Norman Ohler, periodista, novelista y cineasta alemán, quedó muy intrigado cuando un DJ le contó en Berlín que el Tercer Reich estaba plagado de drogas y le sugirió que alguien debía hacer una película al respecto. Ohler empezó a estudiar el tema y, si bien en un principio pensó en escribir una novela, más adelante resolvió alejarse de la ficción, aun cuando carecía de formación histórica. Tras investigar bastante en archivos alemanes y estadounidenses, se puso en contacto con Hans Mommsen, uno de los historiadores alemanes más reconocidos y un verdadero experto en el período nazi. A Mommsen le impresionaron inmensamente los hallazgos de Ohler y se convirtió en una suerte de asesor extraoficial. En el corazón de este libro subyacen la paradoja fundamental y la desvergonzada hipocresía del nazismo, cuya ideología exigía la pureza del cuerpo, de la sangre y de la mente. Según el retrato público que durante aquellos años se pintaba de Hitler, se trataba de un vegetariano abstemio que jamás permitía que nada lo corrompiera. De acuerdo con ese relato, las drogas eran parte del complot judío para envenenar y debilitar a la nación —se decía que los judíos «desempeñaban un papel preponderante» en el tráfico internacional de drogas—, y sin embargo nadie llegó a ser tan dependiente de ciertos cócteles de drogas como el propio Hitler y no hubo fuerza armada en el mundo que se esforzara tanto por potenciar el rendimiento de las tropas como lo hizo la Wehrmacht, en este caso mediante una versión de la metanfetamina. Si bien el libro de Ohler no aporta un cambio radical en lo referido a la historia del Tercer Reich, sí es un relato que nos permite ver aquel período, que ha sido estudiado tan intensamente, bajo un enfoque distinto.

Durante el siglo XIX, Alemania se situaba a la vanguardia mundial en investigación química y farmacéutica. En 1805, mientras Goethe escribía Fausto en Weimar, Friedrich Wilhelm Sertürner experimentaba en Paderborn con amapolas de opio, hasta que por fin logró aislar la morfina. La industria farmacéutica tiene su inicio en 1827 con Heinrich Emanuel Merck, un boticario de Darmstadt que, según cuenta Ohler, tenía un «modelo de negocio que consistía en proveer alcaloides y otros medicamentos de una calidad inalterable». Un cuarto de siglo después, la morfina empezó a utilizarse para aliviar el dolor en el ámbito de la cirugía militar.

Alemania mantuvo ese liderazgo mundial fundamentalmente gracias a que contaba con muchísimos químicos muy bien formados. Uno de estos profesionales, de la empresa Bayer, sintetizó la aspirina en 1897 a partir de la corteza del sauce. Once días después, ese mismo hombre, Felix Hoffmann, creó la diacetilmorfina, que fue registrada bajo la marca Heroína. Bayer la publicitaba y la vendía como un remedio para aliviar la tos y los dolores de cabeza y para ayudar a dormir a los bebés. Las ganancias fueron inmensas. El malestar político y social no hacía más que expandir el mercado. Hasta en Petrogrado, en plena revolución, el consumo de cocaína se disparó entre los jóvenes comisarios y sus amantes de familias nobles, tal como se describe de forma memorable en el libro Novela con cocaína, de Mark Aguéyev.

Tras la Primera Guerra, con una Alemania en bancarrota, el trauma psíquico y físico del conflicto hizo que sus ciudadanos buscaran desesperados los productos de esa industria. En general preferían los opiáceos al alcohol, tal como revelan algunas canciones populares en los cabarets de Berlín:

Una vez, no tanto tiempo atrás / el dulce alcohol, esa bestia, / daba ternura y calidez a nuestras vidas. / Pero después aumentó el precio. / Así que hoy los berlineses buscan / morfina y cocaína. / ¡Que afuera rujan los relámpagos, / nosotros esnifamos y nos inyectamos!

En 1925, a partir de la unión de muchas empresas diferentes, se creó IG Farben, una corporación química y farmacéutica inmensamente poderosa. Al año siguiente, las exportaciones alemanas de opio ya representaban 40% del mercado mundial, mientras que tan solo tres empresas alemanas controlaban 80% del mercado global de la cocaína.

