Las movilizaciones en Tirana, la capital albanesa, y en otras localidades del país ya llevan 20 días y reúnen a miles de personas. Se han convertido en el movimiento social más fuerte producido en décadas en la pequeña ex república comunista situada en el sur de la región de los Balcanes, sobre el mar Adriático, frente a las costas de Italia, y con frontera terrestre con Grecia, Macedonia del Norte, Kosovo y Montenegro, estos últimos exterritorios de la extinta Yugoslavia.
La protesta originalmente fue promovida por organizaciones sociales y ecologistas que reclamaban contra la instalación de dos proyectos inmobiliarios promovidos por Affinity Partners, la empresa de Jared Kushner, esposo de Ivanka Trump, una de las hijas del presidente estadounidense, quien también conforma la compañía inversora que planea instalar complejos turísticos de lujo en la costa albanesa sobre el mar Adriático.
El proyecto prevé construir hoteles en varias hectáreas de la franja costera de Vjosa-Narta, en Zvernec, y en la deshabitada isla adriática de Sazan, lugares protegidos porque en ellos hay zonas de humedales, en cuyas aguas viven, entre otras especies, flamencos. Esta simpática ave hizo que el actual movimiento que sacó a la calle a centenares de miles de albaneses a protestar fuera bautizado como la revolución de los flamencos.
Más allá de los temas medioambientales, lo que generó la masividad de las protestas son las acusaciones de corrupción contra el primer ministro albanés, Edi Rama, líder del Partido Socialista, quien gobierna el país desde 2013. Rama sucedió en el poder a Sali Berisha, la principal figura de la política albanesa tras la caída del régimen comunista, quien fue presidente del país entre 1992 y 1997, y luego primer ministro desde 2005 hasta la asunción del actual líder del Ejecutivo.
El actual gobernante albanés, cuyo Ejecutivo está siendo severamente golpeado por las protestas populares que no se detienen, es un personaje muy polifacético, exbasquetbolista profesional y publicista. Ganó notoriedad internacional en los últimos años al acercarse al gobierno italiano de Giorgia Meloni, que, plasmando la retórica contra la inmigración que la llevó a la presidencia del Consejo de Ministros de su país, pretende instalar en territorio albanés centros de acogida para la población migrante que Italia prefiere no tener en su suelo mientras se tramitan sus solicitudes de asilo.
Esta semana, durante una sesión en el Parlamento albanés en la que estuvo presente, Rama tuvo un durísimo cruce con el líder del partido centroderechista Mundësia, Agron Shehaj, que lo acusó de corrupción, afirmando que, según él, los ciudadanos están pidiendo su renuncia.
“¡Te equivocaste!¡Te enriqueciste a costa de los ciudadanos! ¡Robaste a los más pobres de Europa! ¿Has visto a los albaneses? ¿Has visto lo decididos que están? ¡Te quieren en la cárcel! ¿Alguna vez pensaste que podrías acabar ante la justicia?”, dijo Shehaj, mientras desafiaba a Rama a presentarse a las elecciones.
Rama respondió a las acusaciones afirmando que continuará en el cargo. “¡Estaré aquí hasta 2027!”, declaró el primer ministro en el contexto del áspero cruce que fue consignado por el portal local Panorama. Pero lo concreto es que las acusaciones de corrupción contra el gobierno de Rama no son nuevas y han motivado hechos políticos recientes.
A fines de febrero, Edi Rama destituyó a su viceprimera ministra y ministra de Infraestructura, Belinda Balluku, acusada de manipular licitaciones públicas. De acuerdo con lo que informó el portal Balkan Insight, la destitución se produjo tres meses después de que la Fiscalía Especial contra la Corrupción y el Crimen Organizado presentara cargos contra Balluku por interferir en licitaciones públicas en varios proyectos de construcción de carreteras, algo que ella negó en todo momento.
Además de la presión de los manifestantes en las calles, la posible adjudicación de los ambiciosos proyectos inmobiliarios al yerno de Trump también puso a Edi Rama y su gobierno bajo la lupa de la Unión Europea, entidad a la que Albania pretende ingresar desde hace años.
De manera diplomática, Bruselas está presionando públicamente al gobierno albanés para frenar este proyecto turístico hasta el punto de señalarle que, en caso de que lo siga respaldando, podría llegar a comprometer las negociaciones de entrada del país en el bloque por no respetar los estándares medioambientales comunitarios.
Esa cuestión es altamente sensible y un enorme desafío para Edi Rama, que está al frente del que durante largos años fue considerado el país más pobre de toda Europa, además de uno de los pocas del continente donde predomina la religión islámica, que en el caso de Albania profesa aproximadamente el 70% de sus casi 2.8 millones de habitantes.
Claro que la religión en Albania es tenue, una marcada herencia de los años de ateísmo de Estado que rigieron durante el gobierno comunista de Enver Hoxha, régimen que además tuvo como otra de sus características un marcado aislacionismo que dejó al país en una posición completamente insular en Europa y en el mundo.
