Hace unos días, mientras merendaba con una amiga, surgieron algunas reflexiones interesantes. Ella, emocionada, me contaba sobre su primer viaje sola a Europa, que está planificando para dentro de unos meses. Su itinerario es ajustado y la decisión sobre cómo invertir tiempo y dinero en cada ciudad resulta crucial. En ese contexto, apareció una pregunta que derivó en horas de conversación: ¿vale la pena visitar museos de arte? Esos templos culturales que parecen condensar lo más elevado del arte occidental.

Las inquietudes no tardaron en surgir: ¿Se puede ir a España y no ir al Reina Sofía? ¿Cómo perderse el Guernica en vivo? Los museos dicen mucho sobre la sociedad que los sostiene, pero ¿representan realmente a todas las personas o solo a una élite? ¿Por qué el arte que consideramos “más elevado” proviene mayoritariamente del norte global? ¿Cuánto conocemos del arte latinoamericano y, en particular, del uruguayo? Y, desde una perspectiva feminista, la pregunta inevitable: ¿cuántas mujeres hay en los museos y cómo están representadas?

A partir de esta charla de café, propongo recuperar algunas discusiones que emergen en los ámbitos académico y artístico sobre las llamadas “bellas artes”, desde una perspectiva feminista y decolonial.

Para la artista y pedagoga mexicana Mónica Mayer, el arte trasciende la producción de objetos destinados a decorar paredes: el arte es conocimiento. Desde esta mirada, resulta clave preguntarse qué tipo de conocimiento encontramos en los museos, qué voces se privilegian y cuáles se silencian.

Como es sabido, muchas de las obras que integran los grandes museos del mundo provienen de contextos coloniales. El hecho de que estos objetos se exhiban fuera de sus territorios de origen no es inocente: perpetúa relaciones de dominación, ya que las narrativas que los acompañan suelen construirse desde una mirada eurocéntrica.

Por su parte, la artista feminista colombiana María Alejandra Almonacid Galvis señala que el arte presentado como “el más elevado” suele separar el arte de la artesanía, otorgando mayor prestigio al primero; consolidar la figura del genio masculino y representar al hombre como sujeto que mira y a la mujer como objeto destinado a ser mirado.

El Museo Nacional de Artes Visuales tuvo solo dos directoras mujeres en 111 años. De los 959 artistas que componen su acervo, 806 son hombres. Además, desde 1956, solo cuatro mujeres han representado a Uruguay en la Bienal de Venecia.

Revisando algunos datos, el Museo del Prado no organizó exposiciones individuales de mujeres artistas hasta 2016, pese a tener más de 200 años de historia. En 2024, apenas el 0,75% de sus obras pertenecen a mujeres.

Si miramos el contexto local, el panorama no resulta más alentador. La Colectiva COCO realizó una investigación sobre el campo artístico nacional, cuyos resultados fueron publicados en el libro RIP. Una crítica desde el feminismo decolonial al arte en Uruguay (2024). El Museo Nacional de Artes Visuales tuvo solo dos directoras mujeres en 111 años. De los 959 artistas que componen su acervo, 806 son hombres. Además, desde 1956, solo cuatro mujeres han representado a Uruguay en la Bienal de Venecia, frente a 45 hombres. Como señaló la artista uruguaya Natalia de León: “El arte está enfermo de patriarcado y colonialismo”.

La crítica de arte española Ana Luisa Martínez-Collado afirma que toda representación es un sistema de poder que valida ciertos significados y reprime otros. En la misma línea, Pilar López Diez, quien estudia los entramados de comunicación y género, sostiene que damos significado a las cosas a través de cómo las representamos.

Entonces, ¿ir o no ir a los museos? Los museos de gran renombre en las ciudades europeas no son solo lugares para mirar obras, sino espacios para pensar el poder. La pregunta no es únicamente si ir o no ir, sino cómo mirar, desde dónde y qué otras experiencias culturales elegimos habilitar.

De lo que no hay duda es que esta discusión interpela no solo al mundo del arte, sino también a las formas en que construimos cultura, memoria y poder.

Ximena García es socióloga, magíster en Educación y diplomada en Estudios Feministas. Es conductora del programa radial Regenerades.