Sigue en cartel La virgen de la tosquera, y acá pueden leer la reseña que escribió Guilherme de Alencar Pinto. A mí me interesó la película porque está basada en dos relatos de Mariana Enriquez que aparecieron en su primer libro de cuentos, Los peligros de fumar en la cama.
Es una gran colección de cuentos, de esos que logran transmitir una atmósfera común. Creo que ahí ya está todo lo que atrae de Enriquez: el coqueteo con lo sobrenatural, el dominio de la relojería que perfeccionó Edgar Allan Poe y, sobre todo, la mirada adolescente (o infantil, pero siempre joven). Hay brujería, hay trastornos, hay misterio, y la voz de quien los padece no es la de una persona adulta. El libro apareció en 2009, y unos años después lo reeditó Anagrama, cuando despuntaba el fenómeno internacional en torno a su autora.
Después de ver la película, que creo que suma muchísimo a esa mirada generacional y de género que había en los relatos de Enriquez, me quedé pensando en las transformaciones que habían tenido que hacer Laura Casabé, su directora, y el guionista Benjamín Naishtat (codirector de la memorable Puan), así que les mandé algunas preguntas sobre cómo trabajaron con el material de Enriquez.
Antes de seguir, hay que aclarar que la película se basa fundamentalmente en el cuento homónimo y también en otro, llamado “El carrito”, que se me ocurre que podría ser una variación clasemediera de “Casa tomada”, aquel cuento de Cortázar en que dos hermanos van quedando cada vez más arrinconados en su mansión; en el de Enriquez es un barrio entero el que es “invadido”, no por una multitud indefinida, sino por la maldición de un indigente.
“La virgen de la tosquera”, por su parte, es una historia de adolescentes, de amor no correspondido. Casabé y Naishtat expanden el universo de ese cuento, no solo con el trasfondo social que aporta “El carrito”, sino también con varios episodios sobre lo que les ocurre a Natalia, la protagonista, y a sus amigas. Le pregunté a Casabé cómo había sido ese trabajo que claramente no es una adaptación tradicional.
“Yo hablo siempre de transposición, porque mantener la fidelidad a lo que está en el libro era un poco difícil. Lo que íbamos a hacer con Benjamín y con nuestra mirada era una posibilidad, es la mirada de dos lectores en este caso. Siempre surgió esta cuestión de que la trama troncal fuera la de ‘La virgen de la tosquera’ y que estuviese en diálogo y dentro del universo del cuento ‘El carrito’, pero un poco por una creencia de que ‘El carrito’ hablaba metafóricamente sobre la crisis de 2001. Es la historia de un linyera que es golpeado brutalmente y que después maldice a una cuadra por lo que le sucede y ocurren una serie de desgracias encadenadas, económicas en general, y hay un grupo de gente que cae radicalmente en la miseria. ‘La virgen de la tosquera’ es este cuento de tres amigas que terminan invocando a una fuerza medio brujeril para enganchar a un pibe. Bueno, todo eso para mí convivía un poco, así lo charlábamos, siempre en el mismo universo. Creíamos que ‘El carrito’ ocurría en 2001 y a mí me parecía interesante hacer una película de terror o de lenguaje de género, que sucediera en ese período tan particular de Argentina. Yo tengo la edad de la protagonista y Benja también, entonces había algo generacional”.
“La transposición”, aclara, “tiene que ver con esto de tomar los materiales de los cuentos, usarlos más como una materia prima, tomar lo que nos interesa y lo que a nosotros nos sucedió con ese cuento y a partir de ahí generar una obra nueva con mucha libertad de trabajo sobre esos materiales”.
Casabé dice que leyó por primera vez “El carrito” hace casi diez años, un poco antes de terminar su película Los que vuelven, y su intención inicial era adaptar ese cuento. “Volví a leerlo y me reencontré con ‘La virgen de la tosquera’. Me di cuenta de que era un cuentazo, con unos personajes buenísimos, y que hablaba un poco de las mujeres que conocía, de una forma de vivencia que me interesaba”.
Ahí se dio vuelta el esquema y “El carrito” pasó a ser el fondo social en lugar de la historia principal. En las charlas con Enriquez, Casabé y Naishtat se enteraron de que el cuento estaba más bien ambientado en la crisis de 1989. “Lo que encontramos en común fue como esa suerte de agobio que genera para los que vivimos en Argentina entrar cada dos por tres en ciclos de profundas crisis económicas y desclasamiento, de pérdida de poder adquisitivo. Algo de todo eso nos interesaba mucho, de lo que fue esa atmósfera y ese clima de 2001, cómo podía dialogar y cómo se podía potenciar con la inestabilidad propia del paso a la adultez, que es un poco lo que cuenta la película”.
Hay varias escenas que no están en ninguno de los dos cuentos, obviamente. En una casi insignificante, pero que merece un lugar en este boletín, la antagonista de Natalia lee Matadero cinco, la gran novela de Kurt Vonnegut. En otra, más importante para la trama, la protagonista se defiende exitosamente de un grupo de varones y además aparece la historia lateral de un niño huérfano, que recuerda un poco a otro cuento notorio de Enriquez, “El chico sucio” (que abre Las cosas que perdimos en el fuego).
“Creo que son muy vivenciales”, dice Casabé sobre esos aportes. “Hay una experiencia muy vivencial de los tres, hay mucha vivencia mía en ese relato, hay mucha vivencia de Benjamín y hay mucha Mariana. Quizás eso hizo que las escenas que surgieron como un agregado del guion tuvieran una concordancia con la obra de ella”, concluye.
La película sigue en cartel en Cinemateca y en el Life Cinemas de Punta del Este.
Porque es Carnaval
Protagonista múltiple del fenómeno murguero desde hace décadas –fue parte de Agarrate Catalina, por ejemplo–, Martín Duarte es también uno de los periodistas especializados en Carnaval que mejor combina la cobertura de sucesos de actualidad con la investigación histórica. En Una que sepamos todos vuelca sus conocimientos e intereses al explicar la génesis de canciones clásicas del carnaval, como anota su colega Sofía Pinto Román.