Resulta realmente impactante el tiempo y la energía que en los medios de comunicación y las redes se le está otorgando al debate en relación a la obra de la bicisenda recientemente puesta en marcha por la Intendencia de Montevideo en la principal avenida de la ciudad. Se trata de una discusión útil y necesaria si es abordada con altura y seriedad. Pero lamentablemente eso ha brillado por su ausencia estas semanas.

Me adelanto a decir además que sería muy raro, más bien extraordinario, que un proyecto de estas características se implante de un día para otro y no registre dificultades. Es una intervención que lógicamente requerirá adecuaciones, porque si no fuera así, sería un milagro llamativo. También me adelanto a decir que las adecuaciones no sólo apuntan a la obra específica, o a aspectos de señalización o materiales, sino principalmente tienen que ver con un cambio más profundo y complejo, que involucra una transformación cultural. Que el primer accidente formalmente registrado desde que la obra se puso en marcha haya sido provocado por peatones que cruzaron mal la calle es justamente todo un símbolo de ese proceso de transformación, tan ausente como necesario.

Me interesa significar que ni las obras de infraestructura ni las decisiones políticas son recetas mágicas que se aplican y resuelven. Las políticas públicas, en este caso las que afectan la movilidad y la calidad ambiental de una ciudad, requieren proceso y además difusión, comprensión, compromiso y colaboración de la ciudadanía. Es algo similar a lo que sucede con las ciudades más limpias, que no son las que necesariamente invierten más dinero en contenedores o sistemas de recolección, sino las que menos se ensucian y más se cuidan por parte de la comunidad en general.

Claro que la transformación sociocultural requiere proceso y por lo tanto paciencia. Nada de eso parece estar sucediendo. Como contrapartida está el riesgo de seguir encerrados en un debate vacío, donde el que grita más fuerte parece querer tener razón con chicanas políticas.

El intento de atender mejor el desafío de un entorno urbano sostenible queda trunco sin involucrar a la ciudadanía desde la comunicación y la sensibilización. Pero además de trunco, se enturbia mucho más con discusiones banales de bajísima calidad que se amparan en intenciones político electorales muy mediocres de dañar una gestión o a una referencia específica de esta.

La inmensa mayoría de las discusiones e intercambios que se han venido propiciando respecto al nuevo proyecto de circulación en bicicleta por 18 de Julio están cargadas de tinte político y con ataques hasta personalizados con intenciones que no tienen nada que ver con mejorar la movilidad y el entorno urbano. Cualquier tropezón o evento ligado con la experiencia en proceso de implementación de la bicisenda ya se vincula con mala intención, inoperancia, vocación autoritaria, incapacidad para gobernar y otro montón de disparates más. Resulta llamativo que ese ataque se formule a una de las gestiones gubernamentales que ha insistido con mayor énfasis en la necesidad de estudiar y analizar los impactos de las decisiones. La intendenta Cosse suele reiterar y subrayar la importancia de proponer políticas basadas en evidencia. Justamente todo lo contrario al talenteo, la inspiración divina o el camiseteo que muchas veces contamina las discusiones y los debates.

La inmensa mayoría de las discusiones e intercambios que se han venido propiciando respecto al nuevo proyecto de circulación en bicicleta por 18 de Julio están cargadas de tinte político y con ataques hasta personalizados.

Los ríos de tinta o miles de caracteres que proliferan estos días parecen no reparar nunca en los argumentos de fondo que hacen al porqué de ciertas decisiones. Por lo tanto, ni siquiera ponen en valor los pros y los contras de avanzar en posibles alternativas de movilidad, razonables e imprescindibles para las ciudades del presente, principalmente pensando en el futuro.

Es tan evidente que el desarrollo sostenible en las ciudades debe promoverse cada vez con más énfasis, como también es indiscutible que Montevideo deberá avanzar en ese camino con cautela y responsabilidad. Y ello acontece, entre otras cosas, porque no se trata de una ciudad históricamente preparada para formatos de movilidad amigable con el ambiente. Hoy hay ciudades y regiones urbanas mucho más avanzadas en estos aspectos que Montevideo. Y eso es así porque esos gobiernos locales y regionales (en otros momentos y coyunturas históricas) también avanzaron en decisiones audaces y controvertidas, se animaron a innovar en base a sustento, integrando nuevos elementos y herramientas de planificación territorial.

Señalado lo anterior, ¿alguien puede hoy discrepar con la idea que los gobiernos subnacionales asuman un papel relevante discutiendo alternativas y ensayando propuestas de gestión para mitigar efectos de la urbanización creciente, el cambio climático o la situación ambiental general? Si eso no sucediera, estaríamos ante institucionalidades negligentes, irresponsables y que desoyen todas las recomendaciones de expertos y organismos internacionales en relación al enfoque de políticas públicas que es necesario incorporar para no seguir comprometiendo a las generaciones venideras.

La dimensión territorial y urbana es una escena sustantiva de la convivencia humana y democrática, por lo tanto, un espacio privilegiado de transformación sociopolítica. El ejemplo de la discusión sobre la bicisenda céntrica montevideana, lejos tomarse como oportunidad, banaliza, sabotea y erosiona una nueva oportunidad de pensar y proyectar en profundidad el desarrollo humano sostenible desde la ciudad. Montevideo necesita, más temprano que tarde, ser una ciudad amiga del ambiente, que privilegie la escala humana y que cuide a las personas.

No hay estudios serios que contravengan la íntima relación entre la urbanización y el desarrollo. Pero todos los estudios enfatizan en la necesidad de que ese vínculo sea responsable y articulado, no a cualquier precio. Culminando esta breve reflexión, cabe subrayar que hay argumentos múltiples en favor y en contra de la obra. No serán abordados aquí, ni tampoco pretendo militar fervientemente en favor de uno u otro. Pero sí considero oportuno utilizar estas pocas líneas para alentar una discusión en profundidad con calidad, datos y evidencia. Porque el proyecto y principalmente los elementos globales y territoriales que llevan a considerarlo como una alternativa válida merecen al menos esa consideración. Y claramente, los uruguayos y las uruguayas, los montevideanos y las montevideanas, merecen mucho más que frases y calificativos con fotos aisladas de eventos que se registran en nuestra principal avenida. ¿Estaremos a tiempo?

Martín Pardo es politólogo, magíster en desarrollo local y regional. Integra el equipo de dirección de Fundación La Plaza.