“Muchachos y muchachas”, decía siempre el Mingo Bordoli en sus clases en el IPA en los años 70. Ya viejo, alcohólico, muy machista, se tomaba el trabajo de discriminar varones y mujeres en su vocativo, siguiendo el esquema clásico de “damas y caballeros” o “señores y señoras”. Esa visibilización de ambas identidades sexuales (en aquella época no se hablaba de géneros, salvo en términos gramaticales) convivía alegremente con estereotipos en cuanto a los papeles sociales que debían cumplir las personas de uno u otro sexo, aunque estos estereotipos ya se estaban resquebrajando de manera irreversible. La discriminación desembozada a toda “desviación” se manifestaba en palabras de corte insultante: puto, marica, brisco, marimacho, tortillera, etcétera.

Los géneros gramaticales vivían al margen de aquella cuestión: a nadie se le ocurría que una ballena macho era menos masculina que un bisonte o que una jirafa hembra era más femenina que una hembra de hipopótamo. Había palabras que eran “reglamentariamente” neutras y que, sin embargo, el uso solía marcar el femenino: parienta, clienta, sirvienta. Esta marcación de género no parecía tener ningún efecto ni positivo ni negativo sobre la persona nombrada. En el caso de “sirvienta”, sin embargo, la visibilización del femenino convertía la palabra en un término denigratorio para nombrar a una trabajadora doméstica. Los colectivos no marcados (los niños, los médicos, los socios, etcétera) eran usados normalmente sin que a nadie se le ocurriera que al decir “miles de niños retoman las clases hoy” las niñas quedaban fuera o que el clásico “vivan los novios” se aplicaba a todos los varones que tuvieran esa condición y no a una pareja heterosexual que en esa ceremonia estaba dejando de ser “novios” para convertirse en matrimonio.

Alguien tiró la piedra en el charco y nos quiso convencer de que el plural neutro inclusivo dejaba fuera a lo no masculino y se comenzó a imponer desde autoridades más o menos invisibles la obligación de usar un llamado lenguaje inclusivo. No soy políglota, pero hay lenguas que no tienen género gramatical y otras que tienen varios más, y no hay ninguna evidencia de que esa condición tenga relación alguna con el nivel de patriarcalismo o machirulismo de la sociedad hablante. El alemán, por ejemplo, usa en singular los artículos “der” (masculino), “das” (neutro) y “die” (femenino); en plural se usa también “die”. ¿Indica eso que los germanohablantes son, desde tiempos inmemoriales, menos patriarcales que los hispanohablantes? No lo creo.

Las olas se sucedieron. Primero se impuso la redundancia que ya existía en determinadas circunstancias como las mencionadas al comienzo, pero que se hizo “obligatoria”. Algunos lingüistas llamaron la atención sobre el principio de economía, que si bien no siempre se aplica (las redundancias abundan), es imprescindible para mantener una conversación o un texto agradable. En aquel momento hice el intento de traducir un fragmento de un texto académico y el resultado era insufrible (“los investigadores y las investigadoras descubrieron que los y las pobladores y pobladoras de tal barrio, trataban a sus hijos e hijas como si fueran pequeños adultos y pequeñas adultas...”). Simultáneamente surgió también la “regla” de violar la “regla” de neutralidad de palabras como “intendente” o “presidente”, claramente neutras respecto del género, bastaba decir “la presidente”, pero bueno, el uso parece haber aceptado la nueva versión.

El argumento es siempre que la lengua no es estática y que cambia constantemente. Ya lo sabemos y ningún lingüista lo desmentirá, lo que sí está en discusión son los ritmos del cambio y de dónde vienen y cómo se difunden.

Algunos olvidaron que la escritura es subsidiaria de la oralidad y pretendieron graficar la neutralidad genérica utilizando signos impronunciables como “x” o “@” para los plurales genéricos y así surgieron y todavía surgen bellezas como “lxs amigxs” o “[email protected]” que nadie sabe cómo leer pero que son como ponerse un brazalete declarando la adhesión del escribiente al inclusivo. Como respuesta a la acusación de “antieconómico” nació una idea brillante: si la “o” es masculina y la “a” es femenina, usemos la “e”. El argumento es siempre que la lengua no es estática y que cambia constantemente. Ya lo sabemos y ningún lingüista lo desmentirá; lo que sí está en discusión son los ritmos del cambio y de dónde vienen y cómo se difunden. La mayoría de los cambios lingüísticos se producen en el terreno del léxico y en el fonético y son subrepticios y generalmente sin intencionalidad. Difícilmente se produzcan cambios en las estructuras sintácticas en tiempos cortos. Y la inclusión de la “e” como terminación neutral lo es, ya que implica una modificación sintáctica que arrastra a los artículos “les” por “los” y “las” y “unes” por “unos” y “unas”, acercándonos extrañamente al francés.

Hubo y hay quienes no se sienten cómodes con estos cambios, pero la presión actúa y entonces usan mucho más “las personas” y “la gente” que cualquier otro nombre colectivo de género gramatical masculino y se dirigen a sus grupos (¿o debería decir “grupes”?) como “estimables” en lugar de “estimados”, produciendo un cambio evidente de significado, mucho más allá del asunto del género, pero quedando bien. La Real Academia Española advierte sobre estes descalabres y muches ponen le grite en le ciele tildándola de autoritaria y lamentando que no “acepte” el inclusivo. Otres, intentamos recordar que la R de “real” es por la realeza y no por la realidad y que lo único que tendría que hacer la monárquica academia es registrar lo que pasa y no aceptar o rechazar nada.

Algunes polítiques intentan frenar la ola “inclusiva” con leyes, un despropósito evidente, ya que la lengua no es legislable. Sin embargo, puedo entender la preocupación de les responsables de la educación, ya que les docentes no tienen más remedio que manejarse con una versión estándar del lenguaje mientras las variaciones siguen su curso. Una cosa es reconocer la variabilidad del lenguaje y otra, muy distinta, es enseñar una nueva variante no estandarizada. No quisiera estar en les zapates de une maestre o de une profesor(e). En fin, así mantenemos entretenides a les buenes muchaches que quieren luchar por mejorar la vida de la gente mientras los plásticos siguen llegando a la Antártida, la OTAN se ocupa de amontonar misiles por todos lados y Elon Musk y sus amiguetes y rivales siguen acumulando una plata que nunca van a poder gastar.

Rafael Katzenstein es licenciado en Antropología Social y es profesor de Literatura jubilado.