Hace rato que en los medios se viene discutiendo sobre la reforma del sistema de transporte metropolitano. Me parece muy saludable y al principio me generó mucho entusiasmo. ¡Qué bueno!, pensé, ¡por fin vamos a discutir cosas que le importan a la mayoría de la gente! Sin embargo, superando mi capacidad de asombro, el sistema político y los medios de comunicación lograron transformar esa maravillosa oportunidad en una nueva discusión entre una izquierda cheta (que solo discute sobre las 50 cuadras que rodean 18 y Ejido) y una derecha rancia (que está siendo incapaz en estos tiempos de pensar cualquier tema sin buscar por dónde les puede pegar a los zurdos).
Para tener una opinión sobre la reforma de transporte, muchas personas quisieran saber otras cosas más “simples”, como si al final de todo esto el boleto va a salir menos, igual o más caro; si en lugar de a diez cuadras de mi casa es posible que me deje a cinco; si en los barrios más alejados de Montevideo y Canelones van a asfaltar y mantener las calles por donde pasa cada nueva línea de ómnibus… y así. Personas que solo después de saber todo esto podemos decidir con elementos de peso si nos parece bien que se gasten los millones previstos en una reforma. Reforma que, todas y todos sabemos, por supuesto, ya hace rato debió hacerse.
Y finalmente, después de todo eso, puede que den ganas de debatir sobre lo que sucederá con 18 de Julio. No porque la benemérita calle principal de la capital no sea importante. Pero sin dudas es bueno a veces tener en cuenta que miles de las personas que viven en el área metropolitana, o incluso en Montevideo, pisarán esa avenida como mucho una veintena de días en sus vidas, pero tomarán ómnibus (o andarán en la tan denostada “motito”) casi todos los días de su vida.
Más allá de eso, para nada me resbalan las consecuencias que las obras del Estado tienen en el ambiente, en la salud de la gente, en el paisaje, en las formas de organización y lucha que tenemos en nuestro país. Pero en mi opinión, y como lo indica el título, la discusión es al revés. Primero quisiera debatir lo que se lograría con toda la reforma del transporte; lo que queremos que pase en la vida de las personas cuando esté pronta; quién y cómo creemos que se debe afrontar su costo (de construcción y mantenimiento) a mediano y largo plazo. Solo tomando eso en cuenta se puede discutir los tipos de vehículos o lo que queda arriba y debajo del suelo.
Porque, de lo contrario, discutimos por pedacitos. Quienes odian el túnel de 18 consideran que por siete minutos de tiempo no se puede hacer tal pozo. Y seguro los de 8 de Octubre tendrán sus quejas, y dirán que por qué tanta obra por 20 minutos. Y los de Giannattasio pensarán lo mismo por sus 13 minutos... Y, finalmente, ¿quiénes pagan con una o dos horas de sus vidas cada día los minutos que no ameritan pozos, ni puentes, ni nada? Los de siempre, por supuesto: la gente que vive en Nicolich, o en el Autódromo o en Villa García. ¿Y quién pagará el aumento permanente y sostenido de vehículos particulares (con sus consecuencias de contaminación, roturas, ruido y demás) que seguirá creciendo, porque el tiempo de traslado sigue siendo eterno en el transporte público? Lo haremos todas y todos.
Primero quisiera debatir lo que se lograría con toda la reforma del transporte; lo que queremos que pase en la vida de las personas cuando esté pronta; quién y cómo creemos se debe afrontar su costo.
Por eso, quiero compartir una lista de preguntas que me gustaría hacerle a la ministra de Transporte y Obras Públicas, Lucía Etcheverry. Para no ser deshonesta, sin embargo, antes de la lista tengo que poner sobre la mesa que no tengo auto, y que he viajado en ómnibus a trabajar toda mi vida. Y también debo decir que soy (o al menos me considero) mujer, zurda, feminista, torta, trabajadora social y abuela. Y, sin embargo, yo no pienso lo mismo (o no me importan las mismas cosas) que a quienes he leído o escuchado opinar hasta ahora diciendo que lo hacen desde el feminismo, la ecología, la izquierda, etcétera. En todo caso, y como verán por mi lista, mis dudas van en la línea de lo que les preocupa a las organizaciones de usuarias y usuarios del transporte público. Estas serían las preguntas que le haría a la ministra:
Mencionaste que la idea de esta reforma del transporte metropolitano es que el transporte colectivo mejore su servicio siendo más rápido y con menor costo. ¿Cómo se lograría eso? ¿Podemos interpretar entonces que el boleto cueste menos es un objetivo del gobierno al emprender esta reforma?
