La alfombra roja que traza el camino de la icónica plaza Tiananmen al ingreso principal del Gran Salón del Pueblo es la misma. También es el mismo anfitrión que acompaña a sus huéspedes de honor. Lo que cambia casi a diario son los dignatarios extranjeros que la caminan junto al presidente Xi Jinping.
Durante mayo, por esa alfombra transitaron el presidente estadounidense, Donald Trump, y el ruso, Vladimir Putin. Nunca antes en la historia de la diplomacia moderna, a una distancia de tan solo cuatro días y por separado, un presidente recibió a los jefes de Estado de dos potencias globales.
En los últimos 30 días también llegaron a China las principales autoridades de Serbia, Singapur, Vietnam, Emiratos Árabes Unidos, Mozambique y Singapur. Mientras escribo, está aterrizando Shehbaz Sharif, primer ministro de Pakistán, y gran mediador propuesto y apoyado por Xi por su papel “justo y equilibrado” para poner fin a la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán. Dos semanas antes había sido el turno del ministro de Relaciones Exteriores iraní, Seyed Abbas Araghchi, también buscando el soporte de Pekín para encontrar una salida al conflicto.
En 2026 recorrieron la misma alfombra roja y siempre acompañados por el mismo presidente los mandatarios de los otros dos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (Francia y Reino Unido) y todos los países del G7 excepto Japón. También fueron recibidos con todos los honores el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez; Lee Jae-myung, presidente de Corea del Sur, así como nuestro Yamandú Orsi, entre otros.
Los resultados de la denominada “diplomacia de jefes de Estado” (Xi dixit) son más que evidentes, como evidente es el fracaso de Washington por aislar a Pekín. No hay duda: todos los caminos de la diplomacia conducen a China, y Pekín es hoy la capital del mundo, el centro de gravedad a cuyo alrededor gira el sistema de relaciones internacionales.
“En el mundo actual nos enfrentamos a grandes cambios nunca vistos en 100 años (...) El sistema internacional se ha vuelto cada vez más equilibrado y la tendencia internacional es irreversible”, enfatizó Xi en la conferencia de embajadores chinos de 2017.
En junio de 2018, en la conferencia central de relaciones exteriores, volvió a subrayar el mismo concepto: China se encuentra ahora en su mejor período de desarrollo desde el advenimiento de los tiempos modernos, y el mundo está experimentando cambios trascendentales nunca vistos en un siglo. Expresó que “estos desarrollos son propicios para conducir nuestros asuntos exteriores ahora y los años venideros”.
En los años 90, Deng Xiaoping fraguó lo que se denomina “estrategia de los 24 caracteres” (por su número de caracteres en chino), la doctrina de relaciones internacionales más duradera de la República Popular: “Observar con calma, afianzar nuestra posición, afrontar los problemas con tranquilidad, ocultar nuestras capacidades y esperar el momento oportuno, mantener un perfil bajo y nunca buscar el liderazgo”. Fue esta máxima la que llevó a China a (re)emerger como gran potencia.
Desde inicios de su mandato como secretario general del Partido Comunista de China en 2012, Xi no dudó de que había llegado el momento de que su país abandonara la política de perfil bajo y, junto con otros países emergentes, asumiese un mayor protagonismo en la gobernanza global y la construcción de un orden mundial multipolar en el que la República Popular estaba llamada a jugar un papel protagónico.
Todos los caminos de la diplomacia conducen a China, y Pekín es hoy la capital del mundo, el centro de gravedad a cuyo alrededor gira el sistema de relaciones internacionales.
Xi cambió la “orientación diplomática” de Deng por una mucho más asertiva y protagónica. De la consigna del “perfil bajo” y “ocultar tus capacidades” se pasó a la doctrina de Xi “persigue el éxito”. Si el XIX fue el siglo de Reino Unido y el XX el de Estados Unidos, para el líder chino, el XXI estaba llamado a ser el siglo de China y ya no hacía falta (ni tampoco era posible) ocultarlo.
Las visitas de Estado que se sucedieron durante todo este año, y muy especialmente la de Trump, son, más allá de los acuerdos alcanzados en todas y cada una, la expresión más nítida del nuevo equilibrio mundial y la dificultad creciente de sostener un orden internacional basado exclusivamente en la primacía estadounidense.
En un momento en que el unilateralismo y el proteccionismo están en auge y el orden internacional se encuentra bajo presión, el mundo necesita urgentemente una nueva visión de gobernanza global capaz de superar las diferencias y construir consensos. Ante los profundos cambios de nuestra época –los “nunca vistos en un siglo”– y la turbulencia global, las guerras en Ucrania e Irán, los ojos del mundo más que nunca miran hacia China, donde las perspectivas de desarrollo son más claras, la dirección más definida, las soluciones de gobernanza más eficaces y la estabilidad más duradera.
Desde que asumió su segunda presidencia, Trump pisotea el derecho internacional, empuja al mundo de vuelta a la ley de la selva, amenaza con “destruir una civilización (la persa) en 24 horas”, invade Venezuela y secuestra a su presidente, desprecia al papa Prevost, cuestiona la OTAN y amenaza con apropiarse de Groenlandia “por las buenas o por las malas”, pone en riesgo el sistema de alianzas estadounidenses insultando y enemistándose con sus socios históricos, que lo dejan cada vez más solo en la guerra contra Irán, etcétera, etcétera. De la otra orilla del Pacífico, la diplomacia de Xi Jinping defiende a ultranza Naciones Unidas y las organizaciones internacionales (las que existen desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y las que ella misma ha creado), el libre comercio y el multilateralismo, promueve el concepto de la construcción de “una comunidad de destino de la humanidad” y propone sus iniciativas globales de Desarrollo, Seguridad, Civilización y Gobernanza.
China se ha reposicionado como un centro indispensable de la diplomacia y el comercio mundiales, y pasó de ser un problema a convertirse en una potencia responsable con la que interactuar. Se trata de un giro extraordinario para un país que, hace pocos años, parecía estar al borde del aislamiento diplomático. Sus fronteras cerradas por una pandemia (según Trump, “el virus chino”), condenada por las supuestas violaciones a los derechos humanos en contra de la etnia uigur y otras minorías musulmanas en Xinjiang, inmersa en una guerra comercial y tecnológica con Washington, acusada de sobrecapacidad industrial y sus cadenas de producción agredidas con políticas de desacoplamiento.
Hace casi un siglo, Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista italiano, encarcelado por el fascismo de Mussolini, acuñó el concepto de interregno para describir una etapa de inestabilidad sistémica global y de erosión de los consensos vigentes en décadas anteriores. Para el gran pensador italiano, la crisis de ese período de entreguerras consistía precisamente en “un mundo que muere y otro que tarda en nacer”, donde el antiguo sistema pierde su legitimidad y poder, pero el nuevo aún no logra establecerse definitivamente, dando lugar a momentos de gran incertidumbre política y social.
“China ve cada vez más a la América de Trump como un imperio en decadencia”, titulaba The New York Times en uno de sus editoriales sobre la cumbre de ambos presidentes. Ese es precisamente el mundo que muere, que pierde su hegemonía, en el sentido gramsciano.
Nada manifiesta la emergencia de ese nuevo mundo (también en sentido gramsciano) como el peregrinaje a Pekín de decenas de mandatarios de todos los continentes, incluidos los aliados más íntimos de Washington.
Daniel Barrios es doctor en Economía y analista especializado en China, autor de Des-cubrir China.
