Donald Trump lanzó el sábado, desde un centro turístico de su propiedad ubicado en Doral, Florida, la iniciativa “Escudo de las Américas” (EA), con la participación de representantes de los gobiernos de 11 en funciones y uno entrante. El Departamento de Estado (ministerio de relaciones exteriores) estadounidense había anunciado previamente que se formaría una “histórica coalición” junto a “los más fuertes de los aliados con mentalidades similares” a la del gobierno de Estados Unidos en la región, para impulsar estrategias que les pusieran freno a “la interferencia extranjera en nuestro hemisferio, las pandillas y cárteles criminales y narcoterroristas y la inmigración ilegal masiva”.

El orden de la enumeración es significativo. La difusión publicitaria enfatizó el objetivo de coordinar una guerra regional contra el narcotráfico, pero la prioridad señalada por la cancillería de Trump es afianzar el dominio regional estadounidense. Las palabras elegidas tienen mucha importancia; en el marco de la estrategia de seguridad nacional definida el año pasado, el hemisferio es de Estados Unidos, y “la interferencia extranjera” es ante todo la de China. Aclarado esto, vayamos a los instrumentos.

Una pandilla más

Al igual que la “Junta de Paz” convocada e instalada por Trump a fines de enero de este año, el EA no es una alianza institucional de estados, sino un grupo formado por el presidente estadounidense en función de afinidades ideológicas y políticas.

El sábado asistieron gobernantes de Argentina, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guyana, Honduras, Panamá, Paraguay, República Dominicana y Trinidad y Tobago, pero también el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, quien asumirá esta semana, y no el todavía mandatario Gabriel Boric. Si alguno de los países que no están elige para la presidencia a una persona afín a Trump, seguramente recibirá una invitación; si alguno de los que hoy están elige a alguien con otra orientación, seguramente perderá su lugar.

La falta de institucionalidad también es notoria en términos de financiamiento. No hay recursos asignados de antemano, y se sobreentiende que las decisiones en esa materia –y en todas las demás– dependerán del socio mayor.

La guerra contra el narcotráfico lanzada en 1971 por Richard Nixon ha sido una resonante sucesión de fracasos, pero Trump quiere potenciarla en escala regional. “La única forma de derrotar a estos enemigos es desatando el poder de nuestros ejércitos”, afirmó el sábado, y agregó que Estados Unidos “entrenará y movilizará” a los militares de los demás países para lograr”, mediante “fuerza militar letal”, la destrucción de los cárteles y de “su capacidad para exportar violencia y ejercer influencia mediante la intimidación organizada”. En esa línea, sostuvo que es preciso “coordinarse” para privar a tales organizaciones de “cualquier control territorial y [de] acceso a la financiación o los recursos necesarios para llevar a cabo sus campañas de violencia”.

La cuestión es que la financiación y los recursos de los narcotraficantes provienen, obvia y masivamente, de la venta de drogas al mercado estadounidense. El dinero que les permite formar sus propios ejércitos, controlar territorios y asesinar a quienes se les oponen no surge de las “influencias extranjeras malignas” mencionadas por Trump en Doral, sino de la demanda ilegalizada en Estados Unidos.

Preguntas perturbadoras

El Poder Ejecutivo de Estados Unidos tiene la potestad de declarar que cualquier organización nacional o extranjera es terrorista. En enero, cuando intentó justificar el bombardeo de Venezuela y los secuestros de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, alegó que actuaba contra un presunto grupo “narcoterrorista” llamado Cártel de los Soles, cuya inexistencia reconoció poco después la Justicia estadounidense. Ahora es evidente que Trump buscará definir los objetivos militares del EA y ser apoyado por gobiernos “con mentalidades similares” en la región. ¿Esos objetivos estarán solo en los países aliados o podrán incluir territorios en México, Colombia o Brasil?

Al frente del EA, como enviada especial de Trump, estará Kristi Noem, que hasta hace pocos días era secretaria de Seguridad Nacional y responsable de las operaciones del tristemente célebre Servicio de Control de Inmigración de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés). En enero de este año, fue muy cuestionada por su defensa de las acciones en que agentes del ICE asesinaron a Renée Good y Alex Pretti en Minneapolis. Luego, una serie de denuncias por manejo indebido de fondos, investigadas por el Congreso, terminaron de convertirla en un fusible quemado. Ahora el presidente de Estados Unidos le encomienda la coordinación de intervenciones militares en esta región. ¿Qué puede salir mal?

Los nacionalistas Juan Martín Rodríguez y Nicolás Martinelli, así como el colorado Pedro Bordaberry, cuestionaron la ausencia del gobierno uruguayo en la EA. En este caso, más vale ni preguntar.