Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que dormí bien. Tal vez empezó hace un año, pero el último mes terminó de arruinarlo todo, el desajuste de otro país, de otra vida. Ahora se instalaron los pensamientos que regresan, la falta de aire, la sensación de encierro, ese grito mudo que me arranca del sueño a las dos, a las tres, a veces a las cuatro de la mañana, para dejarme ahí, despierto, sin poder volver.

La semana pasada una contractura en el lado derecho del cuello me dejó inmóvil durante dos días. Ayer casi me disloqué la mandíbula de tanto apretar los dientes, ya gastados, limados por décadas de fricción. Pero estoy bien. O eso digo. Las cosas salieron mejor de lo esperado y, al mismo tiempo, no salieron como estaban previstas. La vida tiene esa costumbre, reacomodarse lleva tiempo. No es la primera vez que me pasa.

Hoy me levanté a las 4:45, después de pasar horas despierto. Preparé un mate, comí una manzana, fumé un cigarro, miré cómo aclaraba el cielo. Nunca fumo de día, pero todavía no había salido el sol. Unas horas después me avisaron que esa misma tarde se había armado un grupo para una sesión de yoga y microdosis de hongos mágicos. Justo a tiempo.

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Juan Scuro es profesor adjunto del Departamento de Antropología Social de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República (Udelar), hizo un doctorado en neochamanismo en América Latina en la Universidad Federal de Río Grande del Sur (Brasil) y es miembro de Arché, un grupo interdisciplinario de investigación sobre psicodélicos de la Udelar.

—Las microdosis tienen un enorme atractivo cultural porque condensan imaginarios muy potentes. El hongo se volvió un símbolo de resistencia, de conexión con la naturaleza y el micelio, asociado a beneficios ambientales y biológicos comprobados por la ciencia. A eso se suma su dimensión psicodélica, la fascinación por los estados alterados de conciencia y el auge actual de los estudios sobre psicodélicos. También encajan perfectamente con un mundo que nos exige ser eficientes, productivos y estar siempre bien, como si no hubiera lugar para el sufrimiento o la depresión.

Cada vez que aparece una nueva técnica psicoterapéutica, le dice Scuro a Lento, renace la esperanza de que pueda resolver lo que las anteriores no lograron. «Creo que algunos terapeutas ven en las microdosis una oportunidad, una moda, un momento propicio para aplicarlas a todo». Ese entusiasmo, según señaló, suele circular con más fuerza en corrientes terapéuticas ligadas a la espiritualidad y la modificación de la conducta en el corto plazo.

Los psicodélicos, según explica Scuro, habilitan una nueva forma de espiritualidad, ya no mediada por instituciones y credos, sino una experiencia trascendente vivida en primera persona y en la propia conciencia. Bajo esa lógica, la búsqueda de bienestar personal se convierte en una promesa de liberación solitaria; el individuo solo frente a su dolor, obligado a cargar su sufrimiento y con la tarea de curarse a sí mismo.

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Bernardo Asnal es alto, roza los dos metros, lleva el pelo largo atado en un moño y los costados rapados, lo que acentúa sus orejas grandes y las marcas de su rostro. Sostiene la mirada con una intensidad extraña. Pienso en un elfo, en un ser de otro tiempo. Se mueve con delicadeza, prepara café, lo sirve en tacitas blancas y nos sentamos descalzos sobre almohadones en el piso.

A los 20 años dejó dos materias pendientes para recibirse de técnico aeronáutico en Quilmes y volvió a Uruguay. No quiso integrarse a la vida social ni laboral. «Me convertí en un asceta en medio de la ciudad», dice. Dormía sobre cartones y comía de la basura. «Me sentía rico, tenía un cuerpo y toda el agua que quisiera. Ese es uno de los relatos posibles. Capaz que otro era que estaba completamente loco». Estaba hundido en una depresión extrema, fue adicto al pegamento, al alcohol, a la cocaína, «hasta al café con leche». La sertralina, cuenta, le alivió la depresión y los estallidos de ira.

En esa época vivía en un conventillo abandonado y alojaba a un chileno que había llegado en busca de Psilocybe cubensis, cucumelos. Un día encontró una mochila repleta de hongos.

—Una dosis heroica son cinco gramos de secos. Yo comí medio kilo de hongos frescos, unas diez macrodosis. Entonces surgió lo que yo llamo «la carcajada sanadora». Empecé a reír y a reír, jugué mucho, por todos lados. Fue un antes y un después. Me enderecé, todo cambió, conocí a la madre de mis hijas.

