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Deporte | Lunes 02 • Enero • 2017

Julio César Morales, junto a su nieto Camilo Vallejo, en su casa del barrio Buceo. Foto: Adrián Mariotti
Julio César Morales, junto a su nieto Camilo Vallejo, en su casa del barrio Buceo. Foto: Adrián Mariotti

Con Julio César Cascarilla Morales, gloria viva del fútbol uruguayo

La pelota ya no gira tanto, o al menos eso parece. Está ahí, tirada en el patio de una amplia casa del Buceo, a media cuadra de la rambla montevideana, esperando que la pateen y la manden a guardar. Esa pelota ya no es de cuero, ni siquiera es marrón: tiene un verde fluorescente y personajes animados del momento. A veces la patea Cascarilla, pero es de Camilo, uno de sus cuatro nietos. “Tomá, dale con la derecha, ahora con la zurda, levantá la cabeza, corré, vení”, grita con ímpetu el abuelo, estimulando con cariño a su nieto, que juega en Uruguay Buceo, un equipo de baby fútbol del barrio. “Yo lo llevo y lo acompaño. Mirá que juega bien. ¡No sabés cómo anda! Pero primero está el estudio, y en eso también le va bien”, aclara Julio César Morales, al tiempo que nos invita a pasar a su casa para comenzar la entrevista pautada con la diaria, a la que accedió con las condiciones de que fuera en su hogar y que su nieto pudiera estar presente.

“Mirá que no me gustan las entrevistas. Nunca me gustaron”, adelanta mientras nos sentamos en el living de su casa, a la que volvió hace varios años, luego de vivir en San José, donde tenía una distribuidora de cigarrillos junto con otros dos ex futbolistas. “Me dediqué a trabajar en lo más malo que hay en el mundo, lo que peor les hace a las personas: los cigarros. Después de jugar agarré el vicio. Me enamoré de la ciudad de San José cuando la conocí, en el Mundialito de 1980. Íbamos a concentrar ahí y me gustó su tranquilidad. Ese trabajo en San José me daba seguridad, pero yo daba todo anotado y así me devolvían, en papeles”.

Así es Julio César Morales, un jugador que ganó todo, un campeón de campeones, un goleador nato. Un puntero izquierdo de los que ya no se fabrican; eterno luchador y trabajador, con un solo horizonte en su meta: ganar. Con la camiseta de Nacional fue campeón en dos Copas Libertadores y dos Intercontinentales en 1971 y 1980, en la Copa Interamericana de 1972, además de ganar seis Campeonatos Uruguayos (1966, 1969, 1970, 1971, 1972 y 1980). Con la celeste en el pecho fue campeón del Mundialito jugado en el estadio Centenario entre fines de 1980 y comienzos de 1981, y en su profuso palmarés se suman también los títulos que consiguió en Austria, donde defendió entre 1973 y 1978 a Austria Viena, uno de los grandes del fútbol del país centroeuropeo. Con ese club Cascarilla ganó la Bundesliga austríaca en 1976 y 1978 y la Copa de Austria en 1974 y 1977. Pero todo esos ya no aparecen en su retina. Le cuesta recordar algunas cosas, la memoria suele jugarle malas pasadas; prefiere vivir el ahora y disfrutar de sus nietos, “los que le dan vida”, y cuidar a Iris, su compañera de siempre, que padece la enfermedad de Alzheimer.

¿De qué planeta viniste?

La infancia de Julio César transcurrió como la de la mayoría de los botijas uruguayos de su tiempo, atrás de una pelota.

Nació en 1945 y desde que tiene uso de razón tuvo una guinda pegada al pie. Por ser el más chico de seis hermanos siempre fue el mimado y, obviamente, siguió los pasos de sus mayores. Estaba todo el día en la calle y así fue que aprendió a jugar al fútbol y a desarrollar su enorme talento. “Jugábamos en la calle. Mis hermanos fueron mis primeros maestros: Ruben y Walter, que llegaron a jugar en Rampla [Juniors] y Nacional. Ellos me enseñaron todo: me decían cómo tenía que ir, si eludir, si pasar la pelota. Me gritaban y me hablaban. ‘¡Pasala, hijo de puta!’, me decían. Y yo la pasaba al toque [ríe a carcajadas]”. Ese talento que fue surgiendo también trajo aparejada otra herencia ineludible de la familia Morales: el ser cascarrabias. “A mis hermanos les decían Cascarilla, y como yo era igual que ellos me quedó el apodo. Mis hermanos me gritaban y siempre me ponían en el cuadro de ellos. Yo le pegaba bien a la pelota de chico porque ellos me enseñaron, me hacían pegarle contra la pared o tirarles centros”, cuenta.

