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Fuera de sección | Jueves 20 • Abril • 2017

Foto: Apegé
Foto: Apegé

Oscuridades encendidas

Qué lo voy a negar. Uno de los primeros territorios que visité en la noche es lo que llaman “zona rosa”. Bastante cerca del centro de la ciudad, es precisamente lo que dice el nombre: una zona que no es exclusiva para los gays, pero casi. Tres o cuatro cuadras enteras y algunas calles adyacentes, repletas de boliches del ambiente. En principio, viejo lobo de mar, ninguno me sorprendió sobremanera. No he visitado muchas capitales, pero en Madrid, Buenos Aires, Montevideo o Ciudad de México se parecen mucho entre sí. Ya sabemos, también hay un corte homosexual que responde a tendencias contemporáneas (y de mercado).

Por una calle lateral hay una atmósfera de película gay de los 80, o del México capital de 2017, nomás. El taxista me explica, aunque el negocio salta a golpe de vista. Mira, dice, mientras acerca el auto a cualquiera de los que, sin sutileza alguna, preguntan “¿qué buscas, güey?”. Y ofrecen sus cuerpos al postor. Los prostitutos de la calle Hamburgo. “¿Tú qué buscas?”, me dice, también sin pudor, el taxista, y le respondo que me deje en la próxima, Amberes.

Bares repletos de muchachos (algunos un poco más mixtos), unos con cumbia altisonante, otros más marchosos, una zona cierta de tráfico de deseo. Por lo general no se cobra entrada, pero existe un previo cacheo y pedido de identificación civil. En la mayoría, me cachean pero no me piden identificación alguna. Siento una presunción de inocencia a mi favor. Puede ser una bienvenida al güero o al extranjero, pero intuyo que otro motivo determina mi entrada, más libre que la de los demás, incluso la de los mexicanos mejor vestidos o con más porte que yo.

En otros, cobran un cover. Supongo que por pretenderse más exclusivos o porque la casa ofrece otros servicios. Y así es: en un boliche de puertas enormes, escalera antigua y cortinado de terciopelo, más bien pequeño en su interior, los 100 pesos de la entrada vienen con diez o 12 hombres en diminutas tangas y con su sexo casi siempre erguido, yendo de un visitante al otro, sentados alrededor de un escenario donde un stripper hace su show y jóvenes y adultos aplauden, más que con las manos, con todo el cuerpo.

Entonces, el tipo que te sirvió la copa y te la alcanzó hasta tu mesa o el banco donde te sentaste a observarlo todo, luego de que atravesaste las cortinas de terciopelo rojo, ese tipo u otro, y otro, se te acercan y preguntan “¿qué buscas?”, y te ofrecen pasarla bien por 600 pesos en un apartado por no sé cuántos minutos. Pasarla bien, sobre todo, eso recalcan. Y que 600 pesos no tengo, dice uno, y que lo que tengo seguramente lo vaya a beber. Insisten pero no mucho, con cierta pericia en el oficio: ¿cuánto tienes? Y uno, con la pericia propia, que ni cerca, ni a los talones de lo que vales. Entonces, todos en paz. Pero siento que debo retirarme, pagar otro precio o cruzar al boliche de enfrente. Gratis y con varios shows en la noche. Una travesti que hace covers, toda calentona ella, toda siliconeada. Otra que es (dijeran las viejas) “una belleza” y que maneja al público a su antojo con ese humor ácido de tantas travestis que viven del escenario -se ríen del otro, se ríen de sí- mientras comanda un concurso de talentos vía karaoke. Luego la veo salir de un baño, nuevamente transformada, y alucino: es un muchachito de 17 o 18 años con su mochila colgada al hombro (donde guarda su vestido celeste furioso con plumas), de championes, tan bello como la mujer que representaba, o que hace un rato era. Quiero acercarme y decirle algo. Por supuesto que no lo hago: sólo algo estúpido puede salir de mi boca en ese momento, como halagar su belleza (algo que le ocurrirá decenas de veces cada noche).

