La primera vez que Julio María Sanguinetti entró al Parlamento para ejercer como legislador empezaba el segundo gobierno colegiado blanco, con jerarcas que hoy son nombres de calles y avenidas –como Daniel Fernández Crespo y Luis Giannattasio–, el goleador del último campeonato uruguayo era el mirasol Alberto Spencer y allá en Inglaterra unos melenudos llamados The Beatles estaban terminando de grabar su primer disco. Era 15 de febrero de 1963, Sanguinetti tenía 27 años y había sido electo diputado por el Partido Colorado (PC).

Lo demás es historia: supo ser ministro de dos carteras distintas, presidente en dos períodos, y el martes fue su último día como senador. “Nunca pensé estar mucho tiempo en el Parlamento, lo dije antes de la elección: mi candidatura al Senado era más bien simbólica”, señala. Agrega que “la institucionalidad del partido, cuando no hay liderazgo político definido, es muy exigente, porque uno tiene que estar ordenando el Comité Ejecutivo y también la claraboya”. Por eso ahora Sanguinetti dividirá su tiempo entre la secretaría general del PC y las columnas de opinión, según contó en entrevista con la diaria.

El mundo cambió en casi todo desde que entró por primera vez al Parlamento. ¿Hay algo en la forma de hacer política que siga igual?

Los parlamentos siguen siendo muy parecidos y por eso lucen distanciados de la gente: se los ve como una especie de club de los políticos en el que no se resuelve nada. Por supuesto, es una visión falsa, porque los parlamentos son imprescindibles. Desde el siglo XIX hasta mediados del siglo XX fue el tiempo de los parlamentos, después vino el de los ejecutivos y ahora estamos viviendo el de la Justicia, porque hay una judicialización de la vida política institucional en todas partes del mundo. Son desbalances que se van produciendo con los años.

En su última intervención en el Senado destacó la importancia de las ideas. ¿Cree que en el debate parlamentario tienen la misma presencia que antes?

No idealizo los debates anteriores porque hubo de todo. Una cosa que no se puede olvidar es que antes había muchos más incidentes personales: pelearse de verdad, a piñazos. Eso hoy horrorizaría; sin embargo, en nuestro tiempo no era normal pero sí muy frecuente.

¿Usted se agarró alguna vez?

Muchas. No estoy orgulloso de eso.

Ha hecho mucho énfasis en que en mayo de 2018 impulsó la idea de la coalición, al reunirse con Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga, en ese momento precandidatos del Partido Nacional (PN). Se entiende por lo simbólico, pero las encuestas mostraban que la única forma posible de que el Frente Amplio (FA) perdiera era que la oposición votara unida.

En aquel momento no se hablaba de coalición. Intenté generar el debate. Sí, era una tendencia inevitable si se quería alternancia, pero los líderes políticos tienen que decidir si quieren alternancia. En la elección pasada decidieron que iban a hacer una concertación en Montevideo para disputar la intendencia y terminaron organizando un desastre. Es decir, no es sólo un tema de que esté bien la idea, a su vez hay que hacerla viable, y ese es el arte de la política.

¿Cuál es el balance que hace de estos primeros meses de la coalición en el gobierno?

Que ha sido un éxito electoral es incuestionable, porque se produjo la alternancia, y en el gobierno también lo está siendo. Basta ver la aprobación que tienen el presidente [Lacalle Pou] y el gobierno. Salió la ley de urgente consideración y está saliendo el Presupuesto; siempre con debate, pero yo no recuerdo un presupuesto que haya sido unánime en el partido de gobierno. Además, está el fenómeno de la pandemia, que se enfrentó con eficacia. Le doy un particular mérito al presidente, en la medida en que no tenía experiencia administrativa, porque sólo había estado en el Parlamento. Entonces, encontrarse en el gobierno con una crisis tan particular como la de la covid-19 fue un desafío muy grande, y estuvo a la altura de las circunstancias.

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Usted ha dicho que luego de la elección departamental se ratificó que vamos hacia un bipartidismo. ¿Qué tiene que hacer el PC para marcar su diferencia dentro de la coalición?

