No es cierto que ante el año electoral las murgas se enfoquen exclusivamente en la política. Quizá fue así en algún momento de los 80, pero hoy el espectro de temas se ha ampliado enormemente, abarcando los del mundo público y el privado y descentrando las definiciones políticas de los espectáculos. De este modo, entre una mención a Bolsonaro o la conquista de un aplauso fácil con Luisa Cuesta o el 6% para la educación, las murgas de 2019 se permiten hablar de temas tan cotidianos como la búsqueda de apartamentos, tan pintorescos como las fiestas o tan impensados como los ocho minutos que dedica Queso Magro a los dientes.

Puestos a resumir, las murgas hablan de la inauguración del Antel Arena, la inmigración venezolana, los cajeros explotados con garrafas y el avance de la derecha en la región, mientras el año electoral funciona de telón de fondo. Y ese telón de fondo las empuja a pronunciarse. Entonces, hay murgas que reafirman el peligro de volver al neoliberalismo o de otorgar más poder a la Policía y los militares para “vivir sin miedo”, mientras otras avanzan sobre el discurso que dice que izquierda y derecha no son tan distintas, y que tenemos que ser más amigues. Paradójicamente, esta línea está tan lejos del discurso mayoritario que sólo consigue profundizar la grieta que intenta eliminar. Sí, estamos hablando de la Catalina, pero dejémosla para el final, así podemos dar espacio a otras murgas, que también existen.

Las que hacen reír

Si alguien que no sabe qué es un salpicón quiere ir al tablado, Cayó la Cabra es una excelente puerta de entrada. Es accesible, tiene un coro que cada año suena mejor, sus integrantes son simpáticos y enérgicos, dejan la sensiblería barata sólo para la canción final, y suelen tratar temas con los que cualquier mortal se sentirá identificado: este año son las relaciones sexuales y la emancipación del hogar materno. También es un espectáculo directo y con poca densidad discursiva, ideal si uno lo puede ver sólo una vez, aunque algo repetitivo para los espectadores más asiduos. Por caso, los chistes suelen tener a un murguista que da un ejemplo de algo, mientras otro da otro, un tercero aporta uno más y finalmente aparece Maxi Tuala para rematar con un comentario fuera de lugar que hace estallar al público en una sola carcajada. Esta fórmula se repite cuando están enumerando lugares públicos para tener relaciones sexuales, comentarios de sus madres, características del vecino narco, tipos de papelitos sucios. En fin: siempre. Ojo, igual es gracioso.

De todos modos, hace algunos años que la murga busca ponerse seria y reflexiva cuando tiene que hacerlo. En este año electoral se mete en la piel de un grupo de gente cheta, que al ritmo de “qué lindo que es soñar” habla sobre todos los beneficios que tendrán si gana la derecha, y llegan a la conclusión de que si logran convencerte de que da igual quién gobierne, la elección y la vida son una papa para ellos. Esto responde implícitamente a un polémico cuplé de la-que-te-dije, que discutiremos al final de la nota. Vamos que cada vez falta menos.

Otra que hace reír es Queso Magro, que vuelve al Carnaval para retomar el camino que la lleva a ella misma. Qué frase tan repugnante la anterior, parece de Colombina Che. Y sin embargo sirve para pensar en Queso Magro. En un momento se pone en plan Cuatro Pesos de Propina y muestra un cartel que dice que la risa es su revolución, dividiendo al tablado entre los que piensan que es un momento de legítima ternura y los que lo consideran un paso en falso. Pero durante el resto de la actuación logra ser Queso Magro, lo que resulta un goce para cualquier murguero pavote.

Es que cultivar un estilo parece un atajo, pero es una responsabilidad que la murga se pone al hombro. Porque un estilo no es la repetición de una fórmula, algo que también sucede en carnaval, pero no con el Queso. ¿Cuántas murgas son capaces de hacer una buena retirada que en vez de emocionar y despeinar haga reír? Una sola, y es Queso Magro. Este año repite la gesta de aquella vez en que le hizo una retirada al Chuy y salió bien, y vuelve a salir airosa. En 2019 la retirada dice que ante la repetición de cosas a las cuales cantarles, como el barrio, el pueblo o los abuelos, hablará del cuerpo humano, aprovechando que todos tenemos uno. Y te matás de risa. En la retirada.

El estilo de los lácteos consiste en murguear con inteligencia, distancia crítica y mucho absurdo, espolvoreando todo con chistes bobos, que además de provocar risa dejan pensando cómo carajo a una mente se le puede ocurrir algo así, como hacer un cuplé con las letras del cartel de Montevideo. Además, cantan bien, tienen una puesta en escena con elementos visuales que llaman la atención y una batería cupletera que es la revelación de este carnaval. No es todo tremendamente parejo, pero está bien así: no es una máquina, es una murga. Quizá todo esto de Queso Magro no tenga mucha relación con el año electoral, tema de esta nota. Pero queríamos hablar de ellos y, ¿acaso no es lo más murguero del mundo tener un hilo conductor medio forzado y que no funcione mucho?

Murga Metele que son pasteles, 2019.
Murga Metele que son pasteles, 2019.

Las que despeinan

A propósito, los que sí suelen tener un hilo conductor decente son los carolinos de La Clave, y este año no es la excepción. “La fiesta de la queja” funciona tanto para hablar sobre las distintas formas del carnaval como para describir las estrafalarias fiestas en distintas partes de Uruguay. La murga mantiene el legado de ser voceros del interior, con lo que contrarresta las mil referencias montevideanas del carnaval con expresiones, costumbres y características del resto del país. Además, cómo están cantando estos muchachos. Ah, ’tas loco.

Y también podría estar entre las que hacen reír, pero lo hacen de forma más clásica, con cuplés cargados de tanta letra y velocidad que por momentos generan un agradable vértigo murguero. Pero no olvidemos que la fiesta a la que nos invita La Clave es la de la queja, así que los carolinos se despachan a lo largo del espectáculo con críticas sobre el trato a los inmigrantes, los amiguismos políticos, los detractores de la ley trans o la derecha que se nos viene. Uno de los momentos más “serios” del espectáculo es una canción sobre la responsabilidad que tienen como murguistas y personas para dejar a las generaciones futuras un carnaval y una sociedad mejores, responsabilidad que también siente la murga Metele que son Pasteles en el cuplé que enumera los estragos del neoliberalismo al ritmo de “Buen día, Benito”.

Otro gran coro es el de La Gran Muñeca. ¿Por qué no lo aprovechan más y hablan menos? Seguramente por fe en Fabricio Speranza y su capacidad de hacer reír. ¿Hace? Sí, más allá de que tiene tantos seguidores como detractores, este año levanta carcajadas, sobre todo cuando lidia con los murguistas haciéndose pasar por venezolanos con un acento que no tiene nada que ver y cuando hace de chamán en un retiro espiritual. A propósito, cuántas murgas creyeron que era una gran ocurrencia imitar el acento venezolano, y qué difícil les resulta. En ese cuplé hay un buen encare del tema, con risa y palos a las empresas de delivery en las que sos “tu propio jefe”. Lamentablemente, si uno ve cuatro murgas seguidas que imitan a los venezolanos deja de ser gracioso, y hasta empieza a ser un poco ofensivo, aun para los que nacimos a 7.000 kilómetros de Caracas.

Para la Muñeca también es año electoral, y su aporte político más notorio consiste en pegarle por izquierda al gobierno en temas como los ambientales. No es muy difícil, pero esto habla más del gobierno que de la murga. Lo cierto es que este tipo de discurso ya es parte de lo que dice La Gran Muñeca en los últimos años. En este caso, atado al tema de las definiciones personales, del cómo vivir, afortunadamente sin caer en un “apagá el celular y prendé tu corazón”. Aunque casi. También insiste en que por favor no nos militaricemos, que miremos lo que está pasando en Brasil o Argentina, que no era que habíamos quedado en que nunca más, que parece mentira, che. Y cada vez que dice algo del estilo se genera un sentido aplauso, así que no tenemos que preocuparnos: todo el mundo coincide en que la derecha no tiene que gobernar. Qué alivio. Un momento, ahora sí: si usted llegó hasta acá, merece leer sobre Agarrate Catalina.

