Permítanme una referencia personal. En la segunda mitad de los años 90, cuando la diaria no era ni el esbozo de un proyecto, escribí en el semanario Brecha sobre el lanzamiento de conversaciones entre el Mercosur y la Unión Europea (UE) con miras a un acuerdo comercial. No recuerdo aquel texto ni lo tengo a mano, pero lo miraría sólo por curiosidad: el mundo, los bloques involucrados y Uruguay han cambiado tanto que, más allá de las generalidades, cualquier vigencia conceptual sería pura casualidad.

En los muchos años transcurridos, llegó a parecerme que la concreción de la iniciativa era apenas un poco más probable que llegar a leer los últimos libros de la serie que George RR Martin inició con Juego de tronos en 1996, un año después de la firma del primer acuerdo Marco de Cooperación entre el Mercosur y la UE.

Y sin embargo, se movió. Entre los cambios de las últimas décadas están el ascenso de China y la reacción estadounidense impulsada por Donald Trump, que terminó de trastocar las reglas de juego internacionales establecidas en los 90. La vieja Europa enfrenta crecientes riesgos de irrelevancia. No cuesta imaginar que esto haya pesado para que las autoridades de la UE alcanzaran finalmente, la semana pasada, la mayoría calificada necesaria para que el acuerdo se firme este sábado, en el Gran Teatro José Asunción Flores del Banco Central del Paraguay.

En Uruguay, varios sectores evalúan, todavía un poco sorprendidos, si el desenlace será beneficioso o perjudicial para ellos. Dejemos de lado, entonces, la memoria individual de un periodista veterano, para dedicarnos a las perspectivas económicas y sociales.

La letra grande y la chica

La Confederación de Sindicatos Industriales se reunió el martes con la subsecretaria de Relaciones Exteriores, Valeria Csukasi, para manifestarle su preocupación por los posibles efectos perjudiciales del acuerdo. La Federación Rural, en cambio, declaró al día siguiente que las consecuencias serán positivas “para todo el Uruguay”, porque se abren “oportunidades de desarrollo que trascienden al sector agropecuario y alcanzan a toda la economía nacional”.

Estas primeras reacciones no sorprenden porque, en líneas generales y aún sin estudios detallados de impacto, es claro que hay grandes diferencias entre los perfiles exportadores de los dos bloques y que el acuerdo no las hará desaparecer. En el comercio que se facilitará (relativa y gradualmente), la UE les vende a los países del Mercosur sobre todo bienes industrializados con alto valor agregado, y les compra sobre todo productos agrícolas y materias primas.

De todos modos, ese trazo grueso es insuficiente para vislumbrar todo lo que puede ocurrir. El acuerdo establece cuotas de acceso al mercado europeo para el conjunto de los países del Mercosur y estos deberán negociar cómo se las reparten, así que está por verse la magnitud real de las oportunidades para cada sector exportador uruguayo.

Por otra parte, no sólo importan las consecuencias directas, sino también las indirectas. Nuestro sector industrial produce básicamente para el mercado interno y para exportar a países vecinos; por lo tanto, se comprende que le preocupe el aumento de la competencia europea en Argentina y en Brasil. Pero también puede haber consecuencias problemáticas para el sector lácteo, que tiene una importante clientela brasileña, por el ingreso abaratado de productos de la UE al país del norte.

Para hoy y para mañana

Con independencia de estas primeras previsiones y de las que aporten los estudios en curso, es preciso tener en cuenta algunas realidades del mundo actual para situar la evaluación. Veamos cuatro de ellas:

  1. Son tiempos de acelerados avances proteccionistas, Trump impone a su antojo cambios drásticos de aranceles y la Organización Mundial del Comercio está muy cerca de ser inoperante. Todo esto aumenta la relevancia de un acuerdo con reglas negociadas y firmes, que además aporta motivos para integrar el Mercosur.

  2. Uruguay tiene un mercado interno pequeño. Nuestras posibilidades de producción con mayor valor agregado, menos vulnerable al vaivén de precios de los productos básicos, dependen en gran medida del acceso sostenido a una clientela extranjera.

  3. En el contexto actual, disminuyen las chances de diversificar en forma sustancial nuestra producción y, por lo menos en el corto plazo, parece inevitable apoyarnos en ventajas naturales, con énfasis cada vez mayor en la modernización y eficiencia de los procesos.

  4. Las exigencias en materia ambiental, que muchos en la UE manejaron como excusa proteccionista y que son rechazadas por sectores del agronegocio local, pueden facilitar el avance de prácticas más sensatas.

Nada de lo antedicho le quita valor estratégico a la ampliación de la matriz productiva, al avance en sectores como el del software, a las apuestas en el área de la logística y la infraestructura o a las políticas de ciencia, tecnología e innovación. La cuestión es aprovechar las oportunidades inmediatas sin descuidar la construcción a mediano y largo plazo.