Dejando de lado el inadmisible costo en vidas humanas, la destrucción de infraestructuras y la afectación ambiental que provoca la guerra contra el teocrático régimen de Irán que están llevando adelante por espurias razones un neofascista ególatra y un genocida corrupto, a un mes de iniciados los ataques parece un buen momento para reflexionar sobre otros de sus efectos.

Diariamente en el mundo se consumen unos 100 millones de barriles (MMb/d) de petróleo, de los cuales aproximadamente algo menos de la mitad (unos 45-50 MMb/d) se comercia entre países y el resto es consumido in situ en los países productores, en parte para la propia extracción y transporte del petróleo (en el entorno del 10%-15% del petróleo que consumen). Para tener una idea del orden de magnitud que implica este consumo mundial, tal vez alcance con mencionar que cada 45 segundos en el mundo se consume el equivalente a todo el petróleo que Uruguay consume en un día.

La gran mayoría del petróleo que cruza fronteras se transporta por vía marítima, mientras que por oleoducto solo lo hace poco más del 15% del petróleo que se comercia entre países. ¿Por qué es importante este dato? Porque además de los daños directos que causa la guerra en diversas infraestructuras de yacimientos de gas natural licuado (GNL) y petróleo, el cierre del estrecho de Ormuz –por donde pasa la quinta parte del petróleo mundial– en realidad explica el 40% del petróleo que se comercializa internacionalmente, además de por lo menos el 30% del GNL y los fertilizantes que circulan por el planeta. Por eso, también, resulta inexplicable la desmesurada cobertura mediática que recibió el comunicado que hizo la Agencia Internacional de la Energía de liberar 400 millones de barriles de petróleo de sus reservas estratégicas con el rimbombante anuncio de que se trataba de la mayor liberación de emergencia en la historia para estabilizar el mercado. Liberar el equivalente a cuatro días de consumo mundial de petróleo tuvo en los mercados el efecto esperado: ninguno.

De ahí que, además de la pérdida de vidas humanas y del desplazamiento forzado de decenas de miles de civiles –que debemos mantener como nuestra primera preocupación y expresión de repudio–, las repercusiones mundiales que la guerra está ocasionando son de una magnitud sin precedentes. Aumentos del precio del gasoil (el combustible que literalmente mueve la economía planetaria) de entre 30% y 119% en una larga lista de más de 50 países (Estados Unidos, España, Chile, Brasil, Austria, Bélgica, Panamá, Canadá, Dinamarca, Francia, Alemania, etcétera), a los que se suman problemas de suministro en algunos (Japón, Australia, Nueva Zelanda, India) o, directamente, medidas de racionamiento (Tailandia, Filipinas, Sri Lanka, Vietnam).

Pero existe un factor adicional: el tiempo. En efecto, incluso sin que se destruyan nuevas infraestructuras petroleras, si el acuerdo que implicó la reapertura del estrecho de Ormuz quedara sin efecto tras las negociaciones y la situación de bloqueo se prolongara solo por unas pocas semanas más, el daño a la economía mundial sería de una magnitud tal que lo haría difícilmente reversible y sometería a la humanidad a un cambio repentino y vertiginoso de nuestro modo de vida que no registra antecedentes en la Edad Contemporánea.

Puede sonar exagerada una visión apocalíptica tan explícita, pero sucede que en una sociedad energívora adicta al petróleo, incapaz de metabolizar una reducción ni siquiera mínima de su flujo y con innumerables eventos concatenados en las más diversas ramas de la actividad económica que se disparan en cascada simultáneamente, no es posible imaginar una salida diferente si esto se prolonga apenas unos meses.

Ni la gran depresión de 1929, la crisis del petróleo de 1973, la crisis financiera de 2008 o la detención de la economía que sobrevino por las medidas que se decidió tomar por el SARS-CoV-2 son comparables a la crisis global que tendríamos a partir del segundo cuatrimestre de 2026 si la situación no se revierte.

Como más vale prevenir que curar, creo que sería prudente prepararse para un posible escenario de catástrofe económica de escala planetaria. Puede ser difícil comprender la magnitud de lo que podría llegar a pasar si el estrecho de Ormuz volviera a cerrarse, pero la imagen más gráfica que se me ocurre es la de un planeta que se precipita al abismo.

Eso es así porque existe cierto grado de consenso técnico de que existe un valor del crudo –que es un punto de ruptura de la economía mundial– superado el cual la inflación se dispara, el consumo se detiene y la recesión se hace inevitable. Y resulta que ese valor límite del crudo está en torno a los 120 dólares por barril, cotización que ha sido rozada en las semanas anteriores. Por tanto, no sería posible esperar que la escasez de crudo se solucionara saludablemente tan solo con un aumento de los precios del crudo creyendo que (aunque se batieran los récords históricos de precios) eso permitiría encauzar la economía luego de solo algunos estornudos. En consecuencia, sin perjuicio de que los precios se dispararían de todos modos, tal como ya ha ocurrido en apenas un mes de conflicto (aun cuando los últimos barcos que alcanzaron a pasar por el estrecho todavía no llegaron a destino y la escasez todavía no es palpable), sencillamente no hay forma de que podamos funcionar y evitar una recesión profunda con un detenimiento abrupto de esa magnitud del flujo de los principales combustibles fósiles en los que se basa la actividad económica moderna.

