“La naturaleza como metáfora para explicar al hombre […]. En la Antigüedad no se sabía cómo nacían las abejas. Los sabios como Aristóteles inventaron teorías disparatadas. Se decía, por ejemplo, que las abejas venían del vientre de los bueyes muertos. Y así durante siglos y siglos. Y todo esto, ¿sabéis por qué? Porque no eran capaces de ver que en el mundo de las abejas el rey no era un rey, sino una reina. ¿Cómo sustentar la libertad sobre una mentira semejante?”, se pregunta Manuel Rivas en El lápiz del carpintero, a fines del siglo XX.

Desde entonces se ha avanzado muchísimo, aunque menos de lo que una quisiera.

El camino recorrido

Se dieron pasos enormes en la narrativa, en las normas y en las escenas cotidianas de todas nosotras; algunos como consecuencia del proceso civilizatorio y otros a los ponchazos. A fin de cuentas, también se construye a trancazos; el propio Jesús corrió a fustazos a los mercaderes del templo.

Uruguay en 15 años avanzó en una “Estrategia nacional para la igualdad de género 2030”. Implementó acciones para mitigar asimetrías tales como la penalización salarial por maternidad, tasas de desempleo más altas, concentración de los empleos en sectores de la economía poco dinámicos (educación, servicios sociales y de salud, y servicio doméstico), mayor carga de trabajo no remunerado en los hogares, violencia de género, dificultad de acceso a cargos de jerarquías y representación política.

Se sancionó una treintena de leyes que cristalizaron la lucha social de décadas. Algunos ejemplos: ley de trabajo doméstico; ley de acoso sexual, prevención y sanción en el ámbito laboral y en las relaciones docente/alumno; prohibición de solicitar test de embarazo a aquellas mujeres que estén en proceso de selección, promoción o permanencia en un empleo. Se despenalizó el aborto, con una reducción de la mortalidad materna a la tasa más baja de América Latina. Se reguló el subsidio por maternidad y paternidad de trabajadores/as del ámbito público y privado. Se creó el Sistema Nacional Integrado de Cuidados, cuarto pilar del sistema de protección social de Uruguay. Se abrió el registro de personas obligadas al pago de pensiones alimenticias decretadas u homologadas judicialmente, con retención de haberes, a cargo del Banco de Previsión Social. Se aprobó la ley de participación equitativa de personas de ambos sexos en la integración de órganos electivos, la ley de violencia basada en género y la ley de prevención y combate a la trata de personas.

Las amenazas

Los logros fueron resultado de la explícita voluntad política, la asignación de recursos y el diálogo permanente con la sociedad civil. No conforma, pero muestra que en las ramas flacas y grises asomaban los brotes.

2020 llegó como el invierno. La combinación de pandemia y cambio de gobierno resintió el avance.

La crisis de la covid-19 “ha profundizado los nudos estructurales de la desigualdad de género; significó un retroceso de diez años en el acceso de las mujeres al mercado laboral, pese a que ellas ya ocupaban trabajos de mayor riesgo social y con menor salario”, resumió Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Según la Cepal, en 2020 se redujo 6% la participación de las mujeres en el mercado de trabajo de América Latina. La pandemia amplió 22% la tasa de desocupación femenina en la región. Esto agregará 23 millones de mujeres pobres a los 118 millones que hoy registra América Latina.

Este marzo nos encuentra con indicadores de desempleo, informalidad y pobreza sensiblemente deteriorados. El confinamiento, la suspensión de clases y el teletrabajo aumentaron la carga de trabajo no remunerado.

Como si fuera poco, 57% de las mujeres en América Latina trabaja en sectores de alto riesgo, porque están impedidas de distanciamiento físico y porque tienen menor acceso a la seguridad social. 73% de los trabajadores de la salud son mujeres. 76% de los 13 millones de personas que trabajan como empleadas domésticas no tenían protección social antes de la pandemia.