Cuando te refieres a que el transporte público será más rápido y barato, ¿estás hablando de quienes viven muy cerca de 8 de Octubre, Avenida Italia, Camino Maldonado y Giannattasio? ¿O la reforma implica mejorar el servicio a la gente que vive en lugares mucho más alejados de esos ejes? En concreto, fuera de los ejes principales, ¿cuáles son los sistemas radiales que han pensado con las intendencias para comunicar los ejes principales y qué pasaría con el interior de los barrios? ¿Se van a mantener las líneas existentes hoy? ¿Habrá nuevas? Si se modifican, ¿está previsto que se hagan garantizando que las distancias a las paradas no aumenten ni tampoco los tiempos de espera? ¿Está previsto lograr que la gente no camine en algunos lugares más de diez cuadras para llegar a la parada? ¿Está previsto que las personas usuarias de silla, andador, bastón o que llevan bebés en carritos tengan mejores condiciones para llegar a la parada, subir al ómnibus y bajarse? ¿Acordaron con las intendencias la incorporación de baldosas podotáctiles en las zonas donde hay veredas, para que las personas ciegas o con muy baja visión puedan subir al ómnibus?
Si han previsto todo esto, es bastante sensato suponer que ninguna de las dos intendencias lo va a poder hacer con recursos propios, ya que además no figura en sus presupuestos. Entonces me gustaría que me contaras: ¿todo esto está previsto en el préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo (BID)? Si no lo está, ¿no sería bueno incluirlo?, ¿o la idea es que cada quien pida para su tramo por su lado?
En relación con esas distancias más remotas donde se sube menos gente que en los ejes centrales y la infraestructura es más precaria, ¿está pensado complementar el sistema de grandes vehículos con la posibilidad de camionetas, taxis colectivos u otros formatos? ¿Se ha pensado involucrar a los municipios, que conocen mucho mejor sus zonas y los ritmos de la gente, en la creación de ese tipo de servicios?
¿Está previsto que, tras la reforma del transporte metropolitano, el precio del boleto tenga relación con los ingresos que tiene cada persona? ¿No estaría bueno pensarlo?
Has dicho en distintos medios que en principio el proyecto se va a pagar a través de un préstamo que el Estado va a pedir al BID. Pero quisiéramos saber quién y cómo va a pagar ese costo a mediano y largo plazo. Es evidente que el sistema de transporte público, al igual que en cualquier parte del mundo, necesita ser subsidiado. También sabemos que para que las personas lleguen a sus lugares de trabajo es imprescindible que haya transporte. Tomando eso en cuenta, ¿no será hora de discutir quiénes pagamos el transporte? ¿Solo nos corresponde a las trabajadoras y trabajadores, al Estado y a las empresas de transporte pagar eso? ¿No les toca pagar también a las demás empresas?
Estas son las preguntas que me gustaría hacerle a la ministra. Sinceramente, necesito masticar un poco sus respuestas antes de poder definir si me inclino por los suelos o los subsuelos, por los trenes o los tranvías. Porque la verdad, siendo sincera, podría suceder que las respuestas a esas preguntas nos motiven a la mayoría a interesarnos por los túneles o los tipos de vehículos. Pero también podría pasar que las respuestas nos terminen indicando que al final es mejor no hacer nada. Porque a las personas que ganan menos de 30.000 pesos seguramente no les parezca adecuado gastar millones y millones en una reforma tras la cual el boleto sea más caro, el ómnibus les deje más lejos e ir a trabajar les lleve aún más tiempo. Y yo, independientemente de lo que me cueste mi boleto, y por más rápido que pueda recorrer Giannattasio y Avenida Italia, me opondré fervientemente a la reforma del transporte si esa es la situación en la que deja a quienes menos ganan; si termina siendo un proceso que deja aún más afuera del acceso a los servicios públicos a quienes ya bastante poco acceso tienen.
La verdad, sin ese debate, hablar del túnel o del tranvía me parece al pedo.
Valeria Rubino es militante por la diversidad sexual e integrante de la Asociación de Asistentes Sociales del Uruguay.