En otro piso o pista se anuncia la entrada de una estrella de la noche: una veterana de no creer. Seguro que ronda los 70 años, pero su vestido blanco de gasa, ajustado al cuerpo mucho más arriba de las rodillas, y su escote en la espalda un poquito más acá del principio de esta, más su pelo canoso y cortito, sus brazos abiertos al público, su sensualidad avasallante, lo dejan a uno de boca abierta. No puede tener 70 años, tendrá 50, me digo, pero tampoco puede tener diez más que yo. Tiene que tener 70 y toda esa sensualidad le pertenece.

Siempre, después de los shows, en estos lugares se arma otra cosa: la gente es la protagonista. Y más si hay tres pistas. Los mexicas beben como cosacos y, sobre todo, en bares, boliches y antros es lo más común del mundo ver cómo un mozo o moza -muchas señoras grandes- les alcanzan a sedientos concurrentes cubetas de metal con hielo repletas de 12 o 15 cervezas. Es mejor que andar pidiendo de a una, y más barato. Pero también uno se puede tomar un mezcal, un tequila, cualquier trago, y probar (aunque ya no sea tan originario) el famoso pulque, la llamada “bebida de los dioses”, hecha de maguey, un agave que crece en tierras áridas y pedregosas, y que, a lo largo de la historia, ha cumplido o ha sido ingerida con distintos fines: en un momento, leo, sólo podían beberla los “señores principales” (con más de 52 años y retirados de la vida activa), los que iban a ser sacrificados en el templo de Huitzilopochtli (hasta embriagarse), los enfermos y las parturientas, y a veces todos: jóvenes y niños incluidos. Más acá en el tiempo, los indígenas descubrieron sus propiedades alimenticias (contiene proteínas, hidratos de carbono, vitaminas) y, cuando ya no se toma puro, como el que me tomo con piña, se convierte en un elixir espeso que hace que uno se sienta satisfecho, con el estómago cubierto. Por supuesto que lo que ahora tomo estará un poco lejos de su origen ancestral, pero quién puede resistirse (si además es delicioso) a una bebida que albergaba pulquerías con nombres tan especiales como Las buenas amistades o Las preocupaciones de Baco. Amistad y relajo, qué más.

Salgo y no todo es color de rosa (valga el chistecito tonto): una mujer indígena vende chicles, cigarros sueltos (así sea en el lugar más coqueto de la ciudad, casi siempre alguien vende, afuera, cigarros sueltos) a gente que los compra a cinco pesos cada uno, cuando la caja de 20 sale en cualquier sitio alrededor de 40. Y no sé por qué los mexicanos siempre se quedan sin cigarrillos. Yo llevo siempre la segunda caja de repuesto. Pero está la mujer y sus dos hijas: una de unos seis o siete años que le lleva cambio al cajero del boliche, y su hermanita de no más de dos años, que camina de un lado al otro, se pierde de la vista de su madre, se para al borde de la vereda. Esa mujer se replica en toda Ciudad de México, vendiendo chicles y cigarros a los transeúntes de la noche.

Apago mi cigarro, vuelvo al boliche, pido otro pulque y quedo lleno como si hubiera tomado cuatro platos de sopa crema. Adentro, los hombres actúan como casi siempre en estos lugares: se seducen, se roban un beso sin mediar palabra (y quedan prendidos cuerpo a cuerpo), esperan a la presa de la noche, histeriquean o se mueven en banda (otro clásico). Pero algo escapa al coqueteo de otros bares o boliches gays que he visitado: un karaoke instalado toda la noche. Cada cual pide su tema a la DJ y espera su turno. Algunos cantan como los dioses, otros lastiman canciones y oídos, casi todos se atreven. Un rockerito, un muchacho de oficina, un estudiante, un hipster, un gordo fenomenal con aires líricos. El escenario es libre y la inhibición es poca. Hay un permiso mayúsculo para cantarse a sí mismo o a los amigos, hay una atmósfera que se saltea el ridículo, unas voces que no se reprimen. Y son románticos los putos mexicanos, qué lo parió. Todos piden canciones que son boleros o bachatas, no sé bien, en las que el corazón desgarrado, el abandono, el amor sin límites y de eternidades ocupan el noventa por ciento de las letras.