Uruguay no escapa a esto. Este marzo nos encuentra con indicadores de desempleo, informalidad y pobreza sensiblemente deteriorados. El confinamiento, la suspensión de clases y el teletrabajo aumentaron la carga de trabajo no remunerado (mal repartido desde siempre). Un aspecto lacerante del aislamiento es la feminización incremental de la violencia intrafamiliar. Según los datos del Instituto Nacional de las Mujeres, el total de consultas telefónicas y presenciales a los servicios de todo el país aumentó 25% en 2020 respecto del año anterior. Grita la poesía de Eliana Lucián: “Amiga, esto de estarme salvando siempre me está matando”.

Eso no es todo. Las malas nuevas se desparraman sobre la inequidad estructural que jaquea a las mujeres todas. Somos 51% de la población, pero 70% de los pobres. Somos 83% de las familias monoparentales. Ganamos 77 centavos de cada dólar cobrado por los hombres en el mundo. Somos propietarias de la tierra en valores que rara vez superan el 30%, habiendo análisis robustos que sugieren que, si las mujeres tuviéramos un acceso equitativo a la tierra la pobreza y la inseguridad alimentaria se reducirían significativamente en el mundo. A ese panorama se suman el techo de cristal para las mujeres científicas y la larga lista de rezagos que denunciamos cada marzo.

Los retrocesos

La pandemia golpea, sin dudas. Pero hay otros retrocesos que podrían evitarse.

Retrocedemos cuando hay que dar pelea en el Senado para que el presupuesto nacional no termine de llevarse puestos los avances institucionales. Legisladores frenteamplistas y colorados, en el último momento, lograron rescatar del recorte a los juzgados multimateria, surgidos de la ley integral de violencia hacia las mujeres basada en género, de 2017.

Atrasamos el reloj cuando un senador de la República afirma que no comparte “esa exacerbación de la mujer contra el hombre, esa denuncia del hombre como culpable de todos los males”. “No compartimos la ideología de género desde su base, que dice que el sexo es una construcción. Tampoco compartimos el espíritu divisivo, que termina erosionando instituciones tan básicas y fundamentales como es la familia”, opinó Guido Manini Ríos en Las cosas en su sitio, de la radio Sarandí. Huelga el análisis. Las afirmaciones son autocontenidas en la liviandad de quien descalifica desde el desdén. La derecha criolla no inventa nada. Europa y América han conocido la escalada reactiva de una concepción conservadora de la vida y la sexualidad, que legitima la reproducción de relaciones desiguales entre hombres y mujeres.

Volvemos al primer casillero, cuando el 9M un puñado de comunicadores y formadores de opinión (casualmente hombres) ponen foco (reflectores de estadio) sobre el obrar de un puñado aún más chico de personas (casualmente mujeres), logrando invisibilizar lo que debió ser el tema excluyente de todos los micrófonos y todas las aulas y todas las miradas: la evidencia incontrastable del dificilísimo lugar en que nos hallamos las mujeres en nuestro país y en nuestra sociedad, jaqueadas por un año de pandemia y a la buena de las medidas inexistentes. Fue más cómodo subirse al grito en lugar de amplificar la denuncia, ensayar respuestas, estrenar preguntas, exigir responsabilidades. En esas micromezquindades retrocedemos siglos el reloj de la historia. El 10M ya no quedaba nada más que el daño a las destinatarias circunstanciales del juicio fácil y la descalificación que señala con el dedo, incapaz de ver la película, satisfecha con incendiar la fotito.

Desafíos

Cuando finalice marzo, los desafíos permanecerán intactos. El gobierno deberá rediseñar políticas y destinar más dinero para atemperar el impacto de la pandemia en hombres y mujeres. Hace falta sofisticar las políticas, porque el temporal no ha caído parejo. El Frente Amplio tiene también una enorme tarea: hacer realidad la participación incidente y gravitante de las mujeres como vector insoslayable de la renovación. No alcanza con acompañar una sensibilidad.

La sociedad uruguaya tiene vencidos todos los plazos de su madurez y su capacidad de reacción. Adivinó Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura en 2018: “El mundo va a cambiar cuando tengamos acceso a otras formas de felicidad y realización; en otras palabras, cuando deseemos otras cosas”.

Sólo así alumbraremos otro marzo, con m de mañana mejor.

Laura Fernández es abogada e integrante de Fuerza Renovadora, Frente Amplio.