Bipartidismo o bien dos espacios políticos, de los cuales vengo hablando hace 30 años, porque cuando se estableció la doble vuelta hablé de las familias ideológicas y me hicieron el honor de atribuírmelo, pero es una fórmula francesa que acuñó Michel Debré, redactor principal de la constitución de [Charles] de Gaulle. En aquel momento eso no se entendió demasiado, pero con el correr de los años y con el uso de la doble vuelta [en las elecciones] ha ido quedando cada vez más claro que hay una suerte de familias. Naturalmente, con zonas fronterizas y muy distantes. Pero esto hoy, a mi juicio, viene para quedarse. El PC tiene un perfil propio, que no es idéntico al del PN ni mucho menos. Nuestro concepto republicano tiene diferencias: nosotros representamos un republicanismo laico muy claramente definido. Creemos que las empresas públicas tienen que estar en competencia y adaptarse a los tiempos, pero que el Estado no debe renunciar a ellas. Es notorio que el PN tiene una distancia mucho mayor en ese aspecto. En la política exterior, en los últimos años nos hemos ido aproximando, pero tuvimos tiempos de gran distancia. Por eso cuando estuve en la presidencia encargué dos retratos para la cancillería: uno de [Baltasar] Brum y otro de [Luis Alberto de] Herrera.

¿Para que queden todos contentos?

No, para que se simbolizaran dos miradas de la política internacional: la del panamericanismo de Brum y la del no intervencionismo de Herrera. El PC tiene un perfil muy propio, que representa además una tendencia muy arraigada en la construcción de clases medias, de las cuales emerge y que sigue representando. Luego de la construcción del FA, el PC ha sufrido un alejamiento de muchos de esos sectores, pero es el desafío. Ahora dependemos de los liderazgos que aparezcan, porque en los últimos tiempos el PC tuvo accidentes políticos que le hicieron muy difícil la sustitución de nuestra generación. Es decir, yo hoy tendría que estar dedicado a escribir, a publicar, a enseñar y a mantener viva la llama sagrada doctrinaria y la conciencia histórica; sin embargo, tengo que andar desde hace dos años metido en el barro humano. Fueron accidentes políticos, pero confío en que sean sustituidos por liderazgos realmente estables que nos representen.

¿La lectura que hace de todo lo que pasó con Ernesto Talvi es que fue un accidente?

En términos generales, sí.

Una de las polémicas que hubo con Talvi en la interna colorada fue por el nombramiento de Julio Luis Sanguinetti, su hijo. ¿Usted defiende que tiene las aptitudes para el cargo para el que finalmente fue designado, vicepresidente de UTE?

Basta mirar su currículum: es abogado, uruguayo, máster en derecho internacional por la Universidad de Georgetown, los últimos diez años estuvo trabajando en una multinacional de medios de comunicación y luego vino a darnos una mano a mí y al partido en estos dos años en los que me lancé a esta aventura. Está más que calificado, política y profesionalmente, para ocupar un cargo en la administración.

Hace pocos meses usted escribió en Twitter que el PN “debe asumir que este no es un gobierno blanco sino multicolor”. ¿Cree que ya lo asumió?

El presidente ha cuidado la coalición, pero los integrantes del PN no siempre lo han hecho. Por ejemplo, últimamente lo vimos en la elección departamental de Salto: es notorio que tuvimos una divergencia fuerte y que no nos sentimos tratados como socios.

¿Cuál es la principal batalla que dará desde la secretaría general del PC? ¿Buscar nuevos liderazgos?

Los liderazgos tienen que nacer solos, y para ello estamos en una posición bastante mejor que hace dos años, porque en ese momento yo me tuve que introducir porque no aparecía liderazgo. En aquel momento no había grupos realmente armados, mientras que hoy hay tres: Ciudadanos, Batllistas y Tercera Vía, de [Gustavo] Zubía, que viene creciendo. Además, no estamos a la intemperie sino en el gobierno, que es generador de liderazgos. Hay ministros, subsecretarios, mucha gente que puede emerger. ¿Quiénes son? No lo sabemos, lo dirá la vida. A veces la gente dice: “Los lideres viejos no dan espacio”. Yo me he pasado dando espacio y tuve que volver obligado, muy a mi pesar. A su vez, entendamos que desde el liderazgo no se crea la sucesión. Un espacio regalado desde arriba difícilmente perdure si no tiene la continuidad y la fuerza propia.

