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Internacional | Lunes 03 • Abril • 2017

La izquierda y la democracia

Columna de opinión.

1. La articulación de los valores de la libertad y la igualdad es el tema central en la filosofía política. Construir paso a paso la igual libertad para todos es el objetivo del socialismo. Definimos el socialismo como la democracia que se afirma en lo político y se extiende progresivamente a lo económico social, de manera que las grandes cuestiones que hacen a la vida real de las personas no queden libradas al mercado o al azar, sino que sean fruto de las opciones asumidas por la voluntad democrática.

En ausencia de democracia, los agentes que controlan el Estado, invocando y justificando intereses superiores, pueden reimplantar la explotación de la población en su beneficio, perdiéndose de esta manera, a la vez que la libertad, también la igualdad. Esta es la gran lección que deja el fracaso de los regímenes del llamado socialismo real: que por ese camino no se va al socialismo, que el autoritarismo conduce a la reimplantación de la explotación de clase.

La ofensiva neoliberal y la necesidad de luchar ideológicamente contra ella hicieron pasar a segundo plano la caída de aquellos regímenes, y parte de la izquierda nunca terminó de elaborar y asumir las lecciones de ese gran fracaso.

2. La democracia política, cuya radicalización y despliegue es la base para avanzar hacia una democracia integral, supone, por lo menos, la presencia de una serie de elementos esenciales. Que el poder político esté asentado en el acuerdo de la mayoría de los gobernados sobre la base de un ciudadano, un voto; esto supone la capacidad de elegir, el pluralismo político y la posibilidad de alternancia de las diferentes opciones si se produce un cambio en la voluntad de las mayorías. El pleno despliegue de todas las libertades ciudadanas y el respeto al orden constitucional por parte de todos los actores incluyendo al gobierno, lo que excluye el uso arbitrario de ese poder por más que se invoquen o esperen fines superiores. No pueden justificarse medios no democráticos invocando objetivos democráticos: si se pervierten los medios también se pierden los fines. Esa es otra lección inapelable de la historia reciente.

La democracia representativa es imprescindible para la expresión de todas las corrientes del pluralismo de la sociedad. Los institutos de la democracia participativa la completan y mejoran, deben articularse con ella pero no sustituirla. Acá también la experiencia es clara: un régimen de partido único no mejora, por más que haya expresiones de participación directa de la población. Estas son manipuladas y dirigidas por el aparato del partido que se impone ante la voluntad de las personas, que no pueden reunirse y organizarse para elaborar o formalizar otra posición. Otra falacia derribada por la experiencia histórica es que las diferentes expresiones políticas desaparecen o se unifican en una sola al avanzar hacia una sociedad sin clases, por lo que sería superable e innecesario el pluralismo político.

No hay seres humanos transparentes, no hay una relación directa, única y mecánica entre la infra y la superestructura. Al contrario, podemos suponer una mayor amplitud y diversidad a medida que se amplían los horizontes y se superan las restricciones de la necesidad. En rigor, esta visión que desconfía del pluralismo y plantea como meta deseable llegar a una sola expresión política ha sido la justificación ideológica de las burocracias autoritarias que devienen al final una nueva clase explotadora.

Otra falacia que de vez en cuando reaparece es la de que la democracia definida por los elementos anteriores es sólo para nosotros o para los europeos. Que pueblos situados en otras latitudes no pueden sustituir a sus gobernantes o no pueden expresar sus opciones políticas. Una suerte de justificación que se acerca al racismo aristocratizante, disfrazada de relativismo cultural.

3. Ni siquiera estas falacias alcanzan para justificar algunas valoraciones recientes del régimen de Corea del Norte, uno de los gobiernos más rechazables del planeta, opuesto a los ideales del socialismo, de la democracia y de la libertad. Una monarquía al estilo de aquellas del despotismo asiático sobre las cuales teorizaron Karl Marx y Friedrich Engels, un estado-cárcel, hambreador y represor de su pueblo. La única explicación es que, para algunos, cualquier cosa se justifica si el actor en cuestión se opone a Estados Unidos o si Estados Unidos se opone a él. Esta visión mecánica, equivocada y distorsionada del “antiimperialismo” nos hubiera llevado a estar con el Eje en la Segunda Guerra Mundial.

4. En nuestra región, al golpe de Estado que el año pasado destituyó a Dilma Rousseff en Brasil se han sumado otras situaciones que, sin llegar a la ruptura total con el orden jurídico y democrático, atacan fuertemente la calidad de la democracia en naciones hermanas. En rigor, esta serie de acciones, que fuerzan y distorsionan la lógica democrática, tiene su precedente lejano en las destituciones en 2009 de Manuel Zelaya y en 2012 de Fernando Lugo por parte de las derechas hondureña y paraguaya, respectivamente, y, más cerca, en noviembre de 2016, las elecciones vaciadas de sentido democrático al servicio del unicato que imponen los Ortega en Nicaragua.

