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Opinión Posturas

El Mundial de 2030: asomando por el túnel

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“La tradición no es la adoración de las cenizas, sino la preservación del fuego”. G Mahler

En 2030 se cumplirán 100 años del primer Campeonato Mundial de Fútbol. Para nuestro país, no debería constituirse únicamente en el aniversario de una competencia deportiva, sino en la conmemoración de un acontecimiento que aportó épica y estética a nuestro orgullo e identidad nacional, que modificó para siempre la historia del fútbol y que dio a conocer y proyectó a Uruguay al mundo.

Estamos apenas a cuatro años y el interés público parece entretenerse en aspectos parciales. Se habla de la disputa de un partido aún no determinado y de un proyecto de obras en el estadio Centenario cuyas características, monto de inversión y fuentes de financiación se desconocen.

El partido y la remodelación del estadio son asuntos importantes, pero refuerzan la dimensión deportiva de un acontecimiento cuya significación sociocultural, histórica y política trasciende largamente.

Aún no está claro qué vamos a celebrar y cómo queremos hacerlo.

El país que se atrevió a soñar

En las primeras décadas del siglo pasado la sociedad uruguaya consolidaba una democracia avanzada para su tiempo, un Estado moderno, una legislación social innovadora, una educación pública en expansión y una cultura política capaz de construir acuerdos sin renunciar a su pluralidad. Era un país pujante, vigoroso, que afrontaba los desafíos con esperanza, que confiaba en sus capacidades con ostensible voluntad de progreso.

Organizar el primer Campeonato Mundial de Fútbol pudo parecer una ambición desmesurada para algunos. Hubo que construir el estadio Centenario en apenas algunos meses, financiar la llegada de las delegaciones, asumir riesgos económicos considerables y convencer al mundo de que un pequeño país del sur podía organizar un acontecimiento sin precedentes.

Uruguay no solo organizó el torneo, también lo ganó y aquella epopeya deportiva fue mucho más que un triunfo futbolístico, fue la expresión de una sociedad que supo unirse detrás de un proyecto común, que creyó en sus posibilidades y que cumplió con su propósito no obstante la magnitud del desafío.

Quizás este sea un testimonio elocuente del legado a recuperar en este momento histórico, la demostración de que un país pequeño puede desafiar y ampliar el horizonte de lo posible si confía en sus capacidades, si aprovecha las oportunidades y si es capaz de consumar un proyecto de carácter y vocación nacional.

Podemos limitar la conmemoración del centenario a la evocación legítima de una hazaña deportiva irrepetible o asumirla como una invitación a emular el espíritu de aquella generación para inspirar el país que queremos para los próximos años.

Así como no debería reducirse a la disputa de un partido ni a la remodelación del estadio, de igual manera, la definición de sus contenidos no tendría que quedar exclusivamente en manos de la Asociación Uruguaya de Fútbol o de la FIFA.

Un acontecimiento de esta naturaleza pertenece a toda la sociedad y su preparación debería convocar a la participación activa de las organizaciones representativas del ámbito público y de la esfera privada.

La trama invisible

Los grandes eventos deportivos, como los juegos olímpicos y los campeonatos mundiales, no nacen por generación espontánea. Son la expresión más visible de procesos históricos, socioculturales e institucionales profundos. Son el producto final de una compleja red de comunidades, de asociaciones, de organizaciones que consolidan vínculos, transmiten valores y van construyendo una cultura y un ecosistema. Se trata de una raigambre de escasa visibilidad, de un micelio que conecta y sostiene la vida del deporte para que luego emerjan a la superficie sus expresiones más visibles.

Debajo de la extraordinaria exposición y visibilidad de un Mundial de fútbol existe una inmensa red de escuelas, clubes, familias, dirigentes, entrenadores, voluntarios y una malla de instituciones que alimentan silenciosamente la cultura deportiva de las sociedades.

Cuando el mundo contempla con admiración estos grandes acontecimientos deportivos, no suele reparar en la existencia del sustrato que los hizo posibles.

Celebrar el centenario supone reconocer no solo la epopeya, sino también el entramado humano e institucional que la animó.

Viaje a la semilla

Durante algunos días de 2030 el mundo volverá a mirar hacia Uruguay para recordar el nacimiento de los campeonatos mundiales de fútbol. Correspondería preguntarnos: ¿qué imagen de país vamos a compartir? ¿Qué valores deseamos representar? ¿Qué relato vamos a ofrecer acerca de nosotros?

Tal vez estemos ante una oportunidad excepcionalmente propicia para recordarnos a nosotros mismos y enterar al mundo que Uruguay no fue solamente el organizador y campeón del primer Mundial de fútbol. Fuimos un país que comprendió tempranamente el lugar que ocupa el deporte en el desarrollo de las personas, de la sociedad y de la vida democrática.

