El refugio para mujeres en situación de calle de Salto fue inaugurado el 27 de julio con el objetivo de brindar alojamiento, atención integral, seguimiento sanitario en coordinación con ASSE y apoyo para la inserción laboral.
Sin embargo, a poco más de un mes de su puesta en funcionamiento, comenzaron a aparecer dificultades que, según explicaron a la diaria Luis Fernández, Roxana Echagüe y Ana Hernández, funcionarios de la institución, muestran los límites de la respuesta frente a una realidad que excede las posibilidades del centro.
El refugio cuenta con una capacidad de 20 plazas permanentes, aunque actualmente son 14 las mujeres que pueden alojarse. La reducción obedece a que dos espacios del establecimiento debieron ser acondicionados para desarrollar talleres destinados a las propias residentes. La mayoría de las mujeres alojadas tiene entre 18 y 40 años, aunque también se han registrado algunos casos de personas de alrededor de 60, señalaron los funcionarios.
La permanencia en estos centros, explicaron, “está pensada como una etapa transitoria”. La intención es que las personas puedan contar con un lugar seguro mientras se trabaja para que logren recuperar progresivamente su autonomía y se reincorporen a la vida social. Para eso, es necesario abordar los distintos factores que las llevaron a la situación de calle y, en la medida de lo posible, reducirlos o resolverlos.
Pero uno de los principales problemas aparece incluso antes del ingreso. Fernández señaló que existen diferencias de criterio con otros organismos públicos o instituciones que hacen derivaciones al refugio. Estar en situación de calle, explicó, “supone una combinación de factores, entre ellos, la ruptura de los vínculos familiares, ingresos insuficientes y, en muchos casos, antecedentes de institucionalización o privación de libertad”.
Esa trayectoria, sostuvo, hace especialmente difícil el proceso de reintegración social. Una situación que genera dificultades frecuentes es la de mujeres que abandonan su domicilio como consecuencia de situaciones de violencia doméstica. Aunque necesitan un lugar donde permanecer, no necesariamente reúnen las condiciones establecidas para ingresar al refugio. Según explicó Fernández, cuando la mujer se autoexcluye de su domicilio a raíz de un conflicto de pareja, pero mantiene una red familiar, el caso no es considerado técnicamente una situación de calle y, por lo tanto, el centro no puede recibirla.
El problema se vuelve todavía más complejo cuando la mujer tiene hijos a cargo. El refugio no cuenta con las condiciones necesarias para alojar a madres con niños y, de acuerdo con los funcionarios, las características de la población atendida y los espacios disponibles hacen inviable incorporar actualmente este tipo de casos.
Una mujer por día
Las solicitudes de alojamiento son frecuentes. Las mujeres llegan derivadas principalmente por el Ministerio de Desarrollo Social (Mides), aunque también se han producido traslados realizados por la Policía. Actualmente, aproximadamente una mujer por día se presenta en busca de un lugar donde pasar la noche.
El objetivo, sin embargo, es que la estadía no se prolongue indefinidamente. En algunos casos, el acompañamiento permite que las residentes encuentren un trabajo y puedan comenzar a pagar un alquiler.
También se han dado situaciones en las que dos mujeres que se conocieron en el refugio decidieron alquilar juntas. Durante las primeras etapas de ese proceso, explicaron los funcionarios, se procura facilitar el acceso a prestaciones del Mides y brindar apoyo para cubrir necesidades básicas, como la alimentación.
La salida del refugio, de todos modos, no siempre es sencilla. Muchas de las mujeres que llegan al centro arrastran historias de exclusión y encuentran dificultades para acceder a un empleo o reconstruir sus vínculos sociales.
Para los funcionarios, uno de los mayores obstáculos es precisamente la falta de oportunidades. Los antecedentes judiciales o las situaciones de consumo problemático pueden convertirse en una barrera a la hora de conseguir trabajo y avanzar hacia una vida autónoma.
El refugio busca ser, en ese sentido, algo más que un lugar donde vivir temporalmente. Pero las situaciones que llegan hasta sus puertas muestran que el problema de la calle, en particular cuando se cruza con violencia, pobreza, maternidad, consumo problemático y ruptura de vínculos, requiere respuestas que exceden la capacidad de un único centro.
