, todos los pequeños barnices con que uno se recubre cada mañana para salir al mundo— porque la piel necesita llegar al tanque sin intermediarios, en contacto directo con el agua saturada de sal. Luego, el ingreso desnudo, sin la ropa ni los accesorios ni el teléfono que durante las horas anteriores han funcionado como una segunda piel. Tapones en los oídos —pequeños, de espuma— para sellar el último sentido que el silencio todavía no ha conquistado del todo. Después, la decisión que cada persona resuelve a su manera: cerrar la puerta o dejarla entreabierta, elegir la oscuridad completa o concederse ese hilo de luz que también es, aunque uno no quiera admitirlo, un hilo de escape.

Los primeros minutos son torpes. El cuerpo, que no conoce este estado, busca referencias con una desesperación silenciosa: quiere tocar el fondo, quiere orientarse, quiere saber dónde termina él y dónde empieza lo otro. El cerebro, entrenado durante años para procesar información a una velocidad que no tiene nombre, no sabe qué hacer con la ausencia. Interpreta el silencio como un error del sistema. Espera que se corrija solo.

Después, si uno cede —y ceder es la única técnica disponible, la única destreza que se puede practicar aquí—, aparece una quietud que no se parece al descanso habitual. No es el descanso de quien se acuesta después de un día largo y cierra los ojos y espera que el sueño llegue como un favor. Es algo más hondo, más extraño. Una quietud que tiene textura propia, que se puede habitar.

Al salir, otra ducha. El cuerpo regresa a sí mismo con una leve torpeza, como si hubiera olvidado durante un rato los términos del contrato con la gravedad y ahora tuviera que releerlos. La luz parece más intensa de lo necesario. El sonido del agua al caer, que hace una hora era completamente normal, suena ahora con una nitidez casi agresiva. El mundo no ha cambiado. Uno tampoco, en ningún sentido dramático ni permanente. Pero hay algo —difícil de nombrar sin sonar pretencioso, imposible de ignorar sin mentir— que se ha asentado.

Beneficios: entre el músculo y la mente

Los defensores de la flotación hablan de alivio de migrañas, de mejoras en cuadros de artritis y fibromialgia, de dolores musculares que disminuyen con una constancia que los escépticos encuentran sospechosa y los practicantes hallan suficiente. Los deportistas de alto rendimiento —esos cuerpos llevados al límite con una sistematicidad casi violenta— la utilizan para acelerar la recuperación física, para dar a los tejidos el tiempo y la quietud que el calendario de competencias habitualmente no contempla.

En el plano mental, la lista es más larga y más difícil de verificar con la misma frialdad: reducción del estrés, mejora en cuadros de burnout —esa palabra que llegó para nombrar algo que siempre existió pero que ahora, al tener nombre, se puede reconocer y tratar y facturar—, mayor claridad cognitiva, un sueño más profundo y estable que llega con menos resistencia y dura más.

La explicación científica apunta a que, al reducir drásticamente los estímulos externos, el cerebro entra en un estado de ondas theta: el mismo que se alcanza en meditaciones profundas, el que los contemplativos de todas las tradiciones han perseguido durante siglos con técnicas que requieren años de disciplina sostenida. Aquí ocurre por diseño, en una hora, en un tanque de fibra de vidrio en algún local de Buenos Aires. Se produce además una armonización entre los hemisferios cerebrales, una conversación entre partes del cerebro que durante la vida cotidiana rara vez se escuchan porque el ruido exterior no las deja.

No es magia, es fisiología. Y sin embargo, para quien lo experimenta por primera vez, la distinción parece, al menos por un momento, irrelevante.

Contraindicaciones y cuidados

No todo el mundo puede ni debe flotar. La experiencia no se recomienda para personas con epilepsia no controlada, para quienes se encuentran bajo efectos de sustancias, para quienes tienen heridas abiertas —la concentración de sal convertiría la sesión en algo más cercano al castigo medieval que al descanso— ni para quienes atraviesan episodios de ideación suicida activa. Quienes padecen claustrofobia tienen la opción de los tanques abiertos, más amplios, más generosos en espacio, aunque no en silencio.

