—El año que viene también le escribimos una cartita nosotros —le dice la madre a la nena mientras avanzan entre la multitud frente al árbol Falcone, en Palermo.
—¿Y a quién? —pregunta ella.
—A Giovanni Falcone. Ahora te cuento quién fue. Vení, hagámonos una foto primero.
La nena sonríe. Detrás, cientos de chicos levantan carteles pintados a mano. “Fuori la mafia dallo Stato”. “Palermo è nostra e non di Cosa Nostra”. “Falcone! Falcone!”. Hay escuelas, docentes, adolescentes, familias enteras. Treinta y cuatro años después de la masacre de Capaci, Palermo es una ciudad atravesada por la memoria. El 23 de mayo de 1992, la autopista Palermo-Trapani explotó a la altura del pueblo de Capaci. Quinientos kilos de explosivos hicieron volar el asfalto y asesinaron al juez Giovanni Falcone, a su esposa, Francesca Morvillo, y a los agentes de custodia Rocco Dicillo, Vito Schifani y Antonio Montinaro. Era la respuesta feroz de la Cosa Nostra después de la confirmación en Casación de las condenas del Maxiproceso de Palermo, el histórico juicio que había demolido por primera vez la sensación de impunidad de la mafia siciliana.
Ese proceso había nacido justamente del trabajo revolucionario del pool antimafia construido por Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. La mafia decidió vengarse. Bajo las órdenes de Totò Riina, la cúpula mafiosa organizó una estrategia de guerra contra el Estado italiano. Pocos meses después de Falcone, también Paolo Borsellino fue asesinado en Palermo, en via D’Amelio, junto a cinco integrantes de su custodia.
El 23 de mayo, Día de la Legalidad, es una jornada de actos, homenajes y actividades institucionales que movilizan a la sociedad civil y a la política. En distintos puntos de la ciudad desfilaron ministros, autoridades locales y representantes de partidos. Pero las palabras más esperadas fueron las del presidente de la República, Sergio Mattarella, quien recordó que “la masacre de Capaci marcó la historia de la República” y definió aquel atentado como “uno de los ataques más sanguinarios contra la libertad y la dignidad de los italianos”.
Mattarella, cuyo hermano Piersanti Mattarella, presidente de la Región Sicilia, fue asesinado por la mafia en 1980, insistió en la respuesta “inflexible” del Estado frente a la mafia y sostuvo que la Cosa Nostra “se encontró con instituciones sólidas y ciudadanos valientes”. Reivindicó además la herencia ética de Giovanni Falcone y Paolo Borsellino como patrimonio democrático entregado, sobre todo, a las nuevas generaciones.
Sin embargo, mientras las instituciones reivindican una línea clara del Estado contra la mafia, persisten zonas oscuras que desde hace décadas siguen abiertas. Investigaciones judiciales, testimonios y trabajos periodísticos continúan señalando posibles vínculos, encubrimientos y presencias nunca del todo esclarecidas alrededor de la masacre de Capaci y de la temporada de atentados que azotó Italia entre 1992 y 1994. Entre esas sombras sigue apareciendo la llamada “tratativa Estado-mafia”, el presunto diálogo secreto que sectores institucionales habrían mantenido con la Cosa Nostra después de las masacres, en uno de los capítulos más controvertidos y dolorosos de la historia reciente italiana. Aunque las sospechas y el debate público continúan hasta hoy, la Corte de Casación confirmó en 2023 la absolución de todos los imputados institucionales en el proceso judicial sobre la supuesta negociación entre el Estado y la mafia.
Otro elemento aparece en una investigación difundida por la transmisión televisiva de Rai3 Report sobre las declaraciones del colaborador Alberto Lo Cicero ante el magistrado Gianfranco Donadio. Según ese testimonio, el neofascista Stefano Delle Chiaie habría realizado inspecciones en los lugares de la masacre y mantenido contactos con el jefe mafioso Troia, condenado por el atentado. Son pistas sobre las que nunca se profundizó completamente y que vuelven a poner en discusión la existencia de sectores grises entre mafia, extrema derecha y aparatos desviados del Estado.
Hoy, más de tres décadas después, Palermo sigue buscando respuestas completas. Pero también produce escenas nuevas. Padres que les cuentan a sus hijos quién fue Falcone. Adolescentes que cantan contra la mafia. Cartas escritas con birome y dibujos infantiles colgados frente al árbol de Falcone en via Notarbartolo. Una memoria todavía en disputa que pertenece a la ciudad y al país entero. Una memoria que no puede olvidar que la mafia sigue existiendo y actuando a varios niveles y que no hay que bajar la guardia.