Más oscurito

Por lo general, a las tres o cuatro de la mañana todo se va acabando, o quedan ciertos lugares abiertos pero de puertas cerradas. Y uno sabe o intuye que hay otros antros que van un poco más allá. Es sólo preguntar o dejarse llevar por muchachos que son anfitriones o dealers de varios boliches. Es decir, que quizá hasta cobren una comisión por cada visitante. Muy cerca de Amberes y al costado de uno de los tantos puentes de la ciudad, otro boliche sin nombre ni cartel, de puerta blanca y timbre casi secreto, recibe a los que quieren seguir la noche. Decenas de muchachos con sus cubetas siempre llenas, la mayoría sin cigarrillos (ahora quien los vende a cinco pesos es el portero del baño: un viejito rengo que además pide propina), muchos venidos de Amberes, otros de quién sabe qué universo. Y rondas enteras de travestis alrededor de la cerveza y el “perico”, la merca vendida de a puchitos por un muchacho que, con un bolso cruzado al pecho, saca pequeñas bolsitas ziploc que contienen polvo para dos o tres rayas, dependiendo de las narinas del comprador. El narcomenudeo en potencia. Allí el ambiente es más enrarecido y hay que mirar con más cuidado: no se sabe si es un boliche de la resaca de la noche, de hombres rudos que buscan travestis fuertes, de homosexuales de ocasión o con mucha agua bajo el puente, de nocturnos empedernidos, rateritos de poca monta, clase media y cierto lumpenaje. Es todo a la vez. Un lugar oscuro con rockola al mango y otra vez la música de bolero o romántica y el reggaeton y casi todos tras algo: otro perico, una colecta para la cubeta, un celular, una conversación, sexo, la noche interminable. Nada puro, nada perfectamente descifrable, humo que lo envuelve todo y seres de la noche en comunión (y desconfianza) tras una puerta blanca.

A los pocos días, vuelvo a pasar y un cartel que atraviesa toda la fachada indica que a las autoridades no les gustaba: “Clausurado”. A los pies, y sobre unas escalinatas de uno de los puentes laterales, duermen su noche los enajenados del mundo, los caídos de siempre.

Al final, no hay fin

Otro antro. Creo que en un par de semanas conocí varios de los más relevantes de la ciudad. Otra vez: la noche y sus especímenes (yo entre ellos, claro). Otra vez dos plantas, cervezas a rolete, la mezcla. Un publicista al que le va muy bien junto a su socio al que le va igual. Vestidos gourmet. E histéricos como sólo ellos. Uno se saca la remera, va en busca de otros hombres; el otro se besa con alguien, el primero viene a buscarlo. Y así se les va la noche: se juntan, jalan algo, se toquetean un rato, uno se aleja, el otro se acerca. Insoportables en una seducción que, sudamericano yo, dice que precisa psicoanálisis. Una mesa de travestis, montadas a morir, que crean un círculo en el que no entra nadie. Ni el más macho ni el más fémino. Una maneja la bolsa y les pasa a las demás (son seis o siete) una buena carga de merca sobre la concavidad de su uña rojo furioso del meñique izquierdo, y las demás toman casi hasta chuparle el dedo. Alrededor de uno y de todos (en todos los antros y boliches), un mozo o moza que vigila que los clientes estén bebiendo. “¿Algo más, otra?”.

Un mexicano veterano y un poco más “güero” que la mayoría de los mexicanos tiene casi atrapado a otro prototipo de macho. Una caja entera de cervezas asegura que el otro, deseado hasta la lascivia por una travesti de la que luego me hice “amigo”, no se mueva del lugar. Tiene todo: cigarrillos, cerveza, tarjeta de crédito (antro con tarjeta de crédito, sí, señor) y merca. Tiene el mayor poder que se puede tener en esos lugares en cualquier parte del mundo. Pero hay algo en él que me produce compasión, un sentimiento que no desconozco: el de la soledad más profunda paliada con lo que sea. Algunos la venden, otros la drogan o emborrachan, están quienes se acostumbran. Yo ahora la observo. La de otros, la mía. Y otra vez, en el piso de arriba y en la puerta o en una salita al lado de los baños, la transa, el menudeo, la droga a cara de perro: inhalada en pipa, esnifada, parece que hasta por el culo. Y sin condición de raza ni de clase. La salita con bancos que la circundan donde el del pelo pintado de colores le pasa su pipa al que cuida el baño, y el que cuida el baño vende una cosa y el que trae la cerveza (van hasta la barra a buscar tu cerveza por unos pesitos de propina), se encarga de lo otro.

