Guillermo Folguera es argentino y se formó en la Universidad de Buenos Aires, donde es docente. Primero estudió Biología, después Filosofía y hace poco comenzó la carrera de Economía. Entiende que ante una realidad compleja es necesario salir de los “compartimentos disciplinares”. Es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), ha publicado decenas de artículos académicos y acompaña desde hace más de dos décadas a comunidades afectadas por problemáticas socioambientales. A su vez, integra el Grupo de Ciencias, Ambiente y Territorio y el colectivo Después de la Deriva. La semana pasada estuvo en Uruguay para presentar su último libro, Ontología del despojo: un recorrido por los múltiples mundos que habitamos, y, además, se reunió con organizaciones sociales y académicas locales. En diálogo con la diaria conversó sobre la necesidad de mostrar que “no hay solo un plan de despojo”, que hay que concebir nuevos futuros y que no es necesario empezar de cero.
En Ontología del despojo analizás nuestro mundo complejo en clave académica, pero, en paralelo, incluís citas de canciones de Jaime Roos y Violeta Parra, así como referencias a Quino, Black Mirror, Lovecraft y Borges. Apuntás que desde el poder se impuso una “única realidad” que definís como “despojada” y haces hincapié en siete elementos estructurales: el espacio, los otros, la comunidad, la naturaleza, la persona, el pasado y el futuro. ¿Qué te interesa transmitir con el libro?
Ontología del despojo forma parte de una trilogía. Lo pensé y lo escribí de esa manera. El primero partía de una mirada crítica sobre la ciencia y se llamaba La ciencia sin freno. El segundo fue sobre los agronegocios y se llama Veneno; lo escribí junto con Paula Blois, una gran compañera, antropóloga y artista. En Ontología del despojo me propuse tratar de sistematizar qué es lo que nos están robando. Por ejemplo, en el caso de Argentina el plan de [el presidente Javier] Milei está clarísimo: especulación financiera y extractivismo minero, agro, pesquero e hidrocarburos. Nos están robando el vínculo que tenemos con la naturaleza, el vínculo que tenemos con el pasado, nos están sacando la lógica de comunidad, me están robando como persona, me están robando la capacidad de pensar en futuras generaciones. Me importaba sistematizar esas formas de saqueo.
Hoy cuesta mucho, muchísimo, pensar qué mundo deseamos. Nos han robado el deseo de un mundo distinto; lo veo en pibes y pibas más jóvenes. Después vemos patrones de psiquiatrización, de suicidios, y nos preguntamos cómo es posible. ¿Qué significa para las pibas y pibes más jóvenes que les estemos dando un mundo donde no pueden desear algo distinto? Esto conecta con una segunda parte: a diferencia del caso de La ciencia sin freno y Veneno, quería poner la voz de las comunidades. En cada capítulo aparecen voces que elegí porque las admiro. Aparecen Lourdes, que es una diaguita de Tucumán; Estela Lemes, de Gualeguaychú, que es una docente rural; Meche Méndez, una enfermera que adoro del [hospital] Garrahan. Todo el primer diagnóstico más académico, aun con las canciones de Jaime Roos y compañía, deja paso para preguntarnos ¿qué hay territorialmente? Lo que quiero transmitir es que no hay solo un plan de despojo. Hay comunidades que resisten, que resistimos.
En un texto de corte académico es una decisión pensada poner en un lugar tan importante las citas de personas.
