Cuando la sensación de perder un partido -el de ayer en Quito 2-1 frente a los locales- no se cruza para nada con el concepto de derrota o de estar derrotado, el análisis de la contienda y del colectivo que nos interesa queda a salvaguarda de frustraciones o de la marca del fracaso. Está claro, sí, que en ningún caso una derrota puede considerarse un buen resultado, pero está bueno cruzar resultado y desarrollo del partido con expectativas, con las fortalezas y debilidades del rival, con dificultades preestablecidas y no aleatorias como la altura, y entonces sí enfrentar el análisis o la sensación que a uno le queda después de terminado el juego. Es entonces que uno se queda con la idea de que se perdió un partido perdible, pero que estuvo abierto hasta el final.

No sabremos jamás en qué hubiese desembocado el momento del partido que nunca se jugó, el que hubiese sido si el arquero ecuatoriano Alexander Domínguez y el caño no hubieran evitado el que iba a ser el 2-1 de Uruguay. Lo mismo si el decaimiento físico de los nuestros no hubiese generado fallas tan notorias, como dejar avanzar a piacere a Jefferson Montero en la instancia previa al segundo gol, o hasta la pérdida de referencia y de marca del tándem Martín Cáceres-Edinson Cavani en el primer tanto de los ecuatorianos.

A esta altura de las cosas

Estaba clavado que el partido iba a empezar como efectivamente empezó, con ellos tirando los carromatos contra el área de Fernando Muslera y los nuestros acomodándose.

También los acomodamos nosotros, los espectadores, viendo cómo se paraba Uruguay por delante de Muslera y de su línea de cuatro, con cinco para contener o neutralizar: el Pato Carlos Sánchez, Egidio Arévalo Ríos, el Tata González, Nicolás Lodeiro y Cavani, y delante de todos ellos la Joya Abel Hernández. Eso cuando la pelota la tenían los ecuatorianos, que fue por lo menos durante el cuarto de hora inicial.

Es que a los 14 minutos Uruguay se despegó con muchísima facilidad, mediante una conexión entre el Pato Sánchez y Abel Hernández, y la Joya la hizo bien y le taparon su remate de gol cuando pisaba el área. Un minuto después, el Pato se metió casi en el área chica, y en la jugada posterior la Joya no pudo controlar una pelota que lo dejaría de cara al arquero.

Ese mojón, el de la jugada de gol de Abel Hernández, fue como haber atravesado el puente de la tranquilidad: Uruguay pasó a controlar el juego y a mostrar otra cara.

Pero, siempre hay un pero, la filtraron por la espalda del Pelado Cáceres, se fue por la derecha el lateral Juan Carlos Paredes, entró al área y metió el centro de la muerte para que Felipe Caicedo nos matara. Iban 24 minutos de la primera parte, y a remarla una vez más.

Uruguay siguió ordenado, controlando la dificultad del partido, del rival y de la altura, pero sin poder controlar el resultado, ni en la triple combinación que terminó con un remate del Pato Sánchez y una palomita del arquero Domínguez para sacarla angustiosamente al córner.

Así se fue la primera parte, con un partido que, de no ser por aquel gol, fue muy parejo, y a excepción de la parte ejecutiva de la ofensiva, fue jugado muy correctamente por los celestes.

La segunda parte cambió desde los vestuarios, ya que el técnico de los ecuatorianos, el argentino-boliviano Gustavo Quinteros, sacó a Quiñónez, amonestado y pasado de revoluciones, y puso a Alex Bolaños.

Pero el gran cambio fue a los 3 minutos, minutos en los que Uruguay no había sido un vendaval, pero si algo más que “La brisa”, aquel tango de Francisco Canaro cuya melodía sabemos todos los uruguayos, ya que es la música de “Uruguayos campeones”, cuando Edinson Cavani se sacó una mufa antigua, una angustia arcaica y se tiró en palomita al empate. La jugada había sido el final de un buen tiro libre de Nicolás Lodeiro y el empate de Cavani coincidía con los méritos que se habían hecho.

De inmediato, ya, aún estaba festejando, Cavani entró al área chica como cuchillo caliente en la manteca y definió con acierto tras una buena habilitación de Sánchez, generando una maravillosa atajada de Domínguez, que ayudado por su vertical izquierdo salvó al Ecuador entero.

El partido se puso buenísimo. Muslera hizo una atajada maravillosa de un cabezazo de pique al piso, y otras jugadas, pero la cosa no tuvo solución para Uruguay cuando una internada por la izquierda de Montero terminó en terrible fierrazo del punta y la atajada de Muslera terminó en los pies de Fidel Martínez, que puso el 2-1 .

Otra vez a remar. Y encima a comernos una insoportable presión de los ecuatorianos, hasta después volver a acomodarse primero juntando las chapas que se estaban volando y después construyendo.

Cuando otra vez nos habíamos armado, un increíble sainete del árbitro, las amarillas, y los jugadores ecuatorianos, demoró increíblemente el juego , y ya nunca más se le pudo encontrar la vuelta al partido.

Muchas veces el dejar todo y el aproximarse a la mejor gestión que en determinadas circunstancias se pueden realizar no son garantía para tener un buen resultado, pero sí pueden arrojar tranquilidad y tal vez certezas para lo que viene.

Tranquilo, Uruguay.