En Uruguay, como en buena parte del mundo, algo se está rompiendo. No de forma súbita ni espectacular, sino de manera persistente, cotidiana y cada vez más difícil de disimular. Lo que antes eran señales aisladas hoy conforman un patrón que debería preocuparnos seriamente.

Este verano estamos asistiendo a una sucesión de hechos ambientales que, tomados por separado, podrían parecer excepcionales, pero que en conjunto revelan un deterioro profundo y sostenido del equilibrio natural.

Ríos y mares contaminados. Dorados que muerden en Paysandú y mantarrayas venenosas que aparecen donde nunca antes habían estado, como ocurrió recientemente en Colonia. Lobos y elefantes marinos fuera de su hábitat. Invasiones de “cucarachas de agua” en ciudades que no estaban preparadas para convivir con ellas y noctilucas que amarronan las playas del este. Termómetros que pasan de 40 °C a 18 °C de un día para el otro.

¿Está “todo normal” en estas latitudes? No, salvo que hayamos decidido aceptar el deterioro ambiental como una nueva normalidad. Y ese es, justamente, el problema.

La crisis ambiental en Uruguay –como en el resto del mundo– no es un fenómeno natural inevitable, sino el resultado acumulado de decisiones humanas. Durante décadas hemos intervenido ecosistemas, forzado límites, priorizado la rentabilidad inmediata y postergado sistemáticamente el cuidado del hábitat que nos sostiene.

Los datos son claros: se han perdido extensas áreas de pradera natural, reemplazadas por monocultivos agrícolas y forestales; los cursos de agua muestran signos persistentes de contaminación; los eventos climáticos extremos son cada vez más frecuentes e intensos. La ciencia advierte que hacia 2050 estos procesos se profundizarán: aumento del nivel del mar, inundaciones en zonas costeras, estrés hídrico, pérdida de biodiversidad y desplazamientos humanos. Nada de esto es una sorpresa. Todo fue advertido.

Sin embargo, en lugar de corregir el rumbo, seguimos tomando decisiones que agregan más riesgos que certezas. Un ejemplo reciente es la habilitación del mega emprendimiento de HIF Global, un proyecto presentado bajo el paraguas del “hidrógeno verde”, pero que genera serias dudas sobre su impacto ambiental en una zona sensible del río Uruguay. La propia empresa arrastra antecedentes vinculados a la tala de monte nativo y aun así recibió luz verde en un contexto en el que el principio de precaución debería ser innegociable.

En los últimos días, otro episodio volvió a encender alarmas desde una lógica distinta, pero igual de preocupante: la intervención y remoción de monte nativo en Sierras del Tirol (Maldonado) denunciada por vecinos y organizaciones ambientales, que llevó a la intendencia a anunciar sanciones económicas a los responsables. El caso vuelve a poner sobre la mesa una constante inquietante: la fragilidad real de los mecanismos de control y la tendencia a reaccionar cuando el daño ya está hecho.

Y aquí conviene ser claros. Cuando hablamos de responsabilidad humana, no hablamos sólo de hábitos individuales o de consumo cotidiano. Hablamos también de las decisiones políticas, económicas y productivas tomadas por personas concretas, en cargos concretos. Los gobiernos no son entes abstractos: son expresiones humanas que habilitan, omiten, flexibilizan controles o avanzan aun sabiendo los riesgos ambientales que implican ciertas acciones.

La historia ambiental de nuestro tiempo no es una tragedia natural: es una crónica de decisiones humanas mal tomadas, repetidas y normalizadas. Elegimos producir más, intervenir más y proteger menos. Elegimos llamar “desarrollo” a procesos que degradan suelos, agua y biodiversidad. Elegimos mirar para otro lado mientras el deterioro avanzaba lentamente… hasta que dejó de ser lento.

La crisis ambiental no cayó del cielo ni es un capricho de la naturaleza. Tampoco es sólo una consecuencia del clima. Es el resultado acumulado de decisiones humanas reiteradas, sostenidas en el tiempo, que privilegiaron el beneficio inmediato sobre el equilibrio ambiental y el bienestar colectivo. Elegimos avanzar aun cuando las advertencias científicas eran claras.

Mientras sigamos buscando las causas afuera –en el calor, en las lluvias, en el río o en el mar– seguiremos repitiendo los mismos errores. El deterioro ambiental no es una fatalidad: es una responsabilidad. Y asumirla implica algo incómodo pero necesario: aceptar que no es el clima el que falla, sino nuestra forma de habitar, decidir y gobernar el territorio.

Juan Andrés Pardo es máster en Consultoría Turística y politólogo.