A diferencia de ciertos tratamientos de hidroterapia, la flotación no presenta contraindicaciones específicas para hipertensos ni para embarazadas, aunque la prudencia —esa virtud que la velocidad contemporánea ha convertido en excentricidad— aconseja siempre una consulta médica previa.

En cuanto a la higiene, que es la pregunta que casi todo el mundo hace y casi nadie formula en voz alta: la alta concentración de sales crea un entorno activamente hostil para las bacterias, similar al del mar Muerto, donde los microorganismos no encuentran las condiciones para prosperar. Los centros modernos incorporan, además, sistemas de filtración y ozonificación entre sesiones, de modo que el agua que recibe a cada persona es, en términos microbiológicos, considerablemente más limpia que la de una piscina pública.

Una expansión silenciosa

En muchas ciudades del mundo la oferta crece lenta, sin publicidad masiva, de boca en boca, con la discreción de las cosas que funcionan. Una sesión ronda valores comparables a los de un masaje terapéutico: no es barato ni es un lujo fuera del alcance de la clase media urbana, que es mayoritariamente su público.

Los protocolos sugieren ciclos de 12 sesiones para obtener efectos sostenidos sobre el sistema nervioso. La repetición, como en casi todo lo que vale la pena —el aprendizaje de un idioma, la práctica de un instrumento, el trabajo de la psicoterapia—, profundiza el resultado. Una sesión aislada puede ser una experiencia interesante, una curiosidad satisfecha. Doce sesiones son otra cosa: son el tiempo suficiente para que el sistema nervioso aprenda que el silencio no es una amenaza.

En un mundo que ha convertido la hiperconexión en norma y el descanso en productividad pendiente, dedicar una hora a no hacer absolutamente nada puede parecer un lujo. O puede ser, dependiendo desde dónde se mire, la única forma sensata de resistencia que queda.

Cinco mitos sobre la flotación

Los mitos sobre la flotación son predecibles y, en cierta medida, comprensibles. Nacen del mismo lugar que el rechazo a cualquier práctica que proponga hacer menos en lugar de más, que ofrezca quietud en vez de rendimiento. Son los mitos del sentido común urbano, ese sistema de creencias que desconfía de todo lo que no produce un resultado visible e inmediato.

El primero dice: «Vas a sentir claustrofobia». Es el más extendido y el más fácil de desmontar. Los tanques modernos son amplios —más amplios de lo que la palabra cápsula sugiere— y permiten dejar la puerta abierta. El control es siempre del usuario: nadie queda encerrado contra su voluntad, nadie tiene que negociar con ninguna autoridad su derecho a salir. El tanque no es una trampa, es una invitación que se puede declinar en cualquier momento.

El segundo mito: «Te podés ahogar si te dormís». La concentración salina hace prácticamente imposible hundirse. No requiere esfuerzo ni vigilancia: el cuerpo flota con la misma pasividad con que un corcho flota en un vaso. El rostro queda naturalmente fuera del agua, sin que nadie lo sostenga, sin que nadie tenga que recordarlo. Dormirse, en el fondo, no sería un problema sino una forma legítima y bastante eficiente de aprovechar la hora.

El tercero: «El agua está sucia». Es la objeción higiénica, razonable en abstracto, infundada en la práctica. El ambiente hipersalino es, por su propia naturaleza química, un entorno activamente hostil a los microorganismos. A eso se suma el tratamiento sistemático del agua entre cada sesión —filtración, ozonificación, el protocolo completo—, de modo que el agua que recibe a cada persona está, en términos bacteriológicos, considerablemente más limpia que la de la mayoría de los espacios acuáticos a los que la gente accede sin hacerse ninguna pregunta.