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El escapismo apuntalado por las drogas que se dio durante los años de Weimar ayudó a que Berlín se convirtiera en lo que Alfred Döblin llamó «la puta de Babilonia», mientras que el colapso de la moneda en 1923 contribuyó a la debacle de las instituciones y los valores liberales y conservadores. Tanto para los comunistas como para los nazis, esa sensación de disolución absoluta ofrecía un blanco obvio. Los nazis aprovecharon la oportunidad para deslizar la idea de que los judíos estaban detrás de cada aspecto de la República de Weimar, a la que llamaban «la república judía». Los judíos fueron comparados con toxinas, bacilos y patógenos.

Una vez que se acusó falsamente a los judíos de organizar el tráfico de drogas, así como de ser los principales compradores, los nazis, por medio de la Oficina de Salud del Reich, sancionaron leyes y regulaciones para controlar las drogas y la vida de los adictos. Se los catalogó como «personalidades psicopáticas» y se les prohibió casarse. Se instrumentó la esterilización obligatoria. «Por razones de higiene racial», sostenía la Ley para la Prevención de la Descendencia Hereditaria Enferma, «debemos asegurarnos de que se impida la reproducción de los adictos graves». El paralelismo con la legislación antisemita, en particular con las leyes de raza de Núremberg de 1935, era claro. Para marcar un contraste evidente, los nazis presentaban a Hitler como el arquetipo del hombre sano y recto, alguien que se sacrificaba por su país mediante un exceso de trabajo. «Hitler», escribió el funcionario nazi Gregor Strasser, «es enteramente cuerpo y genio. ¡Y mortifica ese cuerpo de un modo que escandalizaría a gente como nosotros! No bebe, come casi solo vegetales y se mantiene casto». Así como en una época se esperó que los comunistas soviéticos renunciaran al amor burgués para concentrar sus emociones en Stalin, el gran líder, del mismo modo se alentó a los alemanes a entregarse a un éxtasis colectivo en pos de Hitler. Y sin embargo ya en la primavera de 1936 Hitler empezó a recorrer un camino que lo llevaría a convertirse en adicto a las drogas —uno de esos adictos, justamente, a quienes los nazis querían impedir el derecho a reproducirse—.

El doctor Theodor Morell, especialista en afecciones cutáneas y enfermedades de transmisión sexual, se había afiliado al Partido Nazi en 1933, después de que alguien pintara la palabra judío en la fachada de su consultorio (aunque él no era judío). Valiéndose del dinero de su esposa, estableció una clínica en la avenida Kurfürstendamm de Berlín que fue ganando popularidad. Si bien a su clientela, que era cada vez más nutrida, le recetaba «vitaminas», muchas veces estas venían potenciadas con testosterona y esteroides anabólicos, para el caso de los hombres, y con un extracto de belladona para las mujeres que tenía un efecto hipnótico. Morell se hizo famoso por su habilidad a la hora de aplicar inyecciones.

En la primavera de 1936, lo llamaron por teléfono desde la sede del Partido Nazi en Múnich para que los ayudara a curar al fotógrafo de Hitler, Heinrich Hoffmann, que padecía gonorrea. Lo fueron a buscar en avión y más adelante tanto él como su esposa recibieron de regalo unas vacaciones en Venecia. Durante una cena organizada por Hoffmann, Morell conoció a Hitler, quien le habló de sus dolores intestinales. El médico le dio a entender que quizá contaba con una cura para su afección y muy pronto el Führer empezó a figurar en sus cuadernos como «el Paciente A».

El éxito de Morell, de acuerdo con Ohler, se debió a que no cuestionaba a Hitler ni lo tocaba demasiado. Simplemente le suministraba estimulantes de corta duración por medio de unas inyecciones en apariencia indoloras. Hubo momentos en que llegó a inyectarlo varias veces por día. Según el estado mental y físico de su paciente, los cócteles podían incluir glucosa, cocaína, morfina y esencia de hígado y corazón de cerdo. Hitler, vegetariano y abstemio consumado, consideraba esa dieta intravenosa, hecha de suplementos animales y drogas duras, un mero remedio. Rechazaba tajantemente cualquier duda que expresara la gente de su entorno respecto de los tratamientos de Morell. Para evitar las críticas, incluso llegó a darle a su médico el cargo de profesor honorario. Morell prosperó y se compró una hermosa villa al lado de la de Joseph Goebbels en la isla Schwanenwerder de Berlín, pero no pudo disfrutarla durante mucho tiempo. En esa fase de preguerra, la economía alemana, ya reactivada, se concentró en crear alternativas sintéticas para muchos productos naturales (entre ellos el buna para reemplazar el caucho y un combustible fabricado a partir del carbón). El bloqueo naval británico de la Primera Guerra había generado una escasez muy severa de diversas materias primas y Hitler había resuelto que durante la próxima guerra, que se daría bajo su liderazgo, Alemania iba a estar plenamente preparada. Hasta las drogas eran sintetizadas por las principales compañías farmacéuticas, entre ellas Bayer y Merck.