Asnal suelta frases que descolocan: «los hongos son seres de conciencia, nos comunican cosas», «son seres de amor», «los maestros son los hongos», «no es la persona la que llega al hongo, es el hongo el que llega a la persona», «estamos a punto de vivir la segunda revolución cognitiva».

Desde aquella primera vez aprendió a cultivarlos. En 2014 fundó Psiqué, un espacio dedicado al cultivo, la venta, la formación y las actividades culturales en torno a los hongos. Junto a psicólogos, psiquiatras y nutricionistas, asesora a gente interesada en micro y macrodosis. Dice que acompañó a más de 2.000 personas desde entonces.

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No me inquietaba demasiado la idea de entrar en un estado alterado de conciencia. Era apenas una microdosis, no un boleto de ida al delirio, y a estas alturas mi sistema nervioso ya tiene acumulado kilometraje en estas excursiones psicodélicas. Lo que me atormentaba era más vulgar: quedarme dormido en plena relajación o, peor todavía, que se me escapara un pedo haciendo la posición del perro.

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«¿Por qué los seres humanos alteramos nuestra conciencia?», se pregunta Ismael Apud, psicólogo y antropólogo con un doctorado en rituales de ayahuasca en Uruguay. Apud forma parte de Arché y habla de manera lenta, precisa; sus respuestas suelen ir al origen de las cosas.

—Quizás esa alteración es para solucionar determinados problemas. Usualmente los rituales son colectivos, pero también hay rituales individuales. La microdosis, de alguna manera, es la individualización de estos rituales psicodélicos, pero está llena de espiritualidad. Ha habido un cambio cultural, se instalaron nuevas prácticas. Ahora las micro y macrodosis de hongos psilocibios ocurren en contextos psicoespirituales, donde se mezclan prácticas psicoterapéuticas con espiritualidad. Los seres humanos, desde que tenemos conocimiento, realizamos rituales. La medicina es un impulso humano que llevamos en nosotros mismos, es el tema de curarse a sí mismo y curar a los otros, como especie social. Los rituales con o sin psicodélicos están apuntados a curar y en distintos contextos culturales occidentales se conecta la medicina con la espiritualidad.

Desde la academia y la investigación clínica, explica Apud, el foco está puesto en volver menos riesgosas y mejor informadas las prácticas que ya están ocurriendo, en medir la seguridad y los posibles efectos adversos. En una estructura psíquica más desorganizada, advierte, como puede suceder en personas con esquizofrenia o trastorno bipolar, introducir todavía más desorganización puede agravar el problema. En cambio, en psiquismos más rígidos, puede aflojar un poco esa dureza y habilitar otra relación con el sufrimiento. «No existe la panacea. Hay cosas que son buenas para un tipo de problemas y son malas para otros. A veces el discurso mesiánico de los psicodélicos que pueden tener ciertas personas es de que sí son una panacea», concluyó.

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En Uruguay, cada tres horas alguien intenta suicidarse. Dos personas por día lo logran. Ocho uruguayos, todos los días, toman la decisión de no seguir viviendo. En 2024 fueron 764. Tres de cada cuatro eran hombres. Alcanza para que el país tenga una de las tasas de suicidio más altas del mundo. Solo Corea del Sur, Lesoto y Esuatini están peor.

Uruguay tiene, además, una paradoja a la vista. Después de Argentina, es el país con más psicólogos per cápita. Pero no están donde más se los necesita. Según un censo realizado por la Facultad de Psicología de la Udelar y el Ministerio de Salud Pública, 85% se concentra en la zona metropolitana y el resto se reparte entre los otros departamentos.

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Federico Montero, psicólogo cognitivo-conductual y presidente de la Sociedad Uruguaya de Psicoterapias Asistidas por Psicodélicos y Enteógenos, recuerda un caso que lo marcó. Durante años atendió a un paciente cuyo sufrimiento no cedía con la terapia. Un día el hombre llegó al consultorio y le preguntó si podía acompañarlo a consumir hongos. Montero no supo qué responder, no sabía si era legal, no tenía formación en el tema. Así que le dijo que no podía ayudarlo. El paciente no volvió. Dos o tres años después llamó la madre, quería acompañamiento terapéutico con hongos para atravesar el duelo por el suicidio de su hijo. Esta vez, Montero aceptó.

