Sensación de creer

Fue en noches de carnavales / que escuchamos al pasar / la pregunta de aquel niño / ¿qué es una murga, mamá?. Fue en noches de los mundiales/ que es cuchamos al pasar/ la pregunta de este niño / ¿Qué es el fútbol uruguayo papá?

Uruguay es eso, ése es el deporte uruguayo, esa increíble sensación de creer hasta el final, de hacer temblar al más taita, de increíblemente hacer pensar que se va a cambiar una historia que ya estaba sólida, festejada y hasta sobrada.

Holanda ganó bien porque es un equipazo, porque juega muy bien , porque es una delicada expresión de fútbol en velocidad con gran técnica y jugadores muy buenos. Uruguay, aun con sus notorias ausencias (Lugano, Fucile, Luis Suárez y hasta el fisurado Nico Lodeiro), no hizo más que alimentar esta nueva épica contemporánea nieta o bisnieta de aquella que habrá empezado a forjar el Terrible Nasazzi, pero basada en términos reales de trabajo, contracción al esfuerzo, planificación, sueños y ganas , muchas ganas, y no en "hay que meter" , "hay que cagarlos a patadas que se garcan.”

Holanda ganó muy bien, pero increíblemente, y como si fuera un eslabón más de esa cadena de sueños pergeñada por deportistas y pueblo, por los héroes de las tres y media de la tarde y sus seguidores, Uruguay pudo haber logrado el inesperado milagro de empatar el partido después de haberse puesto 2-3 con un margen de apenas dos minutos para sorprender al mundo. Los celestes perdieron, pero igual se llevaron la gloria, la gloria de ser, de querer, de representar en espíritu a miles de sus connacionales que vibran y se sienten representados con esa forma de actuar en los campos de juego.

Es posible que Holanda haya sido superior en los 90 minutos, pero no es posible, sino que es seguro que Uruguay hizo todo lo que pudo. Y casi puede.

Tomame la presión

Los dos aparecieron metiendo una presión terrible. Al principio parecía que Uruguay lo hacía más trabajosamente, de manera más forzada y que a los holandeses les salía más naturalmente, como parte espontánea de su juego.

Los primeros 15 minutos fueron de gran intensidad, y de mucha paridad, con un excelente perfil de marca de los orientales. Estaba todo parejísimo, pero a los 18 minutos un zapatillazo tremendo de Van Bronckhorst , más la jabulani y encima el palo permitieron que llegara el 1 a 0 de los holandeses.

Después, el juego siguió flotando entre la latencia de la peligrosidad de los naranjas y la postura firme y esforzada de los uruguayos. Los celestes emparejaron y pusieron la pelota más cerca del arco naranja.

Una escapada de Cavani permitió casi un centro de la muerte que no pudo llegar a piernas uruguayas e inmediatamente una buena triangulación terminó en un remate franco pero débil de Palito Pereira. Uruguay estaba bien, entonces, como estaba bien, el Mota Gargano hizo la pausa y metió un asistencia de base basquetbolero para Forlán que enganchó una vez, amartilló otra y sacó el zapatillazo de zurda con la jabulani, que te dobla sin señalero, y a gritar, papá: “¡Golazo!, Uruguay nomá”, te dice la emoción teñida de irracionalidad, pero la razón decía que estaba bien, que era parejo, y que forzado o no, la preeminencia del juego muchas veces pasó por los celestes y potencialmente llegaron a ser mejores por momentos.

Daba para sentirse orgulloso con tremendo primer tiempo en una semifinal.

La segunda parte volvió a mostrar a Holanda como a un equipo perfectito, con gran técnica en velocidad, pero también volvió a mostrar a un colectivo de metedores, responsables y razonables que aplican una admirable técnica colectiva de la marca y de recuperación de la pelota. Fue un infierno el Mota Gargano cortando permanentemente en primera línea, y después Uruguay le metió tal intensidad que se puso el partido abajo del brazo.

Mirá, fueron 20 minutos de poder, de quedar satisfechos por lo que el colectivo celeste realizaba frente al poderoso rival.

2 por 3

Pero, siempre hay un pero, en tres minutos, dos goles (Sneijder primero y Robben después, los dos con pelotas que terminan pegando en el palo para entrar) de los holandeses empezaron a cerrar el partido. Lo cerraron para el mundo, para ellos mismos, para Robben, quien ya cuando salió se sentía finalista, aun cuando el partido se estaba jugando, pero no estaba cerrado para Uruguay, ni para sus jugadores ni para sus hinchas, que siguieron confiando en rescatar el momento , ya no el triunfo o la derrota, que es algo mucho más circunstancial. Y ya con Seba Abreu y Seba Fernández en la cancha con ganas y más ganas, pero también con estilo de juego, pudieron reconquistar el don de lo épico, del esfuerzo y la lucha por los sueños.

Sólo restaban dos minutos para cumplir con el guión de una nueva epopeya y Maxi Pereira mandó un trallazo de zurda que puso el 2-3 y activó un gen que sólo los uruguayos pueden desarrollar, el de torcer lo imposible. Fueron 120 segundos mágicos de corazones bombeando el milagro que no fue, pero que ya había sido, el fútbol uruguayo como modelo de selección había vuelto a nacer. Ellos reconquistaron la ilusión imperecedera de su pueblo, y eso no sé si no es casi como salir campeón mundial.