El Instituto Nacional de Inclusión Social Adolescente (Inisa) prevé iniciar en marzo un programa piloto con 20 jóvenes privados de libertad, quienes realizarán cursos brindados por el Ejército Nacional en sus instalaciones (sin recibir instrucción en el manejo de armas), con la posibilidad de ingresar a esa fuerza tras cumplir sus penas. Hay que considerar las propuestas novedosas con una actitud de apertura, pero esta es desconcertante, y lo es sobre todo por la fundamentación que han manejado las autoridades del Inisa.

A la guerra con un tenedor

El “objetivo esencial” del Inisa es, de acuerdo con la Ley 19.367, “la inserción social y comunitaria de los adolescentes en conflicto con la ley penal mediante un proceso psicosocial, educativo e integral, que conlleve el reconocimiento de su condición de sujetos de derecho”. La población privada de libertad que está hoy a su cargo asciende a unas 300 personas, y afronta grandes dificultades para cumplir con sus tareas.

Las condiciones de reclusión y las laborales distan de ser dignas, y el tiempo que transcurre sin actividades es un poderoso adversario de la motivación para construir caminos de salida. Demasiado a menudo predominan las rutinas de control, que vacían de sentido el pasaje por la institución.

Integrar el directorio del Inisa es una tarea muy ardua, que requiere grandes dosis de compromiso e imaginación. El actual presidente de la institución, Jaime Saavedra, llegó con muy buenas credenciales por su formación, su experiencia y sus logros previos.

Saavedra les asigna especial prioridad a los procesos educativos, las medidas alternativas a la reclusión y la integración al mundo del trabajo. A poco de andar en el Inisa, quedó claro que no tenía sintonía con el otro director oficialista, Eugenio Acosta, quien fue reemplazado en setiembre del año pasado por Daniel Radío. Este integra el Partido Independiente, pero fue convocado por el presidente Yamandú Orsi para ocupar el cargo.

Superado aquel desencuentro, las autoridades del Inisa se disponen a fortalecer este año las líneas de trabajo en las que coinciden, cuyos cuatro pilares son, según dijo a la diaria Radío, “la cultura, el deporte, la educación y el trabajo”. En ese marco ubican el plan piloto con el Ejército, que se ampliaría en 2027 si sus resultados se consideran positivos. Saavedra explicó el martes que el convenio es “un viejo sueño” suyo, que se lo planteó en los últimos meses del año pasado a Orsi, y que este formuló la actual propuesta.

“Una bruta institución”

Según el presidente del Inisa, la idea es desarrollar “una propuesta de capacitación, de presentación a la vida militar, que tiene que ser voluntaria, que tiene que ser una experiencia piloto, la posibilidad de que hagan oficios y la posibilidad también de que entren en una institución confiable, seria, que les va a enseñar un conjunto de valores y una forma de hacer las cosas”, para ayudarlos a que “dejen el mundo del delito”.

En ese sentido, Saavedra sostuvo que los adolescentes privados de libertad necesitan “instituciones fuertes, creíbles, que marquen los límites con claridad”, para que recuperen el “sentido de autoridad”. También dijo que, como el Ejército es “una bruta institución que nace con la patria” y está presente en todo el territorio nacional, “era un absurdo que el país prescindiera” de su aporte a las tareas del Inisa.

La educación militar es parte de un sistema integral con lineamientos propios, que diferencian a quienes integran las Fuerzas Armadas del resto de la sociedad. Un alumno del bachillerato común y uno del Liceo Militar pueden cursar la misma materia con el mismo programa, pero lo hacen en contextos profundamente distintos y sus experiencias no pueden producir el mismo efecto.

Al parecer, uno de los motivos del convenio entre el Inisa y el Ejército es justamente esa diferencia, y se espera que los aprendizajes técnicos sean acompañados por los de conductas que no se adquirirían en otras instituciones educativas. Entre ellas, el sometimiento disciplinado a la autoridad. Es una idea muy problemática, porque en el contexto militar la obediencia está muy vinculada al temor, a las sanciones formales y a muchos otros recursos con los que quienes tienen mando pueden mortificar al personal subalterno.

Por otra parte, resulta sumamente discutible, lamentablemente, que la ideología predominante en la “familia militar” sea, hoy, el sistema de valores deseable para que un adolescente se integre a la convivencia democrática en nuestra diversidad social. Por el contrario, pertenecer a ese subsistema cerrado es marginarse.

Si esta iniciativa proviniera del general retirado Guido Manini Ríos (quien probablemente la considera muy acertada), muchísimas personas que votaron al actual gobierno y bastantes más la estarían rechazando con vehemencia. Saavedra dijo que no ha recibido “ni un solo cuestionamiento” desde la izquierda y atribuyó esto a que “la causa es muy noble”. Pero el problema no es la causa, sino las consecuencias.