No es que juegue requetelindo Danubio, pero es como que no deja de jugar y jugar; y además tiene un par de sujetos, uno de apellido Canobbio y otro que no ha roto relaciones pese a las menciones a la terquedad gerontocrática y al desvío ocular, y se ha quedado en estos lares para que la franja siga en curva ascendente, en la punta de la tabla, ahora en soledad. No juegan solos Canobbio y el argentino Carboni, pero juegan y hacen jugar, sobre todo el primero, al que difícil es verlo con la pelota en los pies durante más de cuatro o cinco segundos. Él siempre recibe, da, recibe, da, abre, marca la jugada, y a veces hasta la cierra. Algo así, por ejemplo, pasó ayer en el Campeones Olímpicos de Florida.

A lo sumo, los que fueron a hinchar por El Tanque ayer de tarde al estadio floridense pueden haberse retirado amargados por el resultado, pero ni siquiera ellos pueden negarse a aceptar que, al menos en el segundo tiempo, fue un partido de los que vale la pena saber que existen, por intensidad y apuestas, por generación colectiva y por incertidumbre.

Del primer tiempo poco hay para contar. El riesgo fue escaso; tal vez en un córner que le quisieron colar a Castillo, y después, en ambos lados, algunos tiros pero sin mayor complicación para Nicola o el arquero danubiano. Lo anecdótico es que cuando iban 16 minutos ya se habían realizado dos cambios. En Danubio a los 10 se sintió Matías Pérez, sustituido por Martín González; y a los 16 en El Tanque se sintió Iglesias, que le dejó el lugar a Minutillo. Canobbio, pero Osvaldo, el DT del cuadro “local”, tuvo que ajustar algunas posiciones con el cambio, lo que podría llevar a afirmar que le varió un poco más los planes con respecto a lo que, la variante, le significó al esquema que proponía Leo Ramos. Parejo pues, y sin goles, pero con intenciones concretas de buen trato y de aprovechamiento del estado de la grama, se fueron a los vestuarios.

Con la segunda parte vino la explosión, la electricidad, la emoción, y todo de eso. El Tanque se enfrentó por momentos al “cobro todas las chiquitas en contra” que le impuso Fedorczuk. Igual así, con Marcarié algunos metros más arriba y durmiéndola menos en el medio, fue más incisivo. Si hasta se hizo figura Juan Castillo, que tapó una tras otra: Marcarié, Mello, Puerari y Lamanna tuvieron las de ellos, y perdieron ante el arquero danubiano. Pasó que quedó con diez El Tanque y pareció mejorar, pero le llegó lo peor, el gol. Ojo, Danubio hacía lo suyo, sobre todo aprovechando a Melazzi por la derecha. El Pato que raspa, Fabián que marca lo que va a pasar con la jugada y que ésta venga. Pasó con una de las que Canobbio participó en el medio que, después de eso, se fue hasta el segundo palo a cabecearla para poder hacer el único del partido. Fue necesario ver bien el 8 en la camiseta, porque daba para dudar que aquel que la tocó y la abrió, marcando demasiado el destino, pudiera llegar tan bien a recoger el balón 45 metros más adelante. Pero era el mismo, sí.

De ahí en más no se pudo pestañear: tapadas de un lado y otro, pelotas en los palos para Danubio y una incesante propuesta “local” que cerca estuvo, pero que no pudo.