Los primeros años de la vida de Cascarilla transcurrieron en el barrio Brazo Oriental, donde el futuro crack tomó forma y aprendió lo que es clave en esa etapa: divertirse. La pasión y el gusto por el fútbol es lo primero que hay que tener para marcar el camino, dice, al tiempo que Camilo escucha atentamente mientras su abuelo lo señala. “Él tiene eso. Pero también hay que estudiar. Yo lo hacía y me iba más o menos, pero pude terminar la escuela. Jugué en Once Estrellas, en el Ciclón del Cerrito y en Alas Rojas, todos clubes cercanos. Me venían a buscar y yo iba a divertirme. Siempre la pasé bien”.

Enseguida la charla toma otro carril. Aparece el primer amor futbolístico de Julio: el Racing Club de Montevideo. Aún recuerda cuando un vecino suyo, de apellido Machiavello -directivo de los de Sayago-, lo llevó a probarse en las juveniles, que por ese entonces entrenaban en unas canchas en el barrio Reducto. “Fuimos con el Chiquito Ladislao Mazurkiewicz. ¡La puta que lo parió, qué golero! A Racing también fui a divertirme. Si tenía que jugar de defensa igual lo hacía. Era mi vida. Hice todo el escalón hasta llegar a Primera. Era mi mundo”. Hace un silencio y le pregunto cómo jugaba su compañero Ladislao, pero contesta que siempre fue golero, que nunca lo vio como jugador.

En el equipo de Sayago, con apenas 16 años, Julio César Morales debutó en el equipo de Primera División. Entre chispazos rememora los momentos en que en las prácticas aparecían los hermanos Eladio y Julio Benítez o Mario Bergara a foguear a los juveniles. “Se quedaban en las prácticas para ayudarte. Vos los veías y aprendías. Yo jugaba en la calle y en Racing; eso me hizo crecer. A mí no me daba miedo ser chico y jugar. Si me pegaban, me calentaba, y era calentón contra calentón. Anotaba al que me la daba, y después me la cobraba. Alguna patadita se daba [ríe]”. Esas patadas, incluso, lo dejaron un año sin jugar en Racing: su padre no lo dejó seguir yendo porque le daba miedo verlo jugar contra jugadores más grandes.

Pero también al terminar la escuela hubo que trabajar. Primero en una panadería, repartiendo los pedidos, y luego en una fábrica de pantasote. “El dueño me quería mucho. Primero cortaba la tela y les daba a los muchachos. Después me iba a vender con el dueño. Trabajé hasta los 17 años. No me molestaba trabajar, lo hacía con gusto. Los primeros vintenes que tuve fueron para mamá. Siempre para mamá, que fue lo más grande. Después, cuando crecí, íbamos mitad y mitad”.

El paso grande

“Peñarol vino a buscar al Chiquito y a mí, pero no dieron con el número en Racing y se lo llevaron sólo a él. Nacional sí pagó por mí, y me fui”. Así relata Cascarilla su pasaje a los tricolores en 1965, con apenas 20 años. Lo único que importaba en ese momento, además de la diversión, era ganar, y a eso iba. “Yo era hincha del cuadro en el que estaba. Jugaba para ganar y para divertirme. Cuando iba perdiendo me ponía como loco”.

Me mira, se ríe y enseguida vuelve a aparecer la historia de su vinculación con el equipo de Sayago. “Ellos me llevaron, entonces yo era hincha de ellos, y lo soy todavía”. Vuelve a contar también la historia de cuando los mirasoles fueron a buscarlos a él y al sorprendente golero. “Me tiraron para afuera [ríe]. Nacional pagó y me llevó, pero a nosotros no nos importaba el dinero. Yo jugaba para matar, para ganar. En cualquier cuadro iba a ganar”.

¿Se acuerda de las finales de la Copa Libertadores con Nacional?

