Oscar Fischer coordina la Casa del Bandoneón de Buenos Aires. Es bandoneonista y luthier, y uno de los pocos fabricantes de bandoneones en el mundo. Ha dedicado su vida a este instrumento, y en la lucha por su protección participó activamente en la aprobación de la ley que declaró al bandoneón patrimonio cultural protegido y que creó un régimen específico de protección en Argentina. Ha impulsado también la formalización del “oficio creador” de bandoneones con una escuela de luthería, y es integrante de Proyecto Pichuco, en convenio con la Universidad Nacional Autónoma de Lanús. Fischer estuvo en Montevideo y la diaria conversó con él.

Se dice que el bandoneón es el alma del tango, pero ¿el tango puede vivir sin el bandoneón?

En algún momento pensé que el tango podría seguir sin el bandoneón; era factible que eso pasara si no se reordenaban algunas cosas, como que hubiera una escuela de luthería, más conservatorios, bandoneones nuevos, una Ley de Patrimonio, todo un conjunto de cosas. Todas juntas, y no por separado, y no una sí y otra no: eran todas. Tenían que estar todas para salvar al instrumento de lo que se venía. Un referente para nosotros, que ya no está, el Cholo [Pascual] Mamone, vino un día a mi casa con un libro suyo que contaba, en síntesis, que el futuro del tango era sin bandoneón. Su libro representaba cómo se iba reduciendo la orquesta al piano. Era una posibilidad que se barajaba por el año 2000. En esa época, bajaba una combi y se llevaba 30 bandoneones de las casas de música sin preguntar precio ni nada; firmaban un cheque y se los llevaban. Todos los días había una noticia en la que se contaba que se iban 30, 60 bandoneones. A eso se sumaron muchas situaciones más, que tienen ya un carácter judicial y policial: vi cosas desesperantes para mí, montañas de bandoneones que se iban. Y el precio subía, porque había demanda del exterior y los locales no podíamos comprarlos. Yo compré mi primer bandoneón en un remate, en un banco: no había condiciones para comprarlo en una casa de música. Todo eso daba para pensar que podría haber tango sin bandoneón.

¿Cómo se había llegado a eso?

Hasta el año 60 veníamos bien en Argentina con la disposición de los instrumentos y con alguno de los referentes que quedaban de los años de oro, de los 30, los 40. El ingreso de la televisión implicó la reducción de la escena: las orquestas típicas se achicaban por el tamaño del estudio de grabación. Entonces la televisión les empieza a exigir a los directores de orquesta que transformen las orquestas típicas en quintetos o cuartetos, porque no daba la cámara para una escena en la que hubiera 20 músicos. Eso implicó que muchos tuvieron que irse con las partituras a su casa y dedicarse a otra cosa. Antes de eso, el medio de difusión era la radio; los músicos tocaban de memoria, esas partituras estaban tocadas de memoria y no se conocen. Después, la llegada de los militares y el rock influyeron en el abandono del instrumento. El éxodo de bandoneones debido a la crisis de 2001 y la devaluación, sumado al prestigio internacional del tango, supuso un momento crítico para el instrumento. Además, el resurgimiento de gente joven, de gente que venía del exterior y que tenía interés en el tango hizo muy evidente la falta de bandoneones. Empezamos a mirar hacia adentro de nuevo. Hubo referentes importantes, que ya venían luchando unos años atrás, como Julián Peralta, tipos que vieron la tendencia y apostaron a una generación nueva que quería involucrarse con el tango. Por esos momentos yo ya tocaba el bandoneón y empecé a involucrarme en la luthería. En esa época teníamos que ir a la calle, bajábamos un piano desde un primer piso todos los fines de semana. Yo vivía en Bolívar 887: ahí empieza toda la historia de las orquestas en la calle.

Ser bandoneonista es como ser astronauta: es algo muy de elite. Al principio era motivo de burla, porque es un instrumento como el acordeón –lo nombro poco, pero el acordeón es de la familia–, que se mueve. Son pocos los instrumentos que tienen un movimiento; ese movimiento daba una sensación graciosa hasta que apareció Eduardo Arolas en el tango y empezó a tocarlo, a popularizarlo. Ahora hay acciones que buscan conectar a las nuevas generaciones con el instrumento. Proyecto Pichuco, que nació en la Universidad Nacional Autónoma de Lanús (UNLA), es un proyecto que busca la distribución de un bandoneón, junto a un método específico de enseñanza, por cada niño y niña, en todas las escuelas secundarias del Municipio de Lanús. Con la UNLA, en convenio con la Casa del Bandoneón, trabajamos para armar el bandoneón Pichuco, cuya fabricación tiene características específicas.