En su enfoque, la terapia con microdosis permite una exposición gradual a contenidos traumáticos, mientras que una macrodosis puede abrir demasiado sin que el paciente tenga herramientas para procesarlo. El trabajo no empieza con cápsulas de hongo molido, sino con una evaluación médica, psicológica y, a veces, psiquiátrica, seguida del diseño del tratamiento. Suele comenzar con hongos adaptógenos y continuar con Psilocybe cubensis en dosis bajas, de entre 0,1 y 0,4 gramos, ajustadas según cada caso. El objetivo es abrir sin arrasar, acercarse al trauma sin desborde, construir recursos donde antes había malestar y desconexión. Cada paciente lleva una bitácora diaria de pensamientos, emociones, sensaciones y efectos.

—Los hongos van abriendo camino en nuestro interior y debilitando las memorias traumáticas. No las borran, las reescriben a partir de nuevas experiencias, de otra forma de estar en el mundo y de sentirse a sí mismo. Muchas personas están expuestas a constantes rumiaciones y pensamientos negativos. Cuando hay trauma, se restringe la forma de pensar, de comportarse, y el cerebro interpreta el presente como más amenazante de lo que es. Los hongos incrementan la plasticidad cerebral, es decir, favorecen nuevas conexiones entre neuronas y una mayor flexibilidad cognitiva y psicológica. Así, empiezan a aflojarse esquemas rígidos y aparecen nuevas emociones, otras formas de percibirse y de vincularse con los demás y consigo mismo. Son cambios más rápidos y sostenidos que los que suele lograr una terapia clásica.

«Pero la neuroplasticidad no ha sido comprobada en humanos», le digo.

—Todos estos modelos de psicoterapia parten de estudios animales. A partir de ahí, lo que vemos en el consultorio son cambios de conducta en los pacientes. En muchos casos la microdosificación parece traer beneficios, en otros no queda tan claro. No sabemos por qué funciona en algunos y en otros no, porque el impacto depende de muchos factores. Son modelos que todavía se están investigando y desarrollando y no hay investigaciones con microdosis de hongos. Aunque, por ejemplo, hay un estudio que demuestra que dos macrodosis de psilocibina en fumadores redujeron hasta 80% el consumo. Hay, entonces, tendencias que empiezan a mostrar un impacto en la realidad.

Federico Montero.

Federico Montero.

Foto: Agustín Paullier

Aquel estudio de la Universidad John Hopkins se hizo en 2014 con apenas 15 personas, diez hombres y cinco mujeres, una muestra incluso menor que la exigida para un ensayo clínico de fase 1.

Montero asegura que 95% de sus pacientes sigue tratamientos con microdosis de hongos psilocibes y que la mayoría ya había tenido experiencias previas. Aun así, por razones legales, no puede recomendar de forma explícita la terapia que practica, aunque sí invita a investigar y leer sobre el tema.

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En Uruguay consumir cualquier tipo de sustancia no es delito. Con los hongos psilocibes pasa algo más ambiguo. No están prohibidos, pero tampoco regulados. Para algunos abogados habitan un limbo legal, para otros, la ley de estupefacientes deja margen a interpretaciones. Lo ilegal es aislar sus principios activos, la psilocina y la psilocibina, sin permiso.

En 2023, el entonces senador Juan Sartori presentó un proyecto para habilitar el uso medicinal de sustancias psicoactivas naturales como la psilocibina para tratar casos de ansiedad, depresión y adicciones. No avanzó. Le cuestionaron las imprecisiones, la falta de evidencia concluyente, la ausencia de un enfoque psicoterapéutico y restringir por receta algo que hoy no está expresamente prohibido.

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El incienso empieza a espesar el aire. Las colchonetas violetas ya están tendidas sobre una alfombra de aire persa. Unas velas alumbran apenas los rincones de la sala. Empezamos a estirar. Posición de montaña, tadasana, ojos cerrados, palmas abiertas, respiración honda, lenta. Después nos sentamos, acomodo los isquiones, los huesos de mis nalgas flacas chocan contra el piso. Enderezo la espalda tramo por tramo, abajo, en el medio, arriba. Todo tira, duele, tira, protesta. En el dorsal izquierdo siento una piedra. Respiro. Inhalo por la nariz, unodostres. Exhalo despacio, unodostrescuatro. Otra vez.

Escucho unos pasos. Abro los ojos. Frente a mí aparece, como una ofrenda, un plato con pequeños medallones de chocolate amargo; en cada uno, 0,35 gramos de hongos psilocibios. Al lado, una tarjeta blanca con una sola frase: «Es ahora».

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Carolina Larzabal es instructora de yoga y acompañante de experiencias y rituales con ayahuasca, hongos y otros psicotrópicos.

Carolina Larzabal.

