Saltar a contenido
Opinión Posturas

Programas nucleares y reconfiguración geopolítica en Medio Oriente

Nuestro periodismo depende de vos

Si ya tenés una cuenta Ingresá

El programa nuclear iraní ha estado en el centro de la discusión geopolítica de Medio Oriente. Israel, ella misma potencia nuclear, ha tratado por todos los medios de impedir que Irán concrete capacidades nucleares militares. Irán sostiene que su programa tiene solo fines científicos y civiles. La pulseada tiene años y Estados Unidos, desde la caída del sha de Irán en 1979, ha tenido al régimen persa chiita como enemigo a destruir. Incluso, el 7 de abril, Trump sostuvo que “una civilización entera morirá esta noche, para no volver jamás”. Sin embargo, dos meses después, la realidad se muestra muy diferente a esa trayectoria bélica pronosticada.

El OIEA y el Tratado de No Proliferación Nuclear

El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) es el organismo de vigilancia nuclear y cooperación científica y técnica en el área de la ONU, creado en 1957. Al OIEA están adheridos 181 países. El Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) es un acuerdo internacional diseñado en 1968 para evitar la propagación de armas nucleares, promover el desarme y garantizar el uso pacífico de la tecnología atómica. Se reconocieron cinco países con armas nucleares (Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China) que se comprometían a no transferir armas ni tecnología militar nuclear y a negociar para detener carreras armamentistas y desmantelar sus arsenales. Se garantizó el derecho de todos los países a investigar, desarrollar y utilizar la energía atómica con fines civiles. Para asegurar que estos programas no se desvíen hacia fines militares, los países aceptan las inspecciones del OIEA.

De los países adheridos al OIEA solo tres no han firmado el TNP: Israel, Pakistán e India. Corea del Norte lo firmó originalmente, pero luego, en 2003, se retiró y luego construyó capacidades nucleares. Pakistán e India hicieron demostraciones públicas nucleares en paralelo durante mayo de 1998. Ese estatus nuclear respectivo ha pautado sus conflictivas relaciones. Israel no ha realizado ensayos conocidos, pero hay consenso en que comenzó a producir plutonio, derivado del uranio, apto para uso militar, y que ensambló sus primeros dispositivos nucleares por 1966.

Los tres países no firmantes del TNP pactaron con el OIEA respectivos acuerdos de salvaguarda diferenciados y específicos. Se reconocen dos tipos de instalaciones: las de uso civil (centrales energéticas, reactores para medicina e investigación, etcétera), que pueden ser supervisadas por el OIEA, y las de uso militar, que se mantienen exentas de todo control. En el caso de Israel, esta última condición rige para varios sitios, en particular las instalaciones de Dimona, ubicadas en el desierto de Neguev.

Uranio y su enriquecimiento

El uranio se encuentra en la naturaleza en dos formas: el 99,3% como isótopo U-238 y el 0,7% como isótopo U-235. Con el primero no es posible sostener por sí mismo una reacción nuclear en cadena; con el segundo sí, y ese descubrimiento dio base al desarrollo de la bomba atómica (fisión nuclear). Para lograr la reacción del U-235, este debe estar en porcentajes muy altos (90%), lo que se logra tras un proceso de concentración o enriquecimiento, centrifugando gas de uranio reiteradamente a muy altas velocidades.

El OIEA categoriza la posesión de uranio U-235 en de bajo y de alto enriquecimiento. El valor límite es una concentración del 20%. El uranio de bajo enriquecimiento, al 5% o menos, es usado como combustible en centrales eléctricas. Concentraciones de hasta el 20% se utilizan en reactores de investigación, para producción de radiofármacos, etcétera.

¿Irán construye una bomba atómica?

Irán es firmante del TNP, integra el OIEA y ha venido siendo supervisado. En 2015, tras tensiones, se firmó un acuerdo denominado Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) entre Irán y Estados Unidos, China, Francia, Reino Unido, Rusia y Alemania que estableció pautas y controles para la investigación y desarrollo nuclear iraní con supervisión de instalaciones. Por el JCPOA se desmantelaron ultracentrífugas, se limitó la cantidad de uranio y su enriquecimiento y, como contrapartida, se fueron levantando las sanciones económicas contra Irán. El acuerdo fue avalado por el Consejo de Seguridad de la ONU.

Pero en 2018, bajo la primera presidencia de Donald Trump, Estados Unidos se retiró unilateralmente del acuerdo y reimpuso las sanciones. Trump argumentó que era un “acuerdo horrible y unilateral” del gobierno de Barack Obama, que no protegía los intereses de seguridad nacional de su país ni de sus aliados, y que Irán, luego de diez o 15 años, podría retomar su programa nuclear. La ONU y el resto de los países firmantes rechazaron categóricamente la retirada de Estados Unidos, defendiendo que el pacto funcionaba correctamente, y plantearon mantener el acuerdo. Inicialmente, Irán procuró lo mismo, pero las sanciones comenzaron a funcionar y por tanto dejó de lado los compromisos. Reinstaló las ultracentrífugas y enriqueció uranio superando el límite de 300 kilogramos acordado. Hay consenso de que Irán poseía el año pasado al menos unos 400 kilogramos de uranio enriquecido al 60%.

