“La exitosa campaña militar llevada adelante por Cevallos contra los portugueses determinó que la población civil establecida en Río Grande fuera abandonada a su suerte”, señala Fernando Cairo (2013) en su libro Retrospectiva: crónicas de San Carlos. El gobernador y mariscal Pedro de Cevallos había recibido la orden real de recuperar territorios de la corona española, al oeste del Río de la Plata. Logró su cometido y trajo consigo, en 1763, a colonos procedentes de las islas Azores hacia un paraje caracterizado por ser una “encrucijada de rutas terrestres, tener aguada permanente y abundante leña”. Tras llamarse Pueblo Nuevo o Maldonado Chico, el paraje cambió su nombre en honor a Carlos III. Otros migrantes arribarían desde un interior profundo, la costa africana, Canarias y más allá.
Por otro lado, la Villa Ituzaingó del siglo XIX, que antes había sido llamada Cabo Santa María, adquirió en 1907 una nominación fiel a su topografía, en tanto Punta del Este. La faena de lobos y la pesca artesanal, entre otras actividades en torno a su puerto natural, delinearon sus primeros años hasta incorporar usos turísticos que la catapultaron a lo más alto, en un destino que nacionales y extranjeros hicieron suyo para visitar y vivir.
Tierras de mujeres hacedoras
Al escribir “El trabajo de la mujer carolina en Punta del Este (1980-1990)”, artículo publicado en el libro Historias locales del Uruguay: San Carlos (1996), bajo coordinación de Gerardo Caetano, las autoras Mabel Barboza y Jacqueline Pérez nos hablan de la salida en masa de la mujer carolina del hogar. Eso, para “contribuir al sustento y bienestar económico familiar”, ante el agravamiento económico del “fin de la ‘Suiza de América’”, lo que se correspondía para la década de 1970 con “el desarrollo turístico de Punta del Este y su entorno”.
“La vida cambió en todo sentido”. La situación de aquellas mujeres era la de jornadas dobles que continuaban en el hogar, con puestos de menor jerarquía y remuneración frente a los masculinos. Su inserción, por lo general en el servicio doméstico de chalets o edificios, les permitió mejorar el “confort del hogar” y contribuir al “estudio de sus hijos”. Los salarios eran más altos que la media nacional, aunque disminuían en la baja temporada. Barboza y Pérez señalan que, a pesar de que muchas de ellas resultan “desprotegidas” en materia de regulación laboral, era habitual figurar en planilla, aunque con menos de lo que se percibía, a la vez que las ocho horas del registro en caja no se correspondían con las jornadas de diez a 12 horas en temporada. Eran rutinas que muchas veces traían aparejadas “recriminaciones por la desatención del hogar”.
Por otra parte, “la valorización personal, la independencia económica, la experiencia y socialización” fueron aspectos positivos resaltados, mientras que algunas de ellas interpretaron que “el relacionamiento con gente de nivel social más alto las llevó a realizar gastos considerables en bienes de consumo”, además de conducirles a una mayor atención sobre su apariencia personal, cuidado físico y ocio. En paralelo, se registró que “muchas de las trabajadoras padecen reuma y problemas de columna”, entre otras dolencias. Ventajas y dificultades que, en cierta medida, aún prevalecen.
Yolanda Clavijo, trabajadora del mar que fuera concesionaria del servicio de lanchas del puerto puntaesteño, recuerda su infancia en la década de 1940 en la que “por ser mujer no tenía el permiso de sus padres para ir a Gorlero o a la playa sola, pese a la corta distancia entre la playa y su casa. Tenía que esperar a su tía, que venía de la ciudad vecina de San Carlos”, relatan las investigadoras Mariciana Zorzi y Gabriela Campodónico en De lo inhóspito al glamour: narrativas sobre las transformaciones de Punta del Este, Uruguay, en la mirada de los antiguos residentes (2019). Remiten a una península que “pasó de ser un pueblo costero, a convertirse en un balneario internacional”.
Las investigadoras retratan un pueblo en el que sus pobladores vivenciaron contrastes entre “la realidad del invierno y la del verano”, a la vez que convivían de cerca con turistas cuyo modo de vida les era ajeno. Otro entrevistado rememora que “el pueblo se veía invadido por gente diferente [...]. Nos encontrábamos con aquellos chicos rubios y chicas rubias, siempre muy bien vestidos. Nosotros éramos pueblo y ayudábamos a nuestros padres”. Para él, “la escuela unía: éramos de todas las clases sociales y teníamos una cosa en común que era Punta del Este”. Aún subsiste como un apreciado nodo de convergencia local, mientras proliferan instituciones públicas y privadas de perfil heterogéneo.
Relación de ida y vuelta
La década de 1950 trajo redefiniciones. En palabras de Mecha Gattás, entrevistada para el estudio arriba citado, “esa época era el Punta del Este de ‘algodón’ (la gente vestía sencillo, calzaba alpargatas), otra cosa fue cuando empezaron los festivales de cine. Ahí cambió el Punta del Este de algodón por el Punta del Este de lentejuelas. Ahí hay un cambio de concepto”. Y los años seguirían transcurriendo hasta que aquellas trabajadoras carolinas llegaron, en tiempos de desindustrialización y un Uruguay plaza financiera que tuvo como palco el “boom de la construcción”, corolario de las nuevas regulaciones de la propiedad horizontal para fines de la década de 1940.