Carolina Larzabal.

Foto: Agustín Paullier

—El cuerpo es un canal. Está hecho de agua, tejidos, y por arriba está la fascia, que es el tejido conectivo y tiene la memoria de emociones guardadas. Entonces, al ir al cuerpo, el honguito hace que abras esa puerta y se empiece a conectar con esa emoción que tenés ahí guardada sin darte cuenta. Hay puntos del cuerpo que representan lo emocional, las preocupaciones, las cargas. A los hongos les dicen los niños santos, porque nos conectan con nuestro niño interior. Las plantas, los hongos son medicinas para sanar, porque nos dan el conocimiento para volver al origen. La medicina entra al cuerpo, al espíritu, muestra el trauma, los silencios, nos da bienestar y calma. Entonces, nos da otra visión para trabajar lo que tenemos ahí, pero con calma, como si nos mirásemos desde la vereda de enfrente; vemos las cosas con otra perspectiva.

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Ignacio Carrera es doctor en Química y pasó por dos posdoctorados en la Universidad de Columbia investigando sustancias capaces de inducir plasticidad en el tejido nervioso. Sus ojos azules se encienden cuando habla del trabajo de su equipo: identificaron todas las especies de hongos que crecen en Uruguay, incluidos los psicodélicos, y hallaron algunas que no figuraban en ningún registro del mundo; también analizaron cómo varían la psilocibina y la psilocina según la cosecha, el secado y el almacenamiento. Ahora enfrenta el desafío de conseguir financiamiento para un ensayo clínico con psilocibina en pacientes con cáncer terminal, con la esperanza de aliviar el peso de la muerte.

«¿Qué evidencias científicas hay que prueben que los hongos psilocibes generen mayor neuroplasticidad y sobre las promesas de que se generen conexiones nuevas, de reprogramar el cerebro, de modificar hábitos y pensamientos?», le pregunto.

—La plasticidad generada por la psilocibina es con base en estudios en animales, en ratas, en roedores. En humanos no hay evidencia. A lo que me refiero con plasticidad es a la habilidad del tejido nervioso para generar cambios tanto estructurales como funcionales. Los estudios imagenológicos pueden ser un metabolismo en el cerebro, pero no llegan a un nivel estructural. Esto nace de un estudio publicado en la revista Nature en 2018, en el que se ve en un tejido de rata cultivado en un laboratorio que aumentan las dendritas de una neurona; cada una de esas dendritas tiene como botones para poder hacer conexiones con otras. Pero lo cierto es que no sabemos cuál es el significado biológico del aumento de esos botones. El año pasado estuve en un congreso en Estados Unidos que reunía a la mayor cantidad de investigadores en farmacología de este tema del mundo y la pregunta era qué significado le damos a que vemos más dendritas. Nadie sabía. Y después uno lee: «Más espinas, más conexiones, más felicidad». Se saca de contexto algo que ni siquiera la ciencia entiende bien y se empieza a deformar. Estamos en la frontera del conocimiento con esto, es un campo muy joven que necesita muchas más investigaciones

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Cuando llegó el momento de la relajación, me di cuenta de que los hongos me estaban haciendo efecto. Ese hormigueo en la columna, un retorcijón en el estómago, el peso del cuerpo deja de resistir, se ablanda, los pensamientos se escapan. Justo a tiempo.

Savasana es la postura del cadáver en yoga, la relajación al final de la práctica; con razón siempre la disfruté tanto, nada mejor que morir por un ratito o que algo cese de existir al menos por un rato. Esta es la parte en la que a uno le dicen que lleve la respiración de los pies hasta la punta de la nariz y esa sección se afloja, así como por acto de magia; suena extraño si nunca se lo ha hecho. Inhalo, unodostrescuatro, exhalo, unodostrescuatro, el dedo gordo de mi pie izquierdo respira, el empeine, metatarsianos, tobillo, pantorrillas, cincoseisieteocho, muslo, cadera, inhalo, exhalo, sigo por los dedos de la mano, muñeca, antebrazo, hombro, omóplato. Para cuando llego al occipital, a la mandíbula, al ceño, todo el lado izquierdo de mi cuerpo está flojo como un flan; el lado derecho sigue rígido, tenso.

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Frank Lozano es médico psiquiatra e integrante de Arché. Está sentado en la butaca de su consultorio, habla poco, mide cada palabra y cuando afirma algo lo hace sin concesiones.