Irán ya demostró que no era necesario poseer una bomba atómica para emerger como potencia regional con capacidad disuasiva. Y esa es una novedad que se va abriendo paso en la reconfiguración geopolítica regional.

Para fabricar un artefacto nuclear no alcanza con tener el uranio enriquecido. Son necesarias otras capacidades de diseño, armado y lanzamiento. El OIEA ha afirmado no haber encontrado pruebas de un programa activo de armas nucleares, y en mayo de 2025, previo a los ataques sorpresivos de Estados Unidos contra Irán (guerra de 12 días), la Agencia de Inteligencia de Defensa estadounidense había expresado una valoración similar, si bien consideró que Irán tenía capacidad de construir una bomba si así lo decidiera.

La fatua del ayatolá Jamenei

Otro elemento a considerar, que frecuentemente es dejado de lado en los análisis, es la fatua del ayatolá Alí Jamenei. Una fatua es un decreto religioso de un clérigo islámico. En el caso iraní, cuando lo realiza el líder supremo chiita, que es la máxima autoridad religioso-política, adquiere rango máximo. Por eso es muy relevante la fatua de Jamenei de octubre de 2003, que se formalizó ante el OIEA y ratificó en 2010. Por ella se prohíbe el desarrollo de armas nucleares. La fatua expresa: “Consideramos que el uso de estas armas (nucleares, químicas y biológicas) es haram (prohibido por la religión) y creemos que es deber de todos hacer esfuerzos para proteger a la humanidad contra esta gran amenaza”. Es en ese contexto que Irán ha sostenido que su enriquecimiento de uranio tiene solo fines pacíficos, médicos, energéticos y de investigación.

Una fatua es vinculante mientras quien la produjo siga vivo y actuando. Recordemos que Jamenei fue asesinado durante el primer día de bombardeo estadounidense-israelí de fines de febrero. Por ello, no pocos analistas se preguntan qué posición tienen hoy al respecto el nuevo líder supremo y el conjunto de la renovada, a la fuerza por asesinatos, conducción iraní.

Hacia una reconfiguración regional

La sola posibilidad de que Irán pueda pasar a integrar el selecto grupo de países nucleares alteraba fuertemente la distribución de poder regional. Israel había transformado en un objetivo de supervivencia impedir que Irán alcanzase esa condición. Objetivamente, también la veía como una amenaza disuasiva para sus pretensiones expansivas territoriales. Pero no solo a los israelíes les preocupaba el programa nuclear iraní. Otros grandes países musulmanes, de rama sunnita, como Arabia Saudita y Turquía, también lo hacían. El príncipe heredero de Arabia Saudita ha reiterado que “si Irán obtiene un arma nuclear, nosotros tendremos que conseguir una lo antes posible”. A su vez, el presidente de Turquía declaró que “un Irán nuclear desequilibraría Medio Oriente” y obligaría a entrar en la carrera, pero criticó a los que presionan a los firmantes del TNP, como Irán, mientras se tolera el arsenal de Israel.

Estados Unidos, en función de sus propias definiciones geopolíticas y de las fuertes influencias de lobbies internos –en particular bajo los gobiernos de Trump–, ha ido articulando esos intereses contrarios, pero, por más sanciones económicas, aislamiento de distintos tipos, apoyo a disidencias regionales, no ha podido impedir la trayectoria definida por los iraníes una vez incumplido el acuerdo que habían firmado.

Tras más de 100 días de los ataques de fines de febrero, todo indica que ni la capacidad misilística desarrollada por Irán, que ha logrado atravesar la mítica cúpula de hierro israelí y destruir parcial o totalmente las bases de Estados Unidos en la región, ni el control efectivo y permanente de la navegación del estrecho de Ormuz parecen haber estado en los análisis estratégicos de Trump cuando decidió ejecutarlos en conjunto con Israel. Y esos sí han sido factores decisivos en el actual resultado bélico.

Se acaba de anunciar un memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán como paso previo a un acuerdo de paz definitivo. Salvo Israel, el resto de los países que se han pronunciado públicamente apoyan el memorando acordado. Seguramente Irán negociará su programa nuclear, tal como lo hizo en 2015 con Obama, congelándolo por cierto tiempo bajo ciertas condiciones. Pero ya demostró que no era necesario poseer una bomba atómica para emerger como potencia regional con capacidad disuasiva. Y esa es una novedad que se va abriendo paso en la reconfiguración geopolítica regional.

Edgardo Rubianes es doctor en Biología y fue presidente de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación.