En los últimos días, en una entrevista en la diaria, Bruno Gili anunció la creación de un centro de inteligencia artificial (IA) con el objetivo de posicionar a Uruguay como un hub regional, en el marco de Uruguay Innova. La señal parece ser clara: la inteligencia artificial deja de ser un tema meramente técnico para convertirse en una prioridad de política de Estado.

Uruguay necesita pensamiento estratégico en IA, entendido como la capacidad de anticipar escenarios, definir objetivos de largo plazo y articular actores para alcanzarlos. No se trata de producir diagnósticos ni documentos que queden en el papel, sino de transformar esa visión en acción concreta. Anticipar los cambios, orientar las decisiones y coordinar al Estado, al sector productivo y a la academia no es un complemento, es la condición necesaria para que la IA se convierta en una verdadera política de desarrollo.

En ese contexto, la creación de un centro de IA aparece como una pieza clave de institucionalidad. No como un fin en sí mismo, sino como el instrumento capaz de materializar ese pensamiento estratégico y convertirlo en política pública efectiva.

La creación de este centro es, además, una señal de política pública por acción. Porque en IA, como en tantas otras áreas, la política pública no solo se construye por lo que se decide hacer, sino también por lo que se deja de hacer. No intervenir también es una decisión. Y en un contexto de cambio acelerado, suele ser la peor.

Uruguay no parte de cero. El país cuenta con una industria del software consolidada, fruto de más de 25 años de políticas de Estado sostenidas, que han permitido desarrollar capacidades, talento y posicionamiento internacional. Ese recorrido demuestra que, cuando hay visión y continuidad, es posible construir ventajas competitivas desde la política pública.

Hoy el avance de la IA en Uruguay muestra una dinámica ambivalente. Por un lado, existen iniciativas, capacidades y experiencias relevantes en distintos ámbitos. Por otro, ese desarrollo se da de forma todavía poco articulada, con avances que conviven sin una estrategia común que los integre.

Algunos ejemplos recientes lo muestran con claridad. Por un lado, se conoció que el Ministerio de Trabajo no cuenta con estudios específicos sobre el impacto de la IA en el empleo, al mismo tiempo que la tecnología ya empieza a transformar tareas y ocupaciones (Búsqueda, 2026). En paralelo, distintas notas han mostrado cómo la IA avanza “en la sombra” dentro del Estado, con funcionarios utilizando herramientas sin lineamientos claros ni una estrategia institucional definida (Búsqueda, 2026).

Uruguay tiene capacidades y experiencias valiosas, pero todavía carece de un espacio que permita articularlas en una estrategia común. Y ahí es donde el nuevo centro de inteligencia artificial debe jugar un rol decisivo.

Pero, al mismo tiempo, también existen señales positivas de hacia dónde debería ir el país. Iniciativas recientes recogidas en la diaria, impulsadas desde el Parlamento para avanzar en la alfabetización en IA y colocar el tema en el centro de la agenda legislativa, muestran una comprensión creciente de la relevancia de esta tecnología en la toma de decisiones públicas. En ese marco, referentes de los partidos más votados en el Parlamento, como la vicepresidenta de la República, Carolina Cosse, y el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Goñi, han comenzado a converger en la necesidad de fortalecer las capacidades del sistema político en esta materia, impulsando conversaciones para que el Parlamento en su conjunto avance en procesos de formación en IA, con el apoyo de instituciones como Ceibal y la Facultad de Ingeniería. Y en educación, el trabajo de Ceibal posiciona a Uruguay como un referente regional en alfabetización en IA, demostrando que es posible avanzar de forma estructurada, con escala y con visión de largo plazo. La participación de Uruguay, a través de Ceibal, en la mesa de expertos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que trabaja en el desarrollo del próximo marco de IA para PISA 2029 es una señal clara de ese posicionamiento y del reconocimiento internacional que el país ha logrado en esta agenda.

Estos ejemplos reflejan una realidad dual: Uruguay tiene capacidades y experiencias valiosas, pero todavía carece de un espacio que permita articularlas en una estrategia común. Y ahí es donde el nuevo centro de IA debe jugar un rol decisivo.

El valor de esta nueva institucionalidad no estará en su estructura, sino en su capacidad de articular. Uruguay necesita un espacio que no sea un actor más dentro del ecosistema, sino el lugar donde ese ecosistema se ordena, se conecta y se proyecta.

En primer lugar, el centro debería impulsar la adopción de IA en el Estado. No solo como usuario de herramientas, sino como un actor capaz de entender, implementar y escalar soluciones que mejoren y hagan más eficiente la gestión pública. Esto implica definir lineamientos claros, desarrollar capacidades en los equipos y promover pilotos escalables concretos en áreas de alto impacto. El Estado no puede regular lo que no entiende ni aprovechar lo que no sabe implementar.

En segundo lugar, el centro puede ser clave para posicionar a Uruguay como un hub regional en IA. El país tiene ventajas evidentes: estabilidad institucional, talento, escala manejable y una reputación internacional positiva. Pero esas condiciones no se traducen automáticamente en liderazgo. Requieren estrategia. Un espacio que articule inversiones, proyectos y alianzas internacionales puede transformar esa oportunidad en una política de desarrollo concreta.

En tercer lugar, la alfabetización en IA debe ser un eje central. Sin una base amplia de comprensión en estudiantes, trabajadores, decisores y ciudadanía, la adopción tecnológica corre el riesgo de ser superficial, desigual o dependiente. Uruguay ya ha dado pasos importantes en este terreno, pero el desafío ahora es escalar, coordinar y sostener en el tiempo una estrategia nacional.

Finalmente, y quizás más importante, el centro debe cumplir una función de articulación sistémica. Conectar al Estado, al sector productivo y a la academia en una agenda común. Generar proyectos compartidos, evitar la duplicación de esfuerzos y construir una visión de largo plazo. Ninguno de estos actores, por sí solo, puede gobernar la IA.

Pensar estratégicamente la IA también implica asumir que ya no se trata de una política sectorial. La IA atraviesa al conjunto de las políticas públicas. Uruguay necesita comenzar a diseñar sus estrategias en salud, trabajo, educación, seguridad e infraestructura desde esta perspectiva. No como un agregado posterior, sino como una capa estructural que redefine cómo se diseñan, implementan y evalúan las políticas. En este sentido, el desafío no es incorporar IA a las políticas públicas, sino repensar las políticas públicas en clave de IA.

Uruguay ya demostró que puede construir políticas sostenidas en el tiempo, como lo hizo con su industria tecnológica y con iniciativas como Ceibal o la Agencia Nacional de Investigación e Innovación. La IA presenta una oportunidad similar, pero con mayor velocidad y mayor complejidad.

Por eso, el desafío no es crear un centro. Es dotarlo de sentido. Que no sea una nueva capa burocrática, sino un espacio de coordinación real. Que no sea un conjunto de proyectos aislados, sino un motor de estrategia país. Que no sea una respuesta a la coyuntura, sino una apuesta de largo plazo.

Porque en IA, como en pocas áreas, la diferencia no está en acceder a la tecnología, sino en la capacidad de pensarla estratégicamente.

Emiliano Pereiro es sociólogo y magíster en Políticas Educativas. Es jefe de Pensamiento Computacional e Inteligencia Artificial en Ceibal.