-El jugador ¿Cómo se sitúa un jugador en el comienzo del campeonato de la B?

-Los debuts son bravos. Pasan los años y seguís teniendo los mismos nervios. Creo que Ruben Sosa decía: “Si no tengo nervios, no juego más”. Y es eso. Hasta que no hacés el primer gol, o el segundo, y sentís que estás más cerca de ganar el partido, no se te pasa.

-¿Cómo se maneja el entusiasmo en un equipo que recién descendió?

-Conozco al hincha de Liverpool por una familia amiga. Son muy pasionales; todo tiene que ver con los colores y los sábados son para ir a ver el partido. Los que nacen serán hinchas de Liverpool. Como muchos otros -Rampla, Cerro-, no son un equipo cualquiera.

-¿Se siente dentro de la cancha que representan la rebeldía contra el sistema?

-Creo que sí, y le da personalidad. El club no es lo mismo que antes. Es un equipo grande, en realidad. Sin temor a exagerar, el descenso de Liverpool fue una cosa fuera de lo común. Me parece que los planteos del presidente y las formas de hacer las cosas le dan identidad a la institución.

-¿Qué hace grande a Liverpool?

-Las formas. En muchos equipos siempre te están faltando 100 gramos para el kilo. En Liverpool no llegás a pedirlo porque ya te lo están trayendo. Después te exigen en proporción a eso. Así se hace un equipo grande. Debería ser una escuela para otros equipos; es la única forma de que crezca el fútbol uruguayo.

-¿Cómo es la Primera B argentina?

-Muy loco. Salir al exterior es muy loco, al menos para un jugador como yo, que no voy a ir a jugar al mejor nivel, y si voy a un equipo prolijo es de países muy remotos. La B argentina tiene de todo. Más allá de eso, la experiencia de jugar afuera siempre es positiva, quizá porque yo me hago la cabeza para sacar lo negativo y termino aprendiendo.

-¿Ésa es una forma de pararse para jugar el ascenso?

-A mí no me desentona la B. Tampoco tengo mucha experiencia: tres años. Pero me sienta bien. Hay mucha gente a la que le cuesta jugarla, pero a mí me motiva mucho más pelear un ascenso.

-Siempre se habla de que las segundas divisionales son más heavy, por ser equipos de barrio, algunos populosos. ¿Es real?

-Sí. También hay muchos partidos de la A que son como de la B. Se nota. Los equipos que son de la B son de la B, ¿se entiende?, más allá de en qué divisional estés jugando. A veces tenés que jugar en cada cancha que se te van las ganas. Inconscientemente, con los años, lo asimilás más rápido. En la semana ya te vas motivando para jugar en determinadas canchas, porque hay que ganar como sea.

¬-¿Cómo fue tu experiencia en Centroamérica?

-La liga de Guatemala me gustó pila: es raspadora, hay juego fuerte, tipos con hambre de hambre y hambre de gloria, que nunca fueron a un Mundial, casi no tienen jugadores en el exterior. Todo se siente en la cancha. Sin embargo, la infraestructura es mejor que acá, los estadios son grandes, va más gente. Me gustó porque me gusta el fútbol guerrero, hay una identificación.

-¿Se hace diferencia económica?

-Lamentablemente, sí. Te tenés que ir a ese tipo de lugares para ver si hacés un mango, y después tenés que ver dónde metés la plata para hacer cinco mangos más.

-¿No es contradictorio que se gane más en un país sin tradición que en un país campeón de América, cuando las condiciones de cada país parecen sugerir otra cosa?

-Es totalmente contradictorio. Lo que pasa es que hay pocos equipos que se preocupen por los jugadores. No ven jugadores de fútbol, ven dólares atrás de una pelota; y si el dólar le pega, mejor: van a ser más dólares. Y te tratan así: cuando no tienen visión económica contigo, no servís más. Acá juegan los pibes de 18 a 20 y los que pasan los 30 y pico. Los de mi generación o están en el exterior o están acá [en la B], o no están más.

-Con Alejandro Apud ascendiste en la IASA. Ahora te vuelve a dirigir. ¿Es un plus?

-Está acostumbrado a pelear ascensos y descensos. En ese sentido, tenerlo como director técnico es bueno, porque tiene experiencia en cómo se ganan los partidos en la B, cómo jugar en determinadas canchas, cómo tiene que jugar un equipo que tiene que ascender.

-¿Y eso ejerce presión?

