En los últimos treinta años son muchos los casos de personas que han llegado a Montevideo atraídas por las luces del tablado. El carnaval 2026 no es la excepción. La expansión de la murga uruguaya por distintos territorios de América Latina, los intercambios sostenidos entre colectivos y escenas y la circulación constante de personas y espectáculos vienen configurando un mapa en el que las fronteras nacionales pesan cada vez menos que las trayectorias, los vínculos y las experiencias compartidas.
En ese contexto, cinco murguistas provenientes de otros países de Latinoamérica están participando del carnaval montevideano en este 2026. Sus recorridos son distintos, pero las formas de llegar (y de quedarse) dialogan entre sí.
Arribos
Felipe Parola tiene veinte años y es oriundo de Capital Federal. Empezó a cantar murga uruguaya a los doce años, en la Escuela del Río de la Plata, el espacio de formación pionero en el género, fundado por los hermanos Adrián y Fernando Mozzo en Buenos Aires. A los catorce armó con sus amigos una murga llamada La Juan Carlos (por aquello del meme “Hola Juan Carlos…” que se popularizó hace unos años). “Escucho murga desde que tengo uso de razón, por mi madre, que es fanática de la murga y amiga de la familia Castro”, cuenta. Desde chico pasaba los veranos en Montevideo viendo murgas, hasta que en agosto de 2024 decidió radicarse en Montevideo.
Debutó en murga La Peor, en el marco del Encuentro de Murga Joven, y en La Malta, en el carnaval canario. Luego llegó a Mi Vieja Mula. “Una amiga me dijo que andaban buscando gente de mi cuerda”, recuerda. Lo invitaron oficialmente y en este carnaval se convirtió en debutante. “Cada tablado es un debut y cada escenario es una sorpresa”, afirma; “uno se visualiza a lo lejos, cuando soñaba con algún día cantar en estos escenarios, y de pronto estás en tu primer Malvín o tu primer Velódromo”. También en el plano de las sorpresas, aparece la exigencia: “en la cuestión artística y también en lo humano; hay una sorpresa en el laburo increíble que hay atrás y eso en lo vincular también se recontra nota”, reflexiona.
Motores
Juan Manuel López Peña tiene 42 años y es “nacido y criado en la ciudad de Buenos Aires”. Empezó en la murga casi por azar: “Fui a un taller que fueron a dar muchachos de La Mojigata a fines de 2005, ahí conocí a un par de chicos con los que al año siguiente armamos la murga Le Puse Cuca”. Desde 2006 hasta este año estuvo ininterrumpidamente en esa murga, una de las referencias de la murga a la uruguaya en Argentina.
Este es su tercer carnaval en Montevideo. En 2022 y 2023 fue letrista y parte del equipo creativo de La Clave, a la que llegó recomendado por Tabaré Aguiar. La llegada definitiva a Montevideo tuvo otros motores: “Conocí a Sofi (Sofía Zanolli), nos enamoramos y me vine a vivir con ella”, explica.
Sofía Zanolli es también uno de los motores en la venida de Evelyn Bergaglio. Más conocida como Evelyna, tiene 37 años y es oriunda de Rufino, provincia de Santa Fe, aunque vivió 18 años en Rosario antes de radicarse en Montevideo. Empezó a hacer murga en 2011, en un taller del que surgió su primera murga, la Sobretodo en Verano, murga que cantaba vestida con sobretodos. Luego integró durante nueve años La Guevarata. “Se llamaba así porque ensayábamos en la biblioteca popular del Che”, recuerda.
Entre las murgas del Colectivo de murgas de Rosario y algunas murgas jóvenes de Montevideo se fue armando, con los años, una red de intercambios sostenida. En ese marco, Evelyna conoció en 2016 a Sofía, que había viajado a los carnavales de Rosario con la Murgan Freeman. “Fue amistad a primera vista”, ríe. Previo a la pandemia vino a Montevideo en varias oportunidades, hasta que pudo quedarse por una temporada. Cantó en ómnibus, vendió caravanas y fue utilera de Gente Grande. “Laburaba en Rosario, en la parte de salud mental, discapacidad y cultura, y me venía de enero a marzo”, relata. Antes de la pandemia cantó en La Catinguda, nombre anterior de Gente Grande, murga de la que fue utilera en el último carnaval. En este 2026 debutó como integrante del coro, ya radicada definitivamente en Montevideo.
“Una se acostumbra a las formas del trabajo diferentes”, señala. “Desde las formas de pasar arreglos hasta las maneras de mover el cuerpo, todo es diferente”. Argentina es tan grande que encuentra diferencias incluso entre las formas de hacer murga de Santa Fe y de Buenos Aires. “Lo conversamos mucho con Juan, cada uno tiene sus desafíos diferentes en este proceso por los territorios de los que venimos”, explica. Igual, “para mí esto es un re sueño”, afirma, sonriente.