El cuarto mito es el más revelador de todos: «Es para místicos». Esta idea merece cierta atención porque dice menos sobre la flotación que sobre quien la sostiene. La flotación la utilizan ejecutivos de empresas que no tienen tiempo para el misticismo y sí tienen presupuesto para la eficiencia. La utilizan atletas de alto rendimiento con médicos deportivos que revisan cada decisión. La utilizan pacientes con indicación médica concreta, con diagnósticos, seguimientos y resultados medibles. Su origen no es una tradición espiritual sino un laboratorio: un neuropsiquiatra estadounidense, un tanque, una hipótesis científica. Si hay algo de místico en la experiencia —y quizás lo hay, en el sentido de que hay algo que ocurre dentro del tanque que resulta difícil de nombrar con el vocabulario de la productividad—, eso no la invalida, sino que la hace más interesante.

El quinto mito es el más honesto: «Con una sesión alcanza». La primera sesión relaja, sí. Desconecta. Ofrece una hora de silencio, lo que, en las condiciones actuales de la vida urbana, tiene el valor de algo escaso. Pero la repetición modifica patrones más profundos, trabaja sobre el sistema nervioso con la paciencia de lo que sabe que el cambio real no ocurre en una tarde. Una sesión es una experiencia, 12 sesiones son el principio de otra manera de habitar el cuerpo.

Salir del ruido

Vivimos rodeados de dispositivos que reclaman atención como si esta fuera un recurso infinito, inagotable, que no se desgasta ni tiene costo. Pantallas que titilan incluso en la oscuridad del dormitorio, aun cuando uno ha decidido —con esa decisión que se toma cada noche y cada noche se incumple— que ya es suficiente por hoy. Notificaciones que llegan a deshora para comunicar cosas que podían esperar, que podían no comunicarse nunca, que nadie pidió. La arquitectura entera de la vida contemporánea está diseñada para que nada quede en silencio, para que no exista ningún intersticio en el que la mente pueda, aunque sea brevemente, no tener que procesar nada.

El flotario propone exactamente lo contrario: un espacio donde nada compite por nosotros. No hay señal. No hay agenda que cumplir ni persona a la que responder ni tarea que marcar como completada. No hay narrativa: ningún arco dramático que seguir, ningún personaje con el que identificarse, ningún algoritmo que haya decidido de antemano qué es lo que uno necesita ver. Solo agua y sal y oscuridad y el sonido, apenas perceptible, de la propia respiración.

Flotar no resuelve la vida. Sería deshonesto —y ya hay demasiada deshonestidad en el mercado del bienestar, demasiadas promesas infladas y resultados garantizados y transformaciones que llegan en formato de suscripción mensual— sugerir que una hora en un tanque cancela los problemas, disuelve el estrés como el agua disuelve la sal, convierte la ansiedad en iluminación. No lo hace. Nadie sale del tanque siendo otra persona. Pero durante esa hora se suspende el mundo exterior. Y en esa suspensión —que no es solución ni cura sino simplemente una pausa, el paréntesis más honesto que la tecnología contemporánea ha sabido ofrecer— algo se reordena. No dramáticamente. No de manera que uno pueda señalar con el dedo y decir «acá». Pero algo se asienta, algo encuentra su lugar con una quietud que la vida de afuera raramente permite.

Quizás no sea una terapia revolucionaria. Quizás sea algo más modesto y, por eso mismo, más perdurable: una tecnología de lo simple. Agua. Sal. Silencio. Los mismos elementos que han estado disponibles desde siempre, reconfigurados para hacer una sola cosa: devolverle al cuerpo, por una hora, el derecho a no ser requerido.

A veces, eso alcanza. A veces, eso es todo lo que falta.

Lala Toutonian (Buenos Aires, 1970) es periodista cultural, gestora, escritora, traductora y editora especializada en rock y sus subgéneros. Además milita por el reconocimiento del genocidio armenio.