-Para nada, no me acuerdo de la Copa Libertadores. ¿Qué me voy a acordar? Jugaba porque llevaba la camiseta. Sabíamos que teníamos que ganar; a veces se podía. Yo gané dos Libertadores, pero no me importaba quién estaba enfrente. Yo iba a ganar. A cualquiera, a lo que sea. Yo entraba dentro de una cancha y me transformaba. Así me enseñaron en Racing, y antes lo habían hecho mis hermanos, mis primeros maestros. En Nacional aprendí. Era muy joven, pero sabía lo que era el fútbol. Tocaba con rapidez con las dos piernas, pero era zurdo. En un cuadro chico uno aprende, y cuando vas al grande hacés lo mismo, pero sabés que tenés que ganar siempre. Yo me quedaba bastante después de la práctica a patear y practicar. Siempre con algún compañero. Siempre con el Chiquito íbamos.

Menos en Nacional...

-En todos los cuadros.

Pero él no jugó en Nacional, fue a Peñarol.

-[Piensa] Ya no me acuerdo. [Pausa]. Ah, claro, él fue a Peñarol.

Celeste

En 1970, Julio defendió a Uruguay en el Mundial de México, pero sus recuerdos de aquel torneo son borrosos. En ese Mundial la celeste tenía un gran equipo que finalizó en el cuarto lugar, luego de perder 1-0 con Alemania Federal en el partido por el tercer puesto. Antes de ese partido con los germanos se jugó la memorable semifinal con el gran equipo brasileño -comandado futbolísticamente por Pelé- que terminó ganando 3-1. Le comento sobre ese duelo, un partido con mucha pierna fuerte en el que Uruguay empezó ganando con gol de Cubilla, y responde: “Pero mirá que nosotros teníamos tigres”. “Fuimos cansados a ese Mundial. Había que ganar, pero no se pudo. Brasil nos ganó en ese partido duro. Si no metías, no jugabas. A la vuelta, cuando volvimos, no nos recibió nadie [ríe]”.

Algo que Julio tampoco olvida es el Mundial de Inglaterra en 1966, al que no fue debido a un acto de indisciplina. El director técnico de la selección de aquel momento, Ondino Viera, fue muy claro: aquel que recibiera una expulsión tonta sería desafectado, y eso le pasó al Cascarilla en un amistoso previo al Mundial. “Aprendí de eso, pero el golero me había pegado, me enojé y se la devolví. En una cancha pasan cosas desde que empezás hasta que terminás, pero siempre queda ahí. Te das cuenta de quién es mala gente, porque el que es bueno, después del partido, te viene a saludar”, afirma, mientras se para y me dice que va a buscar algo. A los segundos reaparece con un trofeo en sus manos.

“Mirá, este me lo regalaron el otro día”, dice en referencia al homenaje que les hizo el gobierno departamental de San José hace pocas semanas a los campeones del Mundialito de 1980. Mientras muestra la pieza, posa para la foto y me lo alcanza: “Lo agarramos entre los dos”. Sonríe y posa, pero se olvidó de algo: “¿Y mi nieto no puede salir en la foto?”. Le decimos que sí y se pone contento. “¡Camilo! ¡Dale, vení, apurate!”, lo llama, y los dos se abrazan. “Claro que me pone contento este reconocimiento, pero mejor hubiese sido una valoración en ese momento, con dinero, por ejemplo”, sostiene.

“Defender a Uruguay cuando me llamaban era lindo. Era lo mejor. Nos conocíamos todos. Ni acá ni allá podíamos perder. Siempre creímos eso en la selección”, aclara mientras empieza a aplaudir. “Para eso nacimos. El futbolista se hace, y la niñez es una etapa clave, porque el niño cuando tiene ocho años ya practica y sabe pegarle. Aquel ya sabe pegarle [señala a Camilo]. A veces lo agarro y le enseño. Él tiene ganas. Eso es lo clave, con eso ganás. Además es calentón, y eso me gusta [ríe]”.

¿Se acuerda del Mundialito?

-¿Cómo no me voy a acordar? Fue todo normal, no hubo mala intención de nadie. Cuando no hay gente que quiere complicarla, las cosas salen bien. Fuimos a jugar porque había que ganar. Me acuerdo de que estaban los militares, pero ellos no se metieron mucho. Esa tarde en la final con Brasil el Centenario estaba lleno. Todos quieren ganar. Yo cuando entraba a la cancha quería ganar, no me importaba quién era el de enfrente. Yo jugaba para ganar”.

Enseguida surge una cuestión que a Julio lo saca de las casillas: el reconocimiento por parte de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). “Ahora no puedo decir nada, pero nunca les pagaron a los jugadores. Si no fuera por los jugadores, no se ganaba nada. Nosotros siempre esperábamos que nos dieran algo, y nada. La AUF tenía que pagar los premios y no lo hacía. Ya no me quiero calentar [refunfuña]”.