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El uso de la benzedrina por parte de los atletas estadounidenses durante los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 motivó a la empresa Temmler, ubicada en las afueras de Berlín, a tratar de producir una versión más poderosa de esa droga. En el otoño de 1937, el químico a cargo de la firma, el doctor Fritz Hauschild (quien en los años de posguerra sería el proveedor de drogas para los atletas de Alemania Oriental), creó una versión sintetizada de la metanfetamina. La patentó como Pervitin. Inducía una intensa sensación de energía y confianza personal. Comercializado en forma de pastillas, el Pervitin se publicitaba como un estimulante general, tanto para los operarios fabriles como para las amas de casa. Prometía ser útil para superar la narcolepsia, la depresión, la baja energía, la frigidez femenina y la circulación sanguínea débil. La promesa de que servía para aumentar el rendimiento permitió que contara con el aval del Partido Nazi y las anfetaminas fueron omitidas discretamente de toda propaganda antidrogas. Para 1938, inmensos sectores de la población consumían Pervitin casi a diario, incluyendo estudiantes en época de exámenes, enfermeras que trabajaban de noche, empresarios estresados y madres que debían lidiar con las exigencias del Kinder, Küche, Kirche («los niños, la cocina y la iglesia», el ámbito al que los nazis pensaban que debían quedar relegadas las mujeres). Ohler cita cartas del futuro premio nobel Heinrich Böll, quien por entonces integraba el Ejército alemán, en las que les suplicaba a sus padres que le mandaran más Pervitin. Su consumo llegó a considerarse algo absolutamente normal.

Como era obvio, las ventajas militares del Pervitin quedaron muy pronto en evidencia. Para el profesor y doctor Otto Friedrich Ranke, el director del Instituto de Investigación de Fisiología de la Defensa, esa droga era la solución para el punto más débil de cualquier ejército: la fatiga. Empezó a hacer ensayos comparativos con Pervitin, benzedrina, cafeína y placebos en cuatro grupos distintos de soldados que se ocupaban de diversas tareas, tanto físicas como mentales. Los que habían consumido Pervitin aumentaron el rendimiento y la resistencia mucho más que los integrantes de los otros grupos, aunque cometían muchos más errores en ciertas pruebas que requerían cálculos o actividades intelectuales. Ranke no se dejó desanimar. Según él, el efecto más importante de las drogas estaba en estimular artificialmente la capacidad para seguir adelante mientras las tropas enemigas colapsaban por el agotamiento. Ranke conocía los efectos secundarios, como por ejemplo el insomnio y el agotamiento prolongado posterior, pero el entusiasmo por esa droga se generalizó entre los médicos y demás participantes de los ensayos. Durante la invasión a Polonia, en setiembre de 1939, los oficiales médicos le informaron con entusiasmo a Ranke sobre los efectos del Pervitin en sus unidades:

Todos bien despiertos y alegres, excelente disciplina. Ligera euforia y mayor sed de acción. Arrojo mental, muy estimulados. Sin accidentes. Efecto duradero. Tras tomar cuatro tabletas, visión doble y aparición de colores.

Es raro imaginar que ver doble resultara un efecto beneficioso para un artillero en un tanque, y sin embargo las divisiones Panzer estaban todas muy entusiasmadas con las posibilidades de la droga. Más allá de suprimir el hambre y estimular la actividad física y mental, también parecía reducir las inhibiciones y el miedo.

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En el Reich, sin embargo, el ministro de Salud, Leonardo Conti, empezaba a inquietarse por el modo en que la nación entera parecía haberse hecho adicta. Conti logró que, a partir de noviembre de 1939, el Pervitin solo se vendiera bajo receta. Pero el alto mando de la Wehrmacht no veía ninguna desventaja, en particular para la estrategia que se venía tramando para mayo de 1940: invadir Francia y los Países Bajos. El plan consistía en un ataque a Holanda y Bélgica, países neutrales, para obligar a que Francia e Inglaterra acudieran en su ayuda, momento a partir del cual se desataría una profunda penetración Panzer desde las Ardenas, en Bélgica, atravesando el norte de Francia hasta el estuario del Somme, para cortar así las formaciones británicas y francesas. Hasta el propio Hitler estaba nervioso por la audacia del plan, pero, como bien comprendió el comandante en jefe del Ejército, la posibilidad de éxito alemana sería mucho mayor si sus tropas de vanguardia eran capaces de seguir avanzando sin detenerse a descansar. Ohler descubrió que la fábrica Temmler entró en una fase de producción frenética y llegó a entregar 833.000 pastillas diarias para satisfacer la demanda de la Wehrmacht, que era de 35 millones de comprimidos.

