-¿Qué lectura hacés hoy del ascenso con campeonato que acaban de conseguir?

-No tuve mucho tiempo para hacer evaluaciones, pero era para lo que nos trajeron: lograr el ascenso, y si era como campeones, mejor. Estamos muy contentos. El proceso se está dando más o menos como lo planificamos, no bajo cualquier costo, sino tratando de dejarle a Liverpool una base de jugadores que debutarán en Primera y que tendrán experiencia en la categoría para encarar el futuro de otra manera.

-¿Ése fue uno de los lineamientos de los que conversaste con la directiva antes de asumir?

-Sí. La realidad era que se lograran los objetivos, pero no bajo cualquier costo, sino con determinados criterios. Desde que iniciamos este proceso de trabajo contratamos solamente a tres jugadores. El club ya había dejado en calidad de libre a una cantidad de futbolistas. Después vino Emiliano [Alfaro], pero porque lo decidió él; para nosotros fue súper importante, fue fundamental, pero sabíamos que el proceso tenía que hacerse con los jugadores del club, con las figuras que teníamos.

-¿Genera una carga extra que un club te contrate con el compromiso claro de ascender?

-No, porque en las conversaciones previas con el presidente mi experiencia me permitía decirle que se podía hacer perfectamente, con la base de jugadores del club y con pocos jugadores de experiencia que los acompañaran y llevaran el plan adelante. Claro que tenían que ser muy especiales esos jugadores, tenían que tener determinado perfil: [Paulo] Pezzolano, Alfaro, Agustín Lucas, Guillermo Firpo, Sergio Bica; los referentes dentro del plantel.

-¿Cómo estaba el ánimo de los futbolistas cuando llegaste a Liverpool?

-La verdad, espectacular: la actitud que pusieron durante todo este proceso de trabajo, las ganas que los tipos tuvieron, la concentración, el profesionalismo. Esto les sirvió mucho de experiencia; los jugadores, sin lugar a dudas, son los responsables del ascenso y del campeonato. Gracias a su actitud logramos esto.

-¿Cómo es ver, desde tu labor como entrenador, a dos símbolos del club como Emiliano Alfaro y Paulo Pezzolano? Uno volvió aunque tenía contrato en Europa; el otro descendió y se quedó.

-Creo que el título de símbolos o de ídolos se lo terminaron de ganar. El caso del Papa Pezzolano está muy emparentado con Liverpool. La actitud que tuvo el año pasado después del descenso, de quedarse y embanderarse en el objetivo del ascenso, lo transforma en ídolo. Y la actitud de Alfaro de venir de un mundo totalmente diferente, deportiva y económicamente, para jugársela por el club de sus amores, lo transforma en ídolo permanente de la institución.

-¿En qué medida ayuda tener ese tipo de jugadores?

-Mucho. No alcanzaba con quedarse en Liverpool y con venir del exterior. A ellos no les alcanzó con la actitud de decir “bueno, voy a defender los colores de Liverpool”, y lo demostraron. Vinieron con humildad, con ansias, con fuerza, para llevar al club a la A. Y lo demostraban en cada entrenamiento, en cada partido.

-Siempre estuviste muy relacionado con la B del fútbol uruguayo. ¿Puede ser ésa una explicación de tu paso exitoso por la divisional?

-Cuando vos conocés muy bien un ámbito te ayuda a manejarlo diferente. Es importante la experiencia de haber vivido muchos torneos. Pero, de todas maneras, eso no te garantiza nada. Creo que el secreto, más que nada, está en los futbolistas que elegís, en que la metodología de trabajo se adapte a los futbolistas que tenés y en la concientización, la actitud y el profesionalismo que tratamos de inculcar.

-¿Cuánto hay del cuerpo técnico en la tarea? ¿Qué importancia les das a los que trabajan contigo?

-Son fundamentales. Me gusta compartir el trabajo con mis compañeros. Ese ida y vuelta te ayuda a ver mejor las cosas, a aclarar dudas que puedas tener. Con Ruben [Silva], con Pablo [Sanguinetti], el profe, y con Pirucho [Héctor Burgues], hemos conformado un grupo de trabajo muy lindo. Nos llevamos muy bien y además nos enriquecemos en las distintas visiones de cada uno. Estoy tratando de aprovecharlo al máximo. Cada uno tiene cosas muy buenas, y nos dividimos el trabajo permanentemente. Nos coordinamos bien, nos conocemos: es la tercera temporada que trabajamos juntos. Hay muchas cosas que ya salen solas.

-¿Qué significa jugar y dirigir en la B?

