Uruguay es un país adultocéntrico. Esta afirmación también incluye la dimensión patriarcal, si consideramos que el patriarcado no se limita a la opresión de las mujeres y se deriva también de otras relaciones de dependencia desigual.

A pesar de ello existen algunas zonas refractarias que logran trascender las dinámicas propias de esta característica-país: cada vez más jóvenes emprendedores logran superar las vetustas dinámicas y estructuras que tradicionalmente dejaban a un lado a las nuevas voces. Hay lugares donde el vuelco generacional permite que ciertos espacios sean más libres, más propios. Las tecnologías hacen posibles nuevas formas de militancia, nuevos sitios para discernir, tener otra mirada, creer en otros mundos posibles.

Sin embargo, las estructuras más tradicionales, como los partidos políticos y la academia, son espacios donde los “viejos sabios” siguen definiendo qué y cómo se hace. A veces resultan impenetrables; la resistencia a los cambios y el desincentivo permanente pueden llegar a ser asfixiantes. Algunos autores sostienen que la gerontocracia es consecuencia de “la restauración”, de la década perdida, del dolor y el silencio no sanados, de la memoria “inmemoriosa” que busca negar a las nuevas generaciones la verdad de su pasado.

Sean cuales fueren las verdaderas razones, ser joven en Uruguay es una batalla, no siempre bien librada después del paso del tiempo (sí, el tiempo pasa y se deja de ser joven).

En el caso de los partidos podemos hacer un breve repaso de nuestra situación actual: ahí tenemos a Fernando Amado y sus batallas -no todas perdidas- para demostrar a su partido y a Bordaberry Jr. sus capacidades y talentos; un Partido Nacional que ondea su mejor bandera con el aire fresco, renovado y conservador de Lacalle Pou, un Frente Amplio cuyos punteros más jóvenes y visibles son Raúl Sendic y Constanza Moreira, cuya propuesta política de renovación ha sido catalogada de experimental, entre otras razones por ser mujer y tener menos canas que muchos de sus compañeros de partido.

De cara al próximo proceso electoral, resulta necesario poner en evidencia el riesgo de mantener ese muro herrumbroso que se resiste a las nuevas generaciones, sobre todo si consideramos que el pacto tácito por un país adultocéntrico determina que los viejos no quieran dejar sus espacios y que haya algunos jóvenes, anestesiados por miedo o desazón, que no quieran tomarlos o pelear por ellos.

Además, como parte de la visibilización de este panorama, y más allá de las banderas partidarias, la tentación autoritaria que plantea la posibilidad de bajar la edad de imputabilidad merece nuestra atención y compromiso.

En un contexto en el que se coloca el tema de la (in)seguridad como un tema prioritario en la agenda, esta iniciativa, que combina ansiedad pública y oportunismo político, desconoce profundamente las complejidades asociadas a la forma hegemónica del control social mediante un sistema punitivo inoperante, y los peligros de someter al veredicto de mayorías coyunturales una propuesta de criminalización de los jóvenes, que en un sistema de selectividad clasista afecta a los más pobres.

Vivimos tiempos de rupturas y continuidades. Adaptarse a las transiciones propias de nuestro tiempo es parte del desafío para garantizar la apertura de un auténtico diálogo intergeneracional. Sin complacencias, sin trabas y sin fundamentalismos; buscando enriquecer los espacios y complementar las visiones.

Es claro que el impacto de hablar en clave generacional cobra especial sentido en determinadas dinámicas, cuando la edad es un factor determinante en el ejercicio del poder y en la configuración de procesos de articulación, inclusión/exclusión y definición política.

¿Cuánto tiempo tenemos los jóvenes para trascender la barrera de la gerontocracia sin dejar de ser jóvenes ni irnos a otro lugar? No lo sé; en todo caso creo que es momento de quebrar una lanza por la juventud, no como futuro incierto sino como presente inasible y oportuno.