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Ciudad de Paysandú, el 10 de octubre. · Foto: Santiago Fleitas

Ciudad de Paysandú, el 10 de octubre.

Foto: Santiago Fleitas

¿Un país de ateos? Cómo evolucionó el catolicismo y qué lugar ocupa hoy la religión en Uruguay

Uruguay se prepara para recibir a León XIV, en lo que será la primera visita de un Papa al país desde 1988. Las encuestas muestran una caída sostenida de la identificación con el catolicismo, pero hay alto nivel de religiosidad.

La visita del papa León XIV a Uruguay marcaría el regreso de un pontífice al país después de 38 años. La última vez fue en 1988, cuando Juan Pablo II realizó su segunda visita, en un contexto social y religioso diferente al actual. Desde entonces, los datos disponibles muestran una transformación sostenida de la relación de los uruguayos con el catolicismo. Cada vez menos personas se identifican con esta religión y disminuye la participación en algunos de sus principales sacramentos.

De acuerdo con la última encuesta de la consultora Cifra sobre autoidentificación religiosa, el 32,5% de los uruguayos se define como católico, el porcentaje más bajo de la serie. En 1997, esa proporción alcanzaba el 58%. Otra medición, el Latinobarómetro realizado por Equipos Consultores, registró en su estudio más reciente que el 36% de los uruguayos manifiesta practicar el catolicismo, frente al 61% que lo hacía en 1995.

Los datos reflejan una tendencia que no es exclusiva de Uruguay, aunque en el país adquiere características particulares por su larga tradición de secularización y laicidad. Sin embargo, para el doctor en Sociología y profesor de la Universidad Católica del Uruguay (UCU) Néstor Da Costa, la caída de la identificación católica no debe confundirse con la desaparición de las creencias religiosas. No es un dato menor la cantidad de personas que se declaran creyentes en dios: siete de cada diez”, señaló a la diaria Verifica.

Una tradición laica que viene del siglo XIX

Para Da Costa, la posición que ocupa la religión en la sociedad uruguaya no puede comprenderse únicamente a partir de las cifras actuales. Es necesario considerar tanto los procesos históricos que contribuyeron a la secularización como la manera en que se construyó una determinada imagen del país.

“En Uruguay es hegemónica una visión de la laicidad que viene del siglo XIX, aunque está un poco envejecida. Esa mirada sostiene que lo religioso no tiene nada que ver con lo público, es solo para la vida privada de la gente”, sostuvo. Sin embargo, advierte que esa división no impide que la religión siga teniendo incidencia en la sociedad. “Una persona que tiene condiciones que le cambian la vida o que son fundamentales para su vida no las deja porque el Estado no las mira”, afirmó.

En ese sentido, Da Costa distingue entre la laicidad, entendida como una forma de organizar la relación entre el Estado y las religiones, y el laicismo, que identifica con una posición ideológica que busca excluir lo religioso del ámbito público.

“El laicismo ha sido hegemónico en Uruguay en muchas décadas”, señaló. A su entender, esa hegemonía contribuyó a consolidar un imaginario colectivo en el que la religiosidad aparece como un rasgo ajeno a la identidad nacional o propio de sociedades menos modernas. El problema, sostuvo, es que esa representación no se corresponde necesariamente con las creencias de la población.

“El relato es que lo religioso no importa y que, si un país quiere ser moderno, tiene que abandonarlo. Entonces, eso es el relato hegemónico donde ser religioso es ser oscurantista, tonto, no pensante”, afirmó.

Da Costa recordó que, en 1993, cuando participó en una encuesta sobre religión, los resultados sorprendieron a quienes suponían que la mayoría de los uruguayos no creía en dios. “Cuando salieron los datos, ocho de cada diez personas creía en dios. En las radios nos decían: “No, eso debe estar mal”. Y era porque todo el mundo creía que éramos todos ateos”, relató, y consideró que eso se debe a tener una imagen de nosotros mismos que “no es real”.

De la secularización a la caída de los sacramentos

La pérdida de centralidad del catolicismo también se observa en las estadísticas sobre la actividad de la Iglesia. Los datos del Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño muestran una disminución del número de sacerdotes y de la realización de algunos de los principales ritos católicos durante las últimas décadas.

En 1970, Uruguay contaba con 637 sacerdotes distribuidos en 210 parroquias y 217 centros pastorales. En 1990, había 552 sacerdotes, 226 parroquias y 772 centros pastorales. En 2020, el número de sacerdotes había descendido a 427. Lo mismo sucedió con la cantidad de religiosas, ya sea monjas o mujeres que consagraron su vida a dios, que en cinco décadas pasaron de 2.070 a 614.

La evolución de los sacramentos ofrece otra señal de la transformación. Mientras que en 1970 se realizaron cerca de 40.000 bautismos, una cifra que se mantuvo relativamente estable hasta 1990, en 2020 fueron aproximadamente 13.600. Los matrimonios religiosos pasaron de 11.300 anuales a 1.380 en el mismo período. También disminuyeron las primeras comuniones, que pasaron de 15.900 en 1990 a 5.900 en 2020, y las confirmaciones, que descendieron de 4.700 a 1.760 en igual periodo.

Aunque estos indicadores permiten observar la pérdida de peso de las prácticas institucionales del catolicismo, Da Costa advierte que forman parte de un proceso más amplio que atraviesa a las sociedades occidentales. “Hay un mix de ese fenómeno en todo Occidente, que es el proceso de secularización como un proceso social de largo aliento que consistió en la pérdida de relevancia o de centralidad de las religiones en la vida de la sociedad y de las personas”, explicó.