Esa fue una de las razones por las que Cascarilla colgó los botines, a los 35 años, al ver cosas con las que no coincidía y que no podía cambiar. “Yo gané y me fui con eso. Pero nosotros ganábamos y estábamos todos gritando y festejando, pero no había dinero. Cuando perdíamos no existíamos y no se podía hablar”. Eso también lo llevó a apartarse del mundo del fútbol: cosas que para él eran malas para los jugadores y mucha gente no se daba cuenta. Y se vuelve a enojar: “Si veo cosas malas y no puedo hacer nada, me voy. Vos trabajás por algo, vos me hacés esta nota por pasión, pero es tu trabajo. Si te pagan es porque lo hacés bien, si te portás mal tenés un castigo. ¡Acá salimos campeones y no nos dieron nada! Lo más lindo del fútbol era ganar, ganar y ganar. La gloria. Ver el estadio lleno estallando en aplausos, y saber que eran para vos. Pero veías cómo unos se llevaban el dinero por un costado mientras nosotros nos íbamos sólo con la copa”.

Otro mundo

En 1973 comenzó uno de los momentos más lindos de la carrera de Julio César Morales: su pase al fútbol austríaco. Este, según cuenta, fue el mejor regalo que le dio el fútbol, y la etapa en la que más disfrutó, porque enseñó y también aprendió. Viajó a Austria junto con otro uruguayo, el rochense Alberto Martínez -fallecido en 2009-, surgido en Peñarol, quien hizo una gran carrera en ese país, en el que incluso se nacionalizó. Vivir en el primer mundo, conocer y crecer económicamente con el sueño de comprarle una casa a su madre, “la más grande”, llenó de satisfacción a Cascarilla en aquellos años que estuvo lejos de Uruguay. Cuando habla de Austria su mirada cambia: se torna más calma y feliz. Afloran sus recuerdos y sus momentos vividos con la camiseta violeta de Austria Viena. “Siempre nos trataron bien allá. Ellos me dieron todo y yo les di todo. Con Alberto teníamos un traductor y le rompíamos las bolas para todo. Si había algún problema, lo llamábamos. Pero al final, domamos a los austríacos y la pasamos bien. Nos alquilaban la casa. Me acuerdo de que hacía un frío de la puta padre y en invierno teníamos que entrenar en un gimnasio cerrado. Pero se portaron bárbaro con nosotros”.

A pesar de la barrera del idioma, la adaptación fue buena y el equipo con los dos uruguayos en la delantera, uno por la izquierda y el otro por la derecha, ganó varios campeonatos locales y jugó una final continental, la Recopa de Europa de 1978 que terminaron perdiendo con Anderlecht de Bélgica en el Parque de los Príncipes de París. Ese auge coincidió con una mejora en el fútbol europeo que también llegó a Austria. “Agarraron una forma distinta de jugar. Jugaban bien, tocaban la pelota. Antes la agarraban y era para ellos. Pero la pelota no es para uno, es para todos. A nosotros nos la pasaban. Marcaban muy bien los austríacos, era lo único que hacían [ríe]. Yo presionaba mucho la salida. Alberto iba por la derecha y yo por la izquierda. Nos tenían miedo a los uruguayos, o al menos a nosotros [vuelve a reír]”.

Pero esa etapa en un momento fue dura. En Austria, junto a Cascarilla estaban su esposa Iris y sus pequeñas hijas, Selene y Evelyn, que al tiempo regresaron a Uruguay para comenzar la escuela. Con el talento, con el buen fútbol y con la tranquilidad, estaban todas las condiciones dadas para quedarse en Austria, pero el amor pudo más. “Estaba solo y me quería venir. No la pasé mal, pero extrañaba mucho. No me quería ir, pero les dije que primero estaba mi familia. ¿A ustedes les parece que la voy a cambiar por el fútbol? Yo podía jugar en cualquier lado”. En ese momento surgió una situación de la que Julio no se olvida y hasta se arrepiente. El presidente del club le dio una chequera y le dijo que pusiera la cifra que él quisiera, y que se quedara. Pero Cascarilla dijo que no, que primero estaba la familia. “¿Ves que lo más importante no es el dinero? Le dije que no, que muchas gracias. Fui un nabo [ríe]. Las chiquilinas estaban creciendo y quería estar con ellas. Me salieron bien y me dieron los nietos”.