¿Cuál es la historia de la Casa del Bandoneón?

Surgió en 2001. Es una asociación civil, una casa de luthería, un museo, una escuela en donde se enseña a fabricar y reparar, y una fábrica cooperativa. El tiempo me llevó a fabricar bandoneones; hasta ahora llevo 126. Hay bandoneones de mi autoría en todos los continentes, menos en África. Somos cinco fabricantes en el mundo. Los otros luthiers están en Argentina, Italia, Alemania y Bélgica. En la escuela pasan 20 alumnos por año; la escuela es parte de la asociación civil. Ahora se está tratando de implementar una tecnicatura en luthería. En la escuela puedo hablar de la historia, desde 1860 hasta ahora, tomando como centro el bandoneón. ¿Dónde estaban en las fábricas? ¿Por qué había 80% de mujeres en las fábricas de bandoneones y nunca salieron en ninguna foto? Hicimos diversos aportes en estos 20 años. Desde la Casa del Bandoneón se impulsó en 2004 el proyecto de ley para crear el régimen de protección y promoción del bandoneón, y fue ley [la 26.531] en 2009.

¿Qué implica esa Ley?¿Entró en vigencia?

Afecta a los bandoneones antiguos. Los preserva para que se queden en Argentina o para que quien se lo lleve tenga conciencia del instrumento que tiene, sepa bien lo que se está llevando, no para decorar un restaurante. Por otro lado, supongamos que alguien tocó toda la vida con un “doble A” [un instrumento de la histórica fábrica de los hermanos Paul y Alfred Arnold] y se muda a Bélgica, ¿por qué le vas a prohibir que siga tocando este instrumento? La ley aún no entró en vigencia, porque no está reglamentada, pero la reglamentación debería ir en ese sentido. Hoy el conjunto de bandoneones protegidos es de aproximadamente 20.000. Hasta 1945 llegaron al Río de la Plata casi 60.000 bandoneones. El bandoneón nace como un instrumento alemán, ¡los alemanes fabricaron 60.000 bandoneones para el tango! Lo fabricaron para nosotros. ¿Cómo es que un instrumento alemán es patrimonio argentino? Porque adquiere identidad en Argentina, no en Alemania.

¿Qué pasa ahora, que está promulgada la ley?

La mesa de reglamentación de la ley fue en setiembre de 2015; tuve la suerte de participar, quedamos de reunirnos en otra oportunidad, pero en diciembre hubo un cambio de gobierno. Después se trancó con la llegada de Mauricio Macri al gobierno. Una persona puede darse cuenta de que un gobierno liberal poca importancia le puede dar a la cultura, no existe interés en ayudar a las nuevas generaciones en los conservatorios. No hubo recursos para el mantenimiento de ciertas instituciones educativas. Estos años, a su vez, supusieron un ahorcamiento que impactó en que muchas pymes cerraran, muchos proveedores míos incluidos –proveedores del cartón, de la pintura, del niquelado de los metales, de las cintas–. Decían: “¡No puedo más!” y cerraron en los últimos cuatro años.

¿Y ahora?

Ahora el panorama es distinto. El nuevo ministro de Cultura, Tristán Bauer, propuso una reunión recientemente para retomar el tema de la reglamentación y la carga impositiva de ciertos elementos que vienen del exterior, de República Checa, para ciertos materiales. El panorama es otro.

El _fueye_

El bandoneón es un instrumento de viento, de lengüetas libres a fuelle, pariente de la concertina. Fue diseñado en Alemania con fines evangelizadores, para hacer posible la ejecución de música religiosa en un instrumento portátil (lo normal era que las iglesias contaran con enormes órganos no transportables), y llegó al Río de la Plata traído por los inmigrantes europeos.

Los bandoneones ELA deben su nombre al fabricante Ernst Louis Arnold, mientras que los “doble A” (o AA) pertenecen a la fábrica de dos de sus hijos, Paul y Alfred. Ambas fábricas cerraron hace más de 50 años. En 2013, la agencia de noticias Télam anunciaba el nacimiento del bandoneón argentino Fischer, que según Oscar explicaba en ese momento, “no está concebido como algo artesanal, sino que, muy por el contrario, es producto de un proceso de trabajo de equipo, integrado por unas 12 personas, que permite una construcción en serie de 100 bandoneones por año”.