El general Heinz Guderian les dijo a sus tropas antes del ataque: «Les exijo que no duerman durante al menos tres días y tres noches, si es lo que hace falta». La velocidad del avance alemán a través de las Ardenas hacia el río Mosa tomó al Ejército francés completamente por sorpresa. El grupo Panzer del general Ewald von Kleist había cruzado el río antes de que las divisiones francesas llegaran a sus posiciones. La arrogancia de la victoria, por supuesto, se vio potenciada por los efectos del Pervitin. El coronel Charles de Gaulle se enfureció al enterarse de que los tripulantes de los Panzer enemigos se negaban a aceptar la rendición de las unidades francesas. Les decían a los soldados franceses que tiraran sus armas y marcharan hacia la retaguardia. Como las divisiones Panzer habían superado a sus propias columnas de suministros, simplemente cargaban combustible en las estaciones de servicio que se encontraban por el camino o en los cuarteles militares abandonados.

Ante los ojos de británicos y franceses, esas tropas Panzer estaban integradas por una especie de superhombres blindados, pese a que las fuerzas terrestres alemanas estaban, en la práctica, peor mecanizadas que las suyas. Fueron la rapidez y la crueldad de la Wehrmacht lo que derrotó a los ejércitos de Francia e Inglaterra, que seguían actuando como si todavía estuvieran en 1918. Los aliados no terminaban de entender cómo hacían los alemanes para avanzar noche y día sin dormir. El informe oficial francés sobre la derrota se refirió a un phénomène d’hallucination collective.

Ohler se adentra en terrenos más pantanosos cuando afirma que la famosa orden que dio Hitler para que sus tanques se detuvieran antes de llegar a Dunkerque tuvo que ver con la adicción del Reichsmarschall Hermann Göring a la morfina. Está probado, ciertamente, que Göring convenció a Hitler de que la Luftwaffe podía ocuparse de las fuerzas británicas que estaban acorraladas ahí, pero su consejo se sustentaba en razones prácticas. El territorio que se extendía por delante de las tropas alemanas estaba atravesado por múltiples vías fluviales y el suelo era demasiado blando para soportar el peso de los tanques. Las tripulaciones estaban agotadas y los propios vehículos necesitaban mantenimiento urgente antes de volver para atacar las defensas francesa y británica al sur del río Somme.

Morell, mientras tanto, tenía planes muy ambiciosos. Creó un preparado al que bautizó Vitamultin y lo mandó a producir a una empresa de la que tenía 50% de las acciones. Su idea era persuadir a Hitler de que lo tomara de manera regular, como su marca de cabecera, en tanto que él luego lo comercializaría bajo distintos nombres para el consumo de individuos y organizaciones, desde el Frente Alemán del Trabajo hasta las Schutzstaffel. El jefe de los servicios médicos de la Luftwaffe se negó a cumplir con ese plan, pero Morell se encargó de que lo despidieran. Su puesto como médico del Führer era, para ese momento, inexpugnable. Pero Ranke, en su condición de jefe de investigación militar, rechazó de plano el Vitamultin para el Ejército, aunque ya más cerca de la invasión a la Unión Soviética no hizo nada para limitar el uso de Pervitin.

A diferencia de lo que había sucedido en Francia, Alemania no logró que la Operación Barbarroja contra la Unión Soviética fuera un éxito gracias al arma química secreta de la Wehrmacht. Las distancias, sencillamente, eran inmensas. Tan solo uno de los tres grupos de ejércitos consumió 30 millones de pastillas de Pervitin en los primeros meses de la campaña y aun así no consiguió resultados decisivos.

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Hitler, instalado ahora en los cuarteles generales de su búnker en Prusia Occidental, necesitaba atención médica permanente. Entre agosto de 1941 y abril de 1945, Morell pasó con él 885 días de un total de 1.349. Llevó anotaciones muy detalladas, aunque caóticas, por temor a que si Hitler moría la Gestapo lo castigara con particular saña. En un intento desesperado por curar a su Paciente A de una enfermedad repentina en agosto de 1941, Morell probó todo lo que estaba a su alcance, empezando por el Vitamultin, además de los estimulantes de siempre. Poco después empezó a inyectarlo con otras sustancias, entre ellas subproductos de sangre uterina, la hormona sexual Testoviron e incluso Orchikrin, un derivado de testículos de toro. El estrés generado por los infortunios en el frente oriental hizo que Hitler le pidiera a Morell cada vez más cócteles de drogas.

