Hay una frase atribuida a Charles Holland Duell, comisionado de la Oficina de Patentes de Estados Unidos en 1899, que cada tanto aparece dando vueltas en internet. En realidad, habría salido de una revista satírica de la época, pero ese no es el punto; quedémonos con la frase: “Todo lo que podía inventarse ya fue inventado”.
Es muy fácil de rebatir esta frase, ya que en el mundillo tecnológico están todo el tiempo inventando (por ejemplo) nuevas formas de inflar la burbuja de la inteligencia artificial. Pero durante años se pensó que una variante podía aplicarse al mundillo de los cómics: “Todos los superhéroes que podían crearse ya fueron creados”. O al menos los capaces de convertirse en fenómenos culturales.
El género superheroico nació (o “terminó de definirse”, guarden las antorchas) en 1938 con la aparición de Superman en el primer número de la revista de historietas Action Comics. Fue precedido por toda clase de héroes, entre los que podemos encontrar a Tarzán, el Zorro, la Sombra o Flash Gordon, por nombrar algunos de los que todavía deambulan en el imaginario colectivo. Pero fueron Jerry Siegel y Joe Shuster quienes dieron con la fórmula perfecta de traje colorido, nombre clave, identidad secreta, poderes extraordinarios y la lucha contra el crimen.
Tanto así, que en pocos años surgieron decenas de variantes más o menos disimuladas (algunas terminaron en la Justicia) de Superman, acercándose a otras narrativas, como el misterio detectivesco, la mitología, la ciencia ficción, etcétera. Dispararon la industria del cómic estadounidense hasta límites insospechados, y sus figuras más conocidas resistieron la autocensura de la industria, entre acusaciones de incitación a la violencia y a la homosexualidad de sus lectores, en su mayoría niños.
Los personajes derivativos o poco interesantes fueron desapareciendo y hasta los años 60 no hubo grandes novedades en un género comandado por Superman, Batman, Wonder Woman y el resto de la Liga de la Justicia, en su mayoría reinventada. Fue allí que Stan Lee, con el aporte fundamental de artistas como Jack Kirby o Steve Ditko, revolucionó la industria con una plétora de personajes que tenían dificultades reales (desde discapacidades físicas hasta problemas económicos) y que se dirigían a un público adolescente.
Desde entonces el combate amistoso (aunque a veces no tanto) dominó al cómic de superhéroes. Por supuesto que hubo excepciones, y numerosas compañías presentaron sus universos superheroicos, pero pocos personajes ajenos a las Dos Grandes lograron colarse entre los más vendidos: Spawn, de Todd McFarlane, Hellboy, de Mike Mignola, o los personajes de The Boys, de Garth Ennis y Darick Robertson. Pero en algunos casos están jugando en los límites del género, y en otros directamente el gancho es la parodia a las historias de Marvel y DC.
Volviendo a estas dos, es interesante mencionar que incluso dentro de sus propias narrativas parece como si todos ya hubieran creado todos los superhéroes que se podían crear. En las últimas décadas se ha cambiado muchas veces a la persona detrás de la capa (DC es especialista en explotar el concepto de “legado”) o crear variantes de un personaje, ya sea en la realidad principal o en las múltiples variantes. Pero ¿cuál es el último superhéroe de estas compañías que ha conquistado al público?
DC tiene entre los más vendidos las versiones Absolute de sus personajes principales. Marvel llevó a Miles Morales a la gran pantalla con enorme éxito, pero no deja de ser (aunque a los racistas les duela) Spider-Man. Lo mismo con Kamala Khan y el manto de Ms. Marvel. Y los racistas.
Sin embargo, hay al menos un superhéroe que cumple con las características básicas del género, que ajustó su historia a los tiempos que corren sin recurrir al cinismo, que desarrolló su propio universo y hasta terminó encabezando su propia serie de televisión. Todo esto sin codearse con el hombre murciélago ni el Hombre Araña (bueno, con este último sí, pero en un solo número). Es hora de hablar de la rareza llamada Invencible.
(No) necesitamos otro héroe
Mark Grayson nunca fue un adolescente promedio. Su padre, Omni-Man, es un poderoso superhéroe que llegó a la Tierra desde el planeta Viltrum. Y desde pequeño Mark sabe que algún día sus genes viltrumitas se activarán y desarrollará sus propios poderes. Así que ni bien descubre que tiene fuerza sobrehumana y la capacidad de volar abandona su empleo de medio tiempo, continúa los estudios a regañadientes y se dedica al negocio familiar.
Eso significa conseguirse un traje y elegir un nombre, porque en el universo en el que transcurre la historieta Invencible (Invincible en el original) los clichés del género –o los tropos, para sacarle la connotación negativa– están a la orden del día. Así que hay un sastre de superhéroes y a nadie le sorprende que se haga llamar Invencible, más allá de que es un nombre un poco pedante.
Este es un universo con científicos locos, con grupos de superhéroes que se coordinan para combatir las amenazas, con departamentos secretos del Pentágono que controlan que nadie se rebele demasiado y con batallas que pueden llevarse puesta media ciudad. También tiene romance, secretos (obviamente) y al menos una vuelta de tuerca, en el número siete, cuyas ramificaciones se sentirán hasta el cierre, en el número 144, 15 años después del debut.
