Este texto surge a partir de un diálogo sostenido en el marco de un curso de posgrado sobre Entrenamiento y Rendimiento Deportivo, donde se debatieron diversas perspectivas en torno a la influencia e interacción de factores biológicos, psicológicos y socioculturales en el comportamiento y rendimiento de deportistas hombres y mujeres. Las ideas aquí presentadas no pretenden establecer conclusiones definitivas, sino estimular el pensamiento crítico y la reflexión. Por esta razón, salvo en algunos pasajes, se ha optado por no respaldarlas con referencias bibliográficas, con el fin de evitar que la autoridad de las fuentes limite la espontaneidad del lector en su propio proceso de evaluación de los planteamientos expuestos.

La influencia cultural en el conocimiento científico: un equilibrio necesario

Existe una línea de pensamiento, promovida por muchos intelectuales contemporáneos –varios de ellos franceses–, asociada a un relativismo y construccionismo extremo, que sostiene que todo discurso, incluido el científico, no es más que texto y que toda interpretación de los diferentes textos es válida. Esta postura me resulta preocupante.

Afirmar que el conocimiento científico es apenas un discurso más entre otros, equiparable al mítico o al literario, equivale, en mi opinión, a renunciar al pensamiento racional y desechar, al menos, 25 siglos de esfuerzo intelectual. Sostener que la verdad es un instrumento de dominación y que pretender afirmar que algo es verdadero es una forma de imponer la propia voluntad me parece casi paranoico y potencialmente nefasto en sus consecuencias.

Comparto el asombro de Noam Chomsky (2002) al decir que, aunque esas ideas suelen asociarse a la izquierda, resulta difícil comprender cómo es que pueden contribuir a la liberación de los oprimidos, a la justicia social, a la equidad o a la democracia.

También comparto el sentir que expresó Alan Sokal cuando le preguntaron qué lo llevó a escribir la parodia publicada en la revista Social Text:1 “¿Pero por qué lo hice? Confieso que soy un viejo izquierdista descarado que nunca entendió muy bien cómo se supone que la deconstrucción iba a ayudar a la clase trabajadora. Y soy un viejo científico indigesto que cree, ingenuamente, que existe un mundo externo, que existen verdades objetivas sobre ese mundo, y que mi trabajo es descubrir alguna de ellas. Si la ciencia no fuera más que una negociación de convenciones sociales sobre lo que acordamos llamar ‘verdadero’, ¿por qué habría de molestarme en dedicar a ella una gran parte de mi cortísima vida?”.2

Que la actividad científica está influenciada por factores sociales, económicos, políticos e intereses particulares no está en discusión. Tampoco se puede negar que muchas ideas, teorías y desarrollos científicos son, en parte, producto de una época y condiciones históricas determinadas. Por ejemplo, es posible que Albert Einstein no hubiera desarrollado la teoría de la relatividad o propuesto la ecuación E = mc² en otro contexto histórico. Sin embargo, E = mc² no es una convención social. Sus implicaciones y consecuencias son hechos objetivos, como lo demuestran trágicamente eventos como los sucedidos en Hiroshima, Nagasaki, Chernobil y Fukushima.

De manera similar, el bacilo de Koch no es una mera construcción social, como suele decirse que afirmó Bruno Latour. Ramsés II sí pudo haber muerto de tuberculosis, aunque el bacilo fuera descubierto siglos después.3 ¿O acaso la selección natural no desempeñó ningún papel en la evolución de los seres vivos antes de que Charles Darwin y Alfred Russel Wallace lo mostraran a mediados del siglo XIX?