¿Y ahora?

En Viena todavía recuerdan el paso de Cascarilla. Cada tanto, le llegan cartas de gente que lo vio jugar. Un veterano hincha de Austria Viena que suele venir en verano a Piriápolis no deja de pasar por su casa para visitarlo. Incluso hace poco lo invitaron a viajar a Austria para concurrir a una cena aniversario, con el pasaje incluido, pero Julio no aceptó porque no estaba el pasaje para Iris. “Ella vivió toda la etapa conmigo allá. Yo iba si ella viajaba, entonces les dije que no. Me quieren mucho allá. Yo me hice querer, lo mío era el gol e hice unos cuantos”.

Colgar los botines no fue fácil. Lo primero que hizo luego de su retiro fue trabajar en Racing, que necesitaba un director técnico para las inferiores. “No quería plata, fui porque era mi club. Llevé mi experiencia a los chiquilines: les mostraba mi camino, que no era diferente del de ellos cuando arrancaron. Quería que se pusieran en mi lugar. Racing me dio todo. Fui a devolver eso, sin cobrar nada. Trabajé en inferiores porque primero tenés que conocer a los gurises para que ellos tengan confianza en vos y, a la vez, conozcan lo que hiciste. A los chiquilines tenés que mostrarles que el fútbol se disfruta y conseguir que les guste. Que hablen de fútbol, que lo vean, que lo comprendan. Así lo llevan. Hay que dedicarles tiempo. Quedarse después de la práctica, entrenar”. Años más tarde, vino una etapa en Nacional, como integrante del cuerpo técnico de Hugo de León, pero no tiene recuerdos.

Hoy, desde su casa, dedica su día a cuidar a Iris. Pelotea con Camilo y se divierte con Federica, su otra nieta, y a veces viaja a Paysandú a visitar a Gerónimo y Salvador, sus nietos por parte de su hija Selene. Nos vamos al patio a sacar más fotos, y ahí aparecen todos sus perros. Llama al Pampa y otra vez posa con la pelota, Camilo y el perro. “Después no te olvides de mandarme las fotos”, dice.

“No miro mucho fútbol, pero sí el uruguayo. Pero me caliento. Acá se juega mal porque los jugadores no están concentrados. No se meten en el partido los 90 minutos, decididos a ganar. Si vos te convencés en todo momento, jugás mejor. Acá están para las minas, y eso te complica. A la selección sí la veo, pero siempre todo por la televisión. No quiero ir y que me estén rompiendo las bolas. No me gusta que me saluden, que me hablen. Cada vez que iba me volvían loco o me agarraban para salir a la cancha. No me gusta. Quedaré como un jugador de Racing y Nacional que triunfó, pero nada más”.

¿Conoce a Óscar Tabárez?

-¿Cómo no lo voy a conocer? Es muy buena persona. Pero también es medio loco [ríe], porque el fútbol te hace vivir eso. Te hace calentar, porque hay que vivirlo a pleno.

¿Por qué lo vive a pleno?

-El fútbol es lindo, pero hay que formar equipos de verdad, como en 1950, con líderes. Yo no era líder. Me manejaba solo. A nosotros nos hablaban antes de empezar, y al que no le gustara lo que se planteaba se podía ir. Todos quieren que se deje la vida. Ahora lo que más disfruto es de mis nietos y mis hijas. Por ellas no seguí en Austria, porque no todo es por plata. Si me hubiera quedado allá habría hecho un dineral [ríe]. Pero es por esa fuerza que te da la familia que te va bien. Los otros jugadores no miran para ganar. Si todos trabajan para lo mismo, no te gana nadie. Es amor.

¿Es todo amor?

-¿Y? ¿Qué me decís? Vos sabés por qué trabajás. En el fútbol es lo mismo. ¿Que me inviten a un festejo y me den un premio? Está bien. Yo voy, fui un ganador. En los equipos en los que jugué quedaron contentos conmigo y me lo hicieron sentir. Después de esto vendrá el cajón, pero yo sé que cumplí. Lo que me gustaba lo hice. Tengo 71 años; es una edad que ya está. Me da lástima, pero me hacen calentar. Tramité mi jubilación y no me corresponde nada por el fútbol. Como futbolista el club debía pagarme los aportes al BPS [Banco de Previsión Social], pero no lo hicieron. Bárbaro, sos campeón. Aplausos. Y nada más.


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