El 31 de mayo, unos 41 millones de colombianos estaban llamados a las urnas para elegir al sucesor de Gustavo Petro, quien, conforme a la Constitución, no podía optar por un segundo mandato. Los comicios fueron vistos como un plebiscito sobre la continuidad de su proyecto político, basado en una mayor inversión social y el diálogo con grupos armados. Muchos medios destacaban que su popularidad era “inusualmente alta” para la fase final de su mandato, según algunas encuestas, cercana a 50%, tras diversos traspiés durante su gestión. Pero la primera vuelta de las elecciones presidenciales concluyó con el sorpresivo primer lugar de Abelardo de la Espriella, un outsider de extrema derecha que se impuso con 43,7% de los votos, superando a Iván Cepeda, representante de la coalición oficialista, que obtuvo 40,9%. La senadora conservadora Paloma Valencia, candidata del sector del expresidente Álvaro Uribe, quedó muy por detrás de ambos candidatos y por debajo de sus propias expectativas al alcanzar un escaso 6,9%. La participación ascendió a 57,88%, la más alta registrada en una primera vuelta presidencial en la historia reciente del país.
Mientras que en 2022 Petro obtuvo un porcentaje similar (40,34%), pero quedó 12 puntos por encima del segundo, Cepeda comenzará el camino al balotaje del 21 de junio en desventaja. La mayoría de las encuestas le daban un cómodo primer lugar, por lo que el resultado fue un golpe anímico para su campaña.
“El Tigre” y la reconfiguración de la derecha
Una de las claves para comprender los resultados de la primera vuelta electoral –y las dinámicas que probablemente también definirán la segunda– es que la derecha colombiana, hegemonizada durante las últimas dos décadas por el uribismo, concurrió a las elecciones con dos candidaturas en competencia y, al igual que en los anteriores comicios presidenciales, fue nuevamente un candidato independiente quien logró atraer a la mayor parte de ese electorado y asegurar su paso al balotaje.
Como en otros países, la derecha radical terminó “comiéndose” el voto de la derecha tradicional. Si bien De la Espriella ha procurado proyectar una imagen ajena a las estructuras tradicionales de la derecha colombiana, forma parte del universo político del uribismo, con el que ha mantenido estrechos vínculos durante años.
De la Espriella se autodenomina “el Tigre”, apodo que recuerda al utilizado por el presidente argentino Javier Milei, quien recurrió a la figura del león durante su campaña presidencial. La irrupción en la arena pública de este empresario, abogado penalista y propietario de sus propias marcas de ron y vino, estuvo precedida por una intensa presencia en redes sociales donde exhibió sin pudor aviones privados, Rolls-Royce Phantom y casas en Miami, Bogotá y la campiña italiana. Una vida que, según él mismo declaró apenas un año antes de lanzar su candidatura, era demasiado buena como para cambiarla por la presidencia.
Con un discurso plagado de insultos y descalificaciones antiizquierdistas, De la Espriella logró consolidar una amplia visibilidad pública incluso antes de anunciar su candidatura presidencial. Se declaró un “enemigo acérrimo” de los líderes de izquierda, “que hará todo lo posible para destriparlos y enfrentarlos, determinada y decididamente”, ya que “a esa plaga hay que erradicarla”. Pero no se quedó ahí: construyó una campaña que lo presentó como un outsider dispuesto a desafiar a la clase política tradicional y a reformar profundamente el sistema político colombiano.
En materia económica, De la Espriella defiende un programa de austeridad y promete reducir drásticamente el tamaño del Estado. Entre sus principales propuestas, figura un recorte de 40% del gasto público, una medida que, según sostiene, permitiría sanear las finanzas y aumentar la eficiencia del aparato estatal.
Espriella llega al balotaje con tres ventajas estructurales: la inercia del primer lugar, el apoyo formal de Paloma Valencia –respaldada a su vez por Álvaro Uribe y la dirección del Centro Democrático– y el voto anti-Cepeda.
Su programa –bautizado País Milagro– mezcla el lenguaje empresarial de las startups con promesas, como la fumigación aérea de 330.000 hectáreas de cultivos ilícitos, el restablecimiento del control territorial en zonas dominadas por grupos armados en un plazo de 90 días –para lo que ha invocado, sin aparente ironía, el concepto de “pax romana”– y la construcción de diez megacárceles de máxima seguridad administradas por operadores privados e inspiradas en el modelo Bukele. Para ejecutar todo ello, ha anunciado que necesita el apoyo de Estados Unidos e Israel, lo que incluye aviones estadounidenses para bombardear campamentos “narcoterroristas” desde los primeros días de su gobierno.
En sus primeros pasos como candidato, De la Espriella planteó retirar a Colombia de la ONU, en línea con las denuncias de la extrema derecha contra ese organismo, al que calificó, junto con la Organización de Estados Americanos, de “directorio político de la izquierda”. Por lo demás, el candidato llegó a la primera vuelta con un pasado profesional polémico: durante años fue abogado defensor del colombiano Alex Saab, considerado el principal operador financiero del régimen de Nicolás Maduro, y a una semana de las elecciones el periodista Daniel Coronell publicó documentos que acreditarían transferencias por más de 370.000 dólares desde empresas vinculadas a Saab hacia cuentas asociadas al candidato. De la Espriella calificó la revelación de “montaje político” y no perdió ni un punto en las encuestas.
Lo que está en juego
La segunda vuelta presidencial representa un momento decisivo para Colombia. Cuatro años después de la llegada de Petro a la presidencia, la izquierda ha demostrado que puede convertirse en una fuerza electoral competitiva y disputar con éxito el poder estatal. Sin embargo, la experiencia del gobierno de Petro mostró la capacidad de las élites económicas, políticas y mediáticas para limitar el alcance de las reformas mediante bloqueos institucionales, confrontaciones judiciales y campañas permanentes de desgaste. Una eventual victoria de Cepeda abriría la posibilidad de profundizar las transformaciones iniciadas en 2022, pero probablemente también intensificaría la resistencia de aquellos sectores que perciben estas reformas como una amenaza a sus intereses históricos. Por el contrario, un triunfo de De la Espriella significaría el retorno al poder de los sectores que dominaron la política colombiana durante gran parte de las últimas décadas. Ello supondría una recomposición del bloque conservador integrado por grandes grupos económicos, élites terratenientes, sectores del uribismo y actores vinculados a las estructuras tradicionales de poder.
Las perspectivas de cara al 21 de junio son inciertas: las encuestadoras fallaron en la primera vuelta, cuando prácticamente todas situaban a Cepeda en primer lugar. De la Espriella llega al balotaje con tres ventajas estructurales: la inercia del primer lugar, el apoyo formal de Paloma Valencia –respaldada a su vez por Álvaro Uribe y la dirección del Centro Democrático– y el voto anti-Cepeda.
Cepeda necesita que sectores abstencionistas próximos a la izquierda, que no acudieron en primera vuelta, se movilicen ante la perspectiva concreta de un gobierno de De la Espriella. El resultado dependerá en buena medida de cuál de estas dos lógicas –la consolidación del voto de derecha unificado o la movilización del electorado progresista– se imponga el 21 de junio.
Aaron Tauss es doctor en Ciencias Políticas y profesor asociado de Relaciones Internacionales en la Universidad Nacional de Colombia. Una versión más extensa de este artículo fue publicada originalmente en Nueva Sociedad.
