Saltar a contenido
Mundo Medio Oriente
Funeral del ayatolá Alí Jamenei, el 7 de julio, en Qom. · Foto: Khamenei.ir, AFP

Funeral del ayatolá Alí Jamenei, el 7 de julio, en Qom.

Foto: Khamenei.ir, AFP

El funeral de Alí Jamenei y el estado de la tregua

Mientras millones de personas despedían al líder asesinado en febrero, Estados Unidos daba marcha atrás en el frágil acuerdo de paz y anunciaba “una serie de potentes ataques” sobre Irán, al que acusa de haber atacado buques mercantes en el estrecho de Ormuz.

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

Desde el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron la operación Epic Fury y mataron al líder supremo Alí Jamenei junto a varios de sus principales comandantes, buena parte de la cobertura internacional asumió que el régimen iraní quedaría descabezado y colapsaría en semanas. Cuatro meses después, esa hipótesis no se cumplió. El análisis de sus causas obliga a ver el conflicto desde una perspectiva no influenciada por las narrativas que emanan de Washington y Tel Aviv.

Conviene subrayar que ni siquiera analistas occidentales alineados con la coalición atacante afirman hoy que los bombardeos hayan alcanzado sus objetivos declarados. El Stimson Center, por ejemplo, señaló que ningún ataque aéreo, por preciso o devastador que sea, puede derribar por sí solo un sistema de poder como el iraní. Un sistema sostenido en la Guardia Revolucionaria y una red de mando resiliente incluso tras la eliminación de su liderazgo visible. Evaluaciones preliminares de inteligencia estadounidense reconocieron que Irán desplazó buena parte de su uranio enriquecido antes de los ataques. El programa nuclear resultó retrasado apenas unos meses, pero no destruido, como se prometió públicamente. Ese dato debilita la justificación original de la operación –el desarme nuclear– y alimenta la interpretación de un intento de provocar la caída del régimen. La lectura se refuerza al recordar los llamados públicos de Trump a que los iraníes derrocaran a sus gobernantes, aunque nunca lo planteó como un objetivo oficial.

La respuesta iraní, lejos de ser meramente defensiva, exhibió su capacidad militar: oleadas de misiles y drones alcanzaron bases estadounidenses en Baréin, Kuwait, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Con el despliegue, Irán buscaba enviar un mensaje: un cambio de régimen impuesto desde afuera acarrearía un costo regional considerable, incluida la disrupción del comercio energético mundial por el estrecho de Ormuz. Ese paso, por donde transita cerca de una quinta parte del petróleo y el gas licuado que se comercia en el planeta, se convirtió en instrumento de presión de Irán frente a una superioridad militar convencional que no podía igualar. La Guardia Revolucionaria colocó minas navales, abordó embarcaciones y comenzó a exigir el pago de un peaje de tránsito. Se trata de una medida que Teherán presenta como ejercicio de soberanía, jurídicamente cuestionable bajo el Derecho del Mar de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), pero que gran parte del tráfico marítimo prefirió tolerar antes que forzar una confrontación naval. Navieras asiáticas terminaron pagando el peaje, bajo la etiqueta de “tasas portuarias extraordinarias”; otras optaron por rodear África por el Cabo de Buena Esperanza, sumando hasta 14 días de navegación antes que asumir el riesgo. Ese comportamiento, guiado por cálculo comercial y no por una posición política, reconoce tácitamente que Ormuz dejó de ser, por ahora, un espacio de navegación completamente libre. Esta situación amplía el margen de maniobra de Teherán en cualquier negociación, aunque con sostenibilidad incierta: si los sobrecostos de seguros golpean de forma prolongada a China o India, Irán podría perder a los pocos compradores que sostienen su ya debilitada economía. Pekín, de hecho, recibe un trato distinto porque sus buques no pagan el peaje. A cambio, Irán mantiene el flujo de crudo hacia China mediante la llamada flota fantasma, embarcaciones que apagan sus transpondedores para eludir el rastreo. Este arreglo profundiza la dependencia iraní respecto de Pekín –hoy prácticamente su único gran socio comercial–, pero garantiza cierto respaldo en el Consejo de Seguridad de la ONU.

En el plano diplomático, las negociaciones se desarrollan en Doha, la capital catarí, donde Qatar y Omán no solo garantizan la seguridad del proceso, sino que funcionan como amortiguadores del conflicto. Ninguna delegación se sienta frente a la otra: bajo un formato de diplomacia de proximidad, los mediadores cataríes trasladan borradores de un memorando de entendimiento entre habitaciones separadas. El esquema responde a una consigna sencilla: ni la administración Trump ni la conducción iraní interina pueden permitirse la fotografía de un apretón de manos sin poner en riesgo su propia base política. La mediación es aún más extensa: Qatar administra fondos iraníes congelados por Washington, liberables solo por excepciones humanitarias. Aun así, ese dinero no llega a Teherán de forma directa: Qatar lo destina a pagar proveedores internacionales de alimentos y medicinas. Esa fórmula, presentada desde Washington como una limitación a su oponente, le permite a Irán sostener que no se rindió a condiciones humillantes, aunque en la práctica reciba un alivio económico parcial. Omán, por su parte, mantiene abiertos sus canales de inteligencia con Teherán para que los incidentes menores en el golfo no deriven en una escalada abierta.

