La visita del fundador de Palantir Technologies, Peter Thiel, a Argentina y su reunión con el presidente Javier Milei no es un episodio aislado ni un encuentro más entre el mundo empresarial y la política. Para los politólogos Iván Schuliaquer y Camila Zeballos, expone un proceso más profundo: el avance de las grandes empresas tecnológicas como actores de poder y su creciente capacidad de incidir en decisiones políticas.

En ese marco, advirtieron, en diálogo con la diaria, que el fenómeno excede lo tecnológico y se inscribe en una disputa por el poder, en la que las corporaciones comienzan a ocupar espacios tradicionalmente reservados al Estado luego de que lo público se recluyó de muchas funciones claves, especialmente en áreas como el manejo de datos y la infraestructura digital. Este desplazamiento implica tensiones sobre los marcos democráticos y un corrimiento hacia lógicas más corporativas.

“Peter Thiel no es una figura marginal de la política, de la economía ni de la tecnología estadounidense”, dijo Schuliaquer. “Hace creer que el proyecto de los multimillonarios es viable, realizable e incluso deseable para gran parte de la humanidad”, algo que “es muy problemático” porque “tiene capacidad material” para imponer sus ideas, afirmó.

Por su parte, Zeballos advirtió que “lo que están haciendo estos empresarios es explicitar su programa político” y “principalmente están reclamando poder. Poder económico y político”.

¿Quién es Thiel?

Thiel, cofundador de PayPal y primer inversor externo de Facebook, consolidó su poder a través de Palantir, una empresa de análisis de datos que trabaja con agencias de inteligencia y defensa.

Además de ser uno de los hombres más ricos del mundo (con una fortuna estimada de más de 23.000 millones de dólares), es un referente ideológico de la derecha tecnológica y ha afirmado que “la libertad y la democracia no son compatibles”. Su empresa desarrolla herramientas de vigilancia y análisis masivo de datos utilizados por organismos como el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (conocido como ICE) y por Israel en Gaza.

Durante su visita a Argentina mantuvo reuniones con funcionarios y autoridades vinculadas al área de inteligencia, lo que alimentó versiones sobre un posible desembarco de sus servicios en el Estado.

Schuliaquer definió a Thiel como “un ser claramente autoritario, un libertario neorreaccionario” y agregó que ha construido su carrera “mezclando sus intereses económicos con los intereses políticos”.

Según explicó, el proyecto del empresario no se limita al plano económico, sino que Thiel ha sido capaz de pensar en un futuro que, desde una perspectiva humanista, sería “distópico”.

El doctor en Ciencias Sociales e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina remarcó que Thiel propone una reorganización del poder global. “Él propone un mundo donde la tecnología hace el trabajo de la política y ciertas ideas que no logran ser mayoritarias en las democracias puedan imponerse a través de la tecnología”, afirmó.

“Las empresas en las que él invierte y su participación son muy definitorias del mundo en que vivimos”, remarcó, señalando que Palantir es una “empresa utilizada para hacer la guerra y es una aliada fundamental” de los gobiernos de Israel y Estados Unidos.

“Están haciendo la guerra, cometiendo un genocidio en Palestina, en el caso de Israel, y con estas tecnologías colaborando activamente a partir de espionaje a mansalva, el uso de datos y escenarios donde los humanos son costos colaterales. En ese sentido, la libertad que él plantea es una libertad de mercado, no está pensando en ningún momento en la libertad política, que sería la base de las democracias”, agregó.

Asimismo, señaló que Thiel ha sido uno de los primeros que ha decidido confrontar lo que él llama la “hegemonía cultural” de Estados Unidos. Para ello, recluta a los estudiantes más brillantes de las universidades más importantes y en su contrato les impide formarse en esas instituciones para evitar el “virus woke”, agregó.

Por su parte, Zeballos dijo que “Thiel es un conservador, racista y un defensor del apartheid”.

La experta, quien cuenta con una maestría en Ciencias Humanas y es profesora de la Facultad de Ciencias Sociales, agregó que Thiel “es muy astuto en analizar el rol del Estado para el control de la población y por eso le vende tecnología a Estados Unidos para, por ejemplo, implementar los controles antiinmigrantes”.

Según Zeballos, se trata de un actor que “no tiene ningún prurito en indicar su predilección por el nacionalismo blanco y por los liderazgos fuertes y verticales”.

“Refleja lo que cada vez es menos distópico: el neoliberalismo, en esta fase de nihilismo, permite la emergencia y desarrollo de estos personajes que, en otro momento, estarían en el ostracismo”, agregó.

Tecnología, poder y democracia

Para Schuliaquer, una de las claves es el desplazamiento de la política por lógicas tecnológicas y corporativas. “El gobierno de las corporaciones”, en el que estas “establecen las reglas, definen a quién se castiga, a quién no, qué se premia y qué no”, describió.