No fue casual que Pierre de Coubertin distinguiera oficialmente a nuestro país otorgándole la “Copa Olímpica” en el año 1925, poco antes del primer Campeonato Mundial de Fútbol. Este reconocimiento no respondió únicamente a la admiración por el desempeño futbolístico de la selección nacional en los Juegos Olímpicos de 1924. Recogió también el prestigio de un país que comenzaba a ser identificado internacionalmente por una manera de concebir el deporte, la educación y la vida pública. Uruguay ostentaba una cultura cívica que encontraba en el deporte una de sus expresiones más significativas.

La Carta Internacional de la Educación Física, la Actividad Física y el Deporte de Unesco establece que el acceso al deporte es un derecho fundamental de los seres humanos. El deporte no es una mera herramienta o instrumento, subsidiario y funcional a otros fines. El deporte es parte constitutiva del desarrollo humano aportando valor específico desde su singularidad. Nuestro país posee una historia particularmente apropiada para dialogar con esta concepción.

A 100 años de aquel acontecimiento podríamos confirmar ante el mundo que la democracia, los derechos humanos, la igualdad de oportunidades y la unidad en la diversidad continúan siendo los pilares de nuestra convivencia republicana y que el deporte nacional representa esos mismos valores y los sostiene desde su trama institucional extendida en todo el territorio nacional.

Compromiso Uruguay 2030

La memoria que no asume compromisos se agota en la evocación. La celebración del Centenario es una oportunidad para robustecer el entramado institucional, cultural y democrático que hizo posible el Mundial de 1930 y asumir el reto de incluir proyectos de valor estratégico para el deporte y para la sociedad uruguaya. Comparto algunas ideas concretas con este propósito.

Un nuevo Plan Director del parque Batlle

A más de un siglo de su diseño original, parece razonable preguntarnos si la fisonomía actual del parque Batlle responde a una visión de conjunto o si es el resultado de decisiones contingentes y sucesivas, desconectadas entre sí.

La coexistencia insostenible de tres estadios de fútbol, de un polígono de tiro (único caso en el mundo de una ciudad con un polígono de tiro en su parque central), de un velódromo tan ilustre como obsoleto, así como las obras proyectadas para el estadio Centenario y otras propuestas de infraestructura y equipamiento deportivo en un espacio público de enorme valor urbano ameritan una revisión profunda y un abordaje integral e innovador.

Las inversiones previstas para el estadio Centenario y su entorno deberían formar parte de un proyecto mayor, concebido pensando en las próximas décadas y no únicamente para responder a las exigencias de un partido conmemorativo.

No existe la neutralidad en la concepción y en el diseño de los espacios públicos. Toda sociedad revela su condición y termina representándose a sí misma en ellos.

Un nuevo Plan Director podría convertir al parque Batlle en la representación física de algunos de los valores que nos identifican. Podría enfatizar la concepción del deporte como derecho humano y como expresión cultural, facilitar e incentivar la convivencia democrática, garantizar la accesibilidad, fomentar la inclusión, alimentar la memoria compartida y el disfrute ciudadano.

No solamente un parque deportivo, sino un paisaje cívico donde el espacio urbano narra la historia de un país que hizo del encuentro, la participación y la vida comunitaria parte de su idiosincrasia.

Celebrar el centenario supone reconocer no solo la epopeya, sino también el entramado humano e institucional que la animó.

Así como el estadio Centenario es el símbolo de la memoria deportiva, el parque Batlle puede consolidarse como espacio público en el que esa memoria dialoga naturalmente con la vida democrática, la cultura y la convivencia ciudadana, a partir del deporte.

“Proyecto nacional para el desarrollo del fútbol - Uruguay 2050”

El aniversario nos ofrece una oportunidad excepcional para formalizar una alianza estratégica entre el Estado uruguayo y la Asociación Uruguaya de Fútbol con el propósito de elaborar un proyecto nacional de desarrollo del fútbol hacia 2050.

No debería consistir en una iniciativa sectorial ni de gobierno, sino en un compromiso nacional sostenido en el tiempo, orientado a sistematizar la formación integral de futbolistas, el desarrollo de infraestructura, el impulso de programas de investigación, de innovación y de ciencia aplicada al deporte.

Un proyecto que recoja antecedentes tales como el proyecto de selecciones presentado por el Maestro Tabárez (“Institucionalización de los procesos de las selecciones nacionales y de la formación de sus futbolistas”) y el programa Gol al Futuro (“Programa de formación integral del futbolista juvenil uruguayo”), entre otros, y que incluya, además:

  • Un plan nacional de desarrollo de la infraestructura y el equipamiento, con asistencia del Estado y estímulos para la inversión y los proyectos privados.
  • Un programa de diplomacia deportiva para el posicionamiento del país con despliegue de estrategias diplomáticas profesionales acompañadas por embajadores deportivos (deportistas, clubes, etc.).
  • Un programa de turismo deportivo extendiendo y profundizando las buenas iniciativas en curso y la formulación de un relato histórico y simbólico de valor universal.

El fútbol uruguayo es un fenómeno deportivo, social, cultural y económico cuyo alcance trasciende ampliamente las competencias y capacidades de la propia AUF.