Invencible triunfó pese (o gracias) a no hacer grandes cambios en el gran escenario en el que transcurren sus aventuras. El marco es reconocible para cualquier fanático de las historietas e incluso el grupo de superhéroes que es despachado en el séptimo número (tranquilos, que esa no es la vuelta de tuerca) está inspirado directamente en la Liga de la Justicia. Es más, como mencioné un par de párrafos antes, los poderes de Mark son increíblemente genéricos; es resistente y vence la gravedad, pero ni siquiera tiene superoído ni lanza rayos por los ojos. Otros personajes sí lo hacen, por supuesto.
La clave del éxito de la serie, que llevó a que existiera una adaptación animada en Prime Video que lleva tres temporadas, es la capacidad del guionista Robert Kirkman (ya hablaremos de él) de construir una gran historia en la que no hay editores que le dicen lo que puede o no puede hacer, ni grandes crossovers anuales que interrumpan el flujo de la narrativa. Como cocreador (junto al dibujante Cory Walker, que dejó la serie a los pocos números para luego tener varios regresos) es el arquitecto de su universo y eso le permite hacer que la bolsa de basura que vuela a la estratósfera cuando Mark descubre sus poderes termine cayendo al otro lado del océano, cinco números después.
También le permite, siempre y cuando no se desplomaran las ventas (no lo hicieron), sembrar ideas más importantes para el desarrollo de su historia, presentar personajes que irán cobrando protagonismo y no temer por un nuevo guionista que llegue a intentar dejar su huella y sacudir al elenco. Esto es algo muy común en los cómics de DC y Marvel, donde cada run (los números en los que permanece un equipo creativo) suele ser autocontenido para que los lectores sientan que hay una historia completa, pero a la vez puede llevarse puestos a un montón de personajes secundarios.
Este punto es importante porque, como han notado críticos y lectores acérrimos de las historietas, dentro del género ha ido desapareciendo el coprotagonista humano, ese que permite marcar la diferencia entre esos casidioses y nosotros, simples mortales. El mismísimo Alfred Pennyworth, mayordomo de Bruce Wayne, lleva casi siete años sin aparecer en las historietas debido a un problemilla de salud (murió).
Mortales o no, los personajes de Kirkman se sienten reales porque (más allá de la factura técnica) tienen tiempo para respirar, para crecer, para pelearse y para pelear contra villanos de turno. Ese es otro de los puntos en que Invencible se diferencia de los X-Men, los Cuatro Fantásticos o los Jóvenes Titanes: las peleas en esta historieta son realmente sangrientas. Que el organismo viltrumita tenga la capacidad de regenerarse (dolorosa y lentamente) hace que algunos personajes puedan sufrir heridas jodidísimas y regresar a los pocos números. También hay otros que las sufren y terminan yendo a visitar a Alfred.
Finalmente, así como el mencionado universo Absolute en DC (o el Ultimate en Marvel, en cualquiera de sus encarnaciones) cuenta historias desde el origen de los personajes, es posible seguir el arco de crecimiento de Mark Grayson con obstáculos y antagonistas cada vez más complejos. No estoy diciendo que sea imposible leer un cómic de Batman sin entender 80 años de continuidad, pero acompañar a un personaje desde la cuna puede crear lazos más fuertes, en especial en aquellas personas tendientes a las relaciones parasociales, más allá de si son con seres reales o ficticios.
En los primeros 47 números de Invencible (recopilados en dos tomos digitales por Planeta Cómic), Mark aprende las ventajas y desventajas de su nueva doble vida, reconfigura la relación con sus padres, se pone de novio, es obligado a casarse (con otra), resiste invasiones del espacio exterior y de otras dimensiones, viaja a Marte, conoce a nuevos integrantes de su familia y queda varado en otra dimensión. Al mismo tiempo, personajes de segunda y de tercera línea también cambian (ascienden en el hampa, se hacen más fuertes, mueren) y los eventos propios y ajenos se retroalimentan constantemente.
Sentimos que estamos frente a una gran historia sobre el viejo debate nature vs. nurture (naturaleza versus crianza), pero con suficientes arcos definidos como para ir recibiendo recompensas por nuestro esfuerzo de lectura. La colección ha sido recopilada en inglés con numerosos formatos, desde 25 tomos de entre cuatro y seis números hasta tres compendiums de más de mil páginas cada uno, que requieren una almohadita sobre las piernas para no sufrir demasiado. Lo sé porque son los que tengo.
El increíble Hombre Kirk
Invencible no es la única creación de Robert Kirkman, este nativo de Kentucky de 47 años que actualmente se desempeña como jefe de operaciones en la editorial Image. Es posible que les suene su nombre por ser cocreador (junto a Tony Moore, quien también lo abandonó pronto) de The Walking Dead, la historieta que se publicó entre 2003 y 2019 sobre un grupo de sobrevivientes de una plaga zombi, que expandió el género por la extensión de la historia y que generó una franquicia audiovisual con una serie televisiva madre y numerosos spin-offs. Todo lo que toca lo convierte en oro, o al menos lo que tocó en 2003, porque Invencible comenzó ese mismo año.
Tan bien le fue que desde Marvel lo llamaron para guionar Marvel Zombies, historia alternativa que llegaría a convertirse en serie animada. También fue adaptada la historieta Outcast, sobre posesiones demoníacas: llegó a la televisión, pero nadie la recuerda.
Finalmente, entre los destaques de su bibliografía, estuvo detrás de historietas de superhéroes como Tech Jacket, Brit, The Astounding Wolf-Man o Capes, que o bien fueron creadas para ensanchar el Invencibleverso o bien se plegaron a él de manera orgánica más adelante.
Invencible, de Robert Kirkman, Ryan Ottley y Cory Walker. Tomos digitales 1 y 2, de 760 y 656 páginas, respectivamente. Planeta Cómic, 2025.