Remarcó que se asemeja al caso de los gobiernos autoritarios, donde los estados no garantizan derechos políticos, pero sí otro tipo de cuestiones. “En este caso, es el acceso a la tecnología mientras que estas empresas se presentan como estados”.

“Thiel representa un mundo sin democracia y en el que la humanidad es cada vez menos importante”, advirtió.

Manifiesto Palantir

En paralelo a la visita de Peter Thiel a Argentina, la empresa Palantir Technologies publicó hace unos días un manifiesto con 22 tesis sobre el futuro de Estados Unidos y Occidente. El documento plantea una redefinición del vínculo entre tecnología, Estado y poder, en la que las empresas del sector asumen un rol central en la defensa y organización de las sociedades. “Silicon Valley le debe una deuda moral al país que hizo posible su ascenso” y su élite “tiene una obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación”, sostiene el texto.

En esa línea, el manifiesto propone un corrimiento desde formas tradicionales de poder hacia un modelo en el que la tecnología –y particularmente el software– se vuelve un instrumento central de dominio. “La capacidad de las sociedades libres y democráticas para prevalecer requiere algo más que un atractivo moral. Requiere poder duro y el poder duro en este siglo se construirá sobre software”, afirma.

A su vez, el documento descarta la posibilidad de frenar el desarrollo tecnológico en áreas sensibles: “La pregunta no es si se construirán armas de IA; es quién las construirá y con qué propósito”.

El texto también introduce una visión del mundo atravesada por la competencia geopolítica y la necesidad de fortalecer capacidades estatales en clave tecnológica y militar. En ese marco, sostiene que “la era atómica está terminando” y que será reemplazada por “una nueva era de disuasión construida sobre IA”. Al mismo tiempo, cuestiona el rol de las élites políticas tradicionales y plantea que “la decadencia de una cultura o civilización” solo “será perdonada si esa cultura es capaz de entregar crecimiento económico y seguridad para el público”.

Por último, señala que mientras “algunas culturas han producido avances vitales; otras permanecen disfuncionales y regresivas”, por lo que hay que superar el “dogma” de que “todas las culturas son ahora iguales”.

Respecto al manifiesto de Palantir, Schuliaquer remarcó que en el documento la empresa dice que hay civilizaciones que “no valen la pena”. “Si se cree que hay civilizaciones con las que no se puede dialogar, a las que hay que hacer la guerra o, en todo caso, asesinar [...] todo está permitido”, afirmó.

Asimismo, destacó que en el documento se establece que la base de los planes es Estados Unidos. “Están pensando cómo Estados Unidos se hace cargo del mundo, un imperio cuyo dominio está en disputa, y proponen estrategias imperialistas a través de los datos y de la tecnología, considerando que la tecnología va a arreglar lo que la política no pudo y que las corporaciones son las que van a tomar la delantera”.

Mientras tanto, Zeballos señaló que el posicionamiento de Palantir debe leerse como parte de una disputa más amplia por el poder. “Ese documento refleja una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, eliminado la soberanía popular y, por ende, la dimensión democrática”, advirtió.

“Dicho esto, hay elementos del manifiesto que son bien interesantes para leerlos en clave teórica. La palabra decadencia, que aparece por allí, no es caprichosa: delata el imaginario reaccionario en el que se mueven estos tipos. Para ellos, las élites democráticas son incompetentes y corruptas, y deben ser sustituidas por una nueva élite más eficaz”, agregó.

¿Tecnofascismo?

El documento de Palantir fue analizado por la revista El Grand Continent, que lo definió como un texto que los “ideólogos neorreaccionarios han calificado como el plan para forjar un Occidente tecnofascista”.

En este contexto, Schuliaquer aplicó el concepto de “tecnofascismo” para referirse al pensamiento de Thiel, definiéndolo como aquella concepción que entiende que la tecnología puede “declarar la superioridad moral de unos por sobre otros, que es antidemocrática, autoritaria y que incluye la eliminación del otro como un escenario posible”.

“Lo que se ve en esta empresa es un poder utilizado para la guerra, para detener y asesinar a otros [...], y sus dueños están diciendo que eso está justificado porque Estados Unidos es una civilización superior al resto. Eso entra claramente en la idea del fascismo”, agregó.

En contraposición, Zeballos planteó cautela a la hora de caracterizar el fenómeno asociado a figuras como Peter Thiel. “Me cuesta mucho pensar en esa categoría [de tecnofascismo]. Creo que es apresurado ponerle etiquetas a los fenómenos”, sostuvo. Para la especialista, antes de encasillar el proceso es necesario comprenderlo en profundidad y salir de la coyuntura.

Argentina en el tablero global

Por otro lado, Zeballos vinculó la visita de Thiel a Argentina con un entramado político más amplio. “Refleja la completa alineación del gobierno de Milei con el de Trump”, sostuvo, y advirtió que estas relaciones forman parte de “una articulación geopolítica bien compleja para Argentina”.