Traté de sistematizar qué se entiende por futuro y qué significa robar el futuro. Después, por ejemplo, le pregunté a Estela Lemes qué es para ella el futuro. Cuenta que es cuando ve a los chicos y chicas de su escuela jugando. Y dice: “¿Cómo no voy a luchar si para mí el futuro es esto?”. La cita es la respuesta que me da la persona. Otra cosa que nos roban es la memoria. Le pregunté qué era la memoria a Celeste Lepratti, que falleció unos meses después y es una enorme militante de los derechos humanos y hermana del que para nosotros fue el ángel de la bicicleta en la canción de León Gieco. Lo que pasó para mí fue muy hermoso, ahí es cuando sentís que el libro te sorprende. Meche Méndez es una enfermera histórica del Garrahan, una grosa. Le pregunté qué era para ella una persona. Me da una respuesta de persona y me habla de una silla. Meche trabaja en [cuidados] paliativos del Garrahan, que es un hospital infantil. Trabaja con pibes y pibas en una situación muy crítica y me habla de una silla. La silla para Meche era no estar con el pibe y la piba en la punta de la cama, sino ponerse al lado, darle tiempo, acercarse, agarrarlo de la mano, tocarse, abrazarlo, abrazarla. Estamos tan sostenidos con una corriente de pensamiento que pensamos que la persona no tiene que ver con objetos.
“El territorio se hace mero espacio; el pasado y el futuro se disuelven en un presente efímero; la comunidad es negada; la persona se reduce hasta perderse; la naturaleza es empaquetada en forma de mercancía. Esto nos ha llevado a vivir una realidad en la que prima el descuido. Este abandono no es solo un aspecto ético, es la forma que ha tomado nuestra realidad: un mundo descuidado para que sea posible el despojo”, decís en tu libro. En este contexto, me pregunto: ¿qué rol te parece que tienen las resistencias al modelo actual?
Las resistencias nos han dado muchas experiencias épicas. Solo tomando Argentina: Famatina echó a cinco mineras; Esquel hizo un plebiscito y echó a una minera de oro; las madres de Ituzaingó echaron a grandes corporaciones del agro. Y, sin embargo, me da la sensación de que el problema de la resistencia es que nos ponen a la defensiva. Otra vez el proyecto propio de un mundo distinto pareciera que lo tenemos obturado. La transición energética –no hay dudas de que tenemos que hacer algún tipo de modificación respecto de la energía, tampoco tengo dudas de la crisis climática ni del rol que tienen las petroleras actualmente a nivel mundial– la han pensado a su gusto y semejanza las grandes corporaciones. La transición energética es una forma de saqueo. La minería de litio está secando la Puna en Argentina, que compartimos con Chile, Bolivia y una parte de Perú.
En general no me gusta poner palabras muy técnicas, pero dejé ontología. Ontología es mundos y siento que la derecha nos ha puesto a su mundo. Nos ha armado los problemas y nos ha armado las soluciones a los problemas. Pensamos que para resolver el problema de la alimentación se trata de que los pibes y pibas ingieran porquerías, y no todo es alimento. Algo que trae veneno, por definición, no es un alimento. Nos han construido la idea de que tener un techo propio era estar hacinados o estar pagando alquileres de muerte. Eso no es tener un techo propio. O que para resolver la transición energética tenemos que secar y contaminar los ríos, no solo en América Latina, digo en África, en Asia. O que para tener cierta sanidad mental tengo que tomar psicofármacos. O que para poder trabajar y llegar a final de mes tengo que trabajar 16 horas como alguien que maneja un Uber, y que esa es la opción laboral. Nos han hecho un mundo, nos cambiaron el mundo. Hay algo de infantil en el sentido de que yo no quiero aceptar esto. Es cierto que tengo un punto de partida en el que me niego a aceptar eso. Pero además lo que reclamo, y sin ninguna dosis de infantil, o en todo caso tomando lo mejor de nuestros niños y niñas, es volver a mirarnos en los colectivos y preguntarnos: nosotros ¿qué queremos? ¿Qué América Latina queremos? ¿Qué mundo queremos? ¿Fingir normalidad y ver el bombardeo que le hace Israel a Palestina? ¿Fingir normalidad y saber qué tenés en tu cuerpo nosecuántos venenos?