Sedimentaron confluencias entre capital y trabajo, tal como profundiza también Mecha Gattás a partir de su publicación junto con Blanca Giuria de Una historia entre pinos (1988), al señalar que la construcción material del balneario “no solamente representa la parte directriz capitalista, sino también la parte funcional y obrera, que a momentos se sobreentiende y a momentos se rechaza”. Eso a lo que ellas llaman “la confluencia del capital y la mano de obra”, entre quienes no llegaron con recursos financieros sino con sus meros brazos. Gattás y Giuria traen a colación para su argumento la inauguración de la sala Cantegril, cuando decenas de obreros fueron ovacionados en el escenario tras su sólida proeza.
En busca de trabajo y ocio se iba a Punta del Este. También inversores y habitués del balneario subían a San Carlos. Fernando López D’Alesandro (2023) en su libro Socialité, jugoso estudio sociológico a partir del este uruguayo, ilustra lo anterior desde la relación entre Mercedes Jáuregui de Gattás y Lacy Duarte, artista que antes de representar a Uruguay en la 51ª Bienal de Venecia diera clases de dibujo en el liceo carolino y desarrollara la técnica del tapiz junto con tejedoras de aquel San Carlos en el que vivía. Pedro Peralta, su hijo, en entrevista para López D’Alesandro (2023) afirma que “sin Mecha, mi madre nunca hubiera sido quien fue”.
Se habían conocido en casa de Pola Bonilla, quien, según cuenta Eduardo Galeano, “era ceramista de buena mano y maestra de escuela en los campos de Maldonado; en los veranos ofrecía a los turistas cacharros y chocolate con churros”. A través de esa bebida coincidieron Mecha y Lacy, lo que llevó a la audacia de “la instalación de la galería de arte en San Carlos, en la calle Treinta y Tres”. Gattás financió y fue madrina de ese enclave cultural, hasta que “los militares cerraron la galería e incautaron los bienes”. Aldo Peralta, esposo de Lacy, fue duramente detenido por un breve período; ella había sido previamente destituida, lo que los llevó al exilio en Brasil. “Y Mecha, siempre facilitando contactos y ayuda”, al igual que con ambos hiciera Jorge Páez Vilaró. La relación entre San Carlos y Punta del Este también supo ser de ida y vuelta.
Construcción de particularismo
“Es frecuente que las sociedades locales hayan vivido o creído vivir tiempos mejores. San Carlos ha sufrido y sufre ese proceso de identidad devenida a menos”, señalaron Juan Carlos Iglesias, David Plada y Sandra Tejera en Historias locales del Uruguay: San Carlos (1996). Se sitúan en el escenario de una comunidad que quiso estar en el centro. En 1929, a través del segmento Nuestra Autonomía del periódico carolino La Propaganda se aseveraba en torno a su “población de una formidable densidad, de una actividad industrial inusitada y en un tren de progreso tan desproporcionado con el de la municipalidad central, produce el desnivel que crea la necesidad imperiosa de separar y entregarlas a su propia dirección” (citado en Iglesias y otros). En 1902 se había gestionado el traslado de la capital departamental a su jurisdicción, afán que persistió.
Podría decirse que aquel territorio en el ombligo del departamento pasaría a verse a sí mismo, al menos, como capital cultural. La oralidad singular, un espacio geográfico próspero y acumulado de manifestaciones culturales, entre otros logros, alimentaron una autoimagen precluir, señalan los autores mencionados. Marcelo González, Damián Mozzo, Pablo Pérez y Alan Segovia escriben, también en el libro Historias locales del Uruguay: San Carlos, que durante el siglo XX la localidad demostraría “un localismo acentuado”. Seguido de “una molesta sensación de dependencia respecto al centro administrativo del departamento, que es Maldonado”, además de “un no disimulado orgullo por la actividad artística e intelectual a lo largo de su historia”. Pensemos en el inventor Carlos Cal, el compositor Cayetano Silva, el teólogo Mariano Soler, intelectuales como Carlos Reyles, Heraclio Pérez Ubici, Carlos Seijo y Florencia Fajardo Terán.
Noemí Bueno (2025), para la Revista Histórica de Maldonado da cuenta de los logros de la Asociación de Amigos del Liceo de San Carlos, en funcionamiento desde 1921, mediante “equipo de cine, mimeógrafo, grabador, cancha de básquetbol, comedor y, [...] un piano de concierto Grotrian-Steinweg”, frecuentado por el maestro Hugo Balzo. A su vez, desde 1955, el liceo contó con una radiodifusora, la CW46C, radio liceal que aún suena en el aire carolino desde la 90.9 FM. Y en 1960 se inauguró un observatorio astronómico de excepción, reinaugurado en 2024. Aparte, murales de Pedro Gava y óleos de Pedro Figari, Martha Nieves y Pedro Peralta engalanan un edificio fruto de la sociedad que lo rodeó. El estudio Crecimiento Económico y Desigualdad Social de Maldonado realizado en 2012 indicaba para la ciudad de San Carlos llamativos niveles socioeducativos y una alta “participación de la gente en los problemas de la comunidad”. Una cohesión construida en el tiempo.