Siempre está por ahí boyando la idea de que usted es bravo en la interna.

La gente suele mirar estereotipos, y alguien que ha vivido tantos avatares en la vida política a veces genera ese tipo de prejuicios. Para los periodistas es difícil interpretar, y siempre imaginan que cada paso es el resultado de una estrategia elaborada, y no le dan lugar a la espontaneidad de la vida política, que tiene un espacio mucho mayor que el de las estrategias.

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¿Quiere decir que usted es menos estratega de lo que podríamos pensar?

No, siempre trato de tener una estrategia global, pero luego viene la táctica en la vida diaria. A veces me divierto porque muevo una ceja y ya interpretan que quiere decir algo.

¿Cómo ve el liderazgo del senador Guido Manini Ríos, de Cabildo Abierto?

Es un partido y un liderazgo nuevo. El tiempo irá diciendo cuáles son sus configuraciones ideológicas. De lo que hemos visto, hay cosas que puedo compartir y otras que no tanto, claramente.

¿Qué es lo que no comparte?

Una actitud muy negativa frente al fenómeno forestal, que para mí es lo más importante que le ha pasado estructuralmente al país en los últimos 80 o 100 años. Y tenemos un concepto de laicidad distinto. En su momento, cuando era comandante en jefe, lo cuestioné, porque él entendía que uniformado podía asistir a un culto religioso, y nosotros creemos que no es así.

Manini ha tenido expresiones duras contra la prensa: ¿cómo las ve desde su rol de periodista?

Son opiniones en el marco general de lo que puede ser la libertad de expresión. Pero creo que a veces se equivoca al hacer cuestionamientos demasiado genéricos y menos particulares. Cuando incursiona en los episodios que él considera errores judiciales: algunos me parece que lo son, claramente, porque la propia Justicia los ha reconocido, pero otros no tanto. La Justicia comete errores porque es la justicia de los hombres. Nuestra Justicia es independiente, en el sentido de que no está subordinada al poder político, pero eso no asegura la imparcialidad del juez ni tampoco la infalibilidad. Por ejemplo, a [Héctor] Amodio [Pérez] lo metieron preso al grito de “traidor” y después la propia Justicia tuvo que reivindicarlo e indemnizarlo por el error judicial.

El martes en el Senado usted dijo: “Perdimos la libertad porque antes habíamos perdido la tolerancia”. ¿En el PC se hizo la suficiente autocrítica en relación con que quien disolvió las cámaras el 27 de junio de 1973 fue un presidente colorado?

De que [Juan María] Bordaberry, desgraciadamente, cometió el pecado cívico de la dictadura no hay ninguna duda, pero nadie podía imaginar en aquel momento que íbamos a llegar a una situación así: había sido un muy buen ministro y era un hombre con una actividad normal. Nada lo justifica, pero sabemos muy bien que es el resultado de una violencia política que no nació ni del Estado ni mucho menos del PC, sino de un movimiento revolucionario que se lanzó en plena democracia a generar una rotación política por medio de la violencia. Eso fue encadenando hechos que llevaron finalmente al golpe de Estado.

Pero cuando Bordaberry disolvió las cámaras ya no existía ese movimiento.

Eso hace inexcusable la responsabilidad de los mandos militares y del propio Bordaberry, sin ninguna duda. Es tan inexcusable una cosa como la otra.

Alejandro Balbi, vicepresidente de Nacional, dijo hace pocos días en el programa El dos uno, de Direct TV, que en 1997 su gobierno “trabajó para que Peñarol lograra el quinquenio”.

Yo pensaba que el importante era [Pablo] Bengoechea, nunca imaginé que yo desde el gobierno había hecho algún gol. Me resultó bastante lamentable.