A su entender, detrás de estos vínculos existen “intereses geopolíticos evidentes, de políticas extractivas desde Estados Unidos hacia Argentina y América Latina”.

“Los estados, cada vez más menguados en términos de poder político y económico, recurren a las empresas privadas para solucionar uno de sus poderes fundantes, que es el infraestructural”, dijo. “Una vez que esas capacidades estatales fueron deliberadamente debilitadas, no queda otra salida que recurrir a privados [...] Y por definición las lógicas que operan entre un mundo [público] y otro [privado] son contradictorias. Unos quieren, o deberían querer, el bienestar general y los otros, el lucro. Entonces lo que hay en el fondo son intereses económicos que ordenan y pujan a la política. La limitan”, afirmó.

“Un experimento”

Por su parte, Schuliaquer también analizó la relación entre estos sectores de poder global y el gobierno de Milei. A su entender, la visita de Thiel al país “muestra que el gobierno” es “parte del ecosistema de la derecha radical a nivel global”, que incluye al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, a dueños de gigantes tecnológicas y a agencias de seguridad, defensa y espionaje.

“Milei se piensa a sí mismo mucho más como un miembro de la derecha radical global que como presidente de Argentina. Si uno ve qué tipo de banderas saluda, dónde le interesa estar, prefiere ir a encuentros con empresarios de las grandes tecnológicas, a Estados Unidos o a Israel que a las provincias argentinas”, afirmó.

El experto argentino sostuvo que el presidente está dispuesto a ser parte de los “experimentos” que quieren realizar dichas empresas tecnológicas en su interés en apropiarse de territorio y de datos.

En ese contexto dijo que el gobierno argentino, a diferencia de otras derechas, es “antinacionalista” y apoya un acuerdo global, alineado con Estados Unidos e Israel, por encima de los intereses del país.

Asimismo, indicó que la alianza entre Argentina, Thiel y el gobierno de Trump se evidencia en el “rescate histórico” que le dio Estados Unidos cuando el país sudamericano se encontraba en una crisis por falta de dólares. También mencionó el caso de Sam Altman, director ejecutivo de OpenAI, quien anunció una inversión en la Patagonia para crear centros de datos de más de 20.000 millones de dólares.

En la misma línea, Zeballos sostuvo que el alineamiento de Milei con Washington llevó al presidente argentino en marzo de 2026 a votar en la Organización de las Naciones Unidas, junto con Estados Unidos e Israel, en contra de una resolución que definía a la trata transatlántica de esclavos africanos como “el crimen más grave contra la humanidad”, y lo hizo “sin sopesar, por ejemplo, el rol de los países africanos en su reclamo histórico sobre el dominio de las islas Malvinas”, agregó.

Datos, soberanía y control

Consultados sobre los riesgos de que los estados dependan de infraestructura privada, como la de Palantir, para procesar datos sensibles, ambos expertos advirtieron que supone una privatización de las funciones estatales y una pérdida de soberanía.

“No sabemos qué se puede llegar a hacer con nuestros datos, porque en sus versiones más radicales, estas personas también tienen concepciones sobre la condición de hombre, en términos genéticos”, dijo Zeballos. “Si Thiel es un supremacista blanco, me da miedo que mis datos los tenga alguna de sus empresas o alguno de sus amigos”, agregó.

Por su parte, el politólogo argentino dijo que el acceso de datos públicos a empresas privadas es un problema de soberanía.

“Lo que se produce es que los datos de los usuarios en gran parte del mundo puedan ser utilizados para distintas cuestiones, ya sea para intereses geopolíticos de la empresa que los maneja. También eso puede ser utilizado para perseguir a opositores políticos” o “hacer campañas de desinformación además de que tienen capacidad de hackear distintos sistemas públicos”, indicó.

Un escenario abierto

Para Schuliaquer, el avance de estas ideas no implica un “destino inevitable” para América Latina, pero sí configura un escenario de disputa. Sin embargo, advirtió que el peso económico, tecnológico y político de estos actores les otorga una capacidad real de incidir en el rumbo del mundo.

Por su parte, Zeballos advirtió que estos sectores de poder están interesados en recursos estratégicos como las tierras raras y señaló que “hay que mirar la situación con atención”. “Es nuevamente la historia de América Latina ante nosotros: saqueo y extractivismo”, dijo.

En el caso de Uruguay, consideró que debe aprender de lo que sucede en otros países y planteó que la principal enseñanza pasa por la capacidad de respuesta del sistema político. “Milei no está ahí por azar o designio divino. La política tradicional hastió y no dio respuesta a las necesidades ciudadanas”, afirmó.

“Cuando se está en el poder, hay que ejercerlo. Ese es un aprendizaje que podría sacar Uruguay, y principalmente el oficialismo, de la tragedia argentina”, dijo. “A Uruguay las cosas también le pasan, a su tiempo y a su modo, pero le suceden. No somos tan extraordinarios como creemos”, concluyó.