Sobre la relación entre ciencia y cultura patriarcal: una apelación a la moderación

Es innegable que la larga historia de cultura patriarcal ha influido en la actividad científica, manifestándose en aspectos como el lenguaje y las metáforas empleadas, la selección de problemas y métodos de estudio, los objetivos perseguidos e, incluso, en el contenido de algunas teorías. Un ejemplo frecuentemente citado de esta influencia se observa en la descripción de la reproducción sexual, en la que se representa al espermatozoide como un “luchador activo” y al óvulo como un “receptor pasivo”. También se ha sostenido, con argumentos convincentes, que la prioridad otorgada al papel del hombre como cazador frente al de la mujer como recolectora en la evolución del Homo sapiens refleja sesgos culturales arraigados. Sin embargo, esto no justifica afirmaciones extremas como que el libro Principia de Isaac Newton puede ser descrito como un “manual de violación”,4 que la ecuación E = mc² es una “ecuación sexual” porque privilegia la velocidad de la luz sobre otras velocidades vitales,5 o que los físicos aún no han podido alcanzar un modelo exitoso de la mecánica de fluidos debido a su falta de comprensión de la feminidad.6

Si bien es ampliamente aceptado que existen influencias biológicas que explican diferencias entre hombres y mujeres en aspectos como el tamaño corporal, la flexibilidad articular o los niveles de algunas hormonas o de hemoglobina en la sangre, parece haber una extendida resistencia a admitir que la biología también pueda desempeñar un papel en las diferencias cognitivas, emocionales o de comportamiento. Es decir, mientras nadie cuestiona que, en promedio, los hombres sean más altos y fuertes o que las mujeres tengan articulaciones más flexibles, cuando se trata de diferencias “por encima del cuello”, muchos descartan por completo la influencia biológica y atribuyen estas variaciones únicamente a la cultura.7

Esta postura cae en un “reduccionismo sociológico” tan problemático como el “reduccionismo biológico” que tanto se esmera en criticar. En realidad, los aspectos biológicos y el entorno social interactúan en la configuración de las características de hombres y mujeres. Negar por completo la influencia biológica en ciertas diferencias cognitivas o conductuales entre ambos sexos es una postura ideológica, no científica.8

Sostener que la verdad es un instrumento de dominación, y que pretender afirmar que algo es verdadero es una forma de imponer la propia voluntad, me parece casi paranoico y potencialmente nefasto en sus consecuencias.

Potenciales implicancias para la universidad y la sociedad

Como docente universitario, siento el compromiso intelectual y ético de expresar mi preocupación ante la creciente influencia de ciertas corrientes de pensamiento que, bajo el pretexto de promover una mayor justicia social, terminan atacando a la ciencia y a la producción de conocimiento basado en evidencia. Este no es un simple debate académico, sino un problema con profundas implicancias para la universidad y la sociedad en su conjunto. En el ámbito educativo en el que me desempeño, me inquietan especialmente tres aspectos: 1) el desperdicio de tiempo y esfuerzo intelectual de colegas docentes, 2) la confusión y el desaliento que esto genera en los estudiantes, y 3) las potenciales consecuencias sociales y políticas negativas.

1. Desperdicio de tiempo y esfuerzo intelectual en los docentes

La proliferación de líneas de estudio, cursos y debates estériles en torno a seudotemas de investigación constituye, a mi juicio, una pérdida de tiempo y un desperdicio de esfuerzo intelectual. Esta desviación de recursos no sólo perjudica la producción de conocimiento, sino que también limita la capacidad de la universidad para abordar cuestiones de verdadero impacto científico y social. Lamentablemente, estas discusiones son comunes en muchos departamentos de universidades latinoamericanas, desviando a académicos e investigadores de problemáticas en que su contribución podría ser mucho más relevante y necesaria.

2. Confusión y desaliento en los estudiantes

Sostener que todo discurso es una mera narración y que ninguna perspectiva es más objetiva o verdadera que otra abre la puerta al oscurantismo, las seudociencias y la charlatanería. Si se acepta esta premisa, entonces no habría base para refutar ni las teorías seudocientíficas más absurdas ni los prejuicios racistas y sexistas más retrógrados, ya que todos los discursos serían considerados igualmente legítimos. Este relativismo extremo no sólo genera confusión, sino que también desalienta a los estudiantes al privarlos de herramientas fundamentales para distinguir entre conocimiento verosímil y mera especulación ideológica.

