La elección del presidente italiano que realiza el Parlamento de ese país ha sido, tradicionalmente, uno de los escenarios más importantes de la lucha de poder entre los distintos partidos. Si bien el cargo de presidente no tiene muchas funciones ejecutivas -es, sobre todo, un cargo de representación-, se considera que la designación del ocupante del Palacio de Quirinale es una de las instancias más importantes que un primer ministro debe ganar para demostrar poder.

En este caso, Rienzi hizo una demostración con todas las letras que sirvió para recordar que este político de 40 años que saltó de la alcaldía de Florencia al cargo de primer ministro es muy hábil y que, por sobre todo, prioriza sus intereses a los de quienes pueden haber sido sus aliados.

Cuando comenzó su mandato el año pasado, Renzi trabajó muy de cerca con el ex primer ministro Silvio Berlusconi y su Forza Italia (FI), una unión calificada como “antinatura” dentro del PD. Renzi nunca dio explicaciones sobre sus negociaciones con Berlusconi, pero sus allegados han señalado que era necesario que la bancada oficialista se aliara con FI para aprobar algunos proyectos en el Senado. El último de ellos fue la reforma electoral, aprobada el martes. Hasta ese día, Renzi mantuvo convencido a Berlusconi de que el nombre para el Quirinale sería acordado entre ambos, pero el miércoles sorprendió al nombrar, en solitario, a Sergio Mattarella, un político vinculado al ala más izquierdista del PD.

Al nombrar a Mattarella, Renzi dio un golpe frontal a Berlusconi y logró fragmentar aun más a la derecha, que ya había sufrido, en 2013, la división del Pueblo de la Libertad en FI y Nueva Centroderecha (Ncd), formación dirigida por el ex número dos de Berlusconi Angelino Alfano. Renzi ya había contribuido a esta fragmentación cuando logró que Ncd le brindara su apoyo (Alfano es su ministro del Interior), y esta vez dio un batacazo más, porque consiguió que algunos de los legisladores de FI no obedecieran a Berslusconi -quien les exigió un voto en blanco- y respaldaran a Mattarella.

Pero la más importante de las victorias que obtuvo Renzi con el nombramiento de Mattarella fue la reunificación de su partido detrás de un objetivo común. En los últimos meses el PD se mostró más dividido que nunca, y en algún momento llegó a amenazar la continuidad de Renzi al frente del Ejecutivo. En el PD cayó muy bien el nombre elegido por Renzi, pese a lo cual le dio su apoyo recién en la cuarta votación -en las tres primeras no se lograron las mayorías necesarias-.

Un ausente

En un país como Italia, donde muchas veces los políticos son señalados por actos de corrupción, vínculos con las mafias o aprovechamiento de su cargo público, dar con el perfil del sucesor del presidente saliente, el impecable Giorgio Napolitano, no parecía fácil. Mattarella, también abogado, es dueño de una carrera política intachable, que comenzó en 1980 y terminó en 2008, cuando se retiró por voluntad propia; en 2011 fue nombrado juez del Tribunal Constitucional.

Mattarella ingresó a la política en 1980, cuando su hermano, Piersanti, fue asesinado por un sicario de la Cosa Nostra, cuando era presidente de la región de Sicilia. Nacido en Palermo, fue diputado varias veces por Democracia Cristiana, dirigió varios ministerios y estuvo entre los redactores del manifiesto de fundación del PD en 2007, un año antes de retirarse. En su trayectoria, se destaca su renuncia al Ministerio de Educación, ocurrida en 1990, en rechazo a la aprobación de una ley que permitía que Berlusconi -en aquel momento, magnate mediático- ampliara su monopolio. Desde entonces, es visto como uno de los enemigos del ex primer ministro. Se espera que como presidente italiano se maneje con la reserva y la discreción que caracterizaron su carrera política.