Cuando lanzamos la diaria, en 2006, sabíamos que los cambios tecnológicos de aquel momento planteaban desafíos existenciales para los medios de comunicación tradicionales y al mismo tiempo creaban oportunidades para los alternativos, tanto en Uruguay como en el resto del mundo. Incluso la oportunidad de que, en la vieja familia de los diarios, que ya se consideraba en extinción, naciera una criatura distinta, más preparada para el futuro que veía venir.

Lo que ignorábamos era que no se trataba de un período de transición hacia una nueva estabilidad, y que dos décadas después convivir con ese tipo de cambios se habría vuelto una exigencia permanente. Vale la pena recordar algunos aspectos fundamentales de lo que ocurría entonces.

Para empezar, casi todo lo relacionado con internet se manejaba con computadoras de escritorio, bastante más voluminosas que las actuales y con un tránsito de datos mucho más lento y costoso. La expansión del uso de “celulares inteligentes” se produjo recién en la segunda década de este siglo. Lo que teníamos eran teléfonos portátiles, que también permitían intercambios con primitivos mensajes de texto. Mucha gente no disponía de ellos y faltaban años para que existieran Whatsapp, Twitter, Instagram o Tiktok. Facebook solo se manejaba en universidades estadounidenses.

En 2006, el correo electrónico había transformado la intercomunicación y era una herramienta muy necesaria para el periodismo, porque las personas e instituciones lo utilizaban cada vez más para difundir comunicados de prensa, en vez de distribuir fotocopias en sobres o apelar al fax. Pero Gmail, lanzado en 2004, aún era una novedad, lejos de la posición hegemónica que alcanzaría años después, y para abrir una cuenta se requería la invitación de un usuario ya registrado.

Otra fuente novedosa eran los sitios propios de los medios de comunicación, que en el área de la prensa se limitaban, muy a menudo, a publicar en internet notas escritas para el papel. Vivían tensionados entre la posibilidad de ganar lectores, las demandas de acceso gratuito y el imperativo de subsistir. Los sitios y portales con noticias gratuitas se dedicaban básicamente a reciclar lo producido por medios tradicionales. Mucho más interesantes eran los blogs, con una rica variedad de voces individuales. En ellos hallamos a varios periodistas para el comienzo de la diaria.

El buscador de Google, todavía con competidores fuertes de otras compañías, se consolidaba como una herramienta clave para aprovechar las publicaciones en internet. Esto fue particularmente revolucionario en lo referido a la información originada en el extranjero. Se volvió prescindible que un medio de comunicación, para saber qué pasaba en otros países y transmitirlo a su público, contratara el servicio de agencias de noticias, que a su vez contrataban a corresponsales por todo el mundo. Era posible enterarse por muchas otras vías, a veces mejores; entre ellas, el contacto directo por correo electrónico con colegas de confianza.

En general, disminuyó la importancia de que los periodistas contaran con archivos propios (incluyendo colecciones en papel del medio en que trabajaban y de otros), para disponer de antecedentes y datos de contexto. A su vez, se devaluó la publicación de informaciones que cualquiera podía encontrar, por ejemplo, en el sitio de Wikipedia, donde las consultas aumentaban en forma acelerada.

Todo lo antedicho permitía ofrecer servicios periodísticos con inversiones mucho menores que las de los grandes medios tradicionales, y presagiaba que ayudar a comprender la información y a construir puntos de vista colectivos iba a ser cada vez más relevante.

Cómo apostamos a las nuevas oportunidades desde la diaria es una historia larga y llena de enseñanzas, que convendría dejar escrita para que no se pierda. Aquí se puede adelantar brevemente que, como en muchas otras áreas, lo básico fue sortear las dificultades con procedimientos que fortalecieran la identidad del proyecto, forjada en la autogestión, el compromiso, la creatividad y el desarrollo de una comunidad. En eso seguimos 20 años después.

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