-Como profesional, es mi trabajo. Sea la A o la B, te dan un club para dirigir y vos tenés que tratar de sacar lo máximo y dar lo mejor. Por supuesto que es diferente jugar y dirigir en la A que hacerlo en la B. El futbolista siempre tiene la ilusión y las ganas de trabajar y jugar en Primera División. En Uruguay uno siempre aprovecha esas ganas del futbolista, sus ansias de mejorar.

-Luego de ser campeón y de ascender, lograste mantenerte en la A con Sud América. ¿Cuál es el objetivo a corto y mediano plazo con Liverpool?

-A modo de comparación: en Sud América iniciamos un proceso de la nada. Trajimos juveniles que la empresa que había asumido en el club tenía por algunos lugares. Hicimos una base de jugadores juveniles el primer año, y la idea era competir, que se foguearan, que vieran lo que era la divisional, que empezaran a jugar en la primera división del club. El segundo año insertamos algunos futbolistas importantes que respaldaran a esos gurises que habían iniciado el proceso, para tratar de ir por el ascenso. El tercer año nos propusimos consolidar ese proceso, mantener el equipo en Primera División y que la empresa que manejaba el club tuviera la posibilidad de, por medio de la mejoría que había logrado, sostenerse en la A para seguir mostrando futbolistas y poder venderlos. Salió muy bien el trabajo, se logró el objetivo, y hoy en día vendieron a Federico Gallego y a Santiago Carrera. En Liverpool, por el contrario, ya teníamos la institución armada, asentada, una infraestructura, un trabajo espectacular en juveniles. Lo que hicimos, entonces, fue aprovechar todo eso para que Liverpool lograra tener jugadores del club, como pidió el presidente. Nos propusimos formar un plantel mayoritariamente liverpoolense, patrimonio del club, y que ese plantel que compite a alto nivel en divisiones formativas -todos pelean campeonatos, compiten de igual a igual con Peñarol, Nacional, Defensor [Sporting] y Danubio- sea respaldado con un trabajo coordinado para que en el futuro sean la base del primer equipo.

-¿Hasta cuándo tenés contrato en Liverpool?

-Hasta que termine la temporada. Estoy muy cómodo. Es un club en el que jugué, conozco a la gente, y además te vas encariñando con cosas que van pasando: haber subido a 18 futbolistas a Primera División, ver cómo mejoran. En este proceso de trabajo hay cinco jugadores que estuvieron con nosotros que ya habían integrado la selección sub 20; hoy están dos de ellos: Facundo Mallo y Matías Toma, pero estuvieron también Rodrigo Rodríguez, Emmanuel González y Mathías Goyeni. Venimos muy entusiasmados, pero no depende de nosotros.

-¿Por qué te dicen el Turco?

-Por mi papá y mi abuelo paterno, que era un libanés que vino a Uruguay. En esa época a todos le decían “turco”. A mi papá le decían así y en el barrio todo el mundo me decía así, y en el fútbol también.

-Hablanos de tu infancia en Montevideo.

-Nací y me crié en Piedras Blancas, un barrio netamente futbolero, de grandes jugadores de fútbol. Me tocó compartir en la calle con grandes futbolistas como Ruben Sosa y el Pompa [Edgar] Borges. Todo el día en la calle. Éramos todos de la misma generación. Eran a morir esos picados: arrancaban de mañana y terminaban de noche. Yo jugaba en un equipo de baby fútbol, el Alas Rojas de Piedras Blancas, y no quería ir a otro mejor porque en el que yo estaba el técnico te preguntaba: “¿De qué querés jugar hoy?”. Eso te motivaba: si querías jugar de delantero jugabas de delantero. Nunca había problema, porque todo el mundo quería jugar de algo diferente. Entonces, te sentías cómodo, feliz; no le ganábamos a nadie, pero disfrutábamos del fútbol.

Pelotero

Alejandro Ruben Apud Varela nació en Montevideo el 22 de octubre de 1967, mide 1,89 y debutó como futbolista profesional en el Centro Atlético Fénix, en 1988. Además, se puso la camiseta de Nacional, Liverpool, Basáñez y Rampla Juniors en Uruguay, y de Talleres de Córdoba en Argentina y FAS Santa Ana en El Salvador. Como entrenador comenzó su carrera en Cerro, la siguió en Sud América y llegó a Liverpool. En los últimos dos clubes que dirigió logró el ascenso a Primera División y el Campeonato Uruguayo de la Segunda División Profesional. Además, fue parte de cuerpos técnicos de Fénix y Blooming de Bolivia.