El problema real que tenemos los seres humanos es que el petróleo se está terminando, el modelo de transición energética tiene más debilidades que fortalezas y el sistema global de producción y consumo no puede sobrevivir sin energía abundante.

Más aún. Tampoco es descabellado pensar en un escenario de incrementos de conflictos bélicos e incluso del uso de la fuerza para redirigir buques petroleros a destinos diferentes del original que compró el crudo. Tampoco es posible descartar que en el mediano plazo sobrevengan hambrunas en ciertas regiones del planeta, tanto por la reducción de la producción de alimentos debida a la escasez del combustible necesario para la siembra, cosecha y transporte de la producción y por la restricción en la disponibilidad de los fertilizantes en los que se basa el modelo productivo, como por la propia especulación financiera de aquellos granos que cotizan en bolsa.

En síntesis, si la casualidad quisiera que los (ir)responsables de someter al planeta a esta pesadilla en la que estamos viviendo tuvieran un momento de lucidez y mantuvieran el alto el fuego, los daños ya causados, siendo enormes, son despreciables en relación con los que sobrevendrían si el conflicto perdurara impidiendo que se restableciera la normal producción y tránsito de petróleo y GNL.

La máquina del tiempo

Como no hay mal que por bien no venga, en cualquier caso lo que estamos empezando a vivir a raíz del bloqueo del estrecho de Ormuz es el tráiler de lo que de todas maneras nos espera dentro de algunas décadas si como humanidad seguimos haciendo lo poco y nada que venimos haciendo en relación con la dependencia de los combustibles fósiles y la extracción creciente de minerales y otras materias primas. Porque con o sin guerras, el problema real que tenemos los seres humanos es que el petróleo se está terminando, el modelo de transición energética tiene más debilidades que fortalezas y el sistema global de producción y consumo de bienes y servicios no puede sobrevivir sin energía abundante, concentrada y barata.

Cuando se afirma que el petróleo se está terminando no significa que vaya a hacerlo de un momento al siguiente como si se tratara de un paquete de galletitas. Por el contrario, no solo seguirá habiendo petróleo por muchas décadas más, sino que, además, se descubrirán y pondrán en explotación nuevos yacimientos (ojalá que no en nuestro país). Lo que significa que se termine el petróleo es que es altamente probable que ya se haya superado el pico máximo de producción (peak oil) y que la cantidad producida (y su calidad) seguirá siendo crecientemente insuficiente para satisfacer la demanda, amén de cada vez energéticamente más costosa su extracción, al punto de que sabemos que buena parte de las existencias jamás serán extraídas porque se consumiría más energía para su extracción que la que produciría el petróleo extraído. A pesar de la soberbia humana de creer que la economía lo soluciona todo y que un precio más alto del petróleo justificaría su extracción, no es un asunto de economía, sino que se trata de algo más serio. Es un asunto de leyes físicas de la termodinámica que darían un ERoEI (Energy Return on Energy Invested) o tasa de retorno energético menor a uno.

Si bien es materia de discusión y algunos organismos afirman que el peak oil del crudo ocurrirá en la cercanísima década de 2030, hay opiniones demostradas en los hechos de que el peak oil del crudo convencional ocurrió ya hace dos décadas y el de los petróleos no convencionales (fracking, arenas bituminosas, petróleo extrapesado, etcétera) lo hizo en 2018.

Lo cierto es que se pasó de descubrir anualmente unos 90.000 millones de barriles equivalente petróleo (petróleo + GNL) en la década de 1960 a descubrir en la presente década apenas unos 7.000 millones de barriles equivalente petróleo por año, de los cuales algo menos de la mitad (3.000 millones) corresponden a petróleo, lo que equivale a menos del 10% del petróleo que consumimos cada año. Lamentablemente, no es solo en estos últimos años que los nuevos descubrimientos están por debajo del consumo anual, sino que hace ya prácticamente cuatro décadas que los descubrimientos anuales son menores que el consumo anual.

En cualquier caso, todas las fuentes, aun las más entusiastas, son contestes en señalar que en el mejor y más optimista de los escenarios, en un contexto de reducción de emisiones, para 2050 la producción mundial de petróleo será la mitad de la actual o, siendo algo más pesimistas (¿o realistas?), apenas la cuarta parte de lo que hoy se produce. Pero el problema que tenemos es que lo poco que hemos hecho en la imprescindible transición energética tiene serias limitantes prácticas (electrificación industrial y automotor renovable) o tiene más parecido a espejos de colores (hidrógeno verde) que a una alternativa seria y genuina con la cual poder alcanzar la calidad de vida a la que aspiramos los habitantes del planeta, que es la que goza la minoría rica del mundo y la que nos venden los augures asegurando que podríamos alcanzarla si seguimos creciendo (quimera de las buenas, si las hay).

De manera que, más allá de lo explosivo (literalmente) de los efectos de la guerra contra Irán sobre el sistema económico mundial, en caso de mantenerse incambiada la situación por unas semanas más, además de seguir siendo testigos (¿cómplices?) del horror de la matanza indiscriminada de inocentes por cálculos geopolíticos (o desquicios individuales de algunos líderes), tendremos la oportunidad única de subirnos a la máquina del tiempo para ver cómo será nuestro planeta en 2050 si no nos tomamos en serio los anuncios que la ciencia nos viene realizando desde hace algunas décadas.

Gustavo Garibotto es ingeniero agrónomo.