-Creo que no. Los hinchas, por ahí, te la pasan, pero es peor la presión del descenso. La presión del ascenso es motivante, te entusiasma, te genera endorfinas; la del descenso te va machacando, y eso te come la cabeza. Acá hay muy buenos jugadores, hay juveniles que me impresionan y disfruto de jugar con ellos. También precisan orientadores, y nosotros cumplimos esa función de apoyo y soporte. Tenemos un plantel bien armado, variado, con recambio, y eso genera que quieras estar bien todos los días, porque si no, juega otro que viene de atrás y quiere jugar.

- “Belvedere es un mundo aparte”, le dijiste a Aguanten che.

-Es un barrio. Está la sede como patrona de todo, con esa presencia marcándote los días que faltan para los 100 años. La gente del barrio te hace todo un marco: hay folclore, pasión en las paredes, te habla el parroquiano en el bar. Esas cosas también hacen importante a un equipo.

-Además, dijiste que “la B uruguaya es única, es el “anti show”.

-En la B los zapatos de colores no existen, no te sirve para nada el estilo. La B es el amor de verdad, es el amor propio; es el amor por el fútbol o no es nada. El show de la B es más palpable y menos fantástico. El fútbol de la B es el fútbol de verdad: equipos con una camiseta con el mismo talle para todos.

-Somos más parecidos a esa imperfección.

-Claro. Y está bueno crecer, europeizarse tal vez, en determinados aspectos, mejorar en infraestructura, en trabajo, en formas de laburar. Pero esas cosas banales no sirven. Lamentablemente, hay quienes se encargan de resaltarlo. ¿Y qué tiene que ver eso con el fútbol? Después ves que un jugador hace una buena jugada táctica y no se dan ni cuenta, pero de repente tira un caño y después da mal el pase y se quedan repitiendo: “el caño, el caño”. No existe ese caño, no sirve para nada. El caño está buenísimo si sirve para algo.

-El poeta ¿Cómo hiciste para meterte en el mundo de la lectura y la escritura?

-No sé si hice mucho, en realidad. Fue muy natural. Desde siempre me pregunté qué querían decir las canciones de rock. Desde chico escuchaba rock and roll y me preguntaba: “¿Qué quiere decir este loco? ¿Está diciendo algo?”. Cuando era más chico fue el auge de Viejas Locas, Jóvenes Pordioseros, esas bandas re barriales que cantan más o menos siempre lo mismo pero tienen un trasfondo. Es algo parecido a la cumbia. Los vagos, la esquina, el vino; hay un punto de contacto entre el rolinga y el cumbiero, que es la cuestión barrial. Es una forma de expresión. La escritura también nace de haber leído libros de gurí. Mi viejo se encargaba de ir a una biblioteca, nos preguntaba qué queríamos leer en verano, y teníamos con mi hermano ese hábito.

-¿Cuándo decidiste sentarte a escribir?

-En la escuela ya me gustaba. Las redacciones, los poemas. En un momento empecé a guardar cosas y me propuse publicar un libro. Me acuerdo de que se lo comenté a un compañero del fútbol y me dijo: “No, mirá que para publicar un libro hay que laburar pila”. Y no sé si hay que laburar tanto, por lo menos para el primero. Es válido sacar un libro y a los dos años arrepentirte, porque ya rompiste con esa tela, que alguien lo lea, lo voy a sacar de acá de la computadora o del cuaderno, no lo quiero más, quiero que sea de otro. Es romper con uno mismo. En todos los equipos en los que he estado he tenido terrible apoyo. Me escuchan. Les leo en el vestuario; el otro día me puse a recitar en la ducha.

-¿Cómo surgió el blog Tapones de fierro?

-Empecé a escribir cosas de fútbol y no quería hacer el mismo proceso de reunirlas y sacar un libro. Tengo que buscarle otra vuelta. Pero ni idea de cómo hacer un blog; me metí ahí, empecé a toquetear y quedó. Lo único que sé es poner entradas y después lo difundo.

-¿Qué estudiaste?

-Magisterio, Psicología y Humanidades. Pero no terminé nada. Me costó pila, no pude meterle cabeza. Pero eso de que no se puede por el fútbol y por las prácticas es un cuento. Yo si no seguí estudiando fue porque no me colgó la carrera o porque mi cabeza andaba en otra.

-¿Conocías a Pedro Dalton, que hizo las ilustraciones de Insectario?

-No había escuchado mucho Buenos Muchachos. Lo empecé a escuchar después de conocerlo y a lo que más le presté atención fue a la poesía de Pedro. Eso me dio entrada a escucharlos desde la letra. Después, el viaje musical que tienen es fantástico, y son una de las bandas que se van a escuchar de acá a que mi generación, por lo menos, se termine.

-¿Por qué el poema a Santiago López y Villa Española, también referido a Los Redondos?

