Reducir la dependencia de un número limitado de países desarrollados como fuente casi exclusiva de cooperación no implica romper vínculos históricos, sino diversificar socios, instrumentos y modalidades.
Educar emocionalmente no implica decidir qué deben sentir las personas ni controlar su vida interior. Su objetivo es garantizar condiciones que favorezcan el desarrollo integral, la convivencia pacífica y el bienestar psíquico de niñas, niños y adolescentes.
En Uruguay estas posturas deberían encender todas las alarmas a quienes defienden la democracia y la república en serio, pues quizá estemos ante la presencia de algunos wannabe (aspirantes a fascistas).
La evidencia nacional e internacional coincide en que el malestar docente no se explica por una resistencia a la exigencia profesional, sino por el desajuste entre la creciente complejidad del rol docente y los recursos disponibles para sostenerlo.
A fin de cuentas, cuando se obtura la política (la única posibilidad de cambio de nuestra vida en común) y las bases de convivencia se perciben malas, injustas y egoístas solo puede aflorar la violencia.
No es el nuevo paradigma. Es el espasmo final del paradigma moribundo, ofreciendo todas las respuestas fáciles, falsas y violentas. Nos promete un enemigo claro (el otro, el extranjero, el diferente) para explicar nuestra frustración.
No es frecuente que un movimiento social nuevo, sin acumulación, sin recursos económicos ni políticos ni mediáticos, se imponga frente a propuestas impulsadas por una alianza entre el capital y el Estado.
¿Por qué, mientras en el presupuesto se promovían las transformaciones tributarias más profundas de los últimos 18 años, volaba en el ambiente de izquierda cierta desazón porque el gobierno no quería gravar al 1%?
Si los datos, la atención y la actividad digital de los uruguayos se transforman en ingresos comerciales para plataformas globales, ¿por qué ese valor queda fuera del sistema impositivo?