—Solamente existen dos ensayos clínicos aleatorios con microdosis en el mundo, es decir, aquellos capaces de demostrar relaciones de causalidad. Dos. Uno en Holanda y otro en Argentina. Los dos arrojaron resultados en los cuales no hubo diferencias significativas en comparación con el placebo. Esto desalienta el desarrollo de esa línea de investigación y no se volvieron a repetir desde que fueron publicados, en el año 2022. Esa es la evidencia más robusta que existe. La mayoría de los estudios son observacionales, en los que no se controlan las diferentes variables en juego, sino que simplemente se toman los datos que reportan los pacientes en su comportamiento cotidiano mientras están utilizando microdosis de psilocibina. De ahí se han extraído algunas de las opiniones más comunes que pululan hoy, de que hay mejorías cognitivas, de que hay mejoras de ánimo, de que hay sensaciones de bienestar. Esos estudios no sirven para sacar conclusiones y hacer recomendaciones sólidas para tratamientos terapéuticos. Hoy en día se toma parte del discurso sobre los psicodélicos, se combina con la ciencia, la espiritualidad, el bienestar, y se ofrecen expectativas falsas. No es lo mismo una persona que no tiene una enfermedad mental que aquella que sí la tiene. Quien no la tiene y se engancha a los hongos, hace un ritual y siente que su vida está mejor, formidable, pero quien tiene una enfermedad mental y abandona su tratamiento o posterga el inicio de un tratamiento y opta por este camino se expone a un riesgo, un riesgo que después genera consecuencias. Eso me preocupa.

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Líber Rodríguez es psicoterapeuta psicoanalítico y trabaja sobre todo con hombres neuróticos. Dice que lo decisivo no es la microdosificación, que suele durar entre seis y ocho semanas, sino el proceso terapéutico.

—El hongo te presenta cosas que uno no ha afrontado, tiene tapadas, aisladas, que es un tipo de mecanismo defensivo neurótico: aislar, fingir demencia y no hacerse cargo de lo que está pasando. Es un proceso doloroso, no todo es alegría; sin dolor no hay lo que sigue, uno tiene que afrontar las cosas.

Las experiencias psicodélicas no suelen presentarse como relatos claros, sino como escenas sin relato, imágenes fragmentadas, sensaciones sin nombre, advierte Rodríguez. Lo que emerge no debe interpretarse de manera literal ni como una verdad revelada, sino que debe ser integrado. Frente a una cultura psicodélica que a menudo promete iluminación o revelación, Rodríguez plantea que el psicoanálisis propone la ética de un trabajo lento de simbolización y elaboración, en el que el acompañamiento terapéutico busca ayudar al sujeto a ligar esa experiencia y crear un espacio donde la transformación tenga lugar.

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Empezó la meditación y yo ya era una ameba desparramada en la orilla de mi conciencia, lista para que me arrastrara la corriente. Pero el mundo seguía ahí, ruedas contra el pavimento, dos voces de hombre y una niña junto a la puerta. Mientras tanto, la voz de Larzabal hablaba de elegir una montaña y subir a lo más alto, donde soplara el viento.

Y en un segundo estaba ahí, en la Sierra Nevada de California, en Yosemite, cerca del lago Tenaya, a 2.500 metros de altura, entre laderas de granito blanco y gris talladas por glaciares y por el viento. Afuera seguían las risas, los autos, la niña, justo en ese momento.

La voz de adentro habló de árboles, del bosque, del viento que arrasa con lo que hay que soltar y de una brisa nueva para todo lo que todavía puede crecer. Me acordé de aquel árbol del verano pasado, un enebro del oeste aferrado a una grieta en la piedra en la que se cuela un puñado de tierra, aislado de otros árboles, taciturno. Sobrevive siglos, aguanta tormentas, avalanchas, ráfagas que retuercen sus ramas muertas mientras otra corteza nueva vuelve a brotar encima. Quieto. Obstinado.

El viento barre la montaña. Soy el árbol aferrado a la roca. La corteza color canela se tuerce en formas grotescas. Soy el árbol, el viento, la montaña. Y la mano que toca la corteza para reconocer el paso del tiempo y a mí mismo.

Las fotografías de este reportaje fueron realizadas con lentes prismáticos, utilizados por oftalmólogos y optómetras para medir el estrabismo. En cada sesión elegí prismas de distintas graduaciones y los coloqué con una mano frente al objetivo de la cámara.

Agustín Paullier (Montevideo, 1985) es fotoperiodista, periodista y editor. Trabajó como editor de Fotografía para la Agence France-Presse para América del Norte desde Los Ángeles, antes para América del Sur. Es cofundador de la revista de fotografía Materia Sensible.