A su vez, el Teatro Sociedad y Unión inaugurado en 1929 sirvió entonces a la comisión de festejos por la declaración de la localidad como ciudad. Esta, presidida por el escribano Alberto Vidal, encontró en su discurso alusiones “a la prosperidad, al engrandecimiento de esta población [que] ha coadyuvado en forma eficiente la campaña que la circunda” (citado en Cairo, 2013). Aunque no todos podían ser parte de la irradiación social y cultural de aquel club, su actividad dejó huella. Gabriela Angelo en su tesis de maestría señala sobre su reapertura en 2015 que “representa un símbolo de recuperación, identidad y orgullo local”.
En paralelo, Diego Alsina (2022), desde su tesis de maestría, trae el papel del deporte para una sociedad carolina que, al igual que en distintas expresiones del carnaval, acumula logros así como construye reconocimiento social, oportunidades laborales y una masculinidad a afirmar. Entre otras conquistas, el Club Atlético Atenas ganó cuatro veces la Copa Nacional de Clubes (OFI), la comparsa La Carolina triunfó en el Desfile de Llamadas y diferentes murgas trascienden las fronteras departamentales.
Agro, industria y turismo
Un desarrollo agropecuario tardío frente a otras regiones del país despuntó en el siglo XX carolino, dieron cuenta de ello la Sociedad de Fomento Rural de San Carlos y la cooperativa agraria Calima. A la par de agroindustrias como el molino Lavagna, los frigoríficos Codadesa y San Carlos, IMSA, donde aún se leen carteles con la marca Hellmann’s y Knorr. Aparte, establecimientos como la planta embotelladora Cubsa, la omnibusera Codesa y los Talleres Automotrices de Pascual Gattás no podían dejar de estar en la urbe carolina.
También sus artesanos se hicieron notar, como lo atestiguan personajes como el numismático de la novela carolina premiada por el concurso Juan Carlos Onetti Relato inverosímil que me contó un gordo bolacero de Laureano González (2025), o las alusiones a un talabartero codiciado como motivo para detenerse por San Carlos durante los meses de estío que describe Silvina Bullrich (1975) en Mañana digo basta, joya de la literatura balnearia. Con todo, coyunturas internacionales intersectadas por políticas nacionales llevaron a un declive parcial de estos tejidos socioproductivos.
En paralelo, Punta del Este pasa a reconocerse como una fuente de empleo zafral valiosa que “logra ‘dar vida’ al campo” y sostener la “activa vida social y cultural” carolina (Iglesias y otros, 1996), dinamizando el comercio y la industria subsistentes. El atractivo balneario que renueva impulso al interior del departamento, desde una nueva hotelería rural a bodegas y almazaras en la campiña carolina, demuestran potencial, advierte el informe Hacia nuevos productos turísticos regionales, aunque el casco urbano que convive con el campo y la costa denota la pérdida de aquella fulgencia que supo tener.
Avanzado el siglo XX, torres fueron erguidas, chalets edificados, jardines delineados y avenidas trazadas en el principal balneario uruguayo. Los años transcurrieron y en 1997 era inaugurado el Hotel Resort y Casino Conrad. En su libro Punta del Este: el edén oriental, la historiadora Yvette Trochón señala que con ese hito el balneario “entraba en una nueva etapa”. En aquel entonces surgían infraestructuras como aeropuertos y doble vías, incluso el pionero Punta Shopping Mall, en una localidad habituada a inversores y visitantes argentinos sobre un territorio que “fueron considerando como suyo” (Trochón, 2017). Quienes siguen llegando, a la vez que vuelan cada vez más brasileños y otros extranjeros hacia instalaciones como Fasano Península o Las Piedras, en la ruralidad carolina, no muy lejos de un Museo MACA ideal para dar un paseo. Un fenómeno de elitización acompaña, sin inhabilitar a variados segmentos de visitantes desde nichos múltiples. Entre capitales, turistas y nuevos residentes de orígenes cada vez más dispares ¿cómo se conversa con las sociedades que estaban allí?, ¿cuánto, qué y cómo permean en la zona?
Invitación para debatir
La mesa "La identidad, ¿entre la pertenencia y el extrañamiento?", que se realizará este jueves en San Carlos, reunirá al profesor Juan Carlos Iglesias desde la filosofía, el doctor Fernando Cairo desde la historia y al doctor Daniel Cajarville desde la sociología. La actividad, con la moderación de la magíster Gabriela Angelo, tendrá lugar en el Museo Regional Carolino a las 17.00. La instancia es organizada por el Municipio de San Carlos en el marco del 263° aniversario del proceso fundacional local. Treinta años después de la publicación de Historias locales del Uruguay: San Carlos (Caetano, 1996).
Daniel Cajarville es profesor adjunto de la Universidad de la República en su sede Maldonado, donde reside, y también en alguna de sus sedes en Montevideo.
