Por iniciativa de una aficionada al plegado de papel, la bióloga argentina Laura Sofi, desde el mes pasado funciona en Colonia del Sacramento el Museo del Origami, uno de los pocos en el mundo, contando al que está ubicado en Zaragoza, España, además de los coreanos y japoneses, más próximos a galerías de arte. Llevó diez años armar este emprendimiento, sin subsidios, que reúne más de 150 piezas, algunas históricas, y videos temáticos que muestran las más recientes aplicaciones de la técnica en ciencia, robótica y diseño. “Estoy relacionada con una red internacional de origami, tengo 62 años y empecé a plegar cuando tenía cinco, así que toda mi vida fue un juego que iba y venía. En la escuela primaria les hacía ranitas a los compañeros; en la facultad, cuando terminaba un examen, me ponía a plegar para relajarme”, explicó, si bien recalca que no alcanza niveles artísticos como los que se pueden apreciar en el museo que dirige. “Me gusta la idea del formato pequeño, como hay varios en Colonia, emplazados en casas remodeladas. Un museo no necesariamente tiene que ser algo grandioso y costosísimo”.

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Laura Sofi reside desde hace 25 años fuera de su país: pasó por Estados Unidos e Italia y se estableció en Uruguay dos años atrás. En 2009 el documental Between the Folds, dirigido por Vanessa Gould, operó como un estímulo para Sofi, que es además editora de la revista The Paper, el órgano de comunicación de la organización OrigamiUSA. Otro hecho definitorio fue que un grupo de artistas que había participado en la muestra itinerante Infinite Possibilities of Origami le donó sus obras para el museo de Colonia. “En un momento me planteé cómo traía todo. Las piezas vinieron armadas con mucho cuidado y en cajas especiales para que no se aplastaran”.

Mientras que las obras están fundamentalmente en vitrinas, la narrativa histórica se presenta en paneles y hay tablets con videos. En las salas hay lugar para representantes uruguayos, como Román Díaz, y las diseñadoras Lucía Benítez y Mercedes Arocena, cuya colección de moda aplicando origami llegó a las pasarelas de Europa. El museo cuenta con unos 300 libros y una hemeroteca compuesta en parte por el legado del historiador Gershon Legman.

Diagramas

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“Hasta la primera mitad del siglo XX los plegados eran bastante infantiles, bidimensionales. El problema es que no había una partitura para que el que no sabe pudiera hacerlo. Cuando surgió una forma de diagramar, hacia los años 60, fue la explosión: se empezó a divulgar y hubo gente que empezó a crear cosas nuevas, se dieron saltos cuantitativos”, recapitula Sofi, quien se empeña en aclarar que el origami no es de origen japonés. “La palabra es lo que trae la confusión, pero ni siquiera se usa en todas partes del mundo. En Inglaterra se utiliza paper folding; en España, papiroflexia. Acá se instaló origami, lo mismo que en Estados Unidos, y no hay vuelta. Cuando empezó a crecer, en los medios querían darle una categoría artística, que no parecieran manualidades infantiles. Y una pionera de todo esto, la neoyorquina Lillian Oppenheimer, empezó a usar origami”. Sin embargo, Sofi asegura que no se sabe dónde apareció la técnica. “Necesitaríamos una prueba física, y el papel es muy frágil. Hay documentación. Por ejemplo, en el museo tenemos una reproducción de un libro de rezos del Renacimiento, ilustrado con mucho detalle, donde hay una casita y además está el diagrama de cómo plegarla”.

Se distinguen dos vertientes: la oriental y la occidental, cuya principal diferencia es la forma de plegar. “En general, en Occidente se usa la grilla ortogonal, las formas básicas de plegar para hacer barquitos, caballitos... hay una cantidad de estos plegados que vienen del Barroco. En Oriente al ángulo de 45 grados le dan un pliegue más, o sea que se divide y las puntas se agudizan. Es más estilizado y se logra, por ejemplo, la grulla”. Ese repertorio se amplió a mediados del siglo pasado, cuando además se incorporaron las matemáticas al estudio de los pliegues.

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Aunque los papeles italianos y alemanes también están muy desarrollados, en la tienda del museo se pueden comprar japoneses (kami, washi estampados en serigrafía y tant, de pigmento masivo), algunos souvenirs, como caravanas e imanes, y sobres con papeles (con código QR que redirige a tutoriales en Youtube). “Cada papel tiene su utilidad según el modelo que vayas a hacer. Está el ‘de batalla’, para aprender. En principio podés plegar con papel de diario, pero si vas a hacer una araña necesitás uno finito. Si agarrás una bolsa de bizcochos, va a llegar un momento en que se va a romper, porque es un papel grueso, frágil y quebradizo. Pero ese mismo te puede servir para hacer una rana. Y cuando estás segura y querés hacerlo para poner de adorno o regalarlo, buscás un papel bueno para el modelo final”.

Museo del Origami (Ituzaingó 131, Colonia del Sacramento, Barrio Histórico) abre de martes a viernes de 14.00 a 18.30 y sábados y domingos de 10.30 a 13.00 y de 15.00 a 19.00. La entrada cuesta 50 pesos. Van a implementar talleres y para informarse hay que completar el formulario de contacto en museodelorigami.org.