La relevancia del fútbol en la vida nacional exige responsabilidades compartidas. El Estado tiene que asumir un papel más activo, mucho más comprometido en la definición de políticas de largo plazo, porque el fútbol constituye un bien público y es parte del acervo patrimonial del deporte y la cultura del país.

Clubes de barrio: la infraestructura invisible de la democracia

El impulso de un acuerdo nacional para el fortalecimiento de los clubes deportivos barriales puede ser una iniciativa capaz de expresar con elocuencia el sentido más profundo del Centenario.

Si el Mundial de 1930 es uno de los grandes relatos épicos de la identidad uruguaya, los clubes deportivos de barrio representan su dimensión cotidiana. El primero expresa el talante y la determinación de un país para acometer una empresa extraordinaria y proyectarse ante el mundo. Los segundos revelan la capacidad de esa misma sociedad para construir comunidad todos los días.

No son fenómenos independientes. El Mundial aporta la épica y la estética de una gesta que perdura en la memoria colectiva. Los clubes aportan la institucionalidad participativa que mantiene viva esa identidad en la realidad cotidiana.

En ellos se aprende, generalmente por primera vez, a integrar una comisión directiva, a participar e intervenir en una asamblea, a elegir autoridades, a administrar bienes comunes, a respetar reglas compartidas, a dirimir las diferencias y los conflictos mediante el diálogo y a asumir responsabilidades colectivas.

En los clubes, la democracia deja de ser solamente una forma de organización política para convertirse en una experiencia de ejercicio democrático en activo, en construcción y riesgo permanente.

Con demasiada frecuencia se los observa únicamente como espacios destinados a la práctica deportiva, pero representan mucho más que eso. Pertenecen de pleno derecho a la infraestructura institucional del país. Así como las carreteras conectan territorios y las redes de energía distribuyen recursos indispensables para la vida de la gente, los clubes logran romper el aislamiento, conectan personas y grupos sociales de diversa condición y procedencias, vinculan diferentes generaciones con sus improntas y temperamentos.

Los clubes de barrio son parte de la plataforma institucional que sostiene, generosa y discretamente, la calidad democrática de nuestra sociedad.

Registro y clasificación de entidades deportivas

Como ya lo hemos expresado en otras ocasiones, es impostergable actualizar el registro de entidades deportivas, proceder a su caracterización y clasificación para poder reconfigurar la relación del Estado con las organizaciones del deporte e implementar políticas públicas justas en base a evidencias y adecuadas a la naturaleza y propósitos de cada grupo.

Revisión y adecuación del marco jurídico

Es imprescindible revisar la normativa vigente que regula el funcionamiento de los clubes deportivos en su modalidad de asociaciones civiles sin fines de lucro para adecuarla a la realidad, para facilitar el mejoramiento de la autogestión, para ampliar la participación y robustecer las condiciones de sostenibilidad institucional y económica.

Y, en este sentido, distinguir claramente a las asociaciones civiles sin fines de lucro de las sociedades anónimas deportivas que persiguen fines comerciales, de tal manera de establecer criterios claros y justos que pauten la relación con el Estado y diferenciar los tratamientos tributarios, legales y políticos según su naturaleza.

Ceibal deportivo

Sería muy interesante impulsar un programa de transformación digital, un Ceibal del deporte, que garantice a cada club social servicios de conectividad seguros y permanentes, así como equipamiento informático e instrumentos de tecnología aplicados a la gestión, para mejorar la eficiencia organizacional y para interactuar con el sistema educativo.

Estas iniciativas deberían complementarse con más programas permanentes de formación de dirigentes, fortalecimiento del voluntariado, apoyo técnico, cooperación interinstitucional y estímulo a la participación de niños, adolescentes, mujeres y personas mayores en la vida de los clubes.

El fuego del porvenir

¿Qué legado nos dejará la celebración del centenario? Si la respuesta se limita a un estadio remozado, a una fiesta emotiva y a un partido circunstancial, habremos desaprovechado una oportunidad histórica.

Si logramos que con motivo del centenario se abra un proceso de fortalecimiento de nuestros clubes de barrio, se renueve el parque Batlle como espacio público de convivencia ciudadana a través del deporte, se formalice un proyecto nacional para el desarrollo integrado del fútbol, se reconozca al deporte como un derecho y como una dimensión constitutiva del desarrollo, y si todo esto aconteciera porque los uruguayos nos reencontramos para realizarlo juntos, entonces la conmemoración habrá trascendido el homenaje para convertirse en un legado perdurable.

El fuego de 1930 no se ha extinguido. Se ha perpetuado vivo en la memoria colectiva, en la vida cotidiana de los clubes de barrio, en las escuelas, en los hogares, en el trabajo, en las esquinas, en los relatos transmitidos oralmente de generación en generación, en la recreación de los hechos históricos, en la leyenda. La responsabilidad de su preservación es nuestra.

Fernando Cáceres fue secretario nacional del Deporte.