La que hace enojar

En una nota anterior sobre los ensayos de murga, quedó dicho en este mismo diario que las puntas y el salpicón de la Catalina son momentos de éxtasis murguero. Lo siguen siendo. Pero ahora la atención se fue para otro lado. Entre las causas perdidas de las que trata su espectáculo, la Catalina se da un espacio para recrear la lucha de clases, y todo empieza a complicarse. En el comienzo tiene lugar la división entre proletariado y burguesía, en la que personajes de la murga buscan “su escalafón en cada clase social”. A partir de allí todo es lineal, esquemático y propio de una clase de liceo sobre la sociedad industrial en la perspectiva marxista, con lo que no queda claro si se trata de una ironía deliberadamente anacrónica, de un cuplé sencillamente malo o de un ejercicio tan fino del sarcasmo que cuesta captarlo pancho en mano en el tablado de Las Duranas.

En todo caso, nada que no se hubiera visto otras veces: una murga con un cuplé fallido o incompresible, con una letra cargada de vagancia que ni opina ni hace reír a carcajadas ni emociona ni nada. Pero luego, las grandes clases sociales se polarizan en sus opiniones (que coinciden con la izquierda o la derecha con un nivel de conciencia de clase que ya desearía el Boca Andrade) y así quedan más enfrentadas. Unos que defienden la doctrina de la iglesia y condenan el cannabis, la inseguridad, el aborto y el matrimonio igualitario; otros que quieren educar al excluido y no reprimir. Y luego, lo peor: los que parecían de izquierda confiesan sentir que “los chorros desbordaron este vaso”, y algunos fachos aprueban el derecho a interrumpir el embarazo (sí, esa fue la rima), hasta que la murga estalla en un “yo me bajo de esta lógica binaria / que separa a tus hermanos de los míos”, o “ya no quiero ser soldado de una idea / ni rebaño de la izquierda o la derecha / me resisto a etiquetar a las personas / y me cago en la locura de esa brecha”. En fin, es como una columna de Santullo en Búsqueda o un comentario de Puglia en la tele hecho canción final de cuplé. Cuando le dedican la retirada a las murgas de La Teja la disonancia cognitiva alcanza niveles superiores.

Por suerte el carnaval tiene implícita una estructura dialógica, y la interacción con otros espectáculos se puede leer como enunciado y respuesta. A veces, muy directamente, como la Catalina cuando reacciona frente a este debate con mechas que avisan que ahora son una murga “cooperatibia”. Pensándolo bien, no es muy tibio proponer que la brecha ideológica es cuestión de enojos que pueden atemperarse. En un año electoral es más bien peligroso. Otras veces, implícitamente, como cuando Imanol Sibes de Doña Bastarda dice en plan rapero “no hay izquierdas, ni derechas / que eso todo es lo mismo / ese verso te lo venden / desde el neoliberalismo”.

La Mojigata, por su parte, resuelve estas discusiones de forma más sutil, proponiendo en forma irónica lo que la Catalina parece proponer en serio y con cara de compromiso social aggiornado. Los murguistas se bajan del escenario para que el pueblo ya no esté dividido, y hacen que la gente se abrace, en un “taller para la convivencia entre compatriotas que piensan distinto” que no es más que un nuevo guiño hacia los discursos que La Mojigata siempre quiso desmontar. Entonces, decenas de desconocides se abrazan al ritmo de “Un compatriota es una luz / brillando en un apagón / entre el Antel Arena / y el corredor Garzón”. Y recordando qué murga inauguró el coliseo de Villa Española, se ponen a discutir sobre la Catalina.

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