En julio de 2007, una caricatura en la portada de la revista satírica española El Jueves tuvo como consecuencia que sus autores y editores fueran procesados por la Justicia, la tirada completa de esa semana fuese secuestrada, los “moldes” de imprenta, confiscados y, por supuesto, la venta de ejemplares, prohibida. La imagen causante de semejante rigor punitivo mostraba a la actual pareja real –Felipe de Borbón y Letizia Ortiz– en una pose sexual explícita y comentando que, en caso de preñez, el cobro de la ayuda a la natalidad sería lo más parecido a un salario por trabajar que el buen Felipe habría percibido en su vida. La figura penal de “injurias a la Corona” está definida por el artículo 491 del Código Penal español, y por acusaciones hechas a su amparo han tenido que desfilar ante los tribunales músicos, periodistas, humoristas, dueños de periódicos y activistas.

El periodista y cómico Dani Mateo, por su parte, enfrentó un proceso judicial –promovido por la Alternativa Sindical de Policía– debido a que en una escena del programa El intermedio se sonó los mocos con la bandera de España. La causa contra Mateo fue finalmente archivada “conforme al principio de intervención mínima del derecho penal”, pero el juez consideró su actuación “muy desafortunada y provocadora”, y admitió que podía haber ofendido “los sentimientos de muchos españoles”.

No es, sin embargo, ni a la Corona, ni a la familia real, ni a los muchos españoles que se toman en serio la bandera, que el dúo compuesto por Alberto Casado y Rober Bodegas, Pantomima Full, ridiculiza en el sketch #ofendidito, de 2018. Los ofendiditos son, según la parodia de Casado y Bodegas, esos irritantes seguidores de cualquier causa que muestran su indignación en las redes sociales, reclaman que se limiten o contextualicen las expresiones artísticas que encuentran ofensivas o discriminatorias y se dejan llevar por las emociones tal como haría un niño o, por supuesto, una mujer.

Este es el problema que la periodista Lucía Litjmaer (nacida en Buenos Aires pero residente en Barcelona desde la temprana infancia) denuncia en el breve ensayo Ofendiditos. Sobre la criminalización de la protesta, que la colección Nuevos Cuadernos, de Anagrama, publicó por primera vez en mayo de 2019 y que ya va por su tercera edición.

A través de un repaso de las expresiones más usadas para minimizar o ridiculizar a los movimientos sociales y, en especial, al feminismo, Litjmaer reconstruye el itinerario ideológico de ciertos reclamos hechos en nombre de la libertad de expresión y la defensa de los derechos individuales y muestra la filiación reaccionaria y conservadora de sus argumentos. Así, rastrea el origen de conceptos como “neopuritanismo” hasta la década del 90, recuerda el episodio de la carta abierta publicada en Le Monde por artistas e intelectuales francesas que se pronunciaban frente al #MeToo de las actrices de Hollywood y recuerda que los puritanos originales no eran, en términos sexuales, más represores ni restrictivos que los practicantes de otras formas de la fe cristiana como, sin ir más lejos, los católicos. Según Litjmaer, entonces, la idea de un puritanismo referido exclusivamente a la moral sexual y empecinado en llevar a la hoguera a los transgresores no es sino la voltereta tramposa que los conservadores de siempre supieron dar justo a tiempo para minimizar el hecho de que conductas aceptadas durante siglos podían empezar a ser consideradas inapropiadas y dignas de confrontación. Son neopuritanos los que rechazan y denuncian contenidos sexistas y machistas en las obras de arte, así como es neopuritano el activismo que denuncia comportamientos abusivos o violentos de un artista.

La detección y exposición de estos casos de neopuritanismo suele venir acompañada, observa Litjmaer, de orgullosas afirmaciones de incorrección política y del señalamiento de cualquier demanda enarbolada por colectivos históricamente oprimidos como una victimización quejosa y oportunista. En 2003, en Estados Unidos, la historiadora feminista conservadora Elizabeth Fox-Genovese, una de las impulsoras del concepto de neopuritanismo para referirse al “feminismo radical”, recibía de manos del presidente George W Bush la medalla National Humanities. Pero había sido Bush padre el que, ya en 1991, había denunciado, en una conferencia en la Universidad de Michigan, el peligro de la “corrección política” que se ensañaba con ciertos temas, ciertas expresiones, ciertos gestos de toda la vida que, caramba, empezaban a ser cuestionados. La corrección política fue identificada rápidamente como una cuestión de los sectores académicos, así que la respuesta del orden patriarcal y conservador fue instalar sus propias incubadoras de pensamiento para producir un discurso que, valiéndose de las mismas herramientas retóricas que usaban los académicos progresistas, pudiera instalar una convicción razonable de persecución y hostigamiento sobre sí mismo.

Así, la tesis de Litjmaer es simple: ahora resulta que los que siempre se beneficiaron de un estado de cosas que dejaba por el camino a millones en todo el mundo salen a reclamar porque sus privilegios son puestos en tela de juicio, incluso cuando ponerlos en tela de juicio no sea otra cosa que hacerlos visibles. Se sienten linchados públicamente los varones que son denunciados como abusadores en las redes sociales, a pesar de que eso que ellos llaman linchamiento (y que no se acerca ni remotamente al linchamiento real, que costaba la vida al linchado) no suele tener consecuencias físicas, ni jurídicas, ni, muchas veces, sociales. Al mismo tiempo, cuando el poder en pleno del Estado, encarnado en la Policía, las leyes y el sistema de Justicia, cae sobre los ciudadanos que protestan en las calles o sobre los que se manifiestan contra los símbolos del poder, no se escuchan las voces indignadas de estos paladines de la libertad de expresión, y sí suelen oírse sus alegatos contra la violencia política y la incitación al odio de clase o de género o de lo que sea.

Se puede acordar con la autora o no, pero es obligatorio decir que el uso de las palabras de la emancipación para sostener los mecanismos de la esclavitud ha sido siempre un recurso de los poderosos. En nombre de la libertad, la paz, la vida o la salud se restringen libertades, se recortan derechos y se apagan micrófonos. Y denunciar esas prácticas, dotarlas de una inscripción histórica y política y observar que en ellas no hay neutralidad alguna es una tarea que no debería soslayarse ni, mucho menos, ridiculizarse.

Ofendiditos. Sobre la criminalización de la protesta. De Lucía Lijtmaer. Barcelona, Anagrama, 2020 (tercera edición). 85 páginas.