3. Potenciales consecuencias sociales y políticas negativas

Como previamente he mencionado, aunque estas corrientes suelen identificarse con posturas de izquierda, resulta difícil comprender cómo es que el relativismo radical y la hostilidad hacia la ciencia puedan favorecer a los sectores oprimidos, propiciar una mayor justicia social y defender la democracia. Afirmar que todo se reduce a intereses y puntos de vista subjetivos no sólo socava la posibilidad de construir consensos basados en evidencia, sino que facilita la propagación de ideas absurdas, teorías conspiratorias y fake news, debilitando los pilares de una sociedad informada y racional.

A modo de conclusión

Si estas líneas han logrado, aunque sea en parte, estimular la crítica y la reflexión sobre estos temas, entonces el propósito de este artículo habrá sido alcanzado. La razón puede no ser suficiente para resolver los problemas, pero sin duda es necesaria para evitar que el pensamiento crítico y el conocimiento basado en evidencia sean desplazados por el relativismo extremo y la ideología.

Carlos Magallanes es docente e investigador del Instituto Superior de Educación Física de la Universidad de la República.


  1. En 1996, el físico estadounidense Alan Sokal publicó un artículo titulado “Transgressing the boundaries: Toward a transformative hermeneutics of quantum gravity” en la revista Social Text. El texto, lleno de jerga seudocientífica y afirmaciones sin sentido, era una crítica velada a lo que Sokal consideraba falta de rigor en ciertos estudios posmodernos. Tras su publicación, Sokal reveló que era una broma, generando un intenso debate sobre los estándares académicos y el uso de conceptos científicos en las humanidades. Este episodio se conoce como “el escándalo Sokal”. 

  2. Sokal, A y Bricmont, J (1999). Imposturas intelectuales (T Fernández Aúz y B Echeverría, trad.). Paidós. 

  3. Bruno Latour, en su enfoque constructivista de la ciencia, cuestionó cómo los hechos científicos son interpretados históricamente. Usó el ejemplo del faraón egipcio Ramsés II para ilustrar que, aunque hoy sabemos que pudo morir de tuberculosis, el bacilo de Koch no se conocía en su época, lo que plantea preguntas sobre cómo los hechos científicos se reinterpretan con el tiempo. Esta idea aparece en algunas de sus obras como Nunca fuimos modernos (1993) y La esperanza de Pandora (2001), donde explora la construcción social del conocimiento. 

  4. Harding, S (1986). The science question in feminism. Cornell University Press. 

  5. Irigaray, L (1985). This sex which is not one (C Porter y C Burke, trad.). Cornell University Press. 

  6. Katherine Hayles (1992), inspirada en las ideas de Luce Irigaray, escribe que las diferencias en la anatomía sexual masculina (órganos rígidos y definidos) y femenina (órganos abiertos y asociados al flujo de fluidos) han influido en cómo la ciencia conceptualiza los estados de la materia. Según su analogía, la primacía otorgada a los sólidos sobre los fluidos refleja la marginación de lo femenino en el discurso científico. En esta línea, sugiere que la dificultad para modelar la turbulencia podría deberse a esta tendencia a invisibilizar los fluidos, al igual que ocurre con la exclusión de las mujeres en el conocimiento científico. En mi opinión, y tomando prestada una expresión del físico teórico austríaco Wolfgang Pauli (1900-1958), ganador del premio Nobel de Física en 1945: “Das ist nicht nur nicht richtig, es ist nicht einmal falsch” (“Esto no sólo no es correcto; ni siquiera es falso”). En otras palabras, es completamente absurdo. 

  7. La diferencia de características entre hombres y mujeres se explica desde una perspectiva evolutiva por las distintas presiones selectivas que enfrentaron a lo largo de la historia, en función de los roles y tareas desempeñados por machos y hembras en las sociedades ancestrales. 

  8. Vale destacar que estas diferencias entre hombres y mujeres suelen ser muy pequeñas, con distribuciones normales que se solapan casi por completo y sólo muestran ligeras variaciones en los promedios. No obstante, la propia naturaleza de estas distribuciones puede generar diferencias significativas en los valores extremos.