Aprendizajes
Carla Villablanca tiene 37 años y es chilena, “nacida y criada en Rancagua”, aunque llegó desde Santiago, donde integró murgas como Zamba y Canuta, Canto y Alarío y hasta un lejano pasaje por La Urdemales. Conoció en Montevideo a Mathías Lemes, director de Don Bochinche y Compañía, quien es su actual pareja. “Cuando me vine él estaba en La Nueva Milonga y en la Sorda de un Oído; ahí pude entender cómo eran las dinámicas de ensayo en dos murgas muy diferentes”, relata.
Ese acercamiento le permitió comprender más cabalmente funcionamientos cotidianos del carnaval. También a través de Mathías llegó a ella Carmela, directora de A La Bartola, que la invitó a integrar la murga en la que ahora es sobreprima. “Siento que ahora no me sorprenden muchas cosas, porque haber visto muy de cerca el trabajo de esas murgas me fue preparando un poco”, dice. “Pero hay un montón de cosas que fui notando como diferentes respecto al quehacer entre las murgas de allá y las de acá, más allá de los resultados de los espectáculos”.
Carla pone el acento en las dimensiones tangibles del proceso: “Me sorprende la cantidad de trabajo que conlleva, son muchas las áreas que hay que cubrir; sabía que era mucho trabajo, pero a medida que se iban acercando las fechas había cada vez más cosas de las que estar pendiente”. Enumera: “los buses, los maquillajes, la utilería, los vestuarios, quién pinta, quién compra, quién hace; los tablados, que hay que cobrarlos, las cédulas para el teatro… Son muchas cosas que van apareciendo y en las que hay que tener mucha experiencia para no fallar y para que sea un buen carnaval”.
Romantizaciones
Claudine Grandon, Clo, tiene 30 años y es de Quilpué, en la región de Valparaíso. Empezó a hacer murga a la uruguaya en 2017, en murgas como La Klandestina y A Calzón Quitao. En noviembre de 2023 se vino a vivir a Montevideo. “Esto acá es muy chiquito, todos se conocen entre todos”, explica. “Me habían recomendado que la mejor forma de poder entrar en carnaval era conocer a gente del ambiente, entonces empecé a cantar en coros y en murga joven”.
Dio la prueba de admisión con la murga Qué Julepe para el carnaval 2026. La murga no pasó la prueba, pero en ese proceso conoció a su actual pareja, ex integrante de la comparsa Herencia Ancestral, y terminaron invitándola a salir en la comparsa. “Desde Chile romantizamos un montón el carnaval. Creemos que son todas personas hiper profesionales que se enfocan un montón en esto, y en realidad son personas del día a día, no necesariamente se dedican cien por ciento al carnaval”, reflexiona. “No digo que sea falta de profesionalismo, sino que uno tiene esta romantización de que todo el mundo es super estructurado y super estricto para participar en carnaval, y no necesariamente”, afirma.
Respecto a lo vincular, también hubo sorpresas. “Pensé que era todo más impersonal al ser una competencia, pero las agrupaciones se enfocan mucho en el compañerismo, en ser familia, al menos las agrupaciones en las que yo caí”, relata. La familiaridad es uno de los aspectos que se destacan en los cinco relatos. “Al fin y al cabo, tu familia está lejos, entonces te rodeás de familia nueva”, explica Evelyna.
El concurso
Juan, Evelyna, Carla y Clo circularon también por escenarios del interior —San Carlos, Canelones, San José—, donde el carnaval se vive con otras escalas y proximidades. El Concurso Oficial aparece, para quienes participan, como un dispositivo fuerte, capaz de ordenar expectativas y también de generar fricciones.
“Siendo partícipe se dimensionan de otra manera las miserias del concurso”, dice Juan, que ya está habituado a las lógicas de febrero pero que se vio sorprendido cuando las conoció más de cerca, en su primer año. “Es muy difícil a veces que no te influyan lo que te digan las personas o el periodismo. El hecho artístico te puede gustar o no y de eso está todo el mundo en su derecho de opinar; pero cuando las opiniones faltan el respeto o desacreditan el trabajo de las personas que están atrás, no está bueno”. Hoy está más acostumbrado: “después entendí cómo era el juego entonces no le llevé tanto el apunte, pero no me había imaginado que fuera tan poderoso y que hubiera tanta toxicidad en el concurso”.
“Por el hecho de ser de otro país y también de ser mujer, ya tenemos normalizados otros estándares: consentimiento, trato con las disidencias”, explica Clo. “Siento que en los espacios carnavalescos hay mucho machismo, está muy normalizada la burla a las disidencias o que los laburos estéticos estén depositados en las mujeres. Me lo habían advertido, pero como full romantizamos el carnaval desde fuera, es algo que observé con cierta sorpresa”. Igualmente, no lo vive como una tensión: “trato de llevarlo más desde la conversación, mi formato no es ir al choque”, aclara.
¿De quién es el carnaval? ¿Quiénes lo hacen? ¿Quiénes lo consumen? La relación entre los públicos y las personas que integran los escenarios de Momo es indisoluble, sobre todo cuando la voz carnavalesca es considerada la voz del pueblo. Que esa voz se construya con personas nacidas en distintos territorios no parece debilitarla, sino complejizarla. El derecho a la existencia de nuevos lugares de enunciación, sigue siendo una de las discusiones abiertas de la fiesta.