Lo que resulta explícito e indisimulado es el objetivo del emperador de turno: el control hegemónico del planeta, mientras el Occidente europeo observa inoperante.
Muchos de los bienes en juego son públicos —y sus fachadas lo son, aunque las obras sean de dominio privado—, y afectarlos no es un acto de rebelión ante el poder instalado sino una agresión arbitraria a lo que es de todos.
Mientras la política de izquierda parece no terminar de despertar de lo que a veces parece un cómodo letargo, parece ser desde la cultura que las voces se alzan y conectan con las nuevas sensibilidades ciudadanas.
La última reforma educativa también afectó, sin modificar su nombre, al Plan 94. La precarización de saberes y el recorte presupuestal perjudicó a los turnos nocturnos.
Cuando un imperio empieza a decaer, lo primero que se debilita es su capacidad de convencer al resto del mundo de que su modelo es el mejor. Todo imperio tiene un amanecer que le da forma y un atardecer que lo desdibuja.
Al poder que pretende anular nuestra soberanía no le incomoda la música latina, la estética ni el idioma en el que se canta, le incomoda la conciencia latinoamericana cuando se reconoce a sí misma como sujeto político.
La compra directa realizada por el INAU y el convenio firmado entre el INISA y el Ministerio de Defensa tienen un impacto comunicacional negativo en la opinión pública respecto del sistema educativo público.
Cuando hablamos de “más linda”, hablamos de una ciudad más habitable, más accesible, más caminable, más segura, más apropiable por quienes la viven, una ciudad que invite al encuentro y no al abandono.
La cultura en Uruguay, como en cualquier parte del mundo, necesita de la participación del Estado. Como los recursos no son infinitos, no hay más remedio que optar, y financiar al MACA sería una opción política y socialmente regresiva.