-¿Cuál fue el momento en el que disfrutaste más de tu carrera como futbolista?

-No había cruzado la frontera del río Negro hacia arriba en mi vida, y un día me encontré viajando 50 días por Europa con Nacional. El fútbol a mí me dio todo: conocimiento, la gente, los lugares que visité. Para gente de laburo y gente humilde, este deporte te da posibilidades que no te da otra profesión. Las experiencias que tuve fueron todas diferentes, pero maravillosas. Son inolvidables.

-¿Cómo arrancaste?

-Antes de llegar a Fénix jugué en Danubio; ahí hice las formativas. Un histórico captador de Danubio, el Cholo [Miguel] Trueba -estuvo 40 años en el club, falleció hace poco-, andaba en bicicleta por el barrio mirando jugadores y un día me dijo: “Vos vas a venir a Danubio conmigo”. Ahí ya atajaba, y me acuerdo de que fue en un torneo que se llamaba México 86. Le pusieron ese nombre porque, según la edad que teníamos todos en ese momento, supuestamente podíamos llegar al Mundial del 86 [N. de R.: El Uruguay (México) 86 fue un torneo absolutamente abierto y nacional con participación de 530 equipos, que pretendía ampliar la base de elección para el mundial de México, después de la frustrante eliminación para España 82. A la final, jugada ante un Centenario repleto, llegaron Paso de los Toros y Pando; fue campeón el elenco isabelino, que ganó 1-0]. Así inicié las juveniles en Danubio; las hice todas ahí. Además, era federado en básquetbol, jugaba en Colón; hacía las dos cosas a la vez.

-¿Cómo fue la experiencia de jugar en El Salvador?

-Fue una de las experiencias de vida más maravillosas que tuve. Me tocó ir a un lugar muy complicado, que era San Miguel, donde compartí cosas increíbles. Por ejemplo, en el hotel donde yo me hospedaba, de repente nos juntábamos en el hall con mucha gente que iba a trabajar o se quedaba una semana, y se formaban rondas con esas personas: gente que había estado en el Ejército, como el sereno del hotel, gente que había estado en la guerrilla, y los tipos contaban historias que ni te imaginás. Para mí era un descubrimiento impresionante. La historia de Arnulfo Romero, otro ejemplo. Y también cosas insólitas. Una salió en toda la prensa: el gobierno quería desarmar a la población, que estaba súper armada. Para eso se buscó como metodología ofrecer canastas familiares en la plaza pública y darle una a cada persona que devolviera un arma. No me olvido más de la plaza de San Miguel, con una pila de armas de cinco metros o más de altura. Luego le comenté al sereno del hotel: “Qué bueno lo que hicieron”, y se empezó a reír. “¿Por qué te reís?”, le pregunté, y me dijo: “Esto no es nada. Yo entregué un arma sola. ¿Sabés todas las que tengo en mi casa?”. Te impresionaba, son cosas que te mueven y te dan aprendizajes. Otra: ir a correr al volcán y que los salvadoreños te indicaran: “Por acá no, que está todo minado”.

-En más de una ocasión mencionás que tus referentes, por así decirlo, entre los entrenadores son el Profe Ricardo de León y Óscar Washington Tabárez, y que el trabajo de la selección uruguaya te deslumbra. ¿Por qué?

-Quiero hacer hincapié en todos los entrenadores que tuve, porque todos me ayudaron, desde el primero, el Chongo [Guillermo] Escalada, hasta el Pichón [Héctor] Núñez, cuya forma de entrenar fue diferente para mí. También Miguel Ángel Puppo, Francisco Salomón, el Pepe [José] Urruzmendi, al que también tuve y de quien saqué muchas cosas; otros entrenadores que me tocó tener fueron Nil Chagas, el Pelado [Pablo] Repetto, el Bocha [Alberto] Cardacio, y no me quiero olvidar de nadie. La gente del fútbol te deja enseñanzas. Lo del Maestro siempre lo tomo porque es impresionante lo que está haciendo el hombre con nuestra selección. La jerarquizó con su proceso de trabajo. Llegó a la gente. Formó un equipo y logró plasmar una selección muy competitiva.

-Mientras ibas captando lo que te decían tus entrenadores, ¿ya sabías que te dedicarías a eso luego de dejar de ser jugador, o la idea fue decantando sola?

-Por eso hablo del Profe de León. Lo tuve poco tiempo, pero me marcó mucho la vocación de ser entrenador. Lo hizo con muchos más, también, con grandes entrenadores. Era un maestro a la hora de explicar, de trabajar, y ayudaba a que los demás tuvieran ganas de hacer lo mismo.