El sociólogo señaló que, durante siglos, la religión organizó buena parte de la vida cotidiana. Las campanas de las iglesias, por ejemplo, marcaban los horarios para levantarse, trabajar o almorzar. Con el tiempo, esas funciones fueron perdiendo centralidad y la Iglesia dejó de regular aspectos de la vida social que antes estaban estrechamente vinculados con ella. “Eso hace que todos los signos y los bautismos que la Iglesia utilizaba para relacionarse con la población queden caducos, queden viejos, que no respondan a la realidad contemporánea o de cada momento histórico”, afirmó. “La gente tiene la libertad de optar si se quiere bautizar, casar o no. Antes era casi inevitable”, resumió.

El cambio, por lo tanto, no implica únicamente una disminución de las creencias, sino también una transformación de la relación entre las personas y las instituciones religiosas. La caída de los bautismos y los casamientos religiosos expresa, en parte, que la pertenencia a una comunidad religiosa ya no constituye un requisito social para atravesar determinadas experiencias.

En Uruguay, agregó Da Costa, ese proceso se combina con una tradición racionalista y atea de larga data, que contribuye a que la pérdida de centralidad religiosa se manifieste de manera especialmente marcada.

El peso de la inmigración y del proyecto secularizador

Si bien suele asociarse la secularización uruguaya con las reformas impulsadas durante el batllismo, Da Costa sostuvo que el proceso comenzó antes y estuvo vinculado con transformaciones sociales y culturales que se remontan a las últimas décadas del siglo XIX.

“Los efectos finales del batllismo se paran en los hombros de todo lo que sucedió desde 1885 en adelante, que es una cantidad de enfrentamientos con la Iglesia Católica, la secularización de la escuela, del casamiento, etcétera. El batllismo le da otro formato. No es de los últimos 40 o 50 años. El censo de 1908 lo ratifica”, explicó.

Ese censo, previo a las reformas de secularización más radicales del batllismo, fue el último que incluyó información de este tipo. Ya entonces el 70% de la población profesaba el catolicismo, mientras que un 20,5% se identificaba como “liberal” y el 9,5% restante profesaba “otras religiones”. Otro dato en línea con esto es el correspondiente a los matrimonios puramente civiles, sin ceremonia religiosa, que para 1915 ya representaban el 44% del total.

El investigador también destacó el impacto de la inmigración europea de fines del siglo XIX y comienzos del XX. “Esa gente venía del mundo racionalista, del anarquista, socialista y gente común y corriente que se lanzaba a la vida, a huir de pestes. Ahí se formó una nueva sociedad”, relató. A esa transformación se sumó la influencia del modelo francés, que las élites uruguayas de la época tomaron como referencia para imaginar el desarrollo del país.

“Es el único país de América Latina que tuvo un proyecto político para que se eliminara el cristianismo público, como el cambio de nombre de los feriados y de los pueblos”, afirmó.

Nuevas búsquedas espirituales

La pérdida de fieles del catolicismo no significa que todas las expresiones religiosas hayan experimentado una evolución idéntica. En paralelo con el descenso de la identificación católica, las encuestas han registrado un crecimiento de otras corrientes cristianas, entre ellas las iglesias evangélicas y los movimientos neopentecostales.

Para Da Costa, uno de los factores que ayuda a explicar ese fenómeno es la mayor libertad de elección que se abre cuando una institución religiosa deja de ocupar una posición dominante en la sociedad. “La pérdida de centralidad de la Iglesia Católica genera mayor libertad para la gente para optar lo que quiera ser como sociedad. Entonces, eso permite que la gente tenga sus búsquedas propias, que no son las que ya venían heredadas”, sostuvo.

“Aparecen otros sectores religiosos como el neopentecostalismo que desarrollan la teología de la prosperidad, que es: dios te cambia la vida, te prospera aquí y ahora, no en el más allá”, explicó, a diferencia de la perspectiva católica que pone el acento en la salvación después de la muerte.

De acuerdo a la última encuesta de Latinobarómetro realizada en agosto, el 13% de la población uruguaya se identificó con otras corrientes cristianas ajenas al catolicismo.

Montevideo y el interior: distintas formas de vivir la religiosidad

La relación con la religión tampoco es homogénea en todo el territorio nacional. Tanto los datos históricos como las mediciones actuales muestran diferencias entre Montevideo y el interior del país, donde la espiritualidad tiende a tener una presencia mayor.

Según la última encuesta de Cifra sobre religiosidad en la población uruguaya, mientras en la capital un 35% se declara agnóstica o atea, en el resto del país esa categoría se reduce al 24%. Esta diferencia es similar a la de comienzos del siglo pasado, ya que en 1908 los “liberales” alcanzaban el 27,8% en Montevideo contra 17,4% del interior del país.

Para Da Costa, esa brecha no puede explicarse únicamente a partir del nivel educativo ni de una oposición sencilla entre modernidad y tradición. “Por ejemplo, en Montevideo, aquellos que tienen estudios de maestría y doctorado son muchos menos creyentes. En el interior, son más creyentes los que tienen ese nivel de estudios”, señaló.

Las creencias están atravesadas por las características culturales de cada lugar y por las distintas formas en que las personas construyen sus vínculos con lo espiritual. Da Costa aclaró que la mayor presencia de creencias religiosas en el interior no implica que allí exista una menor separación entre el Estado y las religiones, sino que la diferencia, a su entender, está en la forma de vivir la dimensión espiritual.

Para Da Costa, la persistencia de las búsquedas espirituales debe entenderse en una perspectiva histórica más amplia. “Cambiarán las religiones, pero la dimensión de la búsqueda de lo trascendente, por lo menos desde hace 40.000 años, está presente en la historia de la humanidad”, concluyó.

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