En el marco de las marchas y contramarchas de las negociaciones, quizás el dato más significativo de estos meses sea la fisura entre Washington y Tel Aviv. Funcionarios estadounidenses llegaron a advertir que Israel habría planeado asesinar a los propios negociadores iraníes en Doha, mientras el ministro de Defensa israelí advertía que su país actuaría en solitario si la vía política fracasaba. Esa “pulseada” no expresa necesariamente una ruptura de fondo –la garantía de seguridad de Washington hacia Israel sigue intacta–, pero sí revela una diferencia real de cálculo. Diversos indicios apuntan a que la Casa Blanca prioriza congelar el conflicto para estabilizar los mercados energéticos, mientras el gobierno israelí parece orientado a una victoria total sobre el régimen iraní, aun a riesgo de tensionar la coalición que hizo posible Epic Fury. Desde la perspectiva iraní, esa brecha ofrece una oportunidad para presentarse ante los mediadores como el actor dispuesto a estabilizar la región, mientras Israel queda expuesto como elemento disruptivo, incluso a ojos de su propio aliado.

Honras fúnebres

El funeral de Estado de Jamenei solo puede entenderse en esta trama. Retrasado casi cuatro meses –mientras las líneas de mando se rearticulaban y se tomaban las primeras decisiones bélicas–, su celebración se convirtió en un hecho geopolítico en sí mismo: millones de personas se hicieron presentes, y concurrieron autoridades de varios países, dentro y fuera de la región. La ceremonia admite múltiples lecturas: expresión de una adhesión religiosa genuina y movilizada, demostración de la vigencia del aparato logístico estatal –transporte gratuito, feriados obligatorios, distribución de alimentos–, ritual de legitimación del liderazgo sucesorio y, de cara a las cancillerías extranjeras, señal de continuidad institucional. Interpretarlo como una mera propaganda resulta tan simplista como atribuirlo a una cohesión espontánea.

No obstante, el relato de resiliencia que proyecta el funeral no debería minimizar las señales de fragilidad interna del propio país. Las protestas de diciembre de 2025, documentadas por organizaciones de derechos humanos con cifras de víctimas muy superiores a las reconocidas oficialmente, expusieron un descontento social profundo ligado a la inflación, la devaluación sostenida del rial (moneda iraní) y el deterioro del poder adquisitivo, tras años de sanciones. A su vez, la creciente dependencia comercial de China le resta a Teherán margen de maniobra en su economía interna. Ninguno de estos factores implica un colapso inminente, pero matiza cualquier lectura de Irán como un actor que acumula ventajas. El escenario puede cambiar si resurgen las protestas desde las periferias étnicas o las universidades, antes de que termine la tregua, o si el rial continúa devaluándose en el mercado informal.

La escena de tensión política puede convertirse en otro punto crítico. A la confrontación, no siempre explícita, entre la Guardia Revolucionaria y los sectores más reformistas del sistema –que compiten por definir el rumbo del país– se suma otra incógnita: qué forma tomará el liderazgo en la etapa pos Jamenei. Su hijo y sucesor designado, Mojtaba Jamenei, no ha tenido apariciones públicas, lo que lo aleja del estilo de liderazgo de su padre, y ha dejado al presidente, Masoud Pezeshkian, y al titular del Parlamento, Mohammad Baquer Ghalibaf, como las figuras de mayor visibilidad, dentro y fuera del país. Israel y Estados Unidos podrían leer esa ausencia como debilidad. Pero bien podría ser lo contrario: una medida extrema de seguridad para proteger al sucesor de un intento de asesinato en medio de una tregua todavía inestable, algo plausible tras la reciente ola de asesinatos selectivos de comandantes iraníes.

El mapa de alianzas que rodeó el funeral –Rusia, Pakistán, Irak, Hamas– sugiere que la coalición que impulsó los bombardeos de febrero no logró aislar por completo a Irán. Tampoco alinear a los estados del Golfo en un frente militar común contra Teherán. La presencia de Arabia Saudita no equivale a un respaldo ideológico al régimen, sino a preservar el acuerdo de normalización firmado con Irán en 2023 y a evitar que se reactiven los ataques contra su infraestructura petrolera. Esa misma práctica gestual explica que las consignas de venganza de Ghalibaf en el funeral no pongan en crisis las negociaciones en Doha. El concierto internacional parece comprender esa lógica: la diplomacia solo resulta creíble si está respaldada por una amenaza de daño dirigida tanto a la moral de las milicias como a Washington, lo que pone precio a cualquier ruptura del memorando de entendimiento.

La presencia de las naciones vecinas en la ceremonia reafirma ese logro táctico: Israel no logró cerrar la coalición regional que buscaba, aunque hablar de una victoria diplomática consolidada sería exagerado. Es, más bien, un margen de maniobra que Irán conserva mientras dura la tregua. Cuatro meses después de Epic Fury, Irán no alcanzó la fortaleza ni sufrió el colapso que muchos anticiparon: transformó una situación de extrema vulnerabilidad en un escenario de negociación donde conserva capacidad de daño, margen diplomático y una estructura estatal en pie. Que ese equilibrio se sostenga dependerá menos del resultado militar que de sus tensiones internas y de su capacidad de sostener el pulso regional en los próximos meses.