Los cuadernos de Morell le revelaron a Ohler una lista aterradora de medicamentos: 89 en total, de los cuales 17 eran fármacos psicoactivos capaces de alterar la conciencia. Día tras día, Morell anota «Inyección, como siempre», pero no aclara el contenido de esas dosis. Eso que Ohler llama «politoxicomanía» sin dudas contribuyó a alimentar las fantasías de Hitler, que empezó a ver en los mapas un progreso alemán que no existía en los campos de batalla, ya que iba perdiendo todo contacto con la realidad.

A mediados de 1943, tras la batalla de Kursk (un desastre de proporciones para los alemanes en el frente oriental) y el colapso de Italia, Morell, temeroso de no poder atender debidamente el deterioro de la salud del Führer, echó mano a una droga todavía más potente, el Eukodal, una forma sintetizada del opio. Pero los repliegues y las derrotas de la Wehrmacht, sobre todo en el norte de África, dejaron a Alemania sin acceso a los suministros de opio. Morell, que para ese momento era un hombre muy rico gracias a las fábricas y las empresas farmacéuticas que había ido adquiriendo mediante el abuso descarado que hacía de su puesto de poder, rastrilló la Europa ocupada para obtener los suministros que necesitaba para mantener contento a Hitler.

Durante el intento de asesinato del 20 de julio de 1944 en su cuartel general de Prusia Oriental, Hitler terminó con los tímpanos perforados a raíz del estallido de una bomba. En esa ocasión lo trató el especialista Erwin Giesing, quien le administró cocaína 50 veces en el curso de 75 días. A Hitler le encantaba el efecto de la cocaína y presionaba a Giesing para que le consiguiera más, pero en octubre Morell volvió a administrarle Eukodal. Como era esperable, se desató una guerra entre ambos médicos. Giesing acusó a Morell de envenenar al Führer, pero no se daba cuenta de que estaba atacando la droga incorrecta, ya que Hitler se negó a abandonar a su médico personal. Todo esto coincidió con la planificación de un ataque que, según las fantasías de Hitler, sería el punto de inflexión en esa guerra: la ofensiva sobre las Ardenas. (Durante el mes previo al inicio de la campaña, escribe Ohler, se le administraron altas dosis de cocaína y Pervitin a una unidad de prisioneros en el campo de concentración de Sachsenhausen y durante cuatro días fueron obligados a marchas forzadas «para establecer la tolerabilidad y la eficacia» de las sustancias).

Resulta imposible saber si el temblor en las manos de Hitler era resultado del Parkinson o consecuencia directa del uso de drogas, pero su deterioro hacia fines de 1944 dejó impresionados a muchos que no lo veían desde comienzos de ese año. Hacia febrero de 1945 el stock de Eukodal empezaba a agotarse, y Hitler no tardó en padecer síntomas de abstinencia a medida que se acercaba el final en el Führerbunker de Berlín. Albert Speer se quejó de que la historia siempre subrayaba los sucesos terminales y de que, por lo tanto, soslayaba los logros tempranos del nazismo. Nada más alejado de la verdad. El final horrendo y grotesco del Tercer Reich reveló su verdadera naturaleza, hecha de mentiras, hipocresía, matanzas inútiles y crueldad sin sentido.

No cuesta entender por qué a Hans Mommsen le fascinó la investigación de Ohler. Mommsen era el máximo exponente de la escuela funcionalista, que creía en la naturaleza caótica del régimen nazi y sostenía que Hitler era un «dictador débil».1 Nada parecería probar mejor esa idea que su adicción a las drogas. Es posible que el libro de Ohler irrite, y con razón, a algunos historiadores: hace comentarios algo frívolos y usa subtítulos paródicos como «Sieg High» y «High Hitler» (jugando con la similitud entre Heil y high, «drogado»). Pero, tal como advirtió Ian Kershaw, el célebre biógrafo de Hitler, se trata de un «libro serio y erudito», que además está muy bien documentado.

Antony Beevor, autor de Stalingrado, es profesor visitante en la Universidad de Kent. Su libro más reciente es Ardenas 1944: la batalla de las Ardenas (2018). Traducción: Juan Nadalini.


  1. Ian Kershaw, «Obituario de Hans Mommsen», The Guardian, 12 de noviembre de 2015.