El Instituto Cuesta Duarte (PIT-CNT) divulgó recientemente un informe sobre los efectos de la inteligencia artificial (IA) en el mundo del trabajo, con un énfasis especial en los desafíos de Uruguay en este terreno. Allí, en primer lugar, se define a la IA como “la capacidad de un sistema para interpretar datos externos correctamente, aprender de ellos y utilizar esos aprendizajes para alcanzar objetivos y tareas específicas mediante una adaptación flexible”. Un sistema de IA, entonces, cuenta con la capacidad de “realizar acciones en función de su percepción contextual”.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística consignados en el informe, Uruguay tiene “una estructura de empleo fuertemente tercerizada”. Se señala que en el último tiempo las empresas de servicios generaron casi el 60% del empleo. Esto supone que “la mayor parte de los puestos está en actividades en las que la IA” –en particular, la inteligencia artificial generativa, que utiliza diversos modelos como base para la generación de contenido– “tiene capacidad real de complementar trabajo cognitivo y de interacción”.

El Cuesta Duarte remarca en el documento que este panorama, por un lado, “eleva la exposición potencial” a la IA, y, por otro, “habilita el escenario virtuoso: mejoras de productividad, calidad y trazabilidad con trabajadores”, siempre y cuando el despliegue de la tecnología sea “con reglas y formación”.

Las proyecciones

De acuerdo al informe, en el corto plazo (entre uno y dos años) “cabe esperar efectos visibles en back office y atención/ventas”. En el primer caso, se señala que las tareas repetitivas, como el ingreso y la validación de datos, la actualización de registros y la producción de minutas y reportes, “se prestan a [una] automatización parcial o total”, desplazando a las personas a “roles de gestión de casos, control de calidad y resolución de excepciones”.

En cuanto a las tareas de atención y ventas, se apunta que “coexisten” funciones de autoservicio –como, por ejemplo, los chatbots– con “agentes ʻaumentadosʼ que reducen tiempos medios de atención y elevan la tasa de resolución”. El Cuesta Duarte puntualiza que “el riesgo aquí no es el ʻdesempleo masivoʼ, sino la intensificación y el monitoreo algorítmico”, en caso de que no se establezcan “métricas razonables y salvaguardas”.

Para el mediano plazo (entre tres y cinco años), el informe marca que el uso de la IA se extiende a funciones de soporte –como finanzas, compras y recursos humanos– y también a tareas de profesionales, como la abogacía, la contaduría e incluso la ingeniería. “A diferencia de los puestos rutinarios, aquí el margen de sustitución es más bajo porque la tarea ʻnúcleoʼ sigue requiriendo criterio, responsabilidad profesional y coordinación con múltiples actores”, por lo que “el salto de calidad/velocidad es el beneficio dominante”, se señala en el documento.

Ya en el largo plazo (entre cinco y diez años), “la mayor novedad puede darse en manufactura y agro, por la convergencia de IA no generativa (visión por computadora, mantenimiento predictivo, planificación) con automatización física”.

En vista de los parámetros empleados por la Organización Internacional del Trabajo, el Cuesta Duarte señala en el informe que resulta razonable ubicar a Uruguay “en la mitad/parte alta de exposición (26-38%)” a la IA, “con automatización total baja (2-5%), si se gobierna la transición”, y con un “espacio significativo de complementación (8-14%)”. “En otras palabras, la balanza no está echada: dependerá del cómo (gobernanza), quién (perfiles y brechas) y cuándo (ritmo de adopción y madurez organizacional)”, se sostiene en el documento.

En ese sentido, el instituto de la central sindical identificó tres riesgos. El primero, la polarización, ya que “si las ganancias de productividad se materializan sólo donde hay buena conectividad, dispositivos y habilidades, pueden abrirse brechas por género, edad y territorio”. El segundo, la “automatización silenciosa” de las actividades laborales, dado que, sin diálogo previo entre las partes, “se reconfiguran puestos sin reconocer el nuevo contenido competencial ni ajustar cargas o salarios”. El tercero, “el monitoreo algorítmico sin garantías”, en vista de que “paneles y métricas de performance pueden derivar en presión y sesgos si no se pactan criterios, límites y auditorías”.

El Cuesta Duarte subraya que Uruguay, “con 59% del empleo en servicios, está bien posicionado para transformar la exposición a la IA en complementación y mejoras de calidad si se apoya en una gobernanza clara, un derecho efectivo a la formación y cláusulas de reparto de productividad”.

En el informe se sostiene que “las cifras más prudentes” para los próximos cinco años, “26-38% de empleos con tareas expuestas, 8-14% con productividad mejorable y 2-5% de automatización total, son compatibles con un proceso ordenado de reperfilamiento y transición interna”. “La ventana 2025-2030 es, por ello, el momento de pactar modelos ʻpilotos sectorialesʼ y llevar al terreno de los convenios lo que ya está presente en la estrategia nacional de IA: estándares, métricas, auditorías y formación con participación de quienes trabajan”, remarca el Cuesta Duarte.