-La cercanía a Los Redondos es por Santiago. Él me llevó a ver al Indio [Carlos Solari] y me enseñó lo que sucedía cuando tocaban Los Redondos, ésta es la misa. Estuvo buenísimo, fuimos solos a La Plata, rezagados de la barra que había salido, porque teníamos que entrenar, y creo que ahí nació una amistad, o se consolidó. El Bigote [Santiago López], a partir de esa época, es para mí como un hermano mayor. Es como un amigo más veterano, de esos que te enseñan cosas, no sólo la cuestión musical. El loco tiene mucha personalidad, sabe lo que quiere, sabe para dónde va y para dónde no va. Los códigos de la vieja escuela del fútbol los tiene tatuados a fuego. De ese tipo de gente, lamentablemente, va quedando poca. Por algo él se siente bien en Villa Española: es un barrio, una población, una forma de vivir, una forma de ver las cosas y de ver el fútbol. Es un libro abierto dentro del fútbol uruguayo.

-¿Es importante dar desde el fútbol un mensaje como el no a la baja?

-Es importante porque el fútbol está sobrevalorado. De repente, si a un jugador le roban la casa se entera todo el mundo. Y está bueno aprovechar esa sobrevaloración para dar vuelta el tablero. Sé del caso de jugadores que no se comprometieron y me decían: “Dejame ver si el abogado me lo permite” o “yo con la política no me meto”. Está bien, sí, es política. Pero decir que no también es política. Esto va más allá de una cuestión política, esto es decir: “¿En qué país quiero vivir?”. El Bigote se colgó y nos sacamos unas fotos, y es capaz de hacer cualquier cosa por el no a la baja.

-Escribiste una nota después de leer al ex futbolista argentino Claudio Morresi, hablaste de la dictadura. ¿Pensás que el deportista, y en particular el futbolista, tiene idea de lo que pasó?

-Creo que lo que pasa en el fútbol es un reflejo de lo que pasa afuera. Al futbolista muchas veces se lo acusa de que está para la joda, le gustan los autos, tiene plata. Pero, en realidad, el terraja y el ignorante están en todos los ámbitos. Hay que tener la conciencia necesaria para hacer un poco de cabeza y destacar que este tema es importante. Nosotros estamos yendo a la cárcel y les preguntamos a los presos y las presas: “¿Qué pasa con un gurí de 16 años que te cae acá?”. Todos te dicen que salen peor de lo que llegaron. Sin embargo, hay un montón de cosas que se están haciendo dentro de las cárceles para que haya una rehabilitación de verdad. Pero venimos de 30 años en los que no se hizo nada, entonces la estamos corriendo de atrás. Es un poco más del fascismo que lamentablemente ha estado instaurado en gobiernos de Uruguay durante la dictadura y después de ella.

-Además, escribiste esto: “Hoy mi equipo volvió a ganar. En Uruguay, Miramar [Misiones] pierde y me duele. Sud América gana y me emociona. Nacional pierde y aunque también me duele, me gusta, porque los chicos también juegan y ganan, aunque para los diarios siempre pierda el grande y nunca gane el chico. En la tapa del diario está el llanto del poderoso, y no la boca tenor de gol de la camiseta histórica del barrio. Villa Española en la C es sensación, porque es sensación el barrio, los colores, la vuelta al fútbol, la parrilla del Colorado en Goyena y Varela, la cinta de capitán en el brazo cordial del Bigote López”. Sos hincha de Nacional pero destacás más lo de los cuadros chicos, y te enojás con el periodismo...

-Soy hincha de Nacional porque lo llevo en la sangre, y esas cosas no se pueden cambiar. A mí me hicieron hincha de Nacional mi padrino y mi viejo, antes de nacer. No me quedaba otra. Si hay una camiseta que me rompe el alma es la de Nacional. Y si hay un sueño, de esos que te quedan de cuando empezaste a jugar al fútbol, es jugar ahí. Y con Miramar me pasa lo mismo. Jugué ahí toda mi vida, tengo amigos de ahí que van a ser amigos toda la vida. Lo que yo viví en Miramar es genial, tengo amor por Miramar. Pero creo que al revés no es tan así: no sé si me quieren tanto. No se cuida tanto al jugador del club. Sin embargo, cuando Nacional pierde y le gana Villa Española, ponele, yo me quedo contento. Es la rebelión. Es cuando el equipo chico tiene la oportunidad de decir algo. Como cuando te ponen el micrófono. ¿Qué hacés? Yo digo algo. Soy hincha de Nacional porque es mi condición, pero soy hincha de cuadro chico también.