¿Yo qué hago en ese ambiente? Quiero decir: cómo actúo. Imagínese lo que quiera. Lo único cierto es que lo estoy contando. Y al narrar a otros, Perogrullo, uno se cuenta a sí mismo. Ya no me queda dinero y las leyes del mercado operan siempre. O me hago amigo del capitalista del lugar (lo intento, pero no quiere, sus celos son bestiales aunque yo sólo quiera una cerveza de las 12 que tiene servidas y sin destapar sobre su mesa, vigilando a su cabrío), o me retiro, meditabundo, contrariado y deseante, a mi casa. Revuelvo los bolsillos y realmente no tengo un peso. Vuelvo a revolver en todos mis recovecos indumentarios por aquello de que algunos guardamos siempre un billete entre las medias, el último recurso. Nada, ni un céntimo. Sin dinero, siempre la ficha cae como se carga la piedra de Sísifo. Decido, contra mi voluntad y por mi indigencia momentánea, tomar un taxi y pagarlo cuando llegue a casa.

Salgo a la puerta y la travesti con la que había hecho migas (un cigarrillo que compartí, una cerveza que ella le robó para mí al capitalista de turno) está en la vereda esperando un taxi. Antes los había perseguido a todos, inexplicablemente, sin éxito. Alta, de tetas prominentes, peinada con rulos perfectos, latina, caliente, de sonrisa incitante, de belleza propia. Quizá pasó que fuimos casi los últimos en irnos, y los últimos no siempre son los primeros. Ahí, en la vereda, entonces, en una de las ciudades más populosas del mundo, dos desconocidos pero con una empatía, o un deseo razonable: que no se nos acabara la noche. Para un taxi y me invita a subir. ¿Adónde? A su casa, que es un hotel. Parece algo así como otra regla casi mundial (del mundo que yo conozco): las travestis viven en pensiones u hoteluchos. Le repito que no tengo plata, para nada. Me dice que me suba, casi como una orden. Confío en ese mandato femenino, como siempre, aunque cualquiera fuera de sí te pueda estafar. Confío en sus ojos. Llegamos y el hotel me da seguridad. Ella compra en la recepción una cerveza. Entramos al cuarto. Abre la puerta y le pide a no sé quién una latita. Una lata vacía. La agujerea, pone adentro lo que acaba de comprar, fuma, los ojos se le dan vuelta. Yo tomo la lata de cerveza con cerveza. Ella alucina al instante. Se saca la ropa, muestra sus pechos sin relleno, se convierte, de pronto, en un muchacho casi adolescente en la furia de su placer. No era yo quien la excitaba, lo noté enseguida: era la droga. Y su parlamento suplicante: “tócame, por favor tócame”. Lo decía como un rezo, ida, como el perro que suplica una caricia. No soy inhumano pero sé de mi deseo. Lo intenté. Por instinto y por razón. Nada funcionó. Ella estaba en éxtasis consigo misma aunque pidiese a gritos unas manos, y yo sólo quería salirme de ese cuarto sin ofensa y sin ardor. Prendí un cigarrillo, le dije lo que era y sentía: no puedo, no quiero. Ella volvía a pitar de la lata y suplicaba más. No pude sostenerlo. Tomé otro cigarrillo (no sé de cuál de los dos era) y le dije: “Perdón, tengo que irme”. Salí veloz a la calle, di vuelta a una esquina y tomé el primer taxi que, entre avenidas imponentes y la verdad de otro humano, me llevó muy despacio a casa. No sentí ni siento culpa por ninguna de esas noches, pero siento que un desamparo extraño y nuevo me va a acompañar de por vida.


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