Siento que nos están queriendo llevar a un terreno en el que tenemos que aceptar lo inaceptable. En el libro, cuando hablo de la ontología que nos imponen, uno de los casos que pongo es el de los glaciares. Hubo una discusión muy grande en torno a la Ley de Glaciares, que, por cierto, la perdimos. La pregunta que aparecía todo el tiempo es qué es un glaciar. Fue muy importante la discusión ontológica, ética, política. Más o menos un tercio de la extensión de Argentina vive de hielos, unas siete u ocho millones de personas. Uno de los legisladores de La Libertad Avanza de Milei dijo que los glaciares son “rocas de hielo que no le importan a nadie”. En 2013 o 2014, Barrick Gold [una de las principales empresas mineras del mundo] hizo protocolos para mover un glaciar. Acá es donde te das cuenta de que tenemos que dar una discusión de mundos. Un glaciar no se puede mover, porque un glaciar está ubicado en una montaña específica. Un glaciar tiene una historia, tiene una función, es la condición de posibilidad de que haya una comunidad local.
Le pregunté a Mingo, un poblador de Jáchal, que también lo quiero mucho y admiro, qué era para él un glaciar. Me habló de su mamá y de su papá. El glaciar para él era el recuerdo de su vieja y su viejo. Tenemos que recuperar esto, el glaciar no puede ser una roca insignificante si está tu viejo y tu vieja. Acá aparece el tema de que estamos a la defensiva, en un partido que estamos perdiendo ocho a cero. Tenemos que buscar la manera de ya no solo evitar que nos metan goles, sino verdaderamente sumar más gente y –voy a decir algo que va a ser fuerte– que nos tengan miedo. Nos han dejado de tener miedo y somos el pueblo. ¿Cómo es que se llegó a que no hubiera otras alternativas?
Uno de los despojos que vos planteás es la eliminación del futuro. ¿Cómo te imaginás el futuro y cómo te gustaría que sea?
Tenemos que volver a pensar en el futuro. Hoy no nos están dejando pensar en el futuro. Cuando digo futuro pienso en una potencial vejez nuestra, en un futuro con las siguientes generaciones o en un futuro en abstracto. Cuando trabajo conceptualmente lo que se ha dicho en torno a estos temas, aparece una palabra que es presentismo. Lo que estamos viviendo hoy en nuestros países es una lógica presentista. Presentismo es: vos eliminás el pasado, eliminás el futuro y vivís en un fino presente. ¿Por qué ocurre esto? Porque es una lógica financiera. Nos están proponiendo como presente una lógica de “vamos a timbear”: no importan las consecuencias, no importa si te contaminás, no importa. Cuando vos tenés timba, cuando vos tenés solo presente, los problemas irrumpen, te aparecen de golpe. Un día tenés Santiago de Chile bajo agua, un día tenés niveles de cáncer muy por encima de lo normal, un día tenés una sequía histórica e incendios asociados, un día tenés 50% de pobreza. El desafío es hacer del tiempo, tiempo. Recobrar el futuro y, cuando vos recobrás el futuro, aparecés como persona responsable, [sos consciente de] que tienen consecuencias tus acciones. Estamos viviendo momentos sin consecuencias en nada.
Es un sistema que ha sido tan hábil que nos ha quitado la política. La política es, por un lado, el reconocimiento de que las cosas tienen consecuencias, y por otro, el reconocimiento de que las consecuencias se pueden cambiar. ¿Qué veo yo respecto de ese futuro recobrado? En primera instancia veo que se puede cambiar. Ontología lo escribí desde el optimismo. Veo que se puede cambiar. También veo que es un momento muy duro para vivirlo. Uno habla de proyectar a gente que no llega a final de mes, uno le dice “imaginate” a gente que tiene a un familiar enfermo, uno le dice “soñá” a alguien que la está pasando como el culo. Parecieran ser verbos que no logran recuperar el momento actual. Sin embargo, me parece que tenemos que ser capaces de acompañar a quienes están peor, organizarnos de la manera en que podamos, resistir en los casos en que haya que frenar proyectos, pero sobre todo conectar con lo que alguna vez quisimos, con lo que queremos ser. Acá viene quizá la parte con más luz del libro: eso ya está ocurriendo, no es que hay que empezar de cero. Las voces que recuperé son personas que están trabajando por esa alternativa. Me parece que parte de la clave es cómo hacer que siembre más, que germine más y que se nos haga cuerpo, que se nos haga carne.