-¿Cómo fue dirigir en el exterior?

-Fui como ayudante de Pablo Repetto. Empecé con él en Fénix y seguimos juntos unos años. Fuimos a trabajar a Bolivia; ésa también fue una experiencia maravillosa, en Santa Cruz de la Sierra con el club Blooming. Una cosa totalmente distinta. Cuando sos extranjero te tenés que manejar con mucho cuidado. Una cosa es ir como futbolista, con las exigencias que eso tiene, pero es otra, quizá más, cuando vas como entrenador. Te están mirando en cada detalle y vos tenés que cuidar un montón de cosas: desde la prensa, los jugadores que tenés, los horarios, los rivales; se maximiza mucho eso. No nos fue tan bien, pero sirvió mucho como experiencia.

-“El sistema es lo más importante, es el todo del entrenamiento. Tenés que trabajar de acuerdo con el sistema que vas a utilizar, pero el sistema es el todo. La figura es parte del sistema”, dijiste en una entrevista hace dos años. ¿Mantenés esa idea?

-Eso es una cosa que tomé del Profe. Dentro de la metodología de trabajo que utilizás, cada ejercicio o cada cosa que hacés durante el entrenamiento tenés que trabajarla en base a determinados parámetros, conceptos, reglas, que vas armando e inculcando al jugador. Todo eso que aplicás para que determinada forma de juego tenga sentido tiene que hacerse mediante un sistema. Después podés usar 400.000 figuras que se puedan adaptar a tu sistema. Podés usar cuatro en el fondo, tres, cinco, seis volantes, tres volantes y tres puntas, lo que quieras; todo dentro de determinados criterios que trabajás cada día, para no dejar muchas cosas libradas al azar.

-¿Cómo sos afuera de la cancha, en tus ratos libres?

-No tengo ratos libres. Soy un poco obsesivo. Voy a tener que mejorar esa parte porque me satura mucho, termino agotado. Miro muchos videos, mucho fútbol; en los ratos libres me gusta leer, mirar películas o algún video, pero los estoy utilizando poco. Me gusta leer novelas, cosas que me saquen un poquito de fútbol, cuando puedo o me decido. Ahora estoy demasiado centrado en lo que es el deporte.

-¿Y la familia cómo se lo toma?

-Trae sus problemas. Estoy muy agradecido a la familia, porque me ha apoyado siempre. Desde la familia paterna y la materna hasta ahora mi señora y mis hijas. Dificulta, la verdad, el hecho de que estás por ahí sentado en una mesa familiar y por dentro estás pensando si vas a poner a Mengano o a Sultano, si vas a jugar con dos o tres en el medio. Increíblemente, uno se vuelve obsesivo en lo que hace, hay momentos en que no deberías hacerlo, pero estamos con la cabeza en eso.

-Estudiaste Ciencias de la Comunicación. Contanos algo de eso.

-En realidad, mi vocación siempre fue el deporte. En ese momento no podía hacer Educación Física porque no me daba el tiempo, las pretemporadas eran siempre a principio de año y preparar el examen de ingreso a la carrera era imposible. Y, de alguna manera, siempre quise estar vinculado al deporte. Te lo digo sinceramente (y tal vez se enoja algún periodista deportivo): acá, en general, los periodistas no estudiaron nada. Y por ahí vi que Ciencias de la Comunicación era una carrera que te daba una formación mucho más amplia. Si en el futuro podía hacer una carrera que tuviera que ver con el periodismo y la pudiera aprovechar, mejor. Yo quería eso: formarme para ir a trabajar, no al revés. Entonces ta, me gustó la carrera, cómo se encaraba, y los dos años que estuve me sorprendió gratamente su formación global. Al final, creo que si hubiera seguido no habría hecho periodismo, probablemente habría ido para el lado de la comunicación social. El tema es que además de jugar tenía que trabajar, porque mi viejo había fallecido. Tenía un quiosco en Ciudad Vieja. No me daba el tiempo para todo, y tuve que optar por la familia. Después fueron pasando los años, quise retomar, no pude, y terminé en mi vocación: hice la carrera de entrenador, me especialicé en el Instituto [Superior de Educación Física] y acá estoy.

-¿Consumís medios de comunicación?

-Últimamente, muy poco. En otra época era impresionante. Al tener el quiosco me leía todo: política, economía, sociedad, y la parte deportiva poco porque, más allá de algún periodista, no me sentía identificado nunca. Me gustaba informarme en general, porque me crié en una familia muy politizada. En los 80 era un fervor por querer saber. Después perdí un poquito el hábito.