5. En estos días, en Paraguay se han sucedido maniobras que fuerzan el orden constitucional, a fin de imponer la posibilidad de la reelección presidencial, incluyendo el despliegue de francotiradores y unidades militares.

6. En Venezuela la situación es más compleja para quienes nos sentimos demócratas, socialistas y antiimperialistas. Sucesivas elecciones democráticas fueron siempre respetadas en su resultado por el gobierno venezolano, tanto cuando ganaron unos u otros, y de allí resulta la legitimidad de sus actuales gobernantes. Esto vale tanto para el presidente Nicolás Maduro y el Poder Ejecutivo como para la Asamblea Nacional y su actual mayoría opositora.

A los avances y logros del período de Hugo Chávez siguieron el colapso de la economía y la tremenda crisis de esa sociedad, consecuencia fundamentalmente de la caída del precio del petróleo, de no haber construido una economía sólida y de depender de la renta petrolera, de las políticas populistas que no tienen en cuenta los equilibrios fiscales y el manejo ordenado del gasto público y la corrupción.

La resistencia y la acción de la burguesía y del imperialismo no pueden negarse, pero el factor fundamental han sido las opciones y los errores de sus gobernantes. Hoy en día, el modelo que encarna Maduro ha fracasado y se sostiene por el peso que tienen las Fuerzas Armadas. La calidad democrática se ha visto resentida por muchos factores, fruto de la acción del gobierno y de la oposición. El clima de violencia y extrema polarización que corta el diálogo, la negociación y la búsqueda de entendimiento es contrario a la democracia. Persiste la tensión entre el gobierno y la oposición, y los intentos de diálogo que han llevado adelante la Unión de Naciones Suramericanas, el Vaticano y ex presidentes aún no han arrojado resultados positivos. Gobierno y oposición son responsables de ese deterioro y de encontrar en paz los caminos para superarlo. Si en Colombia la paz puede buscarse y obtenerse, con más razón en Venezuela.

La responsabilidad mayor, tanto de este agravamiento como de encontrar las salidas, le corresponden al gobierno. Este persiste en desconocer la Asamblea Nacional. Forzando el orden constitucional, promueve el enfrentamiento de poderes de los máximos organismos judiciales y electorales con la Asamblea Nacional, a fin de anular el accionar de esta última. Traba e imposibilita el referéndum revocatorio, una de las grandes banderas del presidente Chávez en la Constitución que creó la Quinta República, que hubiera sido la mejor solución a la crisis de legitimidad democrática, para restaurar la confianza en la vigencia de las instituciones, en el sentido de la consulta a la ciudadanía acerca de si desea o no la continuidad del presidente. Posterga injustificadamente las elecciones de los gobiernos y asambleas regionales previstas para el 16 de diciembre de 2016 y aumenta los encarcelamientos por causas políticas.

Las resoluciones recientes del Tribunal Supremo de Justicia, en el sentido de asumir las competencias legislativas, suspender los fueros de los diputados mientras no acaten sus resoluciones y otorgarle amplios poderes al presidente para enfrentar la situación, constituyen un golpe judicial a la Asamblea Nacional, un desconocimiento de un poder electo democráticamente y del propio orden constitucional.

Tomar distancia de las restricciones a las libertades y de la actitud cerrada y autoritaria del presidente Maduro no nos lleva a desconocer las limitaciones de organismos como la Organización de Estados Americanos (OEA), que en otros casos no estuvo a la altura de las circunstancias para denunciar situaciones liberticidas.

7. Por el contrario, hay que destacar el apoyo a dos actitudes recientes del gobierno uruguayo en relación con Venezuela. Por un lado, haber acompañado la declaración de 14 países de la región el jueves 23 de marzo, en el sentido de reclamar el respeto de las libertades, la liberación de los presos políticos y la vigencia plena de la Constitución. Por otro lado, haber expresado el rechazo a la aplicación del artículo 21 de la Carta Democrática de la OEA a Venezuela, lo que hubiera implicado separar a este país de la organización regional, pues hacerlo sólo serviría para aislarla y bloquear aun más las posibilidades de diálogo.

8. Por último, quiero reiterar mi convicción de que mediante el diálogo sincero y comprometido de todas las partes, la negociación, el rechazo a toda forma de intervención extranjera o de golpe de Estado militar y el respeto a las libertades democráticas, nuestros pueblos, y Venezuela en particular, deberán encontrar el camino para avanzar hacia sociedades más justas y resolver sus dificultades. Para contribuir a una salida de este tipo, la izquierda comprometida con la democracia y el socialismo tiene que aportar su opinión y su mirada crítica. Toda ausencia es una irresponsabilidad y una omisión al internacionalismo y al latinoamericanismo.


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