Uno de los fenómenos más escasamente estudiados –y constantemente olvidados– de la literatura uruguaya es el mestizaje lingüístico de la frontera norte, generador, entre otras cosas, de la multiforme variable dialectal llamada portuñol. Pese a que estas particularidades del habla norteña han sido exploradas por varios escritores vernáculos (Agamenón Castrillón, Saúl Ibargoyen, Tomás de Mattos, por nombrar sólo a tres contemporáneos), los uruguayos tendemos a percibirnos como inmutablemente hispanohablantes y a entender nuestra literatura como tal.

No es difícil explicar este olvido. La valorización de los sincretismos lingüísticos de la frontera con Brasil como expresión cultural con valor propio, y no como simple consecuencia de una pobre alfabetización, es reciente. Las investigaciones del Instituto de Lingüística de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación sobre los DPU (dialectos portugueses uruguayos) en los últimos 30 años les dieron una legitimidad que permitió darles visibilidad en el ámbito literario. En 2003 se introdujo en varias escuelas de la frontera el Programa de educación bilingüe español-portugués, tendiente a formar a los alumnos norteños partiendo de su realidad bilingüe. De esta forma viró oficialmente el rumbo históricamente adoptado por las políticas de enseñanza pública en esta zona, tendientes a una lucha sin cuartel contra la intromisión de giros lusófonos en las expresiones del alumnado. Resulta significativo que el escritor joven uruguayo que más se ha dedicado explorar las especificidades del portuñol en su poesía, el artiguense Fabián Severo, sea también docente de secundaria.

Pero además de las variables dialectales, multiformes y variables, existe una infinita gama de grises respecto de los cruces e interferencias entre una lengua y otra. Michel Croz, de cuyo poemario XXVII Vertical nos ocupamos ahora, incorpora ese cruce lingüístico-cultural como un factor de tensión para fortalecer una intencionalidad comunicativa de alcance universal, partiendo desde un lugar de enunciación marcadamente local y determinadamente histórico.

No es poco frecuente que los poetas formados en entornos bilingües expresen una tensión particular con la sustancia del lenguaje, puesto que la lengua no es simplemente la expresión de un pensamiento, sino la forma misma que este pensamiento adopta previamente a su expresión. El novelista peruano José María Arguedas, hablante exclusivo de quechua hasta los 14 años, lo señalaba en relación con otros dos escribientes también peruanos y mestizos, César Vallejo y Huamán Poma de Ayala, apuntando también la similitud que percibía en este conflicto con las producciones de sus alumnos universitarios mestizos.

XXVII Vertical es un libro de doble cara, que ya había sido publicado en forma artesanal en 2000. Contiene de un lado los originales en castellano de Croz y del otro las traducciones al portugués realizadas por su compañera, la actriz y también docente Verônica Loss. Al leerlo en sus dos versiones, la traducción funciona como algo más que un simple complemento del texto destinado a volverlo comprensible a los hablantes de otra lengua. La lectura de la versión castellana y la lusófona se afectan mutuamente: cada una, a través de su propia impureza; vuelve visible la impureza de la otra. En el texto castellano se encuentran flagrantes supresiones de artículos y ruidosos forcejeos de guiones separando prefijos y sufijos, mientras que la traducción portuguesa ostenta elecciones en cuanto a vocabulario y giros lingüísticos más castellanizantes, o al menos propias del portugués de nuestros vecinos más avecindados.

No obstante, estos giros no apuntan a delimitar lo local para individualizarlo y diferenciarlo con el fin de acercarlo a otros entornos culturales. Estas marcas lingüísticas operan a la vez como plataforma de proyección y como límite. El autor introduce el poemario diciendo que “[e]sto no es un libro, es un grito”. Dicha declaración hace pensar inmediatamente en el “Aullido” de Allen Ginsberg, aunque luego se perciba una vitalidad utópica más propia del joven Vladimir Maiakovski. Todo el libro está atravesado por ese tono fermental, urgente y juvenil. Este grito tiene una intención autodeclaradamente política, pero desde un lugar personal y performático. El poeta presenta explícitamente su poesía como un acto de resistencia, una zona liberada de la tiranía de la lógica material mercantilista.

El adjetivo “vertical” podría remitir a Roberto Juarroz, pero nada hay de la apacible y desapegada contemplación que trasunta la poesía del argentino. Aquí la idea de lo vertical sugiere, apoyándose semánticamente por la ilustración de la tapa del lado hispanohablante, bruscos movimientos de ascención y caída. Desde el erotismo más íntimo y visceral de los primeros textos, hasta la encendida alegoría de “Réquiem”, pasando por varios momentos en los que el yo, a veces pluralmente nosotros, contempla su alrededor como un flâneur exaltado, generando una crítica histórica ciertamente localizable, pero que se proyecta, como decíamos, hacia la universalidad. Como la serpiente kundalini de la filosofía tántrica, esa verticalidad funciona como una columna vertebral que conecta lo primitivo, lo animal y lo íntimo hacia lo espiritualmente elevado, en este caso en una concientización del yo individual hacia la humanidad toda, especialmente hacia la humanidad sufriente, desposeída y oprimida.

Los tensos movimientos entre lo íntimo-personal y político se ven reforzados en el sincretismo lingüístico y en el acto mismo de publicarlo como libro bilingüe. No basta un idioma solo, en cuanto el mensaje se ve urgido por un progresivo acorralamiento que amenaza aniquilarlo. Ni siquiera basta un solo lenguaje, puesto que los textos también recurren al auxilio de las ilustraciones de Santiago Pérez, de trazo sintético y nervioso, y al diseño gráfico de Alejandro García Ruiz, que juega con dramáticas variaciones e inversiones de ejes verticales y horizontales y bruscos cambios tipográficos, apoyando esa enunciación gritona, urgente y movediza. Pese a que la autoría de los textos originales pertenece a Croz, la presente edición es una creación colectiva de un equipo muy aceitado.

Michel Croz nació en Rivera en 1962. Es poeta, dramaturgo y director teatral. Ejerce la docencia en Secundaria y en espacios de reclusión. Este año él y Verônica Loss participaron muy activamente en la campaña EleNão en Rivera y Santana do Livramento, y presentaron en varios espacios una performance poética en homenaje a la activista Marielle Franco.

XXVII Vertical | Michel Croz. Bilingüe, traducción al portugués de Verônica Loss, ilustraciones de Santiago Pérez, diseño gráfico de Alejandro García Ruiz. Riveramento (sic)-Montevideo, 2018. 108 páginas.

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