¿Qué sentido tiene grabar un disco? Obviamente, no hay una única respuesta para semejante interrogante. Sin embargo, en el caso del tercer trabajo de Los Gauchos de Roldán, titulado Baile en Ña Matilde, a cualquier justificación que pase por la necesidad expresiva, las industrias culturales, la vanidad del artista o el construir obra, hay que sumar la de la preservación de melodías que, acechadas por el paso del tiempo, se perderían para siempre. A diferencia del monumental trabajo llevado adelante por el musicólogo Lauro Ayestarán, que en la década de 1940 comenzó a recorrer, grabador en mano, las entrañas de Uruguay para registrar música de la que no había registro alguno, aquí, los encargados de que un puñado de composiciones sobrevivan a sus ejecutantes son los hermanos Walter y Félix Roldan, músicos que desde pequeños se regocijaron con ellas.

Para lograr este rescate de canciones escuchadas en el acordeón, el tacuaremboense Walter Roldán, alma máter de la agrupación, cuenta con el auxilio de su hermano mayor, Félix, que, nacido en 1932 y llevándole más de una década de ventaja en el planeta, recuerda más canciones, muchas de las cuales escuchó del acordeón del padre de ambos, Otilio Roldán. Ese es el caso del tema “La ratonera”, una mazurca que, según dice Walter en el completo librillo que acompaña al disco, pertenecía al repertorio que tocaba su padre y que quedó en la memoria de su hermano mayor: “Esas mazurcas que toca mi hermano iban a quedar perdidas. ¿Quién las iba a grabar, quién las recuerda?”. De hecho, el propio Félix lo explica así: “El acordeón, a veces pasa tiempo sin agarrar, pero en el momento que lo agarro me brota todo el repertorio del tiempo de mi padre”.

Pero no sólo de los memoriosos dedos de su hermano Félix se alimenta Walter. También hay canciones que recuerda de escuchar en viejos discos y casetes, homenajes a grandes del acordeón del sur de Brasil o incluso canciones como la nunca más actual “Vida en los bosques finlandeses” (“Livet i finnskograna” es el nombre en el idioma sueco original) que aprendió estando de gira por Estados Unidos y al entrar en contacto con agrupaciones de acordeón de música escandinava-americana en 2005. Sobre esta tarea de rescate, nada más elocuente que el recitado del tema “Polquita de Celia Ferrón”, del propio Walter: “Hace más de cincuenta años, / allá por Corral de Piedra, / una muchacha campesina / llamada Celia Ferrón / interpretó en mi acordeón / una polquita campera. / ‘Gracias, Celia’, dije yo, / ‘la guardaré en mi memoria’. / Y para que quede en la historia / aquí está su polquita, Celia”.

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El nombre del disco, Baile en Ña Matilde, también es un homenaje a un tiempo que ya no está y a las canciones que hacían vibrar su aire y las alpargatas de los tacuaremboenses. Efectivamente, Ña Matilde organizaba bailes en la casa vecina a la que vivían Walter y sus hermanos. Los Roldán, que llevaban la música en la sangre, no sólo tocaron sus acordeones, bandoneones y violines en los bailes de Matilde, sino que además escucharon cientos de canciones, algunas originales, otras versiones de discos cuyos autores ignoraban. Escuchar el disco es, entonces, como entrar a lo de Ña Matilde. Pura alegría, y para los malpensados, relajo pero con orden. O al menos así lo recuerda Walter: “Allí no se permitía bailar dos veces, dos piezas seguidas con la misma muchacha, porque ella decía que allí no era lugar para ir a buscar novia, sino un lugar para ir a divertirse, y que tenían que divertirse con todas. No se permitía nada, nada raro”.

En el disco, protagonizado por bandoneones y acordeones, Los Gauchos de Roldán ejecutan polcas, mazurcas, valses, xotes y maxixas que, salvo que uno sea un ser de otra galaxia, incapaz de percibir las vibraciones sonoras, impregnarán de alegría el día de cualquiera. La mayoría de los temas son instrumentales, porque así era la cosa en la época de los bailes en lo de Ña Matilde: “Generalmente esas rancheras, esas mazurcas, fueron creadas por acordeonistas que no eran gente para escribir texto [...] en la realidad lo que se requería en los bailes eran los temas instrumentales. No le daban importancia al canto”, recuerda Walter. En un folclore que muchas veces cae en al tentación de remitir a los clichés de lo campero para reafirmar su identidad, aquí el centro lo ocupa la música. Uno imagina el piso de tierra, el techo de paja, las alpargatas bailarinas, el vino tinto o los dedos frenéticos de Otilio Roldán deslizándose por el acordeón de dos hileras mientras la confraternidad llenaba la pieza bajo la fiscalizadora mirada de Ña Matilde, pero todo a partir de la sublime interpretación de Los Gauchos de Roldán, que deja en evidencia que el folclore del norte del río Negro